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Isaías Medina Angarita (1897-1953) El gran demócrata frustrado

05.10.12 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Política, Venezuela, Biografías, Venezuela, Historia

El general Isaías Medina Angarita, hijo del coriano José Rosendo Medina y de la tachirense Alejandrina Angarita García, nació en San Cristóbal el 6 de julio de 1897. A los dos años de edad quedó huérfano de padre cuando el general José Rosendo Medina, en inútil defensa del gobierno de Ignacio Andrade, perdió la vida en la batalla de Tocuyito. A los quince años, después de haber estudiado primaria y bachillerato en San Cristóbal, se mudó a Caracas para ingresar a la Escuela Militar a propuesta del general Félix Galavís, amigo de su familia materna y propulsor de la Escuela Militar auspiciada por el gobierno del general Juan Vicente Gómez. Se dice que en ello también hubo influencias del general León Jurado, falconiano como el difunto padre de Medina. Su carrera militar se caracterizó por su conexión con la Escuela Militar y otros institutos educacionales, como el Liceo Andrés Bello, que le permitieron relacionarse, extrañamente, con muchas personalidades civiles del mundo de la cultura. Se ha dicho que fue admirador de Mussolini y del fascismo. Una persona que lo conoció bien me lo ratificó sin darle mayor importancia. ¿No lo fueron, por ejemplo, Winston Churchill y muchas personalidades de entonces? Se trataba del rechazo al llamado “socialismo real” o comunismo, que amenazaba muchos de los valores de entonces sin ofrecer a cambio nada que no pareciera un salto al vacío. El éxito de Mussolini, aunque terrible, no fue tan espantoso como el de Hitler, ni tuvo la misma carga de barbarie, y el de Stalin no tenía precisamente tintes angelicales, como no lo tuvieron las quemas de templos ni las palizas a curas y monjas que se vieron en la España “roja”, para regocijo de la ambición de Franco. El que el general Medina Angarita haya admirado al fascismo y luego, al ejercer el poder, haya dado tantas muestras de haber sabido dejar atrás ese elemento, es más bien un mérito que una culpa. Algo similar podría decirse de Rafael Caldera.
El 1º de marzo de 1936, después de los sucesos de febrero, es ascendido a coronel y designado ministro de Guerra y Marina, lo cual, en lenguaje de la época, era equivalente a proclamarlo sucesor del presidente para el próximo período. A mediados del 40 asciende a general de Brigada y el 11 de marzo deja el cargo de ministro y pasa a disponibilidad para llevar adelante una auténtica campaña electoral, que ya había sido afrontada por la oposición con la candidatura, más simbólica que real, de Rómulo Gallegos. El 2 de marzo, desde San Carlos, en Cojedes, se había lanzado formalmente su candidatura, y Medina aceptó la postulación el 13, mediante un manifiesto público. Desde los tiempos del “Mocho” Hernández Venezuela no había visto una auténtica campaña electoral, con “meetings” y reuniones políticas. Sin embargo, no todo era lecho de rosas. Las burlas al candidato se multiplicaron y hasta llegaron a ser irrespetuosas, aunque tenían más de resentimiento y frustración que de intento por perjudicar al candidato. Era inevitable el triunfo de Medina Angarita, y para muchos implicaba un retroceso frente al López Contreras de los últimos meses, pues muchos juraban que las medidas de avance de López eran de él, mientras que las retrógradas eran inspiradas por Medina Angarita.
En rigor, Medina Angarita fue el primer militar que gobernó el país. Los anteriores fueron civiles convertidos en montoneros, sin ninguna formación militar propiamente dicha. De hecho, Medina Angarita, quizás por ser militar, no fue un buen político. Desde el comienzo de su gestión se vio claramente que estaban equivocados los que pensaban que implicaba un retroceso con respecto a López Contreras. Medina avanzó en días lo que su predecesor no había querido avanzar en meses. Con ministros como Caracciolo Parra Pérez (Relaciones Exteriores), Gustavo Herrera (Educación), Arturo Uslar Pietri (Secretario de Gobierno), Rafael Vegas (Educación), etcétera, sus gabinetes están entre los mejores de la historia de Venezuela. Su gobierno tuvo varias características que lo hicieron único y permiten suponer que, de no haber cometido algunos errores, unos pocos errores que ayudaron a que se interrumpiera el proceso, y de no haberse interrumpido el proceso a causa de esos errores, el país habría podido llegar a alturas que aún no conoce y convertirse en el único que podría justificarse plenamente ante la Historia y la humanidad por la felicidad de sus pueblos en la América humana. Durante su mandato no hubo, por vez primera desde la llegada de los españoles a las costas de lo que hoy es Venezuela, ni asesinatos ni prisiones políticas ni exiliados ni persecuciones de ninguna especie. Ni siquiera simples arrestos injustificados que pudieran atribuirse a decisiones del presidente o de sus ministros, y, aquellos que fueron por obra de los jefes locales, se encontraron con el repudio de las altas esferas que siempre hicieron lo posible por contrarrestar tales acciones. Hubo la más completa de las libertades de expresión y de prensa. Se toleraron, se permitieron y hasta se alentaron los partidos políticos como medios de expresión y de funcionamiento de la democracia. Como consecuencia, se presentaron o se anunciaron con plena claridad en el horizonte, en su período, los principales partidos venezolanos del siglo XX. Acción Democrática, que nació como un partido de intelectuales, fue una iniciativa de Rómulo Betancourt con el apoyo, entre otros, de Rómulo Gallegos, que fue el inventor, también, del nombre del partido. No fue otra cosa que un cambio de orientación y forma del Partido Democrático Nacional (PDN) que el gobierno de López Contreras se negó a legalizar por considerarlo de ideas comunistas, y en él se agruparon personas que habían participado en el Movimiento de Organización Venezolana (ORVE) y en la Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI), y en general muchos de los que habían respaldado la candidatura de Gallegos. Se diferenciaban claramente de los comunistas, cuyo Partido Comunista de Venezuela, sucesor del PRP, también fue legalizado. Con su creación se solucionó un conflicto de competencia, pues en el PDN actuaban tanto Jóvito Villalba como Rómulo Betancourt, los dos nombres que polarizaban a los jóvenes de izquierda de la generación del 28, y en Acción Democrática sólo ingresó Rómulo Betancourt. La Unión Nacional de Estudiantes (UNE), liderada por Rafael Caldera y Lorenzo Fernández y de origen falangista, pero que había dejado atrás su cercanía al fascismo y al nazismo en razón de la guerra, se transformó en Acción Nacional, que luego se convertiría en COPEI. Y los partidarios del gobierno de Medina Angarita se organizaron como PDV (Partido Democrático Venezolano), que se diferencia claramente de las Agrupaciones Cívicas Bolivarianas de López Contreras, aunque previamente se haya llamado nada menos que PPG, “Partidarios de la Política del Gobierno.”
Es importante notar que al reabrirse la posibilidad de funcionamiento de partidos políticos, salvo en espacios muy reducidos y con influencias extrañas, como el Táchira, a nadie se le pasó por la cabeza seriamente la idea de resucitar los antiguos partidos liberal y conservador, sino que Venezuela, el país de Simón Bolívar, al crear partidos enteramente nuevos, de tendencias comunistas, socialdemócratas y demócrata cristianas, se diferenció claramente del resto de la América Latina, aun cuando tiempo después se vio la misma tendencia en otros países de la región.
Una pequeña y muy discutible sombra en la apertura generada por el gobierno de Medina Angarita fue el problema sindical, pues en marzo de 1944 fueron disueltos 93 de los ciento cincuenta sindicatos existentes en el país, sobre la base de que en declaración pública de uno de sus dirigentes se había proclamado su adhesión al partido comunista y la Constitución prohibía que los partidos intervinieran directamente en las organizaciones sindicales, lo cual fue denunciado por Ramón Quijada, de Acción Democrática. El presidente Medina, al entrevistarse con el dirigente mexicano Vicente Lombardo Toledano, anunció que trataría de cambiar la legislación para evitar que esa situación se repitiera. En contraste, su gobierno había alentado abiertamente la seguridad social y, más importante aún, auspició la firma del primer contrato colectivo de la industria petrolera, que se firmó el 14 de junio de 1945.
La economía venezolana en el tiempo de Medina Angarita fue dominada por un hecho absolutamente ajeno al país: la II Guerra Mundial. Ella aceleró el proceso que se había iniciado en 1928, al dificultar hasta lo imposible la exportación de bienes distintos al petróleo y fomentar en cambio la exportación del petróleo, muy necesario para las potencias que luchaban contra los países del Eje. Y también dificultó la importación de bienes en general. El régimen hizo todo lo posible por administrar sabiamente los recursos de que disponía, y en buena parte lo consiguió. Su logro más importante, obtenido a pesar de la resistencia de las empresas petroleras, fue el llamado fifty-fifty, que no se aplicó de inmediato, sino después del derrocamiento de Medina, pero permitió al Estado venezolano desarrollarse y modernizarse, aun cuando posteriormente ese proceso fue deformado y mal orientado hasta convertirse en una rémora para el desarrollo del país. Sin duda, lo alcanzado a través de la Ley de Hidrocarburos de 1943 (vigente hasta la nacionalización petrolera de 1976), fue un avance muy importante y serio en materia de petróleo, que reforzó la posición del país frente a las apetencias de las empresas extranjeras y permitió que las autoridades venezolanas mantuvieran el control de la industria, además de acabar con el empirismo en las concesiones de exploración y explotación de hidrocarburos. Su otra gran contribución al desarrollo económico del país fue la Ley de Impuesto sobre la Renta de 1942, que no sólo reguló el ingreso petrolero, sino que organizó la recaudación y significó una mejor y más equitativa distribución de las cargas impositivas. También fue una iniciativa importante la Ley de Reforma Agraria, pero sus efectos no se hicieron sentir porque fue promulgada inmediatamente antes del derrocamiento del gobierno, lo cual permite que pueda existir siempre la duda acerca de si habría sido menos perjudicial para el desarrollo agrícola que la que fue aplicada durante el gobierno de coalición AD-COPEI-URD a partir de 1959. La creación de la Corporación Venezolana de Fomento, el refuerzo de iniciativas del gobierno de López Contreras en materia de vivienda y muchos más, son logros que contribuyen a elevar la imagen del gobierno de Isaías Medina Angarita como el hombre que presidió uno de los mejores gobiernos entre todos los que ha tenido Venezuela desde que se separó de Colombia en 1830. Le tocó gobernar en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Permitió que Estados Unidos tuviese una base antisubmarina en el Oriente del país y otras actividades en Venezuela, pero se negó a invadir las Antillas Holandesas, como se lo pidió el gobierno norteamericano, para “asegurar las refinerías”. Venezuela nunca sería invasora de nadie.
Pero Medina, a pesar de su excelente gobierno, no fue del todo un buen gobernante. Incurrió en dos grandes errores que le costaron el gobierno y terminaron por desviar al país hacia regiones umbrías. La mayor de sus equivocaciones fue el no querer o no poder dejar, así como había dejado en el camino su admiración por Mussolini, el tachirismo. Es extraño que un hijo de coriano, educado en Caracas y casado con la llanera Irma Felizzola, y que se alejó radicalmente del gomecismo, encontrara tan difícil abandonar esa tendencia impuesta por Juan Vicente Gómez y que pretendía dar primacía a los tachirenses sobre el resto de la población venezolana. Pero fue así. No quiso desplazar a muchos de los jefes tachirenses que se habían enquistado en la administración civil, especialmente en el interior de la república.
Posiblemente la causa de las fallas de Medina haya sido su condición de militar, que le impedía ver los matices. La “política militar” de Medina, combinada con su tachirismo, lo llevaron a ser derrocado. Fue un grave error no modernizar el sistema electoral: Un hombre que había tomado medidas de avanzada en casi todos los terrenos, no quiso o no pudo imponer la votación universal, directa y secreta para elegir al presidente de la República, y prefirió mantener el viejo sistema de elecciones de segundo grado, que se prestaba a componendas como la que estuvo a punto de darse al final de su gobierno y a que se le acusara, no sin razón, de querer imponer una nueva forma de continuismo al no permitir que el pueblo en su totalidad se expresara y dejar vigente un sistema que no podía justificarse, ni siquiera alegando que otra cosa podía molestar a las fuerzas armadas. Porque Medina se empeñó en que su sucesor tenía que ser tachirense, aunque aceptó que pudiese ser civil. Alegaba que el ejército no aceptaría a un nativo de otras regiones como comandante en jefe y presidente del país, y esa manifestación de tachirismo lo llevó a escoger como candidato al diplomático tachirense Diógenes Escalante, para entonces embajador de Venezuela en Washington. Escalante, nacido en San Cristóbal en octubre de 1879, tenía pasado gomecista, pero más bien discreto, y había ocupado varios cargos diplomáticos. Fue ministro de Relaciones Interiores y secretario general de la Presidencia en el gobierno de López Contreras, de quien fue condiscípulo en La Grita. Durante el gobierno de Medina tuvo actuaciones importantes en las relaciones con Estados Unidos y en el apoyo venezolano a la creación de la Organización de Naciones Unidas, pero no pudo asistir a la conferencia de San Francisco, en la que se creó la ONU, porque aceptó ser candidato del PDV y de Acción Democrática, cuyos representantes se entrevistaron con él en Washington y decidieron apoyarlo a cambio de la promesa de que sólo gobernaría dos años y luego impondría el sistema de elecciones libres, universales, directas y secretas. En julio de 1945 regresó a Venezuela. Pero algo andaba muy mal: el ministro de Educación, Rafael Vegas había sospechado, en enero del 45, que Escalante no gozaba de buena salud mental, lo cual fue plenamente ratificado en septiembre por el psiquiatra Francisco Herrera Guerrero y por una junta médica presidida por el Doctor Enrique Tejera. Escalante sufría de una demencia senil de origen arteriosclerótico y no podía ser candidato. Súbitamente estalló la noticia. En el PDV se formaron varias corrientes: una apoyaba la candidatura de Juan de Dios Celis Paredes, merideño de cuarenta y ocho años, militar de carrera y considerado generalmente progresista, aunque algunos sectores lo marcaban por haber sido el que ilegalizó a los sindicatos comunistas en 1944. Otros propulsaban la idea de lanzar la candidatura de Arturo Uslar Pietri, el abogado y escritor de treinta y nueve años de edad, cuya actuación política le había ganado el respeto y el apoyo de buena parte de la población del país. Se le criticaba, sin embargo, su cercanía al gobierno de Gómez y su amistad, que no negaba, con los hijos del dictador. Otra corriente apoyaba la candidatura de Rafael Vegas, considerado por casi todo el mundo como el ministro más exitoso y brillante del gabinete, que además era insospechable de gomecismo y representaba un notable avance en todos los sentidos. En maniobra de última hora y como alternativa al golpe, que ya estaba en marcha, Acción Democrática planteó la posibilidad, rechazada por Medina y el PDV, de un candidato independiente, que sería Oscar Augusto Machado, empresario que podría tener al apoyo irrestricto de las petroleras norteamericanas. Se dijo que el general López Contreras, ya distanciado de Medina, dejaría su retiro y se lanzaría a la vía pública a promover su propia candidatura. Medina rechazó todas las propuestas. Celis Paredes, aunque era militar, no era tachirense, y Uslar, Vegas y Machado eran civiles pero no tachirenses, de donde se infiere que el haber nacido en el Táchira era condición sine qua non para ocupar la presidencia de la República. Esa manifestación de tachirismo le resultaría costosísima a Medina y aunque no anula sus muchos méritos, frustra el nivel de su gestión.
El 18 de octubre de 1945 un golpe de estado sacó del poder a Medina, que fue expulsado del país y vivió en los Estados Unidos hasta que un derrame cerebral lo puso al borde de la muerte. Fue autorizado a regresar a su país, en donde, un año después, falleció el 15 de septiembre de 1953. Había vivo apenas 56 años.

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Comentario De: maria garrido [Visitante]
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me gusto este resumen de como fue el gobierno del presidente medina cosas que no savia hay que saber nuestra historia se repiten lean.

20.10.13 @ 02:57

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