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El sueldo de mi abuelo

21.09.11 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Política, Venezuela, Opinión, Historia

En 1974, como Inspector General de Espectáculos Públicos del Distrito Federal, firmé una resolución en la que se prohibía terminantemente el corte de escenas en películas. A dos buenos amigos, que eran asiduos de la última peña literaria de Caracas (“El gusano de luz”) tal como yo, y que eran clasificadores de películas, quise entregarles personalmente el documento. Eran el poeta Pedro Francisco Lizardo y el crítico cinematográfico Luis Álvarez Marcano. En el documento la secretaria había puesto mi nombre completo: Eduardo Casanova Sucre, y Álvarez Marcano, al verlo, me preguntó si yo era pariente de don Eduardo Sucre, que fue concejal por las Cívicas Bolivarianas mientras él lo era por la izquierda, en tiempos de López Contreras. Al oír mi respuesta afirmativa (Eduardo Sucre era mi abuelo) me contó que, siendo mi abuelo de derechas y él izquierdista, era mi abuelo el único concejal en quien él confiaba plenamente, por su honestidad y su caballerosidad, además de su estupendo sentido del humor. Y me contó que don Eduardo renunció a su cargo de concejal el día en que aprobaron en cámara que los concejales cobrarían sueldo. Él (mi abuelo) entendía que ser concejal era un servicio a la comunidad y nadie podía cobrar por prestar ese servicio, que, por lo demás, sólo se ejercía dos o tres veces por semana en sesiones de dos o tres horas. Quizá haya sido algo exagerado de su parte. Que los concejales cobren dieta en compensación por el tiempo que usan en las reuniones o en los trabajos de comisiones, y que podrían haber utilizado en actividades bien remuneradas. Pero siempre con la limitación de que efectivamente hayan estado en las reuniones de cámara o de oficina. No un sueldo, que es una remuneración fija en la que poco importa si el concejal (o el parlamentario) estuvo o no en una o ninguna reunión. Por supuesto que este razonamiento se aplica también a las Asambleas legislativas, al congreso, y hasta a las reuniones de juntas directivas de entidades públicas. En realidad, en aquel caso lo que es importante, lo que es definitorio, es la honestidad de don Eduardo Sucre, que prefirió renunciar a un ingreso sustancial a renunciar a sus principios republicanos.
Durante el ejercicio de la democracia venezolana posterior a la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, los senadores y diputados del Congreso Nacional sólo votaron unánimemente por unas pocas mociones, unas para aumentarse los sueldos y otras para atribuirse prebendas y ventajas, como aquella que hizo que los congresantes pudieran viajar gratis en los vuelos nacionales y con pleno derecho a reservación, cuando quiera que lo desearan. En 1992 un senador o un diputado estaban entre los mejor pagados del país y tenían un excelente seguro colectivo, viajes gratis, alojamiento pagado por la nación cuando viajaban, especialmente si era al exterior, servicios médicos y quién sabe cuántos privilegios más. Y en febrero, a raíz del golpe fascistoide de Chávez y compañía, algunos de ellos se dieron golpes de pecho y plantearon que deberían desprenderse de algunos de esos privilegios para hacerse menos odiosos ante la opinión pública. Y estuvieron a punto de hacerlo, hasta que uno de ellos se paró y los hizo “entrar en razón”, ¿por qué iban a renunciar a una vida tan sabrosa?, y el proyecto de adecentamiento se quedó en veremos. Siguieron viajando a cuerpo de rey pagados por la nación, siguieron comportándose como aristócratas y multimillonarios, siguieron luciendo sus privilegios, y en buena parte eso fue lo que movió a las grandes mayorías a repudiarlos y a preferir a un demagogo, populista, falso como una moneda de trece, que suele decir lo que la mayoría quiere oír, y hacer lo que le da la gana, casi siempre en perjuicio de las grandes mayorías, en perjuicio del país y de los menos favorecidos. Porque no se diferencia en nada de los que criticó y critica: vive y viaja a cuerpo de rey, con todo pagado por la nación, se comporta como un aristócrata y multimillonario, luce obscenamente sus privilegios y no le importa que cualquier ciudadano tenga treinta o treinta mil veces menos que él. Y lo mismo pasa con sus ministros, sus parlamentarios, sus magistrados, sus integrantes del inmoral “poder moral”, sus gobernadores, sus alcaldes, sus concejales y sus notables boliburgueses. Ojalá que, así como la mayoría del pueblo rechazó a los privilegiados de la mal llamada “Cuarta República”, rechace de plano a los chavistas, porque son hasta peores que aquéllos. Son más tramposos, más inmorales y más incompetentes.

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