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EL MINISTERIO DE LA VERDAD - El Gran Hermano vigila

** El ojo del poder escarba hondo. La metrópoli de Jünger recoge el basurero humano y lo anticipa a la vigilancia: lo coloca en la mira de la pantalla, de la mirada inquisidora del control permanente

Ningún manual de ética soporta el discurso soporífero del funcionario. Detrás de la cartilla del Ministro destaca la amenaza, la discrecionalidad del consejo a los menos avisados. Los días que corren, la novela negra que agita las banderas de la moral, remiten al correlato de un pretérito no deseado. El Ministro acomoda las palabras, las muerde con delicadeza, pronuncia con elegante prosodia la oración del día. El periodista, ese animal insomne que descubre el vacío, camina sobre un brasero.
La Venezuela que nos ha tocado vivir en estos últimos tiempos es la continuación de la teoría que muchas veces fue esbozada en universidades y conciliábulos políticos: cuidado con los controles, cuidado con las alcabalas, cuidado con los comisarios políticos. El paisaje ha sido descubierto: Llegó el lobo, bestia que estaba en desuso, pero que ha logrado resucitar con las fauces abiertas. La práctica es casi una admonición. Los adivinos hacen buenas migas con el poder: aciertan en todo. Ha llegado el momento de la verdad cobijada por las ordenanzas que el funcionario de turno agripa en los oídos de los desprevenidos.
Los periodistas, siempre inconformes, desatan verdades que no gustan. “Digan la Verdad”, gritan el Ministro y los acodados en el oficio de pegarse de las ubres del status quo, ese que antes era denegación, lamento borincano.
Las viejas dictaduras se deslizaban con la picana, con el alicate, el ring, la bolsa plástica en el rostro. Las de nuevo cuño se valen de la ley, de espadachines y fiscales, quienes alternan el figurín de estrategias veladas, de tinte democrático.
No acepta el poder -el proceso kafkiano que respiramos- la autorregulación que los estados modernos han dejado al arbitrio de la sociedad.
En la presentación del trabajo Manual de ética periodística comparada, Marcelo Contreras destaca, palabras más palabras menos, que la más ajustada ley de prensa es aquella que no se apega a dictámenes, toda vez que los periodistas deben regirse por “deberes autoimpuestos”. En los países democráticos más avanzados así ocurre. Pero no, en Venezuela los controles crecen a diario. Se multiplican para obstaculizar o hacer más difícil la labor del reportero. El Ministro de la Verdad acomoda a su gusto discursivo amenazas talibanas, sin tomar en cuenta que la verdad está allí, a la vista de todos: la que duele, la que florece en las calles. De modo que no es necesario hacer literatura para sentir que las heridas cuestan curarse. La “verdad”, tan desdeñada por la realpolitik, anda y desanda sus pasos en medio de la vaharada del funcionario. Es necesario negar la verdad para crear la nuestra, pareciera pensar quien todos los días se acomoda mejor al aparato propagandístico. Goebbels añoraría tales tácticas. El doctor Pasquali ha afirmado que prefiere la propaganda comercial a la ideológica, toda vez que la última moldea hasta los pliegues del alma. Esa certeza, confirmada por Marx, atiende a aquella expresión según la cual la ideología es falsa conciencia. Remedo de modelos, vamos hacia un precipicio.

El Big Brother

Las tres consignas del partido, el que George Orwell recrea en la novela 1984, se afirma en nuestros temores de hoy: “La guerra es la paz// La libertad es la esclavitud// La ignorancia es la fuerza”. El hermano mayor, Yo el Supremo, El patriarca, el caudillo redivivo, se vale de ellas para caminar sobre las aguas, con el añadido de que los milagros hoy día son muy caros y no reconocen la prueba de la verdad que el Otro esgrime. “Hay una sola verdad, un solo proyecto de país”. Por esa vía es escabroso hacer periodismo. Por ese camino no se llega a Roma. Aunque cabría la idea de que Mussolini pudiera ayudar a encontrarlo.
Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo, aparece a cada rato en la pantalla. No hay que hacer un gran esfuerzo para saber que la Oposición se ha formado de renegados, hoy “escuálidos” y “reaccionarios” que un día mamaron de la teta del poder hoy cubierto de rosetones. El poder había inventado el magnicidio:

Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército que desfilaba a sus espaldas, era demasiado para que nadie pudiera resistirlo indiferente.

Cuesta creer que nos atornillen tanto, sin embargo es necesario que salgamos al aire a revelar los sentidos. Un periodista vive de la realidad. La verdad entonces es harto peligrosa. Para quien se anudó en la garganta el fanatismo, oír esa “verdad”, atender a esa realidad, significa superar el límite de velocidad. De allí la ansiada autocensura a la que juega el Ministerio de la Verdad. “Digan la verdad”, gritan los seguidores del Big Brother, mientras ésta, la verdad, les muerde los talones.
Ya lo ha dicho: vamos por los medios. “Ahora vamos por ti, pequeña pantalla, después arrasaremos con los impresos”, se oye en los círculos más radicales. El periodista traga grueso, pero no deja de escribir lo que pasa, lo que ha dicho quien ahora se niega a admitir que su verdad es la que ahora le golpea la cara.

El día del periodista

Cada 27 de junio, cada año, cada día, el periodista debe luchar con la verdad del Otro, con la que no es, según los criterios totalitarios de quien se cree propietario de su labia.
Ciertamente, no hay nada que celebrar. Vivimos días de tensa calma, de empujones y pedradas. La verdad es peligrosa. Unos la enmascaran. Otros la sueltan como un perro loco en medio de los avatares callejeros. El poder se engrincha, suelta sus espinas. Arremete desde su “inocencia”, de su “humanismo”. Aconseja, imputa, desacredita, infama, insulta, mofa.
La perorata del Big Brother ocupa la pantalla. “Tengan cuidado conmigo. No se pasen, cojan mínimo”, pronuncia. El periodista refleja la imprecación, la amenaza. Para quienes no oyeron al orador, se trata de otra mentira. “Digan la verdad” y la verdad se convierte en un reptil, en una sanguijuela. El periodista pasa a ser un delincuente. Un tipo de cuidado. “Hay que abrirle un expediente”. Pero ninguno se calla. Los pocos que lo hacen han quedado como una mancha en la pared. Su silencio los denuncia, los relega.
El día del periodista venezolano es –sin olvidar los golpes del pasado remoto- un espacio para recoger la verdad, esa conveniencia, y elaborar los reportajes del tiempo. Quedarán para arbitrar la opinión del futuro.
El pesimismo es peludo. Al final de 1984 queda esta imagen:

Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella oculta bajo el bigote negro. ¡Qué cruel e inútil incomprensión¡ ¡Qué tozudez la suya exilándose a sí mismo de aquel corazón amante¡ Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano.

La verdad, la que se toca con todos los sentidos y con el alma, debe continuar su trabajo. los periodistas somos un hueso duro de roer. Pero los que se entregan sin vacilación pasan a ser sobrado de bestia. El abrazo será mortal.

Alberto HernándezALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

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2 comentarios

Comentario De: GONZALO PALACIOS GALINDO [Visitante]
GONZALO PALACIOS GALINDOAlberto: Tristeza ver que Orwell escribe la historia de Venezuela. "ANIMAL FARM" (1945) reemplaza a G.Moron y a Salcedo Bastardo por no hablar de los "viejos". Un abrazo, Gonzalo Palacios G.
30.11.11 @ 11:00
John Montañez CortezEl apócrifo estado de derecho, de este maltrecho país —esbozado desde la isla del mar de la felicidad—, sólo favorece al enriquecimiento ilícito de un pequeño grupo, indolente y egoísta, que utiliza el populismo y la demagogia de una ideología extranjera y caducada, para traicionar al bravo pueblo. El periodismo real, sin ataduras políticas, sin complacencias gubernamentales y sin temor a ser devorados por la bestia, es fundamental, si queremos verdadera democracia. Es decir, si ambicionamos un futuro esperanzador.
En este negro momento, de peludo pesimismo, las palabras de George Orwell vienen como anillo al dedo:
«Si un gran número de personas creen en la libertad de expresión, habrá libertad de expresión, incluso si la ley lo prohíbe. Pero si la opinión pública es apática, las inconvenientes minorías serán perseguidas, aún cuando existan leyes para protegerlos».
Un abrazo Alberto.
John Montañez Cortez
http://cervantesmilehighcity.blogspot.com/


02.12.11 @ 23:56