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Desangelado - Capítulo 11

27.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 11

Internet es lo que hace la diferencia entre el tiempo de mis padres, o de mis abuelos, o de todos mis antepasados, y el mío y el de mis hijos. La invención de las computadoras, los ordenadores, como dicen los españoles, y de la inmensa red que llaman Internet, ha sido uno de los pasos más importantes que ha dado el ser humano. Dicen que equivale a la invención de la imprenta, la de Gutenberg, o a la de la rueda, o al descubrimiento del fuego. Eso dicen los que saben, y creo que tienen toda la razón. De repente se me ocurrió que podía usar la red para averiguar algo sobre lo que me estaba pasando. Para “googlear.” Y busqué lo relativo al cáncer de colon. “Se habla de Cáncer de colon cuando se encuentran células cancerosas en los tejidos del colon. Es corriente que en esos casos haya herencia familiar transmitida por un gen (cadena de ADN), así que los portadores de ese gen pueden recibir tratamiento precoz,” leí. Y también decía que la detección precoz es fundamental. ¿Por qué yo no me di cuenta a tiempo de que me estaba pasando lo que me estaba pasando? ¿Sería el miedo al cáncer lo que me paralizó y me impidió enfrentar la enfermedad como debía haberlo hecho? Pasé un tiempo largo tratando de ignorar que salía sangre cuando iba al baño. No siempre, pero sí muchas veces. Era como un ciclo. Salía sangre, poca sangre, pero salía. Luego un poco más. Y de repente se paraba, y yo empezaba a desear que no saliera más, convencido de que mi cuerpo era capaz de curarse por sí solo, sin necesidad de intervención de médico alguno. Pero luego volvía a salir sangre, y a veces mucha. Debería haber ido al médico a toda carrera, pero no lo hice. Tenía pavor de que el médico me dijera que tenía cáncer. Pregunté aquí y allá, sin decir que estaba averiguando por mí mismo. Y me ilusioné con la idea de que se trataba de algo que llamaban diverticulosis, sin darme cuenta de que la diverticulosis, cuando se convierte en diverticulitis, puede ser mortal, equivalente a una peritonitis, o producir peritonitis y matar a cualquiera. Pero es que la palabra cáncer asusta. Su sola mención hace que se cierren los ojos, que se aprieten los párpados con terquedad. Cáncer es muerte. Es oír una sentencia inapelable de muerte. Muerte. Muerte. Es saberse condenado a pasar un tiempo en una celda, incomunicado, en espera de que se cumpla la sentencia, que no tiene apelación. En espera de que un verdugo le coloque a uno una soga en el cuello y le abra una escotilla para que la gravedad haga el resto. O lo siente en una silla eléctrica y le sujete los brazos y las piernas y el torso y la cabeza y luego accione una palanca para que la energía eléctrica acabe con la vida de uno. O lo acueste en una camilla y le inyecte no sé qué cosa que acabe con la vida de uno. Y es siempre la muerte la que lo espera a uno, agazapada, silente, con su mirada absurda desde las cuencas negras de sus ojos que tampoco existen. Es oír que a la vida se le pone un plazo que es inevitable, que no puede cambiarse, y que todo lo convierte en pasado. Y frente a esa situación todo se convierte en espantosa carcajada. En carcajada silente. Es la muerte la que se ríe en silencio de uno, porque el tiempo se habrá acabado. Eso es el cáncer. Y el miedo a oír la sentencia acelera el proceso. Y la condena. Allí leí que los síntomas eran, exactamente, los que yo tuve. Los que me paralizaron e hicieron que el cáncer avanzara dentro de mí. Y allí, en la “página web” que se armó frente a mis ojos, leí que hay varias etapas:
“Etapa 0 o (carcinoma in situ): Cuando las células cancerosas solo aparecen en tejidos superficiales del colon (supongo que hablarán de los tales pólipos, que solamente tienen células cancerosas en la punta, pero suelen ser el comienzo de todo).
Etapa I: Cuando las células cancerosas están fuera de la capa más interna del colon y han llegado a la segunda y tercera capas, pero no a la pared exterior del colon (Cáncer del colon Dukes A).
Etapa II: Cuando las células cancerosas aparecen diseminadas fuera del colon, en los tejidos vecinos, pero no en los ganglios linfáticos. (Cáncer del colon Dukes B).
Etapa III: Cuando las células cancerosas se han diseminado fuera del colon y llegaron a los ganglios linfáticos vecinos, pero no a otros órganos (Cáncer del colon Dukes C).
Etapa IV: Cuando hay células cancerosas diseminadas fuera del colon y han llegado a otros órganos del cuerpo (Cáncer del colon Dukes D).
Recurrente: Cuando después del tratamiento vuelven a aparecer células cancerosas, bien en el colon o en otra parte del cuerpo (especialmente en el hígado y los pulmones).”
Y también que, cuando se llega a donde la muerte me hizo llegar, hay que apelar a la cirugía mayor, que podría haberse evitado cuando aún el cáncer no había avanzado, pero que en mi caso se hizo indispensable. Que cuando se llega a donde yo llegué, hay que sacar un pedazo de intestino, un buen pedazo de intestino, y luego aplicar las famosas quimioterapia y radioterapia, cuyos nombres asustan tanto como el sagrado nombre del cáncer. Maldita sea. Decía: “Contra el cáncer del colon existen tres clases de tratamientos disponibles, a saber: La cirugía, la radioterapia y la quimioterapia. La cirugía se usa en todas las etapas de extensión del cáncer de colon. En tumores cancerosos muy iniciales, se puede realizar polipectomía durante la colonoscopia, si la zona afectada es un pólipo. Si el cáncer es mayor se extirpa el tumor y una parte circundante de tejido sano, luego se conectan las terminaciones y se limpian los ganglios de la zona. Si la unión se hace difícil se realiza una apertura del colon hacia el exterior (colostomía), que puede ser transitoria o permanente. Requiere una bolsa especial para recoger las heces. La radioterapia, que puede usarse sola o después de la cirugía, elimina las células malignas in situ. La quimioterapia se usa para ‘cazar’ células malignas que hayan viajado a otras partes del cuerpo. Por lo general se utilizan productos que impiden la reproducción de esas células, bien mediante inyecciones separadas o en tratamiento continuo, a través de un catéter que se deja instalado en la vena mientras una pequeña bomba inyecta las substancias en frecuencias predeterminadas. También se usa el tratamiento biológico con productos naturales o sintetizados para estimular o restaurar el sistema inmunológico.” Decía además que el tratamiento por etapas depende del nivel de la lesión, y que en mi caso, cuando el Cáncer ya ha llegado a lo que llaman “Etapa III” (que era mi caso), cubría lo siguiente: “1. Cirugía con resección intestinal; quimioterapia. 2. Estudios clínicos de quimioterapia, radioterapia o terapia biológica después de cirugía.” Y entre los síntomas incluía, claro, lo que yo veía en mi caso, todos los días. El sangrado, la disminución del calibre de las heces. Todo con una frialdad de documento lejano, de luz lejana, de silencio lejano. ¡Coño! ¡Si yo hubiera leído esto antes, no estaría en donde estoy! Y también me encontré con las teorías de un médico alemán, el doctor Ryke Geerd Hamer, que sostiene que cada cáncer es producto de una causa determinada, y que en realidad es como una reacción del cerebro, que de acuerdo a la naturaleza de la causa, prácticamente decide qué órgano se va a autodestruir mediante el crecimiento desordenado de sus células. Ciertamente, todo el tiempo el cuerpo está produciendo células anormales que el sistema inmune elimina, hasta que son demasiadas y copan y vencen al sistema inmune, que es cuando se detecta un cáncer, por lo general muy tarde. No es insensato pensar que eso ocurra por un conflicto sin resolución. Pero lo que más me impresionó fue que el doctor Hamer le atribuyera al cáncer de colon, como causa, un “conflicto indigerible.” No podía ser casualidad. Pensé que en mi caso, por lo menos en mi caso, fue cierto. Pero no “un” conflicto indigerible, sino muchos. Lo que me hizo papá fue un conflicto indigerible. Aceptar un soborno, o varios sobornos, como lo hice, fue para mí fue un conflicto indigerible. Tener que mentir, que disimular para ocultar mi culpa fue un conflicto indigerible. Mi divorcio fue un conflicto indigerible. La realidad de mi pobre país es un conflicto indigerible. Mi vida es un conflicto indigerible, y no vine a saberlo sino ahora, gracias a Internet. Y en cuanto a la cura del cáncer por la Energía Universal, supe que se trataba de restituir el equilibrio de la energía interna del organismo, algo que yo, sin duda, había perdido mucho tiempo atrás. Lo perdí cuando acepté el maldito automóvil y los dólares, lo perdí cuando tuve que separarme de mi mujer, lo perdí cuando me di cuenta de que no podía mirar a nadie a los ojos sin temer que supiera en qué me había convertido. Lo perdí cuando me extravié. Cuando yo mismo me perdí y dejé que todos me abandonaran. Ojalá vuelva a encontrarme. Ojalá mi equilibrio no se haya perdido para siempre sino que esté perdido en la hojarasca. Ojalá lo recupere de verdad, aunque no me lo merezca, con la ayuda de mis amigos. “With a little help from my friends (Would you believe in a love at first sight / Yes I'm certain that it happens all the time)…”

Desangelado (novela)
Capítulos publicados
Primera parte

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




 

La traición de Mefistófeles (cuento alemán)

26.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Cuentos, Literatura

Los edificios –las instalaciones– de la Facultad no son gran cosa. Típica arquitectura de la década de 1950, funcional y sin aditamentos ni regorgayas de ninguna especie. Todo Bauhaus no muy bien interpretado y sin concesiones. Con el tiempo se le fueron agregando algunas esculturas en los espacios abiertos como para que no luciera todo tan estéril, tan desértico. Pero en realidad nadie le presta mucha atención al espacio que ocupa la Facultad, que en el último cuarto de siglo se ha convertido en una de las más importantes del país. Y hasta del mundo, dicen los que saben.
En los últimos veinte años, sobre todo, del mundo entero han venido profesores, estudiantes y hasta simples curiosos a visitarla, a ver el sitio que se ha vuelto uno de los centros más importantes de estudios teológicos en el continente. Cinco años antes de que empezara a destacarse la Facultad, a ser considerada referencia obligada de quienes se interesaban en temas religiosos o relacionados con la religión, el Profesor alcanzó la ambicionada posición de decano, y eso fue determinante para el éxito que llegó a tener. Para el éxito del Profesor y el de la Facultad. Pero ese éxito no había sido fácil ni gratuito. Y para algunos tiene mucho de fraude.
El Profesor se fue construyendo a golpes en los medios académicos la reputación de ser un hombre de una sola pieza, y logró con su trabajo lo que jamás habían podido conseguir sus predecesores a lo largo de más de tres siglos. Era un verdadero esclavo de su quehacer. Esclavo y esclavista. Implacable, egoísta, incansable. Todos lo detestaban. Todos. Moros y cristianos. A sus superiores los desarmaba con adulancias. Se derretía en sonrisas y halagos. Pero a los que estaban por debajo de él en la Facultad los maltrataba a toda hora. Y a todos les estrujaba sus tres doctorados. Tres. Era doctor en filología, doctor en historia y doctor en teología. Antes había hecho tres maestrías: una en antropología, otra en informática y la tercera, la más importante, también en teología. En sus estudios de pregrado había sido brillante, aunque no muy original. A todos en la Facultad les llamó la atención, al principio, su vida monacal, su dedicación absoluta a los estudios, su seriedad. Y el hecho de que nunca se le conociera devaneo alguno ni la más mínima afición por las fiestas o por reunirse con jóvenes de su edad. Ni con personas de otras edades. Llegó un día a la ciudad, entró a la universidad y se dedicó en cuerpo y alma a sus estudios, a sus investigaciones y luego de un tiempo a la enseñanza. Con paciencia y sin apuro ascendió en el escalafón hasta llegar inevitablemente a la ansiada posición de decano, de jefe indiscutido de la Facultad de teología. Y fue entonces cuando salió a relucir su verdadero carácter. Era un tirano. Un verdadero tirano. Un tirano narcisista y solitario. Incapaz de elogiar a nadie, salvo a sus superiores, pero siempre dispuesto a maltratar a sus subalternos, siempre, a toda hora. Y cuando uno de ellos (de los subalternos) escribía un artículo que a él le gustaba, sin el más mínimo pudor lo publicaba como si lo hubiera escrito él, y ¡guay del que se quejara o lo acusara de plagio o de algo por el estilo! Uno lo intentó y tuvo que abandonar su carrera de por vida y convertirse en taxista. Todos (los de abajo) se quejaban de sus malos tratos, pero sólo en corrillos oscuros y misteriosos, porque a los pocos que se atrevieron a hacerlo abiertamente los trató como al taxista. Sus superiores (los de arriba), aunque se daban cuenta de todo, estaban encantados con el resultado final de su trabajo. Nunca había tenido tanto prestigio, nacional e internacional, la Facultad. Nunca se habían publicado tantos y tan exitosos textos, folletos y libros, como desde que fue nombrado decano. Textos, folletos y libros escritos con sangre, con sudor y lágrimas. Textos que se comentaban en casi todas las universidades del país. Y se traducían para ser comentados y admirados en muchas de las grandes universidades del mundo. Los autores de los trabajos, así se publicaran con sus nombres o con el del Profesor, sabían que los habían hecho con dolor, con sufrimiento de esclavos, pero en los folletos y los libros no se notaba ni una gota de la sangre y el sudor que habían tenido que derramar para hacerlos, para parirlos. Una vez publicados parecían, o eran, fríos monumentos de papel y tinta –todo Bauhaus no muy bien interpretado y sin concesiones–, sin otro elemento que papel y tinta, además de una extrema rigurosidad en los conceptos y las ideas. Los que en otras universidades nacionales y extranjeras los leían, los comentaban y los admiraban, no tenían la más leve idea del sufrimiento, de los sufrimientos, que habían padecido los autores. Ni mucho menos imaginaban lo que penaban los subalternos cuando el Profesor los llamaba a su oficina, limpia y ordenada como un quirófano ultramoderno. A todos les gritaba sin siquiera alzar la voz. A unos les criticaba el estilo y los obligaba a modificar sus formas de escribir. A otros los obligaba a doblar aún más la cerviz en busca de enfoques mejores de sus planteamientos. Nunca aprobaba de entrada una bibliografía o un índice. A muchos los golpeaban con sus calmados insultos porque hablaban mucho. O porque hablaban poco. O porque mostraban su frivolidad al enamorarse, o peor aún, al casarse. Y si tenían hijos lo consideraba un insulto personal. Un intelectual verdadero jamás debía casarse ni mucho menos tener hijos. A sus superiores solía citarles una frase de Francis Bacon: “Quien tiene mujer e hijos ha entregado rehenes a la fortuna.” A sus inferiores simplemente los insultaba y los vejaba si se casaban o tenían hijos, y si uno de ellos presentaba un papel de trabajo, sin molestarse en leerlo lo despedazaba. Por eso en la Facultad de teología por lo general no había más de uno o dos casados: tarde o temprano se iban, aun a riesgo de quedar desempleados y sometidos a los azares de esa fortuna implacable y terrible a la que habían entregado sus rehenes, que consideraban hasta menos condescendiente que el Profesor. Tampoco había genios ni personas brillantes. El Profesor se encargaba de echarlos a anularlos, porque en el Sistema Solar solamente puede haber un Sol. Solo una verdadera estrella. Los demás son planetas o cometas o simples meteoritos. O piezas de vacío.
Con los estudiantes, los alumnos de la Facultad solía ser hasta peor que con el personal. Ni una sonrisa, ni una palabra amable. O los ignoraba por completo a los vejaba en público en cuanto se le presentaba la más mínima ocasión. Los llamaba enanos o pigmeos y no permitía que ninguno le hablara sin pedir permiso por escrito.
Pero eso cambió –o estuvo a punto de cambiar– de repente cuando entró a estudiar en la Facultad un joven griego de singular belleza. Moreno, de estatura media, de grandes ojos, expresivos, tiernos, de boca carnosa y cuerpo de atleta. Era un ser extraño, que a pesar de los prejuicios y tradiciones de su tierra prefería estar con turcos a fraternizar con sus compatriotas. El Profesor lo vio por vez primera una mañana, cuando apenas empezaba el verano. Y quedó fulminado. Trató de dominar la pasión que lo invadía. Pero no pudo. Por más que intentaba pensar en cualquier cosa, veía de nuevo el rostro, la figura, la quietud del joven griego. Lo veía en las ventanas, en las puertas, en los jarrones, en las cortinas, en los libros. Y toda la luz que lo envolvía era la luz de los ojos de aquel muchacho que parecía escapado de algún cuadro del mejor pintor del Renacimiento. Esa misma semana decidió que dejaría atrás lo que había sido algo inconmovible en su vida: su celibato. No descansaría hasta conquistar el corazón y el cuerpo de aquel bellísimo joven griego. Pero en su insomnio tempestuoso, poblado de ideas extrañas, se dio cuenta de que no podría revertir su vida de un plumazo. No podría dejar de ser el tirano odioso, ni conseguiría conquistar a un jovencito de veinte años cuando él le triplicaba la edad. Se miró en el espejo y lo que vio lo asustó otra vez. Era una cabeza demasiado grande, de la que colgaba un rostro desteñido, surcado de arrugas, coronado por una desteñida calva en la que las venas y las arterias jugaban a ser autopistas alemanas. Y todo el conjunto tenía algo de balón de rugby, a cuyos lados salían mechas grises que recordaban un desierto africano y que nada tenía que ver con la cabellera de rojo encendido que tanto llamaba la atención de los demás en los tiempos de su ya olvidada juventud. Sus sienes, eran también dos feas autopistas de venas y arterias que parecían a punto de reventar. Sus ojos, casi siempre ocultos tras grandes lentes con monturas de carey, eran menudos y secos, de un gris desteñido, y casi escondidos por párpados caídos que denotaban varias décadas de odio hacia la humanidad. Su boca, sin labios, no era otra cosa que una curva descendente en la que era demasiado evidente que sus dientes se habían perdido mucho tiempo atrás y habían dejado su espacio a una prótesis no muy bien lograda. Sus orejas eran demasiado grandes y peludas, y su nariz tenía una verruga que hacía resaltar demasiado aquella forma ganchuda que hizo que un profesor de español de la Facultad de Estudios Románicos lo comparara al que inspiró a Quevedo en aquello de

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

Que fue la razón por la que el Profesor movió cielo y tierra para que echaran de la Universidad al tal profesor de español, cosa que logró en una semana.
Era evidente que no tendría la misma fortuna para conquistar al griego. Ni en una semana ni en un mes ni en un año, se dijo, y sólo el amor que sentía por el muchacho logró contener la tormenta de depresión que lo amenazaba. Trató en vano de concentrarse en su trabajo de decano, y fue justamente eso lo que le señaló un camino posible: un paper, un trabajo lleno de ideas originales y de erudición, presentado a su consideración por uno de sus nuevos subalternos, en el que se estudiaba la personalidad de Johann Fust, nacido en torno a 1400 y muerto en 1466, y que fue socio de Gutenberg, para demostrar que era falsa la asunción de que Fust había sido en Fausto original, papel que él atribuía al Doctor Johann Georg Faust, nacido en 1480 y muerto en 1540, mago y alquimista muy posiblemente originario de Knittlingen, Württemberg y graduado en “divinidad” en la Universidad de Heidelberg, etcétera. El trabajo, que era de unas cien cuartillas a doble espacio, narraba someramente la vida del Dr. Faust y, lo más importante, presentaba varios conjuros para invocar a Mefistófeles, que el autor había localizado en viejos archivos hasta entonces ignorados en los sótanos de una vieja biblioteca. El Profesor autorizó a que el trabajo se publicara con el nombre de su verdadero autor, y se quedó con una copia para su uso personal.
Esa misma noche invocó en seis formas distintas a Mefistófeles, y en el sexto intento, ante sus desconcertados ojos grises se presentó el propio diablo. No era nada parecido a lo que siempre se había imaginado. Era más bien un hombre joven, ataviado con un pantalón de cuero negro muy ajustado al cuerpo, botas rojas puntiagudas, sin camisa y con un chaleco brillante, de lentejuelas plateadas, que dejaba ser los hombros tatuados y el pecho velludo; tenía el pelo pintado de amarillo pollito con mechas rojas y moradas; su rostro era lampiño y tenía unos ojos azules que parecían atravesar todo lo que veían. Su voz, sin ser muy aguda, era de tenor, y su sonrisa no tenía nada de mefistofélica. Pero se había aparecido en la habitación del Profesor sin entrar por la puerta ni por la ventana. Tenía que ser Mefistófeles.
Y lo era.
El diálogo fue muy corto. Mefistófeles sabía muy bien lo que el Profesor quería a cambio de su alma. Y se lo concedió de inmediato.
Sin rayos ni centellas ni truenos ni música ni nubes aceleradas Mefistófeles cumplió su trabajo en un santiamén. En un click de computadora. Son milenios, millones de años de experiencia. Y desapareció en la misma forma incolora, insípida e indolora en que se había aparecido. El Profesor quedó maravillado al verse en el espejo. Siempre se había admirado, a pesar de su fealdad siempre se había adorado, pero ahora con más razones. Desde hacía varios años se autoadmiraba más de memoria que ante un espejo. Verse en espejos se le había convertido en un martirio intolerable. Pero ahora fue distinto: veía a un joven turco de pelo muy negro, con barba pero sin bigote, de tez bronceada, musculoso. Y sin embrago su amor hacia el joven griego no menguó. Simplemente pasó a compartir en su alma el amor que se tenía. No pudo evitar quedarse frente al espejo, viéndose, contemplándose, admirándose, hasta que el sol veraniego empezó a apartar del espacio a las sombras.
Vestido con sus mejores galas salió dispuesto a buscar al joven griego en la Facultad. Los vecinos, al ver a un joven extraño, con facciones de mesoriental, salir a esa hora de la casa del Profesor, llamaron de inmediato a la policía, que en cosa de minutos lo detuvo en plena calle. De inmediato se confirmó lo que habían sospechado al recibir la llamada: la descripción coincidía con la de un peligroso terrorista árabe de quien se sospechaba que había entrado subrepticiamente al país. Le dieron la voz de alto, y el Profesor no entendió lo que le decían. Se dio cuenta de que el trabajo de Mefistófeles había sido hasta chapucero: solamente hablaba turco. Trató de regresar a su casa. Pero uno de los policías, el más inexperto, lo tumbó de un certero balazo en la nuca.
Por varios días la prensa local registró dos noticias importantes: la desaparición del Profesor, de quien se decía que fue secuestrado por una banda de terroristas, y la muerte de uno de los terroristas, de quien nunca se pudo averiguar la identidad a pesar de todas las gestiones de Interpol y de varias agencias policiales internacionales de Europa y América. Pero en un par de semanas la opinión pública local de olvidó de ambos temas. La muerte del terrorista era apenas una más. Y casi todo el mundo en la Facultad estaba, si no feliz, por lo menos aliviado con la desaparición del Profesor. Hasta sus superiores. Era demasiado obsecuente, decían, y en los últimos años, por su notable narcisismo, había perjudicado a la Universidad.

Bochum (Alemania), julio de 2014.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




Desangelado - Capítulo 10

20.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 10

En la sala de espera estuvo más o menos contenido, pero en cuanto entró al consultorio de la doctora Abundamate, Marlene Abundamate, se derrumbó. Empezó a llorar casi a gritos, como nunca en su vida había llorado. Ella lo dejó hacer, y al cabo de unos minutos, cuando por fin se calmó, empezó con toda calma su interrogatorio profesional. Ángel le contó que tenía varios días mal, muy mal y que muchas veces había pensado en suicidarse y hasta había planeado en detalle cómo lo iba a hacer. No se mató porque las veces en que estuvo a punto de hacerlo, pensó en su hija, Annie, vio su rostro, se imaginó lo que ella sufriría con la muerte violenta de su padre, y se contuvo. Pero no le contó nada del incidente del boxeador, que le parecía demasiado vergonzante. La doctora Abundamate le hizo toda clase de preguntas y decidió hospitalizarlo. Una depresión profunda comporta un riesgo muy grande, es una verdadera emergencia y hay que atajarla a tiempo, dijo, y lo acompañó a la planta baja de la casa, al área de hospitalización. La casa era muy grande. Originalmente había sido la residencia de uno de los hombres más ricos de El Dorado, hasta que se convirtió en la embajada de Brasil (que se mudó cuando el gobierno brasileño construyó otra mayor aún, especialmente diseñada para ser embajada). Luego, cuando en lo que era el amplio jardín construyeron dos filas de habitaciones pareadas, con un baño compartido por cada par, se transformó en la Clínica Psiquiátrica Santa Hermenegilda, que tenía fama de ser la mejor de la capital. Y la más cara. Apenas pudo Ángel avisarle a su hermana para que fuera a llevarle algunas cosas, y la semana siguiente la pasó sedado en la habitación, vigilado día y noche y casi todo el tiempo dormido o dormitando. El electroencefalograma, le dijo la doctora, reveló claramente fallas de energía en las bandas laterales, típicas de los que sufren estados depresivos. Tendría que tomar un remedio específico, llamado “Efexor,” y hacerse ver al comienzo cada mes, o cada vez que fuese necesario, para ir evaluando su condición. Y si el “Efexor” no funcionaba, habría que ir explorando con otras medicinas hasta dar con la que lo mantuviera alejado de la depresión y no tuviese efectos secundarios. Por fortuna, el “Efexor” tuvo un efecto casi mágico, en su caso, que la doctora Abundamate calificó de endógeno, aun cuando sospechaba que tenía mucho que ver con el hecho de que el Presidente Chives se mantenía en el poder a pesar de los esfuerzos de la oposición. Ángel, como muchos de sus amigos y conocidos, veía con horror el porvenir si el país seguía en poder de aquella banda de resentidos, primitivos, fascistoides que se decían revolucionarios y amenazaban con destruir todo aquello que Ángel podía apreciar en la vida, bueno, malo o regular. Ahora que sabía que tenía un cáncer en el recto, Ángel se preguntó si no habría sido esa la causa de su depresión, pues los síntomas de lo que ahora sabía cáncer le habían comenzado unos seis meses antes de la crisis y él no había querido enfrentar la realidad, había huido cobardemente, se había negado a aceptar la verdad, como si al esconderse pudiera evitar lo inevitable. Se lo preguntaría al médico, a Federico, en cuanto lo recibiera. A las dos de la tarde, cuando ya eran diez o doce los que esperaban, llegó la secretaria y abrió la puerta. Ángel, que esperaba tener problemas, se sintió aliviado: cada uno se anotó en realidad en el orden en que había llegado. Calculó nuevamente que Federico lo recibiría cerca de las tres de la tarde. Y fue en realidad cerca de las cuatro, luego de que atendieran a los dos que estaban antes que Ángel y a tres recién operados, que tenían prioridad y llegaron como zombis, como fantasmas de carne y hueso que aterrizaban en los sillones como si estuvieran programados para hacerlo. Cuando faltaban siete minutos para las cuatro, la enfermera lo llamó y lo hizo sentarse frente al escritorio del médico, un escritorio espacioso, con algunas carpetas muy bien ordenadas y un retrato de Federico con su esposa y sus hijos. Ángel no reconoció sus facciones. Aún esperó unos cinco minutos hasta que apareció, con su bata de un blanco inmaculado, el médico que él había visto por última vez cuando era un niño de diez u once años. El doctor Riosalado, alto, canoso y con grandes manos de cirujano, sí lo recordaba. Recordaba que Ángel, en el colegio San Gabriel de Guanoco, era uno de los que más molestaban a los profesores con sus burlas y sus bufonadas, y eso lo convertía en héroe para los niños de los grados inferiores. Claro que lo recordaba. Perfectamente. Luego de un rápido examen clínico lo hizo sentarse frente al escritorio. Ya el doctor Tierrafranca le había hecho llegar toda la información disponible. Había una lesión cancerosa en el recto, en la parte alta del recto, y era necesario extirparla tan pronto como fuera posible. Le hizo varias preguntas relativas a los posibles síntomas del caso, y una de ellas le hizo pensar que en realidad se había descuidado más de la cuenta: le preguntó que si había habido algún cambio en el calibre de sus evacuaciones. Y claro que lo había habido. Inmenso. Desde hacía tiempo que, junto con la sangre, lo que le salía era como un conjunto de hilos gruesos y cortos, no algo que pudiera generar el chiste que tanto le gustaba a su padre, el del hombre que sintió ganas de cagar en un tren y como los baños estaban ocupados, sacó el culo por una ventana y procedió en consecuencia, por lo que un guarda, asomado por otra ventana, le gritó: “¡El calvo, el del tabaco, que meta la cabeza, que vamos a pasar un túnel!” Eso solo debería haber bastado para darle el grito de alarma, para decirle que iba a entrar, como el hombre del cuento, a un túnel. Y algo por el estilo le dijo el doctor. Era una lesión cancerosa, sí. ¿Era grave? Toda lesión cancerosa es grave, pero hay etapas, grados y niveles distintos de gravedad, que dependen de muchos factores; hay que ver si ya ha llegado al otro lado de la pared, lo que parece muy posible por lo que se puede ver en las imágenes que le mandó Fermín, y si atravesó la pared hay que ver hasta dónde llega, si está en la grasa que rodea el intestino y si hay comprometidos algunos ganglios, cuántos, o si ha habido metástasis, especialmente en el hígado, que es el primer órgano que resulta comprometido si ha habido metástasis de la lesión en el colon; por eso había que examinar bien el hígado, así como los pulmones, porque el hígado y los pulmones son los primeros órganos afectados por metástasis del cáncer de colon, fuera de los ganglios. Y hablando de hígado, por cierto, desde hacía tiempo que tenía Ángel una litiasis vesicular. Sería recomendable entonces aprovechar y sacarle la vesícula, pero también sería conveniente que Ángel le contara cómo fue el proceso. Desde hacía como un año, mintió Ángel, había empezado a notar que le salía sangre cuando hacía pupú: al principio pensó que se trataba de hemorroides y no le dio ninguna importancia, porque no era la primera vez que le pasaba. Y ¿esa sangre se veía solamente en el papel o también en el agua del excusado? ¿Al comienzo?... eso sí que no lo recordaba, pero al cabo de un tiempo, a veces había mucha en el agua, aunque no era continuo, sino como por ciclos: salía sangre un par de días y después pasaba tres o cuatro sin que apareciera y después volvía a aparecer, a veces como si fuera apenas gotitas, a veces como si fuera un chorro. Una vez sí se asustó porque hubo como demasiada, y fue entonces cuando decidió ver a un internista que había conocido no mucho antes en una reunión social, y el hombre le diagnosticó hemorroides sin explorar demasiado. No me digas el nombre de ese colega, que prefiero ignorarlo, dijo con cierta severidad Federico. Pero después, cuando la cosa siguió, volvió a verlo, y ahí sí le ordenó unos exámenes de heces. ¿Con qué resultado? Parásitos intestinales, diagnosticó, amibas y cosas por el estilo. Conservador el hombre, se guio por los libros. Y le mandó un tratamiento muy fuerte para los parásitos, pero cuando Ángel vio que la cosa seguía igual o peor después del tratamiento, cambió de médico y se buscó un gastroenterólogo de la misma clínica. Mejor sería que tampoco le nombrara la clínica. Una clínica muy pequeña. Lógico, ¿y qué le dijo el gastroenterólogo? Como alguien le había hablado de dirverticulosis o dirverticulitis, Ángel pidió que le hicieran una colonoscopia. Muy razonable. Y el doctor dijo que lo llamara en quince días para ver qué hacían. Eso no es una clínica, hermano, afirmó el doctor Riosalado moviendo la cabeza, eso es una lavandería automática. Y entonces fue cuando Ángel decidió llamar a Fermín Tierrafranca para que lo viera; Fermín y él habían sido amigos desde hacía cincuenta años, desde niños, sus padres fueron muy amigos. Tal como el del doctor Riosalado y el de Ángel Almalegre. Ángel lo sabía, claro, y Fermín lo recibió al día siguiente de que Ángel lo llamara, le ordenó tomarse un producto para limpiar el intestino y que fuera a primera hora de la mañana a hacerse la colonoscopia, y allí estaba. Allí estaba, ciertamente, aunque debería haber estado en el consultorio de Fermín o en el de Riosalado hacía un año o más; quién sabe cuánto tiempo tenía esa lesión que tenía, y hacía un año o más posiblemente se hubiera podido solucionar en el consultorio de Fermín; ahora era una operación seria, cirugía mayor, pero, en fin, no era cosa de lamentarse por algo que pasó o que no debía haber pasado, no, no iban a alarmarse ni a preocuparse, sino a ocuparse: Federico le prescribió una serie de exámenes a partir del día siguiente; era jueves, y le gustaría que se hospitalizara el lunes bien temprano para operar el martes. Pero hay un problema, Federico, dijo Ángel, yo necesito arreglar primero lo del seguro, porque yo no tengo con qué pagar la operación, ¿cuánto puede costarme? Si preguntas –le respondió Federico– es porque no tienes con qué pagarla, pero tienes seguro ¿no? Tengo uno mío, uno del Colegio de Abogados y los de mis hijos. Entonces estás cubierto, ahora mismo voy a mandar a administración mi presupuesto, y pasa tú por administración para que te den el presupuesto completo y lo llevas a la compañía de seguros para que te den la carta aval. Eso lo está haciendo ya mi ex-mujer. Me dijo Fermín que tú estabas casado con Angélica Rocadamor, creo. ¿Tú la conoces? Su papá también era amigo de mi papá. Entre médicos te veas. Así es, ¿y cómo es eso de que siendo tu ex-mujer se está ocupando del asunto? Bueno, será porque sigo siendo el padre de sus hijos, pero después de que nos divorciamos siempre hemos sido buenos amigos, y a ella le gusta tener el control de todo, yo sé que ya ella habló con la gente de administración y lo que están esperando es tu noticia para darle los papeles que tiene que llevar a la compañía de seguros, eso lo sé. Igual no va a ser tan rápido como para que puedas hospitalizarte el lunes que viene, así que vamos a prepararlo todo para el otro lunes, que una semana no va a afectar el cuadro, y lo más seguro es que en una semana tu ex-mujer lo tenga todo listo. Conociéndola, mañana mismo va a estar todo listo. Dime, además de la litiasis vesicular ¿hay algo más que puedas decirme? Hace un año tuve una crisis depresiva y tomo “Efexor.” Eso no tiene nada que ver con esto, ¿y más nada? También tengo diabetes. Eso sí es importante, ¿qué tipo de diabetes? Ah, no me pidas tanto, yo soy abogado, o mejor dicho, fui abogado, pero de medicina no sé absolutamente nada. Si eres diabético deberías haber averiguado algo de la enfermedad, aun sin ser médico… ¿te inyectas insulina? No, tomo unas pastillas que se llaman Diamicrón. ¿De 30 o de 80? Se llaman Diamicrón M.R. M.R., sí, está bien; de todos modos tienes que hacerte una serie de exámenes antes de operarte; espera allá afuera a que te den las órdenes, y ten confianza, Ángel, que todo va a salir bien... Eso espero, Federico, pero dime una cosa en confianza, de verdad, yo estoy preparado para cualquier cosa a condición de estar bien enterado… ¿es muy grave? El doctor Riosalado sonrió con la mirada puesta en cualquier parte. Ángel, respondió, eso no te lo puede decir nadie; eso lo vamos a saber después de la operación; por ahora, tranquilízate, que vamos a hacer todo lo posible y lo imposible para que todo salga bien, y a tu ex que cuando todo esté completo se comunique con nosotros para fijar el momento de la operación. Una especie de sonrisa triste acompañó la despedida por parte de Ángel Almalegre, que una hora exacta después hablaba con su siquiatra, la doctora Abundamate, para pedirle que le duplicara la dosis de antidepresivo. La doctora, en cambio, le recetó un tranquilizante suave y le recomendó que rezara. Pero Ángel no creía ni en Dios ni en los santos. Quería depositar toda su fe, todo lo que le quedaba de fe, en la ciencia médica.

Desangelado (novela)
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Primera parte

Capítulo 1
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Capítulo 4
Capítulo 5
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Capítulo 10

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




Escritores venezolanos en el exilio

18.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Opinión, Venezuela, Literatura, Escritores

Una de las más notables consecuencias del chavismo ha sido el exilio voluntario de muchos buenos escritores venezolanos. Juan Carlos Chirinos, Juan Carlos Méndez Guédez, Gustavo Valle, Israel Centeno, Miguel Gomes, Eduardo Sánchez Rugeles, Camilo Pino, son algunos de los buenos escritores venezolanos que han decidido irse del país y establecerse en otras latitudes, no solo por la atmósfera de opresión que existe en Venezuela desde que cayó en manos del triste grupo de “socialistas del siglo XXI” que ha acabado con todo lo positivo, sino porque en las actuales circunstancias es muy difícil publicar en Venezuela o desde Venezuela. Quizá sirva para que el mundo se dé cuenta de que sí existe una literatura venezolana importante, tan importante como la de cualquier país latinoamericano, y que ha estado más o menos escondida por el hecho de que en Venezuela los medios de comunicación social no tienen el más mínimo interés por la crítica literaria, y al no haber crítica literaria en el país, nadie, o casi nadie, se entera de que se producen buenas obras literarias. En ese sentido, y con piquete al revés, es posible que por fin podamos encontrarle algo beneficioso al chavismo. Parecería que se trata de una nueva etapa, posterior a un ciclo muy positivo que se relacionó con la verdadera democracia venezolana, pues en 1964, durante el gobierno de Raúl Leoni, se produjo un fenómeno muy importante que impulsó a la literatura del país como nunca se había hecho y a pesar de ciertas circunstancias negativas que parecerían haberla condenado, si no a muerte, a una agonía muy dolorosa. Desde que se publicó la primera novela venezolana (“Los mártires” de Fermín Toro, 1842) hasta mediados de la década de 1960, los escritores venezolanos contaban con medios muy precarios para darse a conocer. Sin embargo, Miguel Eduardo Pardo, Manuel Díaz Rodríguez, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, Rómulo Gallegos y Teresa de la Parra fueron ampliamente conocidos por lo menos en en el mundo de habla hispana y buena parte del resto. Entre 1928 y 1931 desapareció radicalmente la crítica literaria de los medios de comunicación de Venezuela, a mi juicio como consecuencia de la corrupción general causada por el petróleo. Eso impidió que grandes escritores como Enrique Bernardo Núñez y Arturo Uslar Pietri alcanzaran en el exterior el éxito que se merecían. Pero en 1964, con la creación de Monte Ávila Editores, la revista Imagen y otras iniciativas del gobierno democrático, la situación mejoró para los escritores venezolanos y surgió un importante movimiento, una cantidad impresionante de buenos escritores venezolanos, hasta que en la década de 1990, durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, una política cultural errada, que favoreció únicamente a un sector (música, y específicamente el “Sistema” de orquestas creado y dirigido por el ministro de cultura de CAP II) en detrimento de los otros, aunque la literatura, gracias a Rafael Arráiz Lucca en “Monte Ávila” estiró heroicamente su agonía, pero como después no hubo corrección de rumbo alguna, los escritores venezolanos volvimos al desamparo. Y eso se sumó poco después la política disparatada, excluyente y sectaria, del chavismo, así como la falta de materias primas para la edición de libros venezolanos. Todo eso ha llevado al exilio a un grupo importantísimo de escritores, lo que posiblemente tenga como beneficio que la literatura venezolana se pueda conocer mejor fuera del país (por la falta de crítica literaria dentro de Venezuela no dejó de ser dificilísimo darse a conocer afuera). Además de los exiliados, queda en Venezuela un número importante de buenos escritores. Entre ellos están los que vienen de tiempo atrás, como Antonieta Madrid, Laura Antillano, Anta Teresa Torres, José Balza, Eduardo Liendo, José Pulido, Armando José Sequera, José Napoleón Oropeza, Edilio Peña y muchos otros, y los más o menos nuevos, contemporáneos de los exiliados, como Federico Vegas, Roberto Echeto, Margarita Belandria, Francisco Suniaga, Mariana Libertad Suárez, Manuel Acedo Sucre y varios más. Aún no podemos saber si el exilio de un grupo tan importante de autores venezolanos es algo realmente negativo o no. Luego de leer las obras de Chirinos, Méndez Guédez y Sánchez Rugeles (las de los demás debo buscarlas todavía) mi impresión es que no, pero hay que esperar el veredicto del tiempo.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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Desangelado - Capítulo 9

13.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 9

A diez para la una llegó Ángel Almalegre a la puerta del consultorio del cirujano Federico Riosalado en un edificio cercano al Hospital. Cuando Angélica llamó le dijeron que era a partir de las dos y por orden de llegada, y pensó que si se adelantaba más de una hora, sería el primero. Le molestó ver que ya había dos personas esperando, dos personas antes que él. Mentalmente calculó: si llega en punto y cada uno se toma un cuarto de hora, me verá como a las dos y media. Es aceptable, se dijo, pero no se tranquilizó. La inquietud y el miedo se reflejaban en la movilidad de sus pies, que parecían habérsele rebelado de puras ganas de bailar. O en sus ojos, que iban de un punto a otro como buscando algo que nunca encontrarían. En contraste, las dos personas que le precedían parecían absolutamente calmadas. Una era una monja casi obesa, con hábito corto. Y el otro parecía un vendedor de seguros desempleado, decidió Ángel después de una primera mirada. La monja era una mujer joven y hasta bonita a pesar del sobrepeso, con lentes sin montura que resaltaban unos ojos expresivos y calmados. Le recordaron los ojos de Angélica. No veía a Angélica desde que se separaron en el restaurante, pero habían hablado varias veces por teléfono. Ese día, en el restaurante, él le había pedido que lo dejara dormir en el apartamento de ella, y ella, tajante, se negó. Luego propuso (Ángel) que lo admitieran a dormir en la casa de uno de sus dos hijos, a lo cual se opuso también Angélica: los muchachos vivían en apartamentos pequeños, Annie con su esposo y sus dos hijos y Segundo con su esposa y su hija recién nacida. No tenía derecho a estorbarles la vida, ni siquiera en la circunstancia en que se hallaba. Tenía que afrontar su realidad y dormir con su situación, por muy dura que pareciera. Él se quedó en silencio, en un silencio de tienes razón, toda la razón del mundo y es muy sensato lo que dices, así que no te voy a discutir lo que dices, pero tampoco lo voy a aceptar calladamente. Y de allí salió directamente a la casa de Evangelina, su hermana, en el Country Club. Era una casa desproporcionadamente grande, y desde la muerte de Inés del Carmen, la madre de ambos, había quedado libre el apartamento con kitchenette en el que la quieta señora pasó sus últimos años. El único defecto de la casa era el no tener transporte público decente muy cerca. A una cuadra pasaba una camionetica que usaban los empleados domésticos de las casas del Country, pero aunque Ángel hubiese despalillado casi todo lo que heredó de sus padres y lo que sacó de su aventura política, no era como para compartir los medios de transporte de la servidumbre, del servicio doméstico de la casa de su hermana y de las casas de sus elegantes vecinos, se dijo. Nunca pensó que se arrepentiría tanto de haber vendido su Maserati y no haberse comprado ni siquiera un utilitario para sustituirlo. A algo menos de media hora de caminata desde su apartamento había una estación del Metro, y si no llovía mucho, prefería caminar. O, por lo menos, hasta ese día había preferido caminar. Y en este caso era hasta más cerca: había que caminar unas pocas cuadras y pasar por lo menos por una zona dudosa o dar un corto rodeo para llegar a la avenida por donde sí pasaban el Metro y los colectivos grandes. Ese trayecto no le tomaría más de veinte o veinticinco minutos en el peor de los casos, el del rodeo, y quince en el mejor, especialmente porque el espacio de la zona dudosa lo recorrería rapidito, por si las moscas. O tendría que usar taxis. Su hermana sí lo alojó. En el antiguo apartamento de Inés del Carmen, su madre, que tenía un excelente baño, un vestier y la kitchenette. Además de teléfono propio y televisión por cable. Hacia el final de la tarde fue a su “Pent House” llevado por Pedro Nolasco, su sobrino, e hizo su equipaje. Y fue durante la cena, mientras su hermana y su cuñado trataban de que todo se sintiera más liviano, cuando Álvaro le dijo lo del canciller. La respuesta de Ángel fue lo que en realidad hizo menos pesado el ambiente, menos denso, menos cargado de nubes negras, de espacios de búhos y serpientes. Desde entonces había dormido en la casa de los Pianofortín. Inquieto y despertándose sobresaltado cada dos horas, a veces alarmado por una pesadilla. Pero cómodo. Lo asustaba el silencio. Lo asustaba la oscuridad. En las sombras que el viento movía, veía los ojos de la muerte, de la muerte que lo observaba calladamente desde las sombras que el viento movía, sombras que se proyectaban como una silenciosa película de terror en la ventana. En esa misma cama había muerto Inés del Carmen, su madre, dos o tres años antes, y quién sabe si su alma en pena todavía rondaba por aquellos contornos. Quién sabe si era alguna de aquellas sombras que el viento movía. Alguno de aquellos silencios que también se movían muy lentamente, que llenaban de rumores la noche que arropaba la ventana. Las tres noches que envolvieron sus muchos miedos, desde el día en que Fermín Tierrafranca le dio la noticia hasta ese en el que le recibiría Federico Riosalado, se le hicieron las noches más largas de toda su vida. Y también los días. Fueron días cálidos, días de brisa tenue y de cielo claro. Cielo de marzo, azul profundo que en aquella casa de piedras y grandes tejados parecían hasta menos caluroso. Un año antes, un año exacto antes, había sido su crisis depresiva, que empezó en una de las muchas marchas multicolores y multitudinarias que organizaba la oposición para presionar contra los abusos y disparates del gobierno de Chives. Esa, en particular, iba desde la Plaza El Dorado hasta la Contraloría General de la República, y era para protestar por la incompetencia del Contralor, que ignoraba deliberadamente todas las evidencias de corrupción administrativa, de robos, de apropiaciones indebidas, de peculado de todo tipo, que día a día eran señaladas por todos los medios de comunicación. De repente Ángel sintió pánico. Días antes había estado en una extraña fiesta, en una casa enorme, a la que le sacaron los muebles y en la que probó unas píldoras que lo apartaron del mundo. Trató de bailar y no pudo. A lo sumo saltaba como los demás, y terminó fornicando en grupo y desesperado por salir del trance. Finalmente, sin saber cómo, fue a tener a la Avenida Central, que ya estaba ocupada por los vendedores ambulantes, y fue arrestado y encerrado en una celda inmunda, acusado de haberle tocado el trasero a una niña. Un funcionario con aspecto de boxeador lo maltrató y lo amenazó varias veces con matarlo a golpes. Salió horas después, humillado y horrorizado por lo que había vivido, y pasó varios días, semanas, convencido de que pronto volverían por él y habría un gran escándalo que mancharía no solo su reputación, sino las vidas de sus hijos, que se verían convertidos en los hijos de un tocador de culos, de un abusador de menores, de un borracho público. Era como una obsesión, a la que se sumaba el deseo de desaparecer, la imposibilidad de tomar iniciativas y un continuo estar aplastado por la brisa. Además, el sueño se le había convertido en un problema. A veces pasaba las noches en claro, a veces lograba dormirse un par de horas después de acostarse, pero solo para despertarse dos horas después, pasar la madrugada en claro y dormirse con las primeras luces para despertarse, agotado, a media mañana. Se sentía envuelto por la oscuridad, por una oscuridad enemiga, sin deseos de renacer. Sin nada parecido a ganas de yacer con hembra o de saltar algún obstáculo. Sin nada por qué luchar. Derrotado para siempre. Y ese día, en plena manifestación, sintió que todo volvía a ocurrir. Todo se le iba encima como un alud de piedras enormes. Veía de nuevo el rostro desagradable del boxeador y oía de nuevo sus amenazas de golpearle la cara hasta convertirlo en un guiñapo, hijo de puta. Tuvo que salirse de la marcha e irse a su “Pent House”. Y dos días después no le quedó otro camino que ir a la consulta de la siquiatra que tiempo tras había tratado a un vecino.

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Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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