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Un disparo que mató a millones

21.07.14 | por Humberto Seijas Pittaluga [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Opinión, Historia, Humberto Seijas Pittaluga

Dentro de pocos días se cumplirá cien años del comienzo de lo que se llamó en esa época la Gran Guerra y después pasó a ser conocida como la Primera Guerra Mundial. Fue una conflagración que inicialmente debió estar limitada a dos países en el centro de Europa pero que al final implicó una lucha en la cual se enfrentaban combatientes de los cinco continentes y que necesitó el llamamiento a las armas de casi 65 millones de soldados.

¿Por qué se llegó a este horrible hecho después de que Europa había disfrutado de un siglo de relativa paz? Antes de contestar, hay que señalar que los estadistas europeos, a partir de 1814 habían diseñado un sistema de equilibrio del poder que devenía de la aceptación tácita de una norma: ninguna nación podía adquirir una posición predominante que le permitiera dominar a las otras. Si lo intentaba, las otras se coaligaban y lo intimidaban. Era una política disuasoria que buscaba impedir la aparición de un nuevo Napoleón que se apoderara de Europa. Su objetivo era asegurar la paz no dando a las guerras ninguna perspectiva razonable de ganancia y haciendo que las pocas hostilidades que llegasen a producirse quedasen restringidas a objetivos limitados que no amenazasen el equilibrio existente, que se resolviesen en pocos días mediante una o dos batalla decisivas.

El pero estaba en que la supervivencia de ese sistema de seguridad colectiva requería que una de dos cosas: un gobierno constitucional en el cual el parlamento pudiera ponerle frenos al mandatario que tuviese afanes de ganancia o gloria; o, en las monarquías absolutistas que abundaban a comienzos del siglo XX, un soberano responsable, prudente, capaz de auto-refrenarse y de hacerse obedecer por los militares. Autoridades así dejaron de existir en Alemania después de la muerte de Guillermo I, en Rusia después de la muerte de Alejandro III, y en Austria-Hungría cuando Francisco José comenzó a declinar por la senectud. A eso, súmesele que Francia era una república donde no había gobiernos fuertes; tanto que en los 45 años de la pre-guerra hubo 42 ministros de Guerra y Marina. En ninguno de esos países había instituciones políticas — apoyadas sobre bases constitucionales— capaces de ejercer la autoridad sobre los militares.

Mucho del drama se debió a que el planeamiento y la política militares se dejaron casi exclusivamente en manos de los altos mandos. Eso llevó a que durante la Gran Guerra se pudiera observar el sorprendente espectáculo de inmensas maquinarias humanas —con todo y sus piezas de repuesto— avanzando según unos planes irreversibles hacia lo que devino en un frente fortificado desde Suiza hasta el mar, con flancos imposibles de rodear, y en el cual tantos millones de vidas fueron sacrificadas en una ordalía cruel y en vano. Esa guerra nunca ha sido igualada en la relación sacrificios sangrientos versus logros mezquinos.
La decisión se produjo finalmente, no por una batalla decisiva de las que preconizaba Klausevitz, sino por el agotamiento del recurso humano.

Los disparos que hizo Gavrilo Princip el 28 de junio de 1914 no solo asesinaron al archiduque Francisco Fernando y su esposa; fueron también las primeras notas de una sinfonía trágica marcada por los compases de billones de disparos de todo calibre y terminada en una coda de más de treinta millones de personas inmoladas. También fueron el pistoletazo de salida para la concreción de un fatal cronograma de movilizaciones. Entre el 28 de julio y el 23 de agosto volaron declaraciones de guerra por toda Europa. Y hasta el lejano Japón se metió en la contienda.

Bárbara Tuchman nos explica en “The Guns of August” que "Europa era un montón de espadas, apiladas tan delicadamente como briznas de paja; no se podía sacar una sin mover las otras". Lo que faltaba era un incidente casual, una decisión imprudente o un gesto desesperado para que se desencadenase todo. Los hechos de Sarajevo fueron ese detonante. Por desdicha, el asesinato del heredero de un emperador al que le quedaba poca vida — uno que reunía condiciones personales, firmeza de carácter y visión política— impidió que llegara a la corona alguien que hubiese podido detener la descomposición política de Austria. Y, así, de la guerra.

Por estos lados, y cien años después, no sería malo que meditásemos sobre estas cosas y reflexionemos si debe darse a los militares tanta intervención (y hasta intromisión) en asuntos de Estado. Primero, se puede correr el riesgo de confundir unos objetivos militares designados por oficiales sin formación política con los grandes objetivos nacionales. Aquí no es muy probable que ocurra porque lo que abunda son jefes que dan ganas de llorar por su enanismo mental, su avidez de riqueza y su genuflexa sumisión a los colonizadores cubanos. Pero puede suceder… Después, por la existencia de un poder legislativo que no sirve de check & balance del ejecutivo sino que le estampa sello de legitimidad a todos los desmanes que decidan el capitán Hallaca y el PUS. Y, para rematar, un “monarca” poco ilustrado que se resiste a dejarse asesorar por consejeros sensatos e ilustrados, que trata de sofocar la participación ciudadana, y que se aferra a sus prerrogativas —sin darse cuenta de que, en realidad, ya no puede ejercerlas. O sea, igualito que su tocayo Nikolai en la Rusia de 1914…

Humbero Seijas Pittaluga:

  • General retirado de la Guardia Nacional, sirvió en ella 30 años.
  • Después de retirado, formó parte del Gobierno de Carabobo durante 15 años.
  • Gobernador de Carabobo, encargado, por 5 meses en 1998.
  • Graduado y posgraduado universitario; dos de los posgrados fueron hechos en los Estados Unidos.
  • Habla, lee y escribe en inglés e italiano.
  • Fue docente en institutos de educación superior por más de 25 años.
  • Desde 1986 es escritor de artículos de opinión. Sus opiniones han aparecido, sucesivamente, en "El Carabobeño", “El Nacional” y “Notitarde.
  • Algunos de sus ensayos y artículos aparecen publicados en dos libros: “Contrapunto” y “Glosomanía”.
  • Desde 1988 y hasta 2011 fue miembro del Consejo Superior de la Universidad Tecnológica del Centro.

 

La Tortura a Leopoldo López

17.07.14 | por Carlos Armando Figueredo [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Opinión, Carlos Armando Figueredo

El 22 de julio de 2013 se publicó en la Gaceta Oficial Nº 40.212 la Ley Especial Para Prevenir y Sancionar la Tortura y Otros Tratos Crueles, Inhumanos o Degradantes. Dicha ley se promulgó en acatamiento a lo dispuesto en la Convención Contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, ratificada por Venezuela y entrada en vigencia el 10 de diciembre de 1984.

A partir del 22 de julio de 2013, las personas que cometan los actos tipificados como delitos en dicha ley pueden ser enjuiciadas y sentenciadas. Esto no quiere decir, sin embargo, que los actos de tortura ejecutados antes no puedan ser sancionados ya que en la legislación penal venezolana existen otro tipos penales que permiten castigar la tortura pero la ley que comentamos es mucho más clara y específica.

La nueva ley define claramente lo que se considera tortura, tratos crueles, inhumanos o degradantes. Así, el artículo 5 de la Ley dispone:

2. Tortura: son actos por los cuales se inflige intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos, ya sea físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos sufrimientos sean infligidos por un funcionario público o funcionaria pública u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento.
3. Trato cruel: son actos bajo los cuales se agrede o maltrata intencionalmente a una persona, sometida o no a privación de libertad, con la finalidad de castigar o quebrantar la resistencia física o moral de ésta, generando sufrimiento o daño físico.
4.Trato inhumano o degradante: son actos bajo los cuales se agrede psicológicamente a otra persona, sometida o no a privación de libertad, ocasionándole temor, angustia, humillación; realice un grave ataque contra su dignidad, con la finalidad de castigar o quebrantar su voluntad o resistencia moral.
5. Integridad física, psíquica y moral: es el conjunto de condiciones que le permiten al ser humano su existencia, sin sufrir ningún tipo de menoscabo en sus condiciones y proyecto de vida.

Al observar el caso de Leopoldo López, recluido injustamente en Ramo Verde por delitos que no cometió, hay prueba de que se le tiene en una celda de espacio sumamente reducido, sólo puede exponerse a los rayos del sol por corto tiempo pocas veces al mes, no recibe visita de su esposa y de sus hijos sino cuando le de la gana a las autoridades del penal y se le priva de ellas cuando declara algo que le disguste al gobierno, no se le permite las visitas de otras personas ni comunicarse adecuadamente con el mundo exterior, cuando declara algo en contra del gobierno se le confina a celda de aislamiento, no puede reunirse con los demás reclusos, es vejado constantemente. Todo ello constituye tortura psíquica, tratos crueles, inhumanos y degradantes de los que es víctima, y sus victimarios, directos e indirectos, están cometiendo delitos enjuiciables bajo la ley que comentamos, violaciones graves de los derechos humanos que son delitos imprescriptibles. Además de lo dispuesto en la ley sobre la tortura, no se están cumpliendo las Reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos adoptadas por el Primer Congreso de las Naciones Unidas sobre Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, celebrado en Ginebra en 1955, y aprobadas por el Consejo Económico y Social en sus resoluciones 663C (XXIV) de 31 de julio de 1957 y 2076 (LXII) de 13 de mayo de 1977.

En este artículo me estoy refiriendo al caso de Leopoldo López pero hay otros venezolanos víctimas de los actos tipificados como delitos. Me refiero, a título de ejemplo, a Ivan Simonovis, Maria Lourdes Afiuni, estudiantes y tantos otros presos políticos castigados por expresar sus ideas. Y pensar que hay presos comunes condenados por delitos sumamente graves que en sus cárceles gozan de toda clase de beneficios como visitas conyugales a diario, discotecas, salones de juego, grandes televisores de pantalla plana, uso irrestricto de teléfonos celulares.

Los victimarios de los presos políticos cometen todos los delitos que citamos porque saben que gozan de impunidad y que es prácticamente imposible que un tribunal penal castigue a un funcionario del gobierno. Pero es bueno que todos los violadores de los derechos humanos sepan que también están cometiendo delito previsto en el Código Penal en su artículo 156 que dispone:

Artículo 156.- Incurren en pena de arresto en Fortaleza o Cárcel Política por tiempo de uno a cuatro años:

3.- Los venezolanos o extranjeros que violen las Convenciones o Tratados celebrados por la República, de un modo que comprometa la responsabilidad de ésta.

Carlos Armando Figueredo

Abogado - Doctorado en Ciencias, Mención Derecho.
Profesor de Derecho Penal y de Derechos Humanos en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la U.C.V.
Miembro del Consejo Superior de la Universidad Metropolitana y Vicepresidente de la Fundación Universidad Metropolitana
Ex Vicepresidente del Consejo Supremo Electoral y Ex Vicerrector Administrativo de la Universidad Metropolitana.

Diferencias notorias

15.07.14 | por Humberto Seijas Pittaluga [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Venezuela, Opinión, Humberto Seijas Pittaluga

La semana pasada, iba yo atravesando uno de los bares del hotel más grande y con más estrellas de Valencia —porque tenía que llegar a un salón donde varios amigos nos íbamos a reunir para celebrar un cumpleaños— cuando escuché: “Ahí va Pittaluga” (muy pocos en Valencia, solo los más cercanos, emplean mi apellido paterno al referirse a mí; y eso que a mi papá le costó un realero ese noviazgo y esa boda con mi mamá). Voltee para corresponder aunque fuese con una sonrisa ese reconocimiento y hete aquí que a quien veo es a un prominente dirigente del PUS regional, sentado con un diputado de bastante renombre y otros correligionarios suyos, alrededor de sendos vasos de escocés caro en un bar caro. Me refrené para saludarlo y fue cuando aquel dijo en voz alta, para congraciarse con sus copartidarios: “Este general es el único que me ha puesto preso”. Se refería a los lejanos tiempos, hace más de veinte años, en los que yo era miembro del Gobierno de Carabobo y él era uno de los “líderes” del movimiento universitario en la UC. No me quedó más remedio que mirarle fijamente a los ojos y contestarle, también en voz alta, como para que me escucharan los “reinvolucionados” —empleo este término porque, aunque sospecho que entre ellos hay algún “robolucionario”, creo que a la mayoría no les cabe ese término. Le dije, con sonrisa burlona: “También diles que, en esa oportunidad, te trataron muy distinto a como sucede ahora con los estudiantes presos por manifestarse con métodos igualitos a los tuyos…” Y seguí.

Porque, hay que aclararlo de una vez; a ese señor nunca se le violaron sus derechos, ni fue torturado, ni humillado; mucho menos, perseguido con fiscales y jueces complacientes que vociferan “¡Uh, ah!” —lo que es el pan de cada día con este régimen. De hecho, él ni preso estuvo; solamente se le detenía por algunas horas y luego se dejaba en libertad; lo que le permitía seguir aupando y protagonizando desórdenes y tropelías junto con los ilusos que lo acompañaban. Que ahora deben estar enterándose con asombro de que su antiguo cabecilla se “echa palos” en establecimientos muy diferentes a la residencia estudiantil de Naguanagua donde vivía.

Dejo claro, que en los tiempos de la detención del ahora tomador de buenos güisquis, más bien sobraban los instrumentos para contener a los que protestaban. Hasta la Ley sobre Vagos y Maleantes —que aquí fue derogada porque, supuestamente, no se puede presumir la peligrosidad, pero que sigue vigente en Cuba— facultaban a las autoridades ejecutivas a tomar medidas. Pero ninguno de ellos, independientemente de lo grave de la alteración que hubiesen protagonizado sufrió los rigores que hoy padecen los muchachos encerrados junto a criminales dispuestos a la sevicia y bajo al arbitrio de guardianes que se deleitan con el ensañamiento.

Pero es que la concepción del Estado era otra, profundamente democrática; con lunares, pero genuina. Hoy, por el contrario, aunque disfrazados de demócratas, los personeros del régimen están convencidos de que, logrado el poder, no debe ser entregado jamás. Y que si para eso hay que apelar a medios bastardos, a desvirtuaciones de la Ley, ¡pues sea! Una de las muestras más palpables de lo que digo, está en las palabras de la fiscala mechi-pintada, amenazando con penas a quienes se manifiesten “en actitud hostil, contra el gobierno” y a quienes afirmen que van a estar en la calle hasta que dimita Nikolai. Señora, revise el DRAE, “hostil” no tiene las denotaciones que usted le quiere dar. Y los manifestantes no tienen razones para protestar con una sonrisa en la cara, sino con el ceño fruncido. Ahora, la misma funcionaria —aupada por el capitán Hallaca— parece estar lista para encausar por traición a la patria a Ramón Muchacho por decir en el exterior que en Venezuela las cosas no marchan bien. ¿Y es que dijo alguna mentira? ¿O reveló un secreto de Estado? Eso es “público, notorio y comunicacional”, para decirlo con una frase excesivamente manida. ¿Hizo Muchacho algo distinto a lo que llevó a cabo el muerto fallecido cuando tomó la palabra, vestido de liquilique, contando con la presencia del Tío Barbas, en la Universidad de La Habana? ¡No! Pero es que ahora se usa salsas diferentes para cocinar, dependiendo del sexo de los pavos.

Por eso, el ensañamiento contra los presos políticos que sufren en ergástulas sin haber cometido delito, solo por pensar distinto. Dramática la escena de la hija de Leopoldo ante la reja de la prisión, clamando para que la dejaran visitar a su padre y mostrarle el traje con el que se había presentado en su final de año escolar. Eso es lo que pretende el régimen: que los opositores entiendan que se puede avasallar impunemente hasta a quienes no ha sido siquiera imputados. Que, a pesar de las prédicas de labios afuera acerca de democracia e inclusión, no les tiembla el pulso para adoptar como propias prácticas empleadas por dictadores, pasados y actuales, contra quienes osen siquiera pensar en reemplazarlos. Y lo más triste es que, si leemos a Giordani entre líneas, ni siquiera es por una convicción política, sino porque les gusta mucho la plata…

Humbero Seijas Pittaluga:

  • General retirado de la Guardia Nacional, sirvió en ella 30 años.
  • Después de retirado, formó parte del Gobierno de Carabobo durante 15 años.
  • Gobernador de Carabobo, encargado, por 5 meses en 1998.
  • Graduado y posgraduado universitario; dos de los posgrados fueron hechos en los Estados Unidos.
  • Habla, lee y escribe en inglés e italiano.
  • Fue docente en institutos de educación superior por más de 25 años.
  • Desde 1986 es escritor de artículos de opinión. Sus opiniones han aparecido, sucesivamente, en "El Carabobeño", “El Nacional” y “Notitarde.
  • Algunos de sus ensayos y artículos aparecen publicados en dos libros: “Contrapunto” y “Glosomanía”.
  • Desde 1988 y hasta 2011 fue miembro del Consejo Superior de la Universidad Tecnológica del Centro.
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Ese gran disparate que llaman China

12.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Política, Opinión, Historia

China, en realidad no se llama China. Su verdadero nombre es “Zhōngguó” que podría traducirse como “país del medio” o, mejor, como “centro del mundo”. El nombre “China” viene de “Cin,” que es como llamaban al país los persas en tiempos de Marco Polo, y se aplicaba especialmente a una porcelana china muy conocida. Es posible que todo tenga su origen en la primera dinastía, la “Qin,” puesto que esa “q” se pronuncia como nuestra “ch.” La China milenaria, que tanto llama la atención a los turistas occidentales, no es en realidad un país y mucho menos una nación. Se trata más bien de un continente, o de una cincuentena de países que hablan una cincuentena de idiomas, pero a quienes se ha impuesto una forma común de escribir, un sistema de escritura consistente en figuras muy estilizadas que solas o combinadas con otras pueden significar palabras, frases y hasta conceptos complejos. La misma figura puede “sonar” de formas muy distintas en diferentes regiones y significar lo mismo. El Mandarín no es la lengua común de los chinos, sino el idioma del norte, especialmente de Pekín, y se considera también el lenguaje de los gobernantes o de los funcionarios. Es la lengua madre de una cuarta parte de los chinos, lo que significa que la hablan varios millones de chinos, pero no todos los chinos, y aun en las regiones en donde la tienen como lengua madre hay dialectos muy distintos a ella que obligan a los habitantes de esas zonas a ser perfectamente bilingües. El sistema de “tonos” lo complica enormemente, pues la misma palabra puede significar algo muy diferente de acuerdo a la entonación que se use para pronunciarla. Sin embargo, China existe como algo muy parecido a un país, un país que por mucho tiempo fue un enorme desperdicio, y que en cierta forma necesita tener un gobierno fuerte, quizá tiránico, porque de no ser así posiblemente se disuelva por la fuerza centrípeta de sus componentes culturales e idiomáticos. Varias fueron las dinastías que lograron contener esa tendencia a la disolución, pero cada vez que hubo un cambio de dinastía, durante los períodos de transición se impuso una gran anarquía y una evidente tendencia a la disolución. La última de ellas (de las dinastías) es la actual, la del Partido Comunista Chino, un partido que no ha escapado a la corrupción socialista y que no oculta su totalitarismo extremo, como quedó demostrado en las locuras de Mao, que costaron millones de muertos por las hambrunas y los disparates de la llamada “revolución cultural” que no fue otra cosa que una absurda matanza de los mejores y desembocó, previo un movimiento de liberalización en el que se impuso un cierto paréntesis de cordura (después de la muerte de Mao y el paso por la “pandilla de los cuatro”) en la Masacre de Tian’anmen, de 1989. Poco después, el mismo gobierno que asesinó a miles de estudiantes sin la más mínima piedad, decretó un proceso neoliberal salvaje que ha convertido a China en una de las mayores potencias económicas del mundo, en la que existe un esclavismo que parecía haber sido superado por la humanidad desde hacía ya algún tiempo. De modo que en China coexisten el socialismo, el comunismo, el neoliberalismo, la esclavitud, la tiranía y un progreso aparente que tiene mucho de rompecabezas. Y todo ello se apoya en un sistema de gobierno decididamente tiránico, en el que poco o nada importa la opinión de las mayorías y en cambio se impone siempre la opinión de una camarilla, de un grupo muy pequeño que se mantiene a base de fuerza bruta, miedo de los demás y abuso de poder. Siempre, a través de los años, se ha impuesto el gobierno de pequeñas aristocracias servidas por ejércitos de eunucos. En la dinastía actual (que cuando viví en China en la década de 1990 la llamábamos la “Dinastía Panda”) sigue existiendo el ejército de eunucos, aunque nadie les haya extirpado ni secado las gónadas. Parecería que, a diferencia de las otras dinastías, la actual parece dispuesta a abrirse hasta cierto punto al mundo exterior, lo que sería una gran novedad. Pero no sería nada extraño que al abrirse al exterior y recibir la influencia occidental, termine por reventarse el muro de contención que estuvo a punto de reventar en el verano de 1989 y China conozca por vez primera en su vida la democracia, que bien puede significar el fin de la unidad forzada que empezó el años 221 a.C. con el primer emperador, Qin Shi Huang y se ha mantenido hasta ahora como un inmenso disparate, difícil de entender pero también difícil de destruir.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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Los cerros bajaron…

08.07.14 | por Humberto Seijas Pittaluga [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Venezuela, Opinión, Humberto Seijas Pittaluga

…pero, ¡oh, desilusión!, fue para hacer colas. Uno los ve, pacientes, resignados, bajo el sol o la lluvia, para tratar de obtener los productos más básicos que necesitan. Parece que ninguno de ellos se acuerda de cuando era normal ir al abasto, agarrar un pote de leche o un litro de aceite, y dirigirse hacia la caja registradora, sin restricciones, sin ser marcados en los brazos con chocantes números garrapateados por un uniformado analfabeto. Cuando, ¡al fin! logran su cometido tras horas de espera incivilizada, regresan resignados hacia sus barrios. Porque solo consiguen lo que buscan en supermercados que quedan a varios kilómetros y un par de autobuses de distancia. Ya que en su vecindad, y por más que el régimen diga que lo suyo es la inclusión de los más pobres, no se logra adquirir esas cosas. Saben que en los mercales no abunda sino los estantes vacíos y los milicianos obesos. Y fotos del Intergaláctico fallecido, ¡no faltaba más!

Todo, porque este es un régimen que hacen poco con las manos (aparte de robar) y destrozan mucho con los pies. Han dilapidado cantidades de divisas que para enunciarlas hay que escribir quince ceros a la derecha del guarismo. Sin que se vean los resultados. Ni una sola obra de envergadura en estos quince años. El tren de Puerto Cabello a Caracas es la muestra más patente porque corre paralelo a la Autopista Regional del Centro y puede ser visto por los usuarios de esa obra —que ya cumplió sesenta años y sigue con los mismos dos canales con la que lo inauguró Pérez Jiménez. Antes dije: “corre paralelo”, pero solo es una figura retórica, porque si algo está inmóvil es ese monumento a la desidia, a la imprevisión económica y a la falta de sensatez en la programación. Son tan superficiales en la planificación que, al verse sin fondos, decidieron recortar el proyecto y terminar en Cúa. Y ni así han podido terminar algo que el Supercomandante dijo que iba a inaugurar en el 2008. Si la carga que llega por Puerto Cabello no puede ser llevada hasta Caracas, las autopistas seguirán llenas de gandolas, el puerto de La Guaira —cuya vocación es, más bien, turística y de pasajeros—l seguirá recibiendo mercancías que tendrán que llegar al Área Metropolitana por otra autopista supercongestionada. Como este ejemplo de incuria, dejadez e impericia oficiales, cientos más pudieran ser comentados: las empresas de Guayana, los galpones de los valles de Aragua, las plantas cementeras; pero creo que ya queda claro lo que se pretendía decir.

La tragedia de la robolución es que siguen empeñados en poner por encima de la obstinada realidad los principios trasnochados de un fulano “Plan de la Patria” que preconiza hasta la regeneración del género humano en todo el orbe pero que no es capaz de resolver los apagones, la inseguridad y la provisión de alimentos a las masas. La gente más humilde, la que ellos han manoseado y utilizado desde el inicio, la está pasando terriblemente mal. Con razón se les están escabullendo; después de agarrarse durante quince años al clavo ardiente de las promesas, encuentran que no hay para ellos una esperanza que se sustente en basamentos creíbles. Ya despertaron del opio que les insufló Mentira Fresca; lo que notan ahora es que las ansias de poder, el afán de ganancia, la prédica del odio y la ineptitud de los dirigentes terminaron por matar eso que se les vendió como “revolución”. Ahora ven que mientras duró el dinero para comprar votos y corromper voluntades los lisonjearon, que lo que hacían era sobornarlos. Pero que, al llegar la época de las vacas flacas —sin tener un José bíblico que los asesorara, sino un Giordani obcecado en el socialismo real—, los dejaron de lado; no importa cuánto se deshagan Platanote y sus cómplices en embelecos radiotelevisados. Que están en el país de “no hay”.

El más reciente embuste es: “Vamos a cambiarlo todo para servir al pueblo”. ¿Y entonces? ¿Qué es lo que habían estado haciendo durante ya larguísimos quince años y medio? El tipo es tan insubstancial, tan sin ideas, tan títere de los Castro, que ahora se trae a un octogenario cubiche que contribuyó al empobrecimiento de esa isla. Ni que la economía cubana fuese un ejemplo de boyancia. No han podido levantar cabeza ni con los regalos que primero les hacían los soviéticos, y ahora los rojos nativos. Al ilegítimo no se le ocurre sino traer a un tipo que, cargo que ocupaba, actividad que se arruinaba, ya fuese en el Banco Central, la cañicultura, o el fomento industrial. Pero, probablemente, no fue por la propia voluntad del ocañero, o del politburó rojo, que se trajo al carcamal cubano sino que haya sido una imposición más de la gerontocracia castrista. Esperemos que, con todo lo chocante e indeseable que es, esta asesoría no pase de ser otra, carísima, que no llegará a ninguna parte. Igualito que con el otro cubiche que vino a asesorar en lo de los apagones. ¿Qué sabe burro de chicle bomba? Si no hay economía boyante, ni buen servicio eléctrico, en Cuba, ¿qué puede asesorar ese par de valetudinarios? A menos que sea en la instauración de paredones; en eso sí son expertos...

Mientras tanto, los bajados de los cerros siguen en las colas. Pero “tanto va el cántaro al agua”…

Humbero Seijas Pittaluga:

  • General retirado de la Guardia Nacional, sirvió en ella 30 años.
  • Después de retirado, formó parte del Gobierno de Carabobo durante 15 años.
  • Gobernador de Carabobo, encargado, por 5 meses en 1998.
  • Graduado y posgraduado universitario; dos de los posgrados fueron hechos en los Estados Unidos.
  • Habla, lee y escribe en inglés e italiano.
  • Fue docente en institutos de educación superior por más de 25 años.
  • Desde 1986 es escritor de artículos de opinión. Sus opiniones han aparecido, sucesivamente, en "El Carabobeño", “El Nacional” y “Notitarde.
  • Algunos de sus ensayos y artículos aparecen publicados en dos libros: “Contrapunto” y “Glosomanía”.
  • Desde 1988 y hasta 2011 fue miembro del Consejo Superior de la Universidad Tecnológica del Centro.
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