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Posdiálogo, como lo veo yo

15.04.14 | por Humberto Seijas Pittaluga [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Venezuela, Opinión, Humberto Seijas Pittaluga

Primero. Si algo tiene que tener claro todo el mundo, después del encuentro de hace algunos días entre el régimen y una parte de quienes se le oponen es que este lo que busca es poner en escena una estratagema bifronte muy frecuente en los rojos: por un lado, intentar correr la arruga hasta que el transcurrir del tiempo les permita regresar sobre sus pasos y seguir en su empecinamiento de llevar a los venezolanos a un socialismo real (pero disfrazado a la moda del siglo XXI) a pesar de que abundan los ejemplos de que esa vaina no funciona; y, por el otro, tratar de lavarse la cara y las manos ante la escena internacional: “¿Se fijan?, nosotros haciendo todo lo posible para fomentar, con el diálogo, la paz en nuestra patria y ellos, cuerda de malagradecidos, empecinados en tirar la burra pa’l monte”. Pero la jugada fue descubierta por tirios y troyanos desde el mismo “vamos a darle”.

Señales de eso abundaron: la ventaja de estar 13 a 11 en la mesa, el abuso discursivo del nortesantandereano al usar una hora del tiempo para repetir sus mentecateces de siempre, la “viveza” del vice al emplear su posición como moderador para tratar de enmendarles la plana a los dirigentes de la oposición. Pero, por sobre todo, la selección de una media docena de pendencieros habituales que sufren de escaras mentales para conformar su delegación es signo claro de que no se quiere llegar a ninguna parte. Cómo será de cierto que, en comparación, Jaua, el más rojo de todos ellos, pareció un hábil diplomático. Ni Ojitos Lindos, ni la Eckaut, ni Jorgito, ni Aristóbulo tenían lugar en esa mesa si lo que se buscaba era solucionar el statu quo. Queda la duda, claro, si fue que estos se le impusieron a quien detenta la presidencia. Mención aparte merece el tupamaro; ese impresentable estaba más fuera de lugar que un que un chorizo en una ensalada de frutas. Porque no tenía nada que aportar, ni la moral para hablar de avenencia y conciliación, ni —mucho menos— sugerir un Nobel de la paz para quien desde muy antiguo lo que ha hecho es buscar pendencia.

Segundo. Faltaron materias en la agenda. Menciono dos solamente.

En principio, es urgente que se converse sobre la injerencia indebida de cubanos en lugares claves de las grandes y graves decisiones nacionales. Mientras los cubiches sigan tomando las decisiones y ordenando en lo referido a identificación, defensa, policía, registro y educación (por mencionar solo unos pocos) no tendremos la tan cacareada soberanía. Tengo muchos amigos de esa nacionalidad; unos que llegaron huidos en los sesenta y otros que salieron recientemente aprovechándose de la nueva ley. Ellos tienen que entender que nosotros nos sentimos ante los enviados por los Castro, como sus bisabuelos mambises veían a los soldados españoles enviados por la metrópoli para agotar las riquezas del país, someter a los naturales y mantener los obscenos privilegios de los jerarcas colonizadores. Esa gente tiene que salir, y pronto, para que Venezuela deje de ser una provincia más de Cuba, como Santa Clara o Pinar del Río.

Luego —y tan importante como el punto anterior— está lo de la necesidad de reinstitucionalizar a las Fuerzas Armadas. En ese aspecto, me uno a Rocío Sanmiguel y a otros para señalar que era primordial asomar, por lo menos, el tema de la partidización que se ha hecho —contrariando, una vez más a la Constitución— del estamento militar. Es obsceno, por decir lo menos, el comportamiento de las personas que conforman los altos mandos. De seguro que fueron escogidos para esos cargos por eso precisamente: porque, de cara a sus intereses individuales, necesitan demostrar personalidad de ciclista: por arriba, cabeza gacha; por debajo, ¡pata con ellos!

¡Y cómo abundan! No tengo acceso al escalafón oficial, pero los números que andan por ahí señalan que pasan de 1600 los generales y almirantes activos. En mis tiempos, 12-14 de dos soles y 110-120 de uno bastábamos para mandar las Fuerzas Armadas. Hoy son tantos que algunos, sin pena alguna, aceptan cargos que eran para tenientes coroneles. Doy algunas estadísticas, para comparar: Rusia, que tiene unos 150 millones de habitantes —de los cuales, 1,2 millones son su pie de fuerza—, llega a 850 oficiales de insignia; Estados Unidos, con más de 300 millones de habitantes y 1,3 millones en contingente, no puede tener, por orden del Congreso —porque allá sí se le pone checks and balances al Ejecutivo— más de 877 estrellados (soleados, diríamos aquí) entre Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Marines. Con un añadido: por ley, los de cuatro estrellas no pueden ser más de veinte. Y esos grados son temporales: duran mientras la persona está en un cargo que exige ese rango; al salir de él —para otro destino o para el retiro— regresan a las tres estrellas que tenían antes.

Alguien, con fortuna, explicó que, antes, para ser general se tenía que tener currículo; y que ahora pareciera que lo necesario es tener prontuario. En verdad, son varios los que han sido sindicados —dentro y fuera de nuestras fronteras— como presuntos comitentes de delitos. El gobierno que deba reemplazar al régimen actual tiene que tomar medidas muy serias en la despolitización del ente armado. Los mandatarios actuales tampoco debieran soslayar esa tarea y ser los que acometiesen esa tarea. Pero les da físico culillo…

Humbero Seijas Pittaluga:

  • General retirado de la Guardia Nacional, sirvió en ella 30 años.
  • Después de retirado, formó parte del Gobierno de Carabobo durante 15 años.
  • Gobernador de Carabobo, encargado, por 5 meses en 1998.
  • Graduado y posgraduado universitario; dos de los posgrados fueron hechos en los Estados Unidos.
  • Habla, lee y escribe en inglés e italiano.
  • Fue docente en institutos de educación superior por más de 25 años.
  • Desde 1986 es escritor de artículos de opinión. Sus opiniones han aparecido, sucesivamente, en "El Carabobeño", “El Nacional” y “Notitarde.
  • Algunos de sus ensayos y artículos aparecen publicados en dos libros: “Contrapunto” y “Glosomanía”.
  • Desde 1988 y hasta 2011 fue miembro del Consejo Superior de la Universidad Tecnológica del Centro.

 

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El feo microbio de la corrupción

11.04.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Política, Venezuela, Opinión

La inexplicable pobreza en un país rico, la diferencia abismal entre una minoría de millonarios y una brutal mayoría de pobres, el atraso, la violencia, todos esos componentes negativos de la Venezuela actual tienen una común causa: la corrupción. Y mientras no se combata de verdad y se destierre la corrupción, Venezuela seguirá siendo un país desgraciado. La corrupción ha existido en Venezuela, en mayor o menor grado, desde que el país se separó en Colombia en 1830. Páez, un “blanco de orilla” que nació pobre, llegó a tener una fortuna inmensa. También Guzmán Blanco, aunque no nació pobre, se enriqueció enormemente en el poder. Crespo, tal como Páez, nació en la miseria y murió en la opulencia, al extremo de fabricar para sí el palacio de Miraflores. Y Cipriano Castro se enriqueció ilegalmente y enriqueció como quiso a muchos de sus partidarios. Juan Vicente Gómez, un simple campesino de La Mulera, terminó siendo el mayor terrateniente del país y hasta dueño de industrias. En tiempos de López Contreras y Medina Angarita disminuyó, pero no desapareció, y muchos fueron los que por estar cerca del poder se enriquecieron ilegalmente. Y más aún hubo corrupción durante la dictadura perezjimenista, régimen de inmensas obras públicas cuyos precios se inflaron brutalmente para que se enriquecieran mediante el robo casi todos los altos jefes, especialmente los militares y muy especialmente el propio Pérez Jiménez. Bajó muchísimo durante los gobiernos de Betancourt y Leoni, pero no desapareció. La demolición de El Conde y la construcción de muchas obras públicas fueron minas de corrupción para muchos funcionarios menores, tal como el poder judicial. Durante el primer gobierno de Caldera la corrupción creció lo suficiente como para que el país debiera alarmarse. La construcción de Parque Central y una carretera de Los Caracas a las costas de Miranda que jamás se hizo pero sí se pagó a precio de oro, son claros ejemplos que lo demuestran, tal como –de nuevo hay que decirlo– el poder judicial. Y más creció la corrupción gracias al enorme “boom” petrolero durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Aquello de los 12 apóstoles no fue una invención política sino una fea realidad. Luis Herrera Campíns fue un hombre honrado, pero también fueron muchos los pillos que se aprovecharon de estar cerca del poder para meter mano en el erario público. Y mucho peor fue durante el gobierno de Lusinchi. Y con el segundo de CAP aún peor. El solo juicio amañado que se le siguió al presidente es una de las más claras demostraciones de corrupción que ha conocido el país. La corrupción del poder judicial llegó a extremos insoportables. Y hasta en el gobierno de un hombre insospechable como Ramón J. Velásquez la corrupción, en especial en el medio judicial, se asomó con fuerza. Y el segundo gobierno de Caldera no fue la excepción. La presencia en el gobierno de personas intachables no fue óbice para que el feo microbio de la corrupción hiciera de las suyas. En 1998 mucha gente pensó que el salto al vacío se justificaba porque gente distinta en el poder podía significar una disminución notable de la corrupción, pero ocurrió todo lo contrario. Los gobiernos de Chávez y Maduro han sido los más corrompidos de la historia. Todo lo han corrompido, todo lo han dañado. Y su corrupción se ha regado, muy especialmente por la América Latina, como una peste indomeñable, en forma de maletines y de sobornos para fomentar el socialismo del siglo XXI. Los llamados “boliburgueses” y “bolichicos” son la mejor demostración de que todo está corrompido en Venezuela. La sociedad no solamente no hace casi nada por acabar contra la corrupción, sino que la acepta y hasta la fomenta. El que se enriqueció con dineros del fisco se convierte en un personaje acatado y adulado por la mayoría, y disfruta enormemente su corrupción. Por eso dijo Gonzalo Barrios que en Venezuela se roba porque no hay ninguna razón para no robar. Pero hay que aclarar algo: la lucha contra la corrupción no es algo que afecte únicamente lo moral. Es muy duro ver que Venezuela es un país rico con una inmensa mayoría de habitantes pobres, y hasta hundidos en la miseria, lo que es el principal caldo de cultivo de la demagogia y del engaño que permiten a los chavistas y otros desviados existir. El dinero de la corrupción no se invierte ni genera riqueza al país. Los corruptos no invierten en industria o en agroindustria ni en agricultura ni en servicios. Simplemente se llevan su dinero a otras latitudes, lo que termina enriqueciendo a los gringos o a los europeos y empobreciendo cada vez más a los venezolanos. No es ningún misterio que recientemente, la corrupción política que daña a Venezuela ha beneficiado a gobiernos tan corruptos o casi tan corruptos como el venezolano. Especialmente a los cubanos. De modo que luchar contra la corrupción es también luchar por la justicia social y por el porvenir económico y político de los venezolanos. A los gobiernos corrompidos de Argentina, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Cuba y otros países, tal como a los poderosos norteamericanos, rusos, europeos y chinos, les conviene cada día más la corrupción venezolana. No van a mover un dedo en favor de la democracia y la honestidad de los que sueñan con una Venezuela mejor. Como tampoco lo van a mover los que directa o indirectamente se benefician del feo microbio que durante ya siglos ha dañado al país. Todo lo contrario. Y esa es una de las causas de que la lucha contra la corrupción, en Venezuela, esté principalmente en manos de los estudiantes, de muchísimas mujeres y de apenas unos pocos varones venezolanos de buena fe.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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No huele a rosas

08.04.14 | por Humberto Seijas Pittaluga [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Venezuela, Opinión, Humberto Seijas Pittaluga

La escena de “Romeo y Julieta” más reconocida popularmente es, quizás, la del balcón; y la gente recita, equivocadamente, aquello de: “Romeo, Romeo, ¿dónde estás que no te veo”. El “que no te veo” de ese verso no aparece en parte alguna del drama, pero como hace una rima fácil, se hizo pegajoso y se convirtió en popular. Lo que sí recita Julieta más adelante es: “Eso que llamamos rosa, por cualquier otro nombre olería igual”. Igual pudiera decirse de las demás fuentes de olor. O de hedor, que es a lo que nos toca referirnos hoy. Porque lo que más detectan los órganos olfatorios venezolanos últimamente son chocantes fetideces de mapurite, pestilencias de corneciervo, tufos de carroña al aire. Todos ellos originados por los capitostes del régimen. Y eso, sin referirnos a las hediondeces que dejan a su paso por las riquezas corruptas que han acumulado y muestran con desvergüenza. Ni las del “gas del bueno” que con tanta prodigalidad reparten.

¡Qué todo hiede a dictadura, pues! No importa que traten de camuflarla con otros nombres, lo cierto es que ya pretensiones de arropar con un manto de democracia lo que hay en Venezuela actualmente ya son inútiles. Quedaron al descubierto ante todos, dentro de Venezuela y fuera de sus fronteras. Ya el mundo entero ha visto las horrorosas imágenes de la represión más brutal; ayer fueron las de la infame guardia dándole con el casco a la pobre Marvinia, hoy son las dos de la viuda de González Bustillos: la primera, tratando de convencer a las tropas antimotines de disminuir la violencia y, la segunda, momentos después, cuando varios sayones uniformados le disparan por la espalda mientras se alejaba. Ya hasta en el Tíbet y Mongolia se sabe que los rojos —“guiados” por el capitán Hallaca— han montado un ataque artero, cobarde, cayapero, contra María Corina para despojarla, sin fórmula de juicio, contra todo lo que estipulan la Constitución, las leyes y el Reglamento Interno de la Asamblea de su condición de diputada. Y no una legisladora cualquiera: los solos votos de ella totalizan más que los de unos veinte legisladores rojos de medio pelo. Ya hasta en Timbuktú y Saigón se sabe que no hay separación de poderes en Venezuela. Y que eso es así porque la gerontocracia cubana se lo ha impuesto a los rojos locales; primero fue al Atila sabanetense —cuyo enamoramiento fue tal que decidió ir a morirse a Cuba— y ahora al en mala hora heredero: el nortesantandereano.

Hasta el más babieca sabe que todas las persecuciones que sufren los opositores, sin importar el partido en el cual militen, ni la importancia que tengan, ni el cargo que ejerzan, es una añagaza más del régimen para, por un lado, distraer a las masas para que no vean las brutales subidas de precio que autorizaron y, por el otro, aprovechan para defenestrar o apresar a líderes populares que los antagonizan. De ese mal sufren: Leopoldo, Scarano, Serrano, María Corina, Mardo, Azuaje. Pero no olvidemos a otros que padecen de los ukases ejecutivos que cumplen borreguilmente los judiciales en complicidad con la fiscala y la difamadora del pueblo: Simonovis, Afiuni, y la ya casi media centena de estudiantes presos por manifestarse.

Y por si no bastase, ya hay más de una demostración de que el régimen no se para en miramientos y apela a homicidios selectivos y a “desaparición” de personas para imponerse. O para que les sirvan de escarmiento en cabeza ajena a gente que les incomoda. ¿O es mera coincidencia la muerte reciente, en el Ávila, de los dos ciclistas? Ambos estaban emparentados con opositores muy reconocidos, como López y Ocariz; ambos estaban relacionados familiarmente con los propietarios de la Polar. ¿Coincidencia? ¡Ni de vainas!

Lo malo, es que lo que se ve en el horizonte es un empeoramiento de la circunstancia. Porque ya las protestas no se limitan a los sectores de clase media: ya en Catia marchan y cacerolean sin temerle a eso que llaman impropiamente “colectivos” —cuando no son sino bandas asalariadas—, ya las multitudinarias manifestaciones en el sur de Valencia dejaron claro que el pueblo está unido en la protesta, a pesar de las veladas amenazas de Ameliach. La casta roja —que cree que tienen el derecho de eternizarse en el poder aunque sea desechando el barniz democrático que los cubre— siente que debe impedir las protestas como sea. Ya bastantes armas y más que suficiente plata han repartido con ese propósito, ya bastante intoxicación mental han infundido. Y como unos cuantos muertos más no son sino una raya más para el tigre…

Están a tiempo de reflexionar. Por estos días se están cumpliendo veinte años del genocidio de Ruanda. Allá, un grupo, apoyado con armas y dinero desde el gobierno, se desmandó y empezó a matar a quienes pensaban distinto. Pasaron de 800 mil los muertos en menos de cien días. O sea, más de 300 diarios; más de cinco por minuto. En manos de los que detentan el poder está que no nos pase algo parecido…

Humbero Seijas Pittaluga:

  • General retirado de la Guardia Nacional, sirvió en ella 30 años.
  • Después de retirado, formó parte del Gobierno de Carabobo durante 15 años.
  • Gobernador de Carabobo, encargado, por 5 meses en 1998.
  • Graduado y posgraduado universitario; dos de los posgrados fueron hechos en los Estados Unidos.
  • Habla, lee y escribe en inglés e italiano.
  • Fue docente en institutos de educación superior por más de 25 años.
  • Desde 1986 es escritor de artículos de opinión. Sus opiniones han aparecido, sucesivamente, en "El Carabobeño", “El Nacional” y “Notitarde.
  • Algunos de sus ensayos y artículos aparecen publicados en dos libros: “Contrapunto” y “Glosomanía”.
  • Desde 1988 y hasta 2011 fue miembro del Consejo Superior de la Universidad Tecnológica del Centro.
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La incógnita del porvenir

05.04.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Política, Venezuela, Opinión, Historia

Cuando a fines del siglo XVIII y principios del XIX el imperio español se corrompió en manos de dos reyes infelices, Carlos IV y Fernando VII, y España fue ocupada por Bonaparte, los hispanoamericanos buscaron su propio camino e imitaron, muy mal a los angloamericanos del norte, con su “Estados Unidos” y a los revolucionarios franceses con sus Derechos del Hombre. El resultado no pudo ser peor, especialmente en Venezuela, en donde la defensa de los reyes cayó en manos de un idiota cruel llamado Monteverde y de un resentido brutal y crudelísimo llamado José Tomás Boves, que no tuvo mejor idea que convencer a los preteridos, especialmente a los esclavos, manumisos, afrodescendientes y mestizos, de que aquello de la independencia y la libertad era un invento de los amos, los blancos, para seguir explotándolos. Boves y sus huestes se dedicaron a matar blancos y a entregar a las mujeres blancas a los resentidos para que las violaran. Llegó a decir que había que matar a todo el que supiera leer y escribir (excepto él, desde luego). Los independentistas buscaron entonces a dos hombres fuertes, Bolívar y Páez. Y tuvieron la suerte de que España enviara desde su territorio un verdadero ejército regular que convirtió la guerra civil en guerra entre dos naciones, que por muchas razones ganaron los locales. Cuando los dos hombres fuertes se distanciaron y el país amenazó con volver a la anarquía, la sociedad le entregó el poder a Páez, que estaba más cerca y logró dominar la situación por varios años, hasta que la Guerra Federal volvió a sumir el país en la anarquía. La sociedad buscó de nuevo un hombre fuerte: Antonio Guzmán Blanco, excepcionalmente inteligente y hasta culto que también pudo controlar la república por varios años, hasta que se cansó de tanto desorden y prefirió buscar la paz en París. Venezuela quedó entonces en manos de otro hombre fuerte, Joaquín Crespo, que no era tan inteligente como Guzmán ni tenía nada de culto. Crespo perdió el poder y la vida a raíz de un inmenso fraude electoral que puso la presidencia en manos de un hombre débil, Andrade, que fue desplazado de la silla por un aventurero medio loco llamado Cipriano Castro, que de nuevo llevó a Venezuela al borde del abismo hasta que otro hombre fuerte, un campesino zafio y muy inteligente, Juan Vicente Gómez, metió las cabras en el corral. Gómez gobernó con mano fuerte y criterios elementales hasta el día de su muerte. Fue, como dijo con mucho acierto Manuel Caballero, un tirano liberal, pues en realidad Venezuela estuvo en manos del liberalismo desde su fundación (aunque Páez se autotitulara conservador) hasta la caída de Isaías Medina Angarita en octubre de 1945, cuando empezó la democracia formal. Aunque los mismos militares que tumbaron a Medina le dieron un golpe a Rómulo Gallegos en noviembre del 48, la democracia formal no desapareció, puesto que esos militares, conducidos por otro hombre fuerte llamado Marcos Pérez Jiménez, mantuvieron la apariencia de democracia formal, con congreso y elecciones, y lo que apartó a Pérez Jiménez del poder fue el tratar de alejarse de ella mediante un grotesco plebiscito a fines de 1957. En las elecciones del 58 el país, frente a la demagogia con boleritos de Wolfgang Larrazábal y la figura acartonada y jesuítica de Rafael Caldera, optó por Rómulo Betancourt, que lucía más fuerte y decidido y a pesar de la agresión inmisericorde de la extrema derecha y de la extrema izquierda, hizo un buen gobierno y pudo entregar la presidencia a su sucesor, Raúl Leoni, que dirigió el mejor gobierno que ha tenido el país pero no pudo evitar la impaciencia y la inconciencia de la mitad de su partido y debió entregar el poder al jefe de la oposición, Rafael Caldera, con lo que se fortaleció la democracia formal pero la república empezó a descomponerse por un aumento evidente de la corrupción, que llevó a la sociedad buscar otro hombre fuerte (“Democracia con energía”), Carlos Andrés Pérez, que no resultó nada fuerte ni supo administrar la inundación de riqueza que invadió al país, lo que hizo que el péndulo favoreciera a Luis Herrera Campíns, un hombre culto y honrado pero muy mal gobernante, que generó le presidencia de Jaime Lusinchi, otro de los peores, que logró engañar a mucha gente pero no pudo evitar que Carlos Andrés Pérez volviera a la presidencia sólo para ser derrocado por un golpe legal que demostraba la corrupción total de la democracia formal. Volvió al poder Caldera e hizo un muy mal gobierno, lo que permitió que llegara a presidente un mal émulo de Boves, demagogo, militarista, fascistoide, que hizo el peor gobierno de la historia del país, pero siempre dentro de la democracia formal, aunque más aparente que real, y que dejó como sucesor a un infeliz que ni siquiera puede con la dictadura que heredó, siempre dentro de la democracia formal, o si se quiere aparente. Y es evidente que la sociedad va a buscar otro hombre fuerte, como lo hizo siempre que llegó al borde de la disolución. Y es ahora cuando se nos presenta una inquietud terrible: ¿Ese hombre fuerte va a acabar con la democracia formal? Y si acaba con la democracia formal ¿va a imponer una verdadera democracia o va a sumir al país en un mundo de tinieblas? Ni siquiera el mejor de los profetas puede decir hoy lo que vamos a sufrir o a disfrutar mañana. He allí la verdadera incógnita del porvenir.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




La Paradoja Sorites

04.04.14 | por Hugo Álvarez Pifano [mail] | Categorías: Ideas, Política, Colaboradores, Filosofía, Venezuela, Opinión, Hugo Álvarez Pifano
La Paradoja Sorites

1.- La Paradoja Sorites: algo más que montones de arena en la historia de la filosofía
En la historia de la filosofía la Paradoja Sorites se suele expresar con la frase: “un grano de arena no hace un montón” Después se dice: dos granos de arena tampoco; luego, tres granos de arena siguen sin hacer un montón, hasta llegar al grano 1.000.000 que si hace un montón. Si razonamos en sentido contrario, al referirnos a una persona que tiene la cabeza llena de pelos (alguien que no es calvo) decimos: “la pérdida de un pelo no te hace ser un calvo” Después, la perdida de dos pelos tampoco, con la perdida de tres no eres calvo, hasta llegar a la pérdida de 1.000.000 de pelos, entonces estás completamente calvo. Pero, dos preguntas saltan a la palestra: ¿Es este razonamiento correcto? ¿Existe un grano de arena o un pelo que marca la diferencia entre ser o no ser? Estas son las dos versiones de un célebre problema atribuido al filósofo griego Eubúlides de Mileto (siglo IV a. C.) y que se conoce con el nombre de la Paradoja Sorites “Sorites” viene del griego “soros” que significa montón y se refiere al montón de arena a que hemos hecho mención al principio.

2.- Qué nos enseña la Paradoja Sorites
De hecho existe un punto en el que añadir un grano de arena produce una diferencia, entre no ser un montón y ser un montón; en que hay un número de pelos que marca el límite exacto entre un calvo y uno que no lo es. ¿Cuál es esa diferencia o ese límite? Hemos escogido la cifra 1.000.000 arbitrariamente, pero podría ser una menor o una mayor. Dicho en otras palabras: ¿Cuándo se produce el cambio de un estado a otro? En honor a la verdad si existe tal frontera, un límite, el punto preciso en que tiene lugar el cambio, no sabemos dónde se encuentra. Más aún, ignoramos si existe una cifra exacta y por demás confiable. Con absoluta certeza podemos afirmar: que nos movemos en el terreno de la vaguedad. Hemos entrado en lo que la moderna filosofía llama la “lógica difusa” iniciada por el matemático Lofti Zadeh (1). Con la Paradoja Sorites se ha tratado de resolver problemas de diversa índole, no solo los que atañen a montones de arena y a cabezas peladas, existen muchos más: cuándo una persona debe ser considerada gorda o flaca, alta o baja, rica o pobre, honrada o deshonesta, inteligente o bruto, vivo o pendejo, blanco o negro, para terminar: gobernante democrático o autoritario violador de los derechos humanos.

3.- Dos problemas ligados a la Paradoja Sorites: los fumadores empedernidos y el aborto
Los fumadores son muy propensos a justificar su vicio y recurren al razonamiento fallido que subyace a la Paradoja Sorites: “un cigarrillo más no va a matarme”, después otro y otro…. ¿Cuál es entonces el cigarrillo que lo mata? Es obvio, lo que mata al fumador no es ese cigarrillo siguiente en una progresión sorítica, sino el cuadro clínico que tiene como consecuencia de todos los cigarrillos que ha fumado durante su entera existencia.
El aborto es la extracción de tejidos del embarazo o bien, del feto y la placenta, del útero de una madre en plena gestación. Lo que marca la diferencia entre estos dos productos de la concepción, es el término de ocho semanas de gestación: antes de ocho semanas se habla de tejidos del embarazo, después de feto y placenta. ¿Por qué ocho semanas, no un día antes o después? Estamos nuevamente en los predios de la vaguedad, bajo la disciplina de una lógica difusa, dentro de un razonamiento de progresión sorítica. En todo caso, llámese tejido al producto de la unión de un óvulo y un espermatozoide o feto, estamos ante una interrupción del embarazo, algo que no es correcto, antes o después de ocho semanas. Otros nombres para un aborto incluyen: aborto electivo, aborto inducido y aborto terapéutico (2).

4.- Aplicación de la Paradoja Sorites al drama actual de la sociedad venezolana.
Cuando Chile estuvo agarrado, de la manera más sangrienta, entre las gorilescas manos de Augusto Pinochet, Venezuela adoptó una actitud noble y generosa. En lo personal me tocó –como Director del Departamento de América, en la Cancillería venezolana- llevar un avión a Chile para trasladar a Venezuela centenares de detenidos en un estadio de Santiago. Eso lo sentí como abrir a unos seres humanos una gran ventana a la vida y a la dignidad. También fui a recibir al Aeropuerto Simón Bolívar en Maiquetía a centenares de exiliados políticos argentinos que huían de las garras de Jorge Rafael Videla, uno de los más feroces dictadores en los anales de la historia de América latina. A ellos los acomodamos en el Hotel Veroes, en la esquina caraqueña del mismo nombre, tuvimos que correr para comprar biberones y leche para los bebés y medicinas para los enfermos. También me tocó prestar servicios en Brasil durante la dictadura de Ernesto Geisel, uno de los más feroces represores de su propio pueblo. Fueron muchos los estudiantes brasileños a los que tuvimos que proteger y aceptar en nuestras universidades para que continuaran sus estudios. En todo caso, siempre Venezuela les tendió una mano amiga y bondadosa.
Cuando comenzaron en Venezuela las protestas de los estudiantes se nos dijo: solo tres muertos, esto es un simple enfrentamiento con las fuerzas del orden público, que no genera consecuencias en el orden internacional. Ahora, que la cifra de muertos está llegando a los 39 estudiantes asesinados, en una dramática progresión soritica. En estos momentos, que la cifra de heridos supera con creces a los 1500. Cuántos estudiantes encarcelados, sin imputación de delito alguno. Cuando los líderes de la oposición en prisión y otros presos políticos se cuentan en decenas. Cuántos muertos, heridos, torturados, jóvenes encarcelados, deben conformar un horrendo montón, para que los jefes de estado de América latina y el Caribe dirijan una mirada compasiva a Venezuela.
La paradoja sorites nos enseña que Venezuela es ya, casi un montón de arena, una pobre cabeza completamente calva, a la que están acabando de la manera más brutal y despiadada, ante la indiferencia de los jefes de estado de América latina y el Caribe.

Notas:
1.- Lofti Zadeh "La lógica difusa y su aplicación al razonamiento aproximado". En: Tratamiento de la Información, Proc. IFIP Congr. 1974 (3), pp. 591-594.
“A medida que aumenta la complejidad, las proposiciones precisas pierden significado y las proposiciones sin significado pierden precisión”
2.- La Iglesia Católica entiende por aborto la muerte provocada del producto de la concepción, realizada por cualquier método y en cualquier momento del embarazo desde el instante mismo de la concepción. Así ha sido declarado el 23 de mayo de 1988 por la Comisión para la Interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.


Fotografías:
1.- La bandera de las siete estrellas, Bandera de Venezuela, en muy buenas manos (foto de presentación).
2.- La doble cara, dibujada sobre un rostro de la hipocresía.

Hugo Alvarez PifanoHugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).

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