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Desangelado - Capítulo 10

20.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 10

En la sala de espera estuvo más o menos contenido, pero en cuanto entró al consultorio de la doctora Abundamate, Marlene Abundamate, se derrumbó. Empezó a llorar casi a gritos, como nunca en su vida había llorado. Ella lo dejó hacer, y al cabo de unos minutos, cuando por fin se calmó, empezó con toda calma su interrogatorio profesional. Ángel le contó que tenía varios días mal, muy mal y que muchas veces había pensado en suicidarse y hasta había planeado en detalle cómo lo iba a hacer. No se mató porque las veces en que estuvo a punto de hacerlo, pensó en su hija, Annie, vio su rostro, se imaginó lo que ella sufriría con la muerte violenta de su padre, y se contuvo. Pero no le contó nada del incidente del boxeador, que le parecía demasiado vergonzante. La doctora Abundamate le hizo toda clase de preguntas y decidió hospitalizarlo. Una depresión profunda comporta un riesgo muy grande, es una verdadera emergencia y hay que atajarla a tiempo, dijo, y lo acompañó a la planta baja de la casa, al área de hospitalización. La casa era muy grande. Originalmente había sido la residencia de uno de los hombres más ricos de El Dorado, hasta que se convirtió en la embajada de Brasil (que se mudó cuando el gobierno brasileño construyó otra mayor aún, especialmente diseñada para ser embajada). Luego, cuando en lo que era el amplio jardín construyeron dos filas de habitaciones pareadas, con un baño compartido por cada par, se transformó en la Clínica Psiquiátrica Santa Hermenegilda, que tenía fama de ser la mejor de la capital. Y la más cara. Apenas pudo Ángel avisarle a su hermana para que fuera a llevarle algunas cosas, y la semana siguiente la pasó sedado en la habitación, vigilado día y noche y casi todo el tiempo dormido o dormitando. El electroencefalograma, le dijo la doctora, reveló claramente fallas de energía en las bandas laterales, típicas de los que sufren estados depresivos. Tendría que tomar un remedio específico, llamado “Efexor,” y hacerse ver al comienzo cada mes, o cada vez que fuese necesario, para ir evaluando su condición. Y si el “Efexor” no funcionaba, habría que ir explorando con otras medicinas hasta dar con la que lo mantuviera alejado de la depresión y no tuviese efectos secundarios. Por fortuna, el “Efexor” tuvo un efecto casi mágico, en su caso, que la doctora Abundamate calificó de endógeno, aun cuando sospechaba que tenía mucho que ver con el hecho de que el Presidente Chives se mantenía en el poder a pesar de los esfuerzos de la oposición. Ángel, como muchos de sus amigos y conocidos, veía con horror el porvenir si el país seguía en poder de aquella banda de resentidos, primitivos, fascistoides que se decían revolucionarios y amenazaban con destruir todo aquello que Ángel podía apreciar en la vida, bueno, malo o regular. Ahora que sabía que tenía un cáncer en el recto, Ángel se preguntó si no habría sido esa la causa de su depresión, pues los síntomas de lo que ahora sabía cáncer le habían comenzado unos seis meses antes de la crisis y él no había querido enfrentar la realidad, había huido cobardemente, se había negado a aceptar la verdad, como si al esconderse pudiera evitar lo inevitable. Se lo preguntaría al médico, a Federico, en cuanto lo recibiera. A las dos de la tarde, cuando ya eran diez o doce los que esperaban, llegó la secretaria y abrió la puerta. Ángel, que esperaba tener problemas, se sintió aliviado: cada uno se anotó en realidad en el orden en que había llegado. Calculó nuevamente que Federico lo recibiría cerca de las tres de la tarde. Y fue en realidad cerca de las cuatro, luego de que atendieran a los dos que estaban antes que Ángel y a tres recién operados, que tenían prioridad y llegaron como zombis, como fantasmas de carne y hueso que aterrizaban en los sillones como si estuvieran programados para hacerlo. Cuando faltaban siete minutos para las cuatro, la enfermera lo llamó y lo hizo sentarse frente al escritorio del médico, un escritorio espacioso, con algunas carpetas muy bien ordenadas y un retrato de Federico con su esposa y sus hijos. Ángel no reconoció sus facciones. Aún esperó unos cinco minutos hasta que apareció, con su bata de un blanco inmaculado, el médico que él había visto por última vez cuando era un niño de diez u once años. El doctor Riosalado, alto, canoso y con grandes manos de cirujano, sí lo recordaba. Recordaba que Ángel, en el colegio San Gabriel de Guanoco, era uno de los que más molestaban a los profesores con sus burlas y sus bufonadas, y eso lo convertía en héroe para los niños de los grados inferiores. Claro que lo recordaba. Perfectamente. Luego de un rápido examen clínico lo hizo sentarse frente al escritorio. Ya el doctor Tierrafranca le había hecho llegar toda la información disponible. Había una lesión cancerosa en el recto, en la parte alta del recto, y era necesario extirparla tan pronto como fuera posible. Le hizo varias preguntas relativas a los posibles síntomas del caso, y una de ellas le hizo pensar que en realidad se había descuidado más de la cuenta: le preguntó que si había habido algún cambio en el calibre de sus evacuaciones. Y claro que lo había habido. Inmenso. Desde hacía tiempo que, junto con la sangre, lo que le salía era como un conjunto de hilos gruesos y cortos, no algo que pudiera generar el chiste que tanto le gustaba a su padre, el del hombre que sintió ganas de cagar en un tren y como los baños estaban ocupados, sacó el culo por una ventana y procedió en consecuencia, por lo que un guarda, asomado por otra ventana, le gritó: “¡El calvo, el del tabaco, que meta la cabeza, que vamos a pasar un túnel!” Eso solo debería haber bastado para darle el grito de alarma, para decirle que iba a entrar, como el hombre del cuento, a un túnel. Y algo por el estilo le dijo el doctor. Era una lesión cancerosa, sí. ¿Era grave? Toda lesión cancerosa es grave, pero hay etapas, grados y niveles distintos de gravedad, que dependen de muchos factores; hay que ver si ya ha llegado al otro lado de la pared, lo que parece muy posible por lo que se puede ver en las imágenes que le mandó Fermín, y si atravesó la pared hay que ver hasta dónde llega, si está en la grasa que rodea el intestino y si hay comprometidos algunos ganglios, cuántos, o si ha habido metástasis, especialmente en el hígado, que es el primer órgano que resulta comprometido si ha habido metástasis de la lesión en el colon; por eso había que examinar bien el hígado, así como los pulmones, porque el hígado y los pulmones son los primeros órganos afectados por metástasis del cáncer de colon, fuera de los ganglios. Y hablando de hígado, por cierto, desde hacía tiempo que tenía Ángel una litiasis vesicular. Sería recomendable entonces aprovechar y sacarle la vesícula, pero también sería conveniente que Ángel le contara cómo fue el proceso. Desde hacía como un año, mintió Ángel, había empezado a notar que le salía sangre cuando hacía pupú: al principio pensó que se trataba de hemorroides y no le dio ninguna importancia, porque no era la primera vez que le pasaba. Y ¿esa sangre se veía solamente en el papel o también en el agua del excusado? ¿Al comienzo?... eso sí que no lo recordaba, pero al cabo de un tiempo, a veces había mucha en el agua, aunque no era continuo, sino como por ciclos: salía sangre un par de días y después pasaba tres o cuatro sin que apareciera y después volvía a aparecer, a veces como si fuera apenas gotitas, a veces como si fuera un chorro. Una vez sí se asustó porque hubo como demasiada, y fue entonces cuando decidió ver a un internista que había conocido no mucho antes en una reunión social, y el hombre le diagnosticó hemorroides sin explorar demasiado. No me digas el nombre de ese colega, que prefiero ignorarlo, dijo con cierta severidad Federico. Pero después, cuando la cosa siguió, volvió a verlo, y ahí sí le ordenó unos exámenes de heces. ¿Con qué resultado? Parásitos intestinales, diagnosticó, amibas y cosas por el estilo. Conservador el hombre, se guio por los libros. Y le mandó un tratamiento muy fuerte para los parásitos, pero cuando Ángel vio que la cosa seguía igual o peor después del tratamiento, cambió de médico y se buscó un gastroenterólogo de la misma clínica. Mejor sería que tampoco le nombrara la clínica. Una clínica muy pequeña. Lógico, ¿y qué le dijo el gastroenterólogo? Como alguien le había hablado de dirverticulosis o dirverticulitis, Ángel pidió que le hicieran una colonoscopia. Muy razonable. Y el doctor dijo que lo llamara en quince días para ver qué hacían. Eso no es una clínica, hermano, afirmó el doctor Riosalado moviendo la cabeza, eso es una lavandería automática. Y entonces fue cuando Ángel decidió llamar a Fermín Tierrafranca para que lo viera; Fermín y él habían sido amigos desde hacía cincuenta años, desde niños, sus padres fueron muy amigos. Tal como el del doctor Riosalado y el de Ángel Almalegre. Ángel lo sabía, claro, y Fermín lo recibió al día siguiente de que Ángel lo llamara, le ordenó tomarse un producto para limpiar el intestino y que fuera a primera hora de la mañana a hacerse la colonoscopia, y allí estaba. Allí estaba, ciertamente, aunque debería haber estado en el consultorio de Fermín o en el de Riosalado hacía un año o más; quién sabe cuánto tiempo tenía esa lesión que tenía, y hacía un año o más posiblemente se hubiera podido solucionar en el consultorio de Fermín; ahora era una operación seria, cirugía mayor, pero, en fin, no era cosa de lamentarse por algo que pasó o que no debía haber pasado, no, no iban a alarmarse ni a preocuparse, sino a ocuparse: Federico le prescribió una serie de exámenes a partir del día siguiente; era jueves, y le gustaría que se hospitalizara el lunes bien temprano para operar el martes. Pero hay un problema, Federico, dijo Ángel, yo necesito arreglar primero lo del seguro, porque yo no tengo con qué pagar la operación, ¿cuánto puede costarme? Si preguntas –le respondió Federico– es porque no tienes con qué pagarla, pero tienes seguro ¿no? Tengo uno mío, uno del Colegio de Abogados y los de mis hijos. Entonces estás cubierto, ahora mismo voy a mandar a administración mi presupuesto, y pasa tú por administración para que te den el presupuesto completo y lo llevas a la compañía de seguros para que te den la carta aval. Eso lo está haciendo ya mi ex-mujer. Me dijo Fermín que tú estabas casado con Angélica Rocadamor, creo. ¿Tú la conoces? Su papá también era amigo de mi papá. Entre médicos te veas. Así es, ¿y cómo es eso de que siendo tu ex-mujer se está ocupando del asunto? Bueno, será porque sigo siendo el padre de sus hijos, pero después de que nos divorciamos siempre hemos sido buenos amigos, y a ella le gusta tener el control de todo, yo sé que ya ella habló con la gente de administración y lo que están esperando es tu noticia para darle los papeles que tiene que llevar a la compañía de seguros, eso lo sé. Igual no va a ser tan rápido como para que puedas hospitalizarte el lunes que viene, así que vamos a prepararlo todo para el otro lunes, que una semana no va a afectar el cuadro, y lo más seguro es que en una semana tu ex-mujer lo tenga todo listo. Conociéndola, mañana mismo va a estar todo listo. Dime, además de la litiasis vesicular ¿hay algo más que puedas decirme? Hace un año tuve una crisis depresiva y tomo “Efexor.” Eso no tiene nada que ver con esto, ¿y más nada? También tengo diabetes. Eso sí es importante, ¿qué tipo de diabetes? Ah, no me pidas tanto, yo soy abogado, o mejor dicho, fui abogado, pero de medicina no sé absolutamente nada. Si eres diabético deberías haber averiguado algo de la enfermedad, aun sin ser médico… ¿te inyectas insulina? No, tomo unas pastillas que se llaman Diamicrón. ¿De 30 o de 80? Se llaman Diamicrón M.R. M.R., sí, está bien; de todos modos tienes que hacerte una serie de exámenes antes de operarte; espera allá afuera a que te den las órdenes, y ten confianza, Ángel, que todo va a salir bien... Eso espero, Federico, pero dime una cosa en confianza, de verdad, yo estoy preparado para cualquier cosa a condición de estar bien enterado… ¿es muy grave? El doctor Riosalado sonrió con la mirada puesta en cualquier parte. Ángel, respondió, eso no te lo puede decir nadie; eso lo vamos a saber después de la operación; por ahora, tranquilízate, que vamos a hacer todo lo posible y lo imposible para que todo salga bien, y a tu ex que cuando todo esté completo se comunique con nosotros para fijar el momento de la operación. Una especie de sonrisa triste acompañó la despedida por parte de Ángel Almalegre, que una hora exacta después hablaba con su siquiatra, la doctora Abundamate, para pedirle que le duplicara la dosis de antidepresivo. La doctora, en cambio, le recetó un tranquilizante suave y le recomendó que rezara. Pero Ángel no creía ni en Dios ni en los santos. Quería depositar toda su fe, todo lo que le quedaba de fe, en la ciencia médica.

Desangelado (novela)
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Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




 

Escritores venezolanos en el exilio

18.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Opinión, Venezuela, Literatura, Escritores

Una de las más notables consecuencias del chavismo ha sido el exilio voluntario de muchos buenos escritores venezolanos. Juan Carlos Chirinos, Juan Carlos Méndez Guédez, Gustavo Valle, Israel Centeno, Miguel Gomes, Eduardo Sánchez Rugeles, Camilo Pino, son algunos de los buenos escritores venezolanos que han decidido irse del país y establecerse en otras latitudes, no solo por la atmósfera de opresión que existe en Venezuela desde que cayó en manos del triste grupo de “socialistas del siglo XXI” que ha acabado con todo lo positivo, sino porque en las actuales circunstancias es muy difícil publicar en Venezuela o desde Venezuela. Quizá sirva para que el mundo se dé cuenta de que sí existe una literatura venezolana importante, tan importante como la de cualquier país latinoamericano, y que ha estado más o menos escondida por el hecho de que en Venezuela los medios de comunicación social no tienen el más mínimo interés por la crítica literaria, y al no haber crítica literaria en el país, nadie, o casi nadie, se entera de que se producen buenas obras literarias. En ese sentido, y con piquete al revés, es posible que por fin podamos encontrarle algo beneficioso al chavismo. Parecería que se trata de una nueva etapa, posterior a un ciclo muy positivo que se relacionó con la verdadera democracia venezolana, pues en 1964, durante el gobierno de Raúl Leoni, se produjo un fenómeno muy importante que impulsó a la literatura del país como nunca se había hecho y a pesar de ciertas circunstancias negativas que parecerían haberla condenado, si no a muerte, a una agonía muy dolorosa. Desde que se publicó la primera novela venezolana (“Los mártires” de Fermín Toro, 1842) hasta mediados de la década de 1960, los escritores venezolanos contaban con medios muy precarios para darse a conocer. Sin embargo, Miguel Eduardo Pardo, Manuel Díaz Rodríguez, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, Rómulo Gallegos y Teresa de la Parra fueron ampliamente conocidos por lo menos en en el mundo de habla hispana y buena parte del resto. Entre 1928 y 1931 desapareció radicalmente la crítica literaria de los medios de comunicación de Venezuela, a mi juicio como consecuencia de la corrupción general causada por el petróleo. Eso impidió que grandes escritores como Enrique Bernardo Núñez y Arturo Uslar Pietri alcanzaran en el exterior el éxito que se merecían. Pero en 1964, con la creación de Monte Ávila Editores, la revista Imagen y otras iniciativas del gobierno democrático, la situación mejoró para los escritores venezolanos y surgió un importante movimiento, una cantidad impresionante de buenos escritores venezolanos, hasta que en la década de 1990, durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, una política cultural errada, que favoreció únicamente a un sector (música, y específicamente el “Sistema” de orquestas creado y dirigido por el ministro de cultura de CAP II) en detrimento de los otros, aunque la literatura, gracias a Rafael Arráiz Lucca en “Monte Ávila” estiró heroicamente su agonía, pero como después no hubo corrección de rumbo alguna, los escritores venezolanos volvimos al desamparo. Y eso se sumó poco después la política disparatada, excluyente y sectaria, del chavismo, así como la falta de materias primas para la edición de libros venezolanos. Todo eso ha llevado al exilio a un grupo importantísimo de escritores, lo que posiblemente tenga como beneficio que la literatura venezolana se pueda conocer mejor fuera del país (por la falta de crítica literaria dentro de Venezuela no dejó de ser dificilísimo darse a conocer afuera). Además de los exiliados, queda en Venezuela un número importante de buenos escritores. Entre ellos están los que vienen de tiempo atrás, como Antonieta Madrid, Laura Antillano, Anta Teresa Torres, José Balza, Eduardo Liendo, José Pulido, Armando José Sequera, José Napoleón Oropeza, Edilio Peña y muchos otros, y los más o menos nuevos, contemporáneos de los exiliados, como Federico Vegas, Roberto Echeto, Margarita Belandria, Francisco Suniaga, Mariana Libertad Suárez, Manuel Acedo Sucre y varios más. Aún no podemos saber si el exilio de un grupo tan importante de autores venezolanos es algo realmente negativo o no. Luego de leer las obras de Chirinos, Méndez Guédez y Sánchez Rugeles (las de los demás debo buscarlas todavía) mi impresión es que no, pero hay que esperar el veredicto del tiempo.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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Desangelado - Capítulo 9

13.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 9

A diez para la una llegó Ángel Almalegre a la puerta del consultorio del cirujano Federico Riosalado en un edificio cercano al Hospital. Cuando Angélica llamó le dijeron que era a partir de las dos y por orden de llegada, y pensó que si se adelantaba más de una hora, sería el primero. Le molestó ver que ya había dos personas esperando, dos personas antes que él. Mentalmente calculó: si llega en punto y cada uno se toma un cuarto de hora, me verá como a las dos y media. Es aceptable, se dijo, pero no se tranquilizó. La inquietud y el miedo se reflejaban en la movilidad de sus pies, que parecían habérsele rebelado de puras ganas de bailar. O en sus ojos, que iban de un punto a otro como buscando algo que nunca encontrarían. En contraste, las dos personas que le precedían parecían absolutamente calmadas. Una era una monja casi obesa, con hábito corto. Y el otro parecía un vendedor de seguros desempleado, decidió Ángel después de una primera mirada. La monja era una mujer joven y hasta bonita a pesar del sobrepeso, con lentes sin montura que resaltaban unos ojos expresivos y calmados. Le recordaron los ojos de Angélica. No veía a Angélica desde que se separaron en el restaurante, pero habían hablado varias veces por teléfono. Ese día, en el restaurante, él le había pedido que lo dejara dormir en el apartamento de ella, y ella, tajante, se negó. Luego propuso (Ángel) que lo admitieran a dormir en la casa de uno de sus dos hijos, a lo cual se opuso también Angélica: los muchachos vivían en apartamentos pequeños, Annie con su esposo y sus dos hijos y Segundo con su esposa y su hija recién nacida. No tenía derecho a estorbarles la vida, ni siquiera en la circunstancia en que se hallaba. Tenía que afrontar su realidad y dormir con su situación, por muy dura que pareciera. Él se quedó en silencio, en un silencio de tienes razón, toda la razón del mundo y es muy sensato lo que dices, así que no te voy a discutir lo que dices, pero tampoco lo voy a aceptar calladamente. Y de allí salió directamente a la casa de Evangelina, su hermana, en el Country Club. Era una casa desproporcionadamente grande, y desde la muerte de Inés del Carmen, la madre de ambos, había quedado libre el apartamento con kitchenette en el que la quieta señora pasó sus últimos años. El único defecto de la casa era el no tener transporte público decente muy cerca. A una cuadra pasaba una camionetica que usaban los empleados domésticos de las casas del Country, pero aunque Ángel hubiese despalillado casi todo lo que heredó de sus padres y lo que sacó de su aventura política, no era como para compartir los medios de transporte de la servidumbre, del servicio doméstico de la casa de su hermana y de las casas de sus elegantes vecinos, se dijo. Nunca pensó que se arrepentiría tanto de haber vendido su Maserati y no haberse comprado ni siquiera un utilitario para sustituirlo. A algo menos de media hora de caminata desde su apartamento había una estación del Metro, y si no llovía mucho, prefería caminar. O, por lo menos, hasta ese día había preferido caminar. Y en este caso era hasta más cerca: había que caminar unas pocas cuadras y pasar por lo menos por una zona dudosa o dar un corto rodeo para llegar a la avenida por donde sí pasaban el Metro y los colectivos grandes. Ese trayecto no le tomaría más de veinte o veinticinco minutos en el peor de los casos, el del rodeo, y quince en el mejor, especialmente porque el espacio de la zona dudosa lo recorrería rapidito, por si las moscas. O tendría que usar taxis. Su hermana sí lo alojó. En el antiguo apartamento de Inés del Carmen, su madre, que tenía un excelente baño, un vestier y la kitchenette. Además de teléfono propio y televisión por cable. Hacia el final de la tarde fue a su “Pent House” llevado por Pedro Nolasco, su sobrino, e hizo su equipaje. Y fue durante la cena, mientras su hermana y su cuñado trataban de que todo se sintiera más liviano, cuando Álvaro le dijo lo del canciller. La respuesta de Ángel fue lo que en realidad hizo menos pesado el ambiente, menos denso, menos cargado de nubes negras, de espacios de búhos y serpientes. Desde entonces había dormido en la casa de los Pianofortín. Inquieto y despertándose sobresaltado cada dos horas, a veces alarmado por una pesadilla. Pero cómodo. Lo asustaba el silencio. Lo asustaba la oscuridad. En las sombras que el viento movía, veía los ojos de la muerte, de la muerte que lo observaba calladamente desde las sombras que el viento movía, sombras que se proyectaban como una silenciosa película de terror en la ventana. En esa misma cama había muerto Inés del Carmen, su madre, dos o tres años antes, y quién sabe si su alma en pena todavía rondaba por aquellos contornos. Quién sabe si era alguna de aquellas sombras que el viento movía. Alguno de aquellos silencios que también se movían muy lentamente, que llenaban de rumores la noche que arropaba la ventana. Las tres noches que envolvieron sus muchos miedos, desde el día en que Fermín Tierrafranca le dio la noticia hasta ese en el que le recibiría Federico Riosalado, se le hicieron las noches más largas de toda su vida. Y también los días. Fueron días cálidos, días de brisa tenue y de cielo claro. Cielo de marzo, azul profundo que en aquella casa de piedras y grandes tejados parecían hasta menos caluroso. Un año antes, un año exacto antes, había sido su crisis depresiva, que empezó en una de las muchas marchas multicolores y multitudinarias que organizaba la oposición para presionar contra los abusos y disparates del gobierno de Chives. Esa, en particular, iba desde la Plaza El Dorado hasta la Contraloría General de la República, y era para protestar por la incompetencia del Contralor, que ignoraba deliberadamente todas las evidencias de corrupción administrativa, de robos, de apropiaciones indebidas, de peculado de todo tipo, que día a día eran señaladas por todos los medios de comunicación. De repente Ángel sintió pánico. Días antes había estado en una extraña fiesta, en una casa enorme, a la que le sacaron los muebles y en la que probó unas píldoras que lo apartaron del mundo. Trató de bailar y no pudo. A lo sumo saltaba como los demás, y terminó fornicando en grupo y desesperado por salir del trance. Finalmente, sin saber cómo, fue a tener a la Avenida Central, que ya estaba ocupada por los vendedores ambulantes, y fue arrestado y encerrado en una celda inmunda, acusado de haberle tocado el trasero a una niña. Un funcionario con aspecto de boxeador lo maltrató y lo amenazó varias veces con matarlo a golpes. Salió horas después, humillado y horrorizado por lo que había vivido, y pasó varios días, semanas, convencido de que pronto volverían por él y habría un gran escándalo que mancharía no solo su reputación, sino las vidas de sus hijos, que se verían convertidos en los hijos de un tocador de culos, de un abusador de menores, de un borracho público. Era como una obsesión, a la que se sumaba el deseo de desaparecer, la imposibilidad de tomar iniciativas y un continuo estar aplastado por la brisa. Además, el sueño se le había convertido en un problema. A veces pasaba las noches en claro, a veces lograba dormirse un par de horas después de acostarse, pero solo para despertarse dos horas después, pasar la madrugada en claro y dormirse con las primeras luces para despertarse, agotado, a media mañana. Se sentía envuelto por la oscuridad, por una oscuridad enemiga, sin deseos de renacer. Sin nada parecido a ganas de yacer con hembra o de saltar algún obstáculo. Sin nada por qué luchar. Derrotado para siempre. Y ese día, en plena manifestación, sintió que todo volvía a ocurrir. Todo se le iba encima como un alud de piedras enormes. Veía de nuevo el rostro desagradable del boxeador y oía de nuevo sus amenazas de golpearle la cara hasta convertirlo en un guiñapo, hijo de puta. Tuvo que salirse de la marcha e irse a su “Pent House”. Y dos días después no le quedó otro camino que ir a la consulta de la siquiatra que tiempo tras había tratado a un vecino.

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Desangelado - Capítulo 8

06.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 8

Melodito era una vaina. Se burlaba de su papá como le daba la gana y se aprovechaba de la situación de la manera más descarada y cínica imaginable. A Angélica nunca le gustó. Yo pensaba, al principio, que era por la política. Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa detestaba a Régulo Gutapercha y Régulo Gutapercha a Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa. Me contó papá, que siempre estuvo cerca de Melodio y lejos de Gutapercha (y mucho más cuando Melodio se casó con Gudrun María Almalegre, hija de alemana, que era su prima segunda o prima tercera), que esa rivalidad empezó cuando estudiaban ambos bachillerato, Melodio en el San Juan de Los Queques y Gutapercha en el Liceo Guanoco. Parece que hubo unos juegos florales, o algo así, y la competencia se centró entre esos dos colegios, representado cada uno por uno de ellos, y el jurado le dio el premio a Melodio a pesar de que los trabajos de Gutapercha eran mejores, pero tenían un piquete político inaceptable para un jurado compuesto por conservadores a prueba de agua, cosa que Gutapercha no perdonó nunca. En esos tiempos ninguno de los dos pensaba en realidad en política. Los dos, parece, querían ser escritores. Poetas. Después coincidieron en primer año en la facultad de derecho y eran los dos mejores estudiantes, ambos de veinte puntos por materia, hasta que Gutapercha se descuidó por la política y sacó un diecinueve en vez de un veinte. Y para colmo, Melodio fue uno de los pocos que no participó en las protestas estudiantiles de 1928 ni cayó preso, y ya eso los hizo enemigos de por vida, irreconciliables. Gutapercha salió al exilio y nunca terminó sus estudios universitarios, mientras que Aris-Gorrochoteguiurzúa se graduó con honores y hasta fue profesor universitario recién graduado. Gutapercha se convirtió en político y encabezó un partido popular y populachero, mientras que Aris-Gorrochoteguiurzúa, cuando participó en política fue siempre un ilustrado conservador. Eran como agua y aceite, y la familia de Angélica estaba toda del lado del agua, mientras que mi familia estaba con el aceite. Yo pensaba que a Angélica no le gustaba para nada Melodito porque era el hijo aceitoso del aceitoso Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa. Pero no, después me di cuenta de que la política no tenía nada que ver en el disgusto que sentía Angélica por Melodito. Era algo intuitivo, algo químico, por él mismo, por su manera de vivir, por su cinismo, y hasta por su amoralidad, que es algo que se fue acentuando con el tiempo. Y, sin embargo, Angélica no me dijo ni un sí ni un no cuando, ya casados, en vez de buscar un puesto en un bufete me dediqué, con Melodito, a la candidatura de su papá, cuando los dos nos metimos de lleno en el Frente Independiente de Vocación Electoral, el FIVE. Como símbolo del FIVE utilizamos una mano abierta, mostrando los cinco dedos. Por cierto que era la mano derecha, y no sé si todo el mundo entendió lo que eso quería decir. O si el común de la gente se dio cuenta de que al llamar FIVE al movimiento estábamos hablando inglés y no español. La candidatura de Melodio empezó a plantearse desde un par de años antes, cuando era el Senador por Guanoco, como independiente por el Partido Liberal Doradeño (PALIDO), el partido de Jacinto Clarinplateado, que en las elecciones había apoyado la candidatura, abiertamente demagógica, del coronel Amadeo Contrasentina, el que fue por casualidad Presidente de la junta de gobierno cuando tumbaron a Caco Tarugo en enero del 58. Fueron muchos los negocios que durante la breve presidencia del aviador hizo, a pesar de su juventud, Melodito, que se reía como le daba la gana de la cursilería del presidente provisional. Esas elecciones, las de 1958, las ganó Régulo Gutapercha con algo más del 50% de los votos, y segundo, para sorpresa de todo el mundo, quedó el doctor Gabriel Estufa, jesuítico y frío caudillo de los Endocrinos, mientras que el demagogo coronel Contrasentina quedó en un apretado tercero. Apretado, pero tercero. Casi desde el comienzo, Gutapercha, cuya política, muy lejos de plantear una revolución izquierdista, fue la de acercarse a los Estados Unidos y procurar que los inversores extranjeros se sintieran lo más a gusto posible, fue atacado con dureza desde la derecha y desde la izquierda. Cuando empezaron los comunistas y los jóvenes del Panaderos, el Partido Nacional Democrático de los Revolucionarios, a enfrentarse con violencia a Gutapercha, mucha gente pensó que lo que hacía falta era separarse de los partidos políticos y poner en la presidencia a un independiente. Muchos se acercaron a los militares con ganas de fomentar un nuevo golpe de estado para tumbar a Gutapercha por aquello de la paz social, y el candidato con más fuerza para sustituir a Gutapercha era Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa, a quien, paradójicamente, la gente de izquierda no veía con malos ojos. Melodito me lo dijo más de una vez, que entre los militares había ambiente para tumbar el gobierno y montar a su papá. Pero parece que la cosa no era tan sencilla. La mayoría de los militares no quería meterse en ese lío. Y entre ellos había muchos que se habían convertido en simpatizantes de los Endocrinos o del Panaderos. Así que hasta Melodito tuvo que aceptar que por la vía militar no se iba a llegar a ninguna parte. En esos días, cuando empezaba ya a hablarse seriamente de la candidatura de Aris-Gorrochoteguiurzúa, me vi envuelto en mil actividades interesantes que me hicieron hacerme ilusiones sin base alguna. Hoy lo entiendo. Creí que tenía a Dios agarrado por las barbas y que ante mí se abría un futuro enorme en la política. Y es que Melodio decidió utilizarnos a Melodito y a mí para sus fines políticos, y nos financió toda una campaña de intrigas y entrevistas destinadas a alentar su candidatura. Los muchachos siempre pueden equivocarse, y yo seré su recurso de alzada, decía cuando le reclamaban que utilizara los servicios de dos jóvenes sin experiencia alguna para promover y organizar su candidatura. Mi cuñado, Álvaro Pianofortín, aunque era firme partidario de la candidatura de Melodio, encontró poco serio aquello y se alejó del grupo. Supongo que por su excesiva prudencia, que lo ha convertido a la larga en un señor banquero. Pero Melodito y yo sabíamos muy bien que en realidad no confiaba en absoluto en los políticos que solían acercársele para ofrecer sus servicios nada desinteresados. Así, pagados siempre por Melodio, Melodito y yo sostuvimos quién sabe cuántas entrevistas, casi siempre en copiosos y bien surtidos almuerzos en el restaurante El Palíndromo, que tenía reservados para reuniones discretas y hasta secretas, a los que se entraba directamente, previa reservación, a un pasillo más o menos secreto que tenía tantas puertas como muy discretos compartimientos (y se salía de cada uno de ellos directamente a ese mismo pasillo que daba a la calle, previo pago, por supuesto) sin que el grueso del público viera a los que se iban a reunir o se habían reunido. Eso fue poco después del segundo cisma en el Panaderos, cuando el llamado Grupo Auto (por autosuficientes), que llegó a dominar las estructuras formales del partido, resultó derrotado por los gutaperchistas en una convención extraordinaria y se encontró en minoría, acosado, así que decidió formar tienda aparte, que llamó Frente Revolucionario Independiente Obrerista (FRIO), cuyo jefe máximo era un tal Publícola Malzapatero, dueño de una cara casi nadie conocía, porque nunca la daba. Pronto me encontré invitando a los principales dirigentes del nuevo partido a El Palíndromo y negociando la posibilidad de que el candidato del FRIO, como independiente, fuera Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa. Y lo mismo ocurría con los segundos de Clarinplateado, los del Partido Liberal Doradeño (PALIDO), o con los de una pequeña organización política que ni llegaba a partido, llamada Comité Unido Revolucionario de la Sociedad Independiente (CURSI), y formada por los seguidores de Contrasentina. Llegamos a pensar que los habíamos convencido a todos, y que era un hecho que el FRIO, el PALIDO y el CURSI formarían un frente para lanzar la candidatura independiente de Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa. Hasta el propio Jacinto Clarinplateado nos aseguró que, si sentía que la candidatura de Melodio tenía futuro, él mismo la apoyaría con todas sus fuerzas, para que los demás, el FRIO y el CURSI, la aceptaran. Fue entonces cuando pensamos en hacer un “gallup,” que era como llamaban en ese tiempo las encuestas de opinión pública, para demostrarle a Clarinplateado que la candidatura de Aris-Gorrochoteguiurzúa tenía un gran soporte popular. Pero descubrimos que hacer un “gallup” costaba una bola y parte de la otra, y antes de arriesgar el futuro de nuestros hijos aún no concebidos, optamos por dedicarnos a reunir firmas y publicarlas en los principales periódicos de la capital, como una forma de presión popular a la que los precandidatos y aspirantes a candidatos no podían escapar. Era una presión notable y hasta fuerte, porque desde el principio conseguimos las firmas de personas importantes, tan importantes que harían pensar a los candidatos y precandidatos que sus aventuras estaban seriamente comprometidas por falta de recursos. Habíamos organizado grupos de jóvenes, especialmente de muchachas bonitas, que iban de calle en calle, de plaza en plaza, de comercio en comercio y de oficina en oficina, a veces al azar, a buscar firmantes, y nunca, nunca, regresaban con las manos vacías. Y fue por disposición del propio Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa por lo que se creó el FIVE, cuando supo que, además de nosotros, había otros dos grupos recolectando firmas, uno de ellos en las tres universidades de Guanoco. Hicimos una reunión a la que asistieron cinco representantes de cada uno de los tres grupos, y de allí salió el Frente, el FIVE, dirigido por un triunvirato, un Director por cada uno de los grupos. Y el que quedó por los jóvenes, que éramos los más eficientes en la búsqueda de firmas, fui yo. Fue entonces cuando empezó todo: cuando Melodito, muerto de risa, se quedó con un dinero que había recibido de unos banqueros para la campaña de su padre y lo repartió conmigo y otros cuatro. Yo lo acepté como si eso fuese lo más natural del mundo y celebré con Melodito su ocurrencia. Pero los banqueros preguntaron por el destino del dinero y cinco de los seis lo devolvimos sin pestañear. Melodito se lo había gastado y debió inventar que se lo había entregado a un dirigente sindical para un meeting en no sé dónde. Supongo que su padre no se lo creyó, pero no se habló más del tema. Y, desde luego, no le dije una palabra a Angélica ni a nadie de lo ocurrido. Pero me di cuenta de que aquello había tenido un muy mal comienzo. Pésimo principio. Y lo que he tenido que vivir muy poco a poco, como si fuera un lento alud de tiempo y hasta de desgracias, no es otra cosa que aquellas turbias aguas de aquel turbio manantial llegando a la mar. A la mar que cada vez se hace más turbia. No es otra cosa.

Desangelado (novela)
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Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




Desangelado - Capítulo 7

29.06.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 7

Si puede calificarse un matrimonio de atípico, el de Angélica Rocadamor y Ángel Almalegre lo era. Angélica nunca pareció una joven entregada. De novios jamás se les vio esconderse para acariciarse y besarse, y recién casados parecía que llevaran a cuestas diez o quince años de matrimonio. Nunca hubo en ella nada parecido a pasión. Y él parecía aceptarlo con cierta resignación. Ambos tenían algo de convencionales, aun sin serlo. Y, sin embargo parecían contentos, conformes con lo que vivían. Se instalaron en una pequeña casa en las afueras de Guanoco, en una zona discreta, más bien de clase media. Ella salía en su propio automóvil todas las mañanas, muy temprano, rumbo a las oficinas del Escritorio Plantaverd, Rosmarinus y Asociados, en donde siempre se decía que ella era “Asociados,” y a fin de mes depositaba en una cuenta conjunta un sueldo aceptable y lo que le tocaba de honorarios, que era también por lo general una cantidad muy razonable. Y él, su marido, que también depositaba en la cuenta común la mitad de lo que le producían los valores que tenía en dos o tres bancos, producto más que nada de los regalos de boda, salía algo más tarde que ella, también en su automóvil propio, pero no a ningún bufete de abogados, sino a cualquier reunión política relacionada con la candidatura presidencial del doctor Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa, que trataba de aglutinar a todos los independientes en torno a aquel hombre sobrio, amable y un poco artificial, acusado de conservador y frío, pero que por alguna razón misteriosa, muy posiblemente relacionada con la televisión, estaba conquistando muchos apoyos entre las clases marginales de la capital y su zona de influencia, además de en buena parte de las clases medias y, muy especialmente, en las clases privilegiadas que lo veían como uno de ellos con toda propiedad. Aris-Gorrochoteguiurzúa, casado con una prima lejana de Ángel Almalegre, fue considerado en su momento el niño prodigio de la política doradeña. Acababa de cumplir treinta años, en 1935, cuando publicó, en España, su primer libro, un denso ensayo titulado La América toda, muy elogiado por la crítica y por los estudiosos del mundo hispanoparlante. Hoy en día es posible darse cuenta de que fue escrito con una habilidad casi diabólica, como para que las gentes de izquierda lo entendieran de una manera y las de derecha de otra. Cada uno de los planteamientos que en el libro aparecen puede ser interpretado de dos o tres formas diferentes, a veces hasta contradictorias. Y esa característica se hizo aún más fuerte y mejor lograda en su segundo libro, Arriba y abajo, publicado en Argentina en 1945, que trata sobre las relaciones entre los Estados Unidos de América y el resto de los países del llamado “Nuevo Mundo,” tratado que ha sido utilizado tanto por las izquierdas, eminentemente anti norteamericanas, como por las derechas, absolutamente pro norteamericanas, para defender sus puntos de vista, obviamente enfrentados. A partir de 1936 fue Ministro de Hacienda, Ministro de Relaciones Exteriores y, finalmente, Ministro de Relaciones Interiores, cargo que ocupaba cuando se habló de él como candidato de la Presidencia. Fue entonces cuando el ejército, en combinación con el Panaderos, dio un golpe de estado y entregó el país a una Junta de Gobierno presidida por Régulo Gutapercha, enemigo jurado de Aris-Gorrochoteguiurzúa, que debió salir al exilio, del que regresaría sin mayores glorias más de diez años después. Gutapercha y Jacinto Clarinplateado, los dos grandes dirigentes estudiantiles de su momento, y Aris-Gorrochoteguiurzúa, que se negó a participar en los movimientos universitarios, pero era el mejor estudiante de su generación, terminaron copando el mundo político de su tiempo. Gutapercha y Aris-Gorrochoteguiurzúa como adversarios irreconciliables y Clarinplateado un poco en el medio de los dos, amigo de los dos y enemigo de los dos. El cuarto personaje político de mediados del siglo XX fue el coronel, y después general, Marino Caco Tarugo, que dio dos golpes de estado, expulsó del país a dos de los tres civiles y finalmente fue depuesto por un golpe cívico-militar a comienzos de 1958. Y al restablecerse la democracia, pareció que los tres, Gutapercha, Clarinplateado y Aris-Gorrochoteguiurzúa, volvían a ser los ejes en torno a los cuales giraba la vida política de El Dorado, con el solo agregado del doctor Gabriel Estufa, hechura de los jesuitas y líder de la llamada Entidad Democrática Cristiana (Endocrina) y el poco consistente coronel Amadeo Contrasentina, ave de paso que ejerció por unos meses la presidencia de la Junta y se creyó el cuento. Esa tendencia, casi determinista, se acentuó en 1963, cuando surgió la candidatura de Aris-Gorrochoteguiurzúa como independiente, capaz de aglutinar buena parte de las fuerzas que se oponían al Panaderos, cuyo jefe máximo era Gutapercha, que presidía la república en ese tiempo. Y allí fue donde se ubicó Ángel Almalegre, que a pesar de su juventud, fue un factor clave en la candidatura de Aris-Gorrochoteguiurzúa, cuyo programa de televisión, Hombres, Mitos y Mujeres, era uno de los más vistos por los televidentes doradeños, especialmente en Guanoco. En él narraba en forma amena e interesante los aspectos más relevantes de las vidas de los hombres y mujeres importantes del mundo entero. Se presentaba sentado en un escritorio, con una gran biblioteca como telón de fondo, lo que acentuaba su imagen de intelectual moderno. El programa se iniciaba con las notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven, que para casi todos los habitantes de Guanoco y otras ciudades de El Dorado se convirtieron en la imagen auditiva del doctor Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa. Ángel Almalegre y Melodito Aris-Gorrochoteguiurzúa Almalegre, el único hijo del doctor Aris-Gorrochoteguiurzúa eran parientes, pero nunca se habían tratado. Se hicieron amigos cuando Melodito entró al Colegio San Gabriel de Guanoco al regresar del exilio en febrero del 56, y aunque era un año menor que Ángel, coincidieron en el tercero de bachillerato (que Ángel cursaba por segunda vez). Supieron de inmediato que eran primos cuartos o algo así y se buscaron mutuamente. Al principio hablaban entre ellos solo en inglés, lo que les permitía diversas formas de complicidad para burlarse de los demás. La primera vez que fueron a una fiesta, Melodito se convirtió en gran admirador de las habilidades de bailarín de Ángel, y para Ángel resultó muy conveniente el tener a Melodito como condiscípulo, pues Melodito era mucho mejor estudiante que Ángel y en los exámenes le pasaba papelitos con las respuestas al primo. Después fueron compañeros de curso en la universidad, en aquellos días en los que Ángel y Angélica se hicieron novios, razón por la que Ángel dejó de ver con la misma frecuencia a Melodio. Al terminar el primer año de la carrera, Melodito se fue de El Dorado a estudiar en la Universidad de California, en Los Angeles, de donde regresó (no egresó, sino que regresó) súbitamente a comienzos de 1963 para dedicarse en forma casi profesional a alentar la candidatura de su padre a la presidencia de la república. Y la primera persona que buscó en su nuevo oficio fue a su pariente y amigo, Ángel Almalegre.

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Capítulo 6
Capítulo 7

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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