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Memorias de Infancia - Capítulo 31 - Últimos días en el infierno

19.04.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Biografías, Capítulo

Eduardo Casanova

Memorias de infancia

Capítulo 31

Últimos días en el infierno

Los “curas” apenas me toleraban, supongo que en buena parte porque estaban haciendo los campos deportivos de La Colina con las maquinarias prestadas por mi papá. A pesar de que ya estaba entre condiscípulos de mi edad, y hasta había algunos menores que yo, no había abandonado en absoluto las malas costumbres de antes. Molestaba siempre que podía a los profesores y los “curas” y aunque no era camorrero, molestaba también a muchos condiscípulos. Era un alumno mediocre o malo, pero con elementos absolutamente inútil de buen deportista, aunque limitados al “fair play” y no al deporte como práctica. Trataba de ser lo más audaz y lo más divertido posible, para ganarme la buena voluntad de los demás, y casi siempre me ganaba algo muy parecido al repudio. Y seguía con aquello de la doble vida. En mi casa era totalmente distinto a como era en el colegio. En las materias de estudio mi rendimiento no era tan malo, pero se basaba en aquello de ser repitiente y en el hecho de que, al no poder escaparme del lugar, no podía tampoco faltar a las clases y mi memoria auditiva me permitía mantenerme más o menos al día. Desde luego, me pesaba mucho aquello de que tenía dos materias, historia y biología, perdidas por definición, y que de perder una sola materia más tendría que repetir el año por segunda vez, lo que habría sido para mí una enorme vergüenza. En un momento dado los “curas” intentaron salir de mí, pero dando muestras de un muy pobre sentido de la oportunidad, pues lo hicieron justo en el día en que las maquinarias se alejaban del colegio con su ruido característico, que era como un rumor de metales que cada vez se sentía más distante. Mi padre se indignó y les dijo que en ese caso las maquinarias regresarían, pero a destruir los campos de deporte. No les quedó más remedio que recular, pero pudieron una condición: al terminar el año escolar, pasara lo que pasara, yo tendría que dejar el colegio para siempre.
En mayo de 1952 nos mudamos de El Paraíso a Las Mercedes, a una casa enorme, desproporcionada, con piscina, diseñada por mi papá, que como ingeniero era muy bueno, pero como arquitecto se moría de hambre. El diseño del caserón fue un completo disparate. La casa era una mala imitación de las que vio en una revista americana llamada “House & Gardens.” Adelante tenía un gran salón y un gran comedor, ambos demasiado grandes. Al salón se llegaba de la calle por un pequeño “porche,” y del salón arrancaba un pasillo que llevaba primero a la biblioteca, que era un cuarto amplio con enormes bibliotecas de madera oscura. Luego, siempre a la derecha, se entraba al dormitorio de mi tía Nená y después al de mi hermana Carlota Emilia. Entre ambos estaba un baño. Y por la izquierda, el pasillo daba primero a un “pantry” absolutamente inútil, que tenía un bañito, una gran refrigeradora y también se comunicaba con el comedor y con la cocina, que a su vez se comunicaba con el jardín mediante un lavandero. Del “pantry” bajaba una escalera que llegaba al semisótano, en donde había un espacio de distribución inútil, un bañito, un laboratorio de fotografía y una habitación que tampoco servía para nada, así como un enorme garaje para dos enormes automóviles y con dos enormes puertas automáticas de madera, que permitían la entrada desde la calle a través de una gran trinchera. Después de la puerta del “pantry” había una escalera que llegaba al segundo piso, en donde, además de otro bañito estaba el cuarto de servicio, con su propio baño, una escalera que llevaba a un mirador y al enorme tanque de agua, y, por último, a un enorme salón con balcón que daba al sur. En el salón mi padre puso unos impresionantes equipos de sonido, con grabadora de estudio profesional y una corneta que era, por decir lo menos, atómica. Del segundo piso salía una empinada escalera que daba a un mirador, en donde estaba el desproporcionado tanque de agua que servía por gravedad a toda la casa. Después de la escalera estaba la entrada de mi cuarto, en cuya pared de entrada puse una buena biblioteca, y que por el baño se comunicaba con el dormitorio de mis padres, que, tal como el pasillo, daba a un enorme “corredor” que tenía un bar que bien podría envidiar cualquier buen hotel. Para todo el conjunto mi padre se hizo traer de Estados Unidos o se hizo hacer en Venezuela muebles de un estilo colonialoide que hoy hasta mis ojos rechazarían. Era obvio que quería ponerse a la altura de la mayoría de los que eran sus compañeros de gobierno, cuyas costumbres administrativas no eran nada sanas. La casa estaba sobre un terreno de 2.500 metros cuadrados, en el que había además la piscina de forma muy extraña, pues era como un semicírculo, y tenía un cuarto de máquinas, dos vestuarios y dos baños. La piscina no tenía parte llana, y del techo de la zona de servicios salía un trampolín traicionero, pues si alguien se hubiera lanzado al agua con mucho éxito habría terminado estrellándose de cabeza en el pavimento.
Dejar El Paraíso para mí, a pesar de que nunca me sentí bien con los de la Avenida Arismendi y las otras calles cercanas, fue duro. Estaba acostumbrado a vagar por las calles y por el barrio, sin rumbo. Y tenía buenos amigos en el barrio. En Las Mercedes, a donde fuimos varias veces mientras se construía la casa, no habría sino equivalentes a los de la Avenida. Por fortuna, ya vivían en Las Mercedes los Arria y los Morales Bance, y con ellos pude relacionarme con muchos otros vecinos, que en definitiva me cayeron mucho mejor que los de la Avenida Arismendi. Nos mudamos a la nueva casa cuando todavía no estaba terminada, y en el ambiente había aserrín y polvo de cemento, además del ruido que hacían los albañiles y los carpinteros. Apenas estuvo terminada para la fiesta de quince años de Carlota Emilia, una fiesta muy de la época, en la que quien se sentía menos feliz era la protagonista, que no tenía ningunas ganas de estar allí.
En cuanto a mis estudios, en realidad el año escolar 1952-53 pasó sin pena ni gloria, casi como si no hubiera pasado. Los exámenes finales no los hicimos en La Colina sino en el colegio del centro de Caracas, debido a un problema burocrático: los “curas” no habían participado al Ministerio de Educación Nacional que tenían un primer año de bachillerato en La Colina, y la única solución que encontraron fue repartir a los de La Colina entre los de Tienda Honda, por lo que los de La Colina nos encontramos de repente entre condiscípulos que no conocíamos y, lo que es peor, con profesores que tampoco conocíamos. Para mí eso tuvo una consecuencia grave, pues en Educación Artística, mi materia preferida y en la que tenía la nota más alta, los examinadores nos pusieron a hacer una “estilización,” que era algo que el profesor de La Colina no nos había enseñado en absoluto. Yo, con mucha habilidad y buena mano, dibujé una mano de cambures (bananos), que como dibujo realista era muy bueno, pero como “estilización” no servía. Eso me bajó la nota final a un extremo alarmante, aunque mi promedio era tan bueno que no llegó al extremo de que perdiera la materia, con lo que habría perdido el año y la confianza en mí mismo. Otra consecuencia, menos dramática, fue que en el primer examen final, al pasar la lista, nombraron a dos Casanovas, y gracias a eso conocí a mi primo hermano Julio Casanova Carcagno, hijo mayor de mi tío Julio Casanova, el hermano menor de mi papá, con quien por diversas razones nunca habíamos coincidido en Caracas.
En definitiva, pude pasar todas las materias menos las dos a las que se me había prohibido la asistencia. En biología traté de hacer un esfuerzo sobrehumano, pero no logré sacar la nota máxima, el veinte que requería para conseguir un promedio de diez puntos y poder salvar lo insalvable. Todos mis esfuerzos fueron en vano. Historia Universal, aunque era una materia que me gustaba mucho, ni siquiera traté de salvarla. Me lancé al agua seguro de que me hundiría, e hice una de las mías. El examen era oral, y cuando me pidieron que hablara de los faraones de Egipto, lea hablé de Silverio Pérez, el Faraón de Texcoco, torero mexicano muy famoso, nacido en 1915, retirado en 1953 y muerto en 2006. Y cuando me preguntaron por la Biblioteca de Alejandría respondí que quedaba de Chorro a Coliseo y se especializaba en libritos del FBI, lo que indignó a los examinadores del Ministerio, que hablaron de levantarme un expediente, hasta que les expliqué la situación, y entonces más bien se molestaron con el Colegio La Salle, que permitía ese tipo de irregularidades, pero, por supuesto, me “rasparon,” me condenaron a ir a “reparación” en septiembre, lo que era condenarme a no tener vacaciones.
En el tiempo en que debía haber disfrutado de las vacaciones, mi padre contrató como maestro particular a Emilio Dieck y Dieck, dominicano, que era el profesor a cargo del primer año de bachillerato de La Colina, para que me preparara para los tales exámenes de reparación de historia y biología, lo que para mí era un verdadero incordio, pues tenía que pasar tres horas diarias encerrado en el salón de arriba, cuando quería estar en la calle, o en la casa de los Márquez, o en cualquier otro lado. Como era de esperarse, los exámenes de reparación de ambas materias los pasé con inaudita facilidad y muy buenas notas. Pero lo más importante para mí fue la noticia de que me habían inscrito en el Colegio Santiago de León de Caracas, en la Avenida Los Jabillos de La Florida, en donde ya estudiaba Federico Márquez, lo que me llenó de alegría.

Memorias de Infancia
Eduardo Casanova Sucre
Capítulos publicados:

Razón de ser
Capítulo 1 - Los Casanova
Capítulo 2 - Los Sucre
Capítulo 3 - Los portadores de genes
Capítulo 4 - Tinaquillo
Capítulo 5 - Barquisimeto
Capítulo 6 - Maracay
Capítulo 7 - Miedos y alegrías
Capítulo 8 - Las primeras letras
Capítulo 9 - La niña de la cabellera rubia
Capítulo 10 - Cuando los sueños se hicieron enormes
Capítulo 11 - Nuestro mundo de magia y colores
Capítulo 12 - '¡Te quiero!', dijiste…
Capítulo 13 - El silencio de los puentes
Capítulo 14 - Otoño caluroso
Capítulo 15 - Intermedio de neblina
Capítulo 16 - Dromomanía
Capítulo 17 - Caracas, por fin
Capítulo 18 - Días de gritos
Capítulo 19 - Primeros topetazos con la vida
Capítulo 20 - Primer encuentro real con la señora de blanco
Capítulo 21 - ¡Coche a la vista!
Capítulo 22 - La tenue luz de las tinieblas
Capítulo 23 - Cambio de luz
Capítulo 24 - Medioevo y modernidad
Capítulo 25 - Los trabajos y los días
Capítulo 26 - El fuego de la amistad
Capítulo 27 - Rebelde sin causa
Capítulo 28 - El Tom Sawyer tropical
Capítulo 29 - Viaje al porvenir
Capítulo 30 - Héroes del deporte
Capítulo 31 - Últimos días en el infierno

 

Memorias de Infancia - Capítulo 30 - Héroes del deporte

12.04.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Biografías, Capítulo

Eduardo Casanova

Memorias de infancia

Capítulo 30

Héroes del deporte

La Salle de la Colina para mí tuvo mucho de presidio o de exilio. De allí no me podía escapar, como lo había hecho en La Salle de Tienda Honda, porque en ese tiempo el edificio estaba muy aislado y no había transporte público de ninguna especie. Para subir o bajar había que recorrer un largo trecho de camino empinado, como si fuera un castillo medieval. Tenía que quedarme desde que el chofer me dejaba, con instrucciones de no irse hasta estar seguro de que yo había entrado del todo, hasta que me iba a buscar luego del fin de las clases. Mis compañeros eran los que habían estado un año por detrás de mí previamente, y todos me conocían y a casi todos los conocía. Los “curas” habían abierto primero y segundo año de bachillerato, y en segundo, que apenas tendría unos quince alumnos, estaba mi primo hermano Carlos Julio Casanova, que después se haría también íntimo amigo mío.
De entrada tuve un escollo bastante serio en materia de estudios: el mismo “cura” que se encargaba de la Juventud Católica en Tienda Honda, y que me había prohibido asistir a sus clases de biología, estaba a cargo de biología e historia en La Colina, y desde el primer día de clases me prohibió asistir a las suyas, lo que me colocaba a una materia de volver a perder el año (al resultar reprobado en tres materias se perdía el año completo). Eso más bien resultó un acicate, porque me obligó a tomar un poco más en serio el estudio de todas las otras, lo que se complementó a la larga con la contratación de un profesor particular que me ayudó en varias de ellas.
En realidad, ese segundo tránsito por primer año de bachillerato en La Salle de La Colina no me fue nada difícil. En varios casos era la segunda vez que oía muchas de las mismas clases. Y por haber perdido dos años ya mis compañeros de clase eran más o menos de mi misma edad. Pero seguía imperando el sistema de “vales” que tanto me molestaba y no me sentía cómodo con los “curas.” Ese año abrieron un nuevo club de fútbol, “La Colina,” pero con una modalidad bastante curiosa: para poder ingresar a los equipos, los alumnos debían tener un promedio de notas relativamente alto. Quizá, de no haberme estado vetada la participación en historia y biología, en las que por definición llevaba un redondo cero en cada una, mi promedio, gracias a mis notas en castellano y en educación artística, habría alcanzado para que se me aceptara en el equipo de mi nivel etario, pero la realidad era que los números no me daban. Y como quiera que la mayoría de los buenos jugadores no era de buenos estudiantes, los malos estudiantes que éramos jugadores aceptables decidimos crear un equipo de fútbol por nuestra cuenta e inscribirlo en la categoría “Infantil B,” y así lo hicimos. No sé quién consiguió el apoyo de los Sánchez, dueños de la ferretería “Intersán,” que nos regaló unos balones y unos uniformes, y decidimos que el equipo se llamaría así, “Intersán,” pero cuando fuimos a inscribirlo se nos dijo que no estaban permitidos los nombres comerciales. Pensamos en llamarlo “Deportivo Venezuela” por el nombre del equipo en el que jugaron cuando jóvenes mi padre y los padres de dos de los promotores de la idea, pero nos encontramos con que ya existía un equipo llamado así, dirigido y financiado por uno de los hijos del general Eleazar López Contreras, de modo que terminamos llamándolo “Deportivo Caracas.”
Como “entrenador” buscamos al hermano mayor de uno de nosotros, que trató por lo menos de ordenarnos, pero no lo logró. Federico Márquez se unió a nuestra iniciativa y se convirtió en ágil y hábil delantero, aunque alguna vez, luego de “driblar” a un par de defensas se abstuvo de rematar la faena con un gol porque prefirió regresar para darle una buena patada en el tobillo al defensa que lo había pateado a él. Además de Federico, entraron tres o cuatro jóvenes que no eran alumnos de La Salle de La Colina, sino amigos y parientes de parientes y amigos, lo que le dio a nuestro equipo otra fisonomía, aunque los “curas” no dejaron de calificarnos siempre de traidores y tránsfugas a los fundadores.
A pesar de nuestra buena voluntad, nuestro inicio fue un desastre. Roberto Todd, que no era precisamente un modelo de orden o de aplicación, dejó olvidadas en su casa las “fichas” que nos acreditaban como jugadores, salvo dos que había habido que corregir por errores y las tenía cada uno de los dos afectados por los errores: Ildemaro Lovera Vegas y yo. Y también teníamos las de cinco muchachitos mucho menores, que habíamos “fichado” para hacerles una gracia, pues eran hijos de algunos de nuestros “sponsors.” Y como para jugar se requería un mínimo de siete jugadores, no nos quedó más remedio que alinear los dos que teníamos y meter a los cinco, que poco o nada podían hacer frente al “Dos Caminos,” en cuya cancha era el primer partido del campeonato. Yo me coloqué de arquero e Ildemaro se puso de centro-defensa para tratar de defendernos con las uñas en aquella situación. En la primera acción del partido logré atajar un tiro difícil y me gané el primer aplauso del partido, pero mi alegría duró poco. En definitiva perdimos aparatosamente, 7 a cero. El segundo, aunque sí estábamos todos los jugadores, no fue mucho mejor. Perdimos 5 a cero. Y cuando perdimos también el tercero, mi padre tomó cartas en el asunto, pues no le gustaba para nada que su pequeñuelo fuese parte de un equipo que simplemente ponía la cómica en el campo de juego. Ese era un año en el que el fútbol profesional venezolano, con el apoyo del gobierno dictatorial, había dado un gran paso adelante, y mi padre era presidente de uno de los clubes oficiales (El “Litoral”), de donde sacó a dos uruguayos, profesionales con experiencia internacional, llamados Carlos Chagas y Alcides Mañay, y los contrató para que nos entrenaran o, mejor dicho, para que nos enseñaran a jugar. Lo primero que nos enseñaron los uruguayos fue a “faulear” a los contrarios evitando que los árbitros nos vieran, y luego nos enseñaron los principios elementales, como hacer pases no a los jugadores, sino hacia done debían adelantar los jugadores, y a detener la pelota en movimiento para dominarla, etcétera. El resultado fue sencillamente admirable, y de allí en adelante no perdimos un solo partido. No pudimos ganar el campeonato, pero quedamos milagrosamente de segundos. Por supuesto, como dije, los “curas” se indignaron con nosotros y nos calificaron de traidores y no se cansaron de decirlo en cada ocasión en que pudieron, pero eso no nos afectó mayormente. Yo jugué un tiempo de arquero y no lo hice mal, pero una lesión dolorosa en la muñeca de la mano derecha me obligó a dejar esa posición y a convertirme en centro-defensa, la misma posición que había tenido en las canchas el “Poncho” Casanova, que asistía a todos los partidos y estaba muy orgulloso de los resultados que conseguíamos. Al año siguiente, como a mi padre lo habían nombrado presidente del Banco Obrero, el equipo cambió de nombre y se convirtió en el “Banco Obrero,” tuvo cancha propia en Coche y por varios años fue uno de los más destacados en las categorías menores, pero sin mi participación, pues definitivamente no tenía alma de deportista, y una lesión en el pie derecho me sacó para siempre de las canchas. No por la lesión en sí, sino por el miedo que me daba tener que pasar otra vez por lo mismo. Era evidente que yo no estaba hecho para esas lides. Estuve varias semanas inactivo, y cuando regresé a la cancha, lo hice con ese miedo que me hacía rehuir el combate. Al extremo de que los entrenadores uruguayos, a pesar de que yo era el hijo del dueño del equipo, me pusieron a jugar banco. Y pronto me convencí de que era mucho mejor escribir y soñar que dar patadas al aire libre.

Memorias de Infancia
Eduardo Casanova Sucre
Capítulos publicados:

Razón de ser
Capítulo 1 - Los Casanova
Capítulo 2 - Los Sucre
Capítulo 3 - Los portadores de genes
Capítulo 4 - Tinaquillo
Capítulo 5 - Barquisimeto
Capítulo 6 - Maracay
Capítulo 7 - Miedos y alegrías
Capítulo 8 - Las primeras letras
Capítulo 9 - La niña de la cabellera rubia
Capítulo 10 - Cuando los sueños se hicieron enormes
Capítulo 11 - Nuestro mundo de magia y colores
Capítulo 12 - '¡Te quiero!', dijiste…
Capítulo 13 - El silencio de los puentes
Capítulo 14 - Otoño caluroso
Capítulo 15 - Intermedio de neblina
Capítulo 16 - Dromomanía
Capítulo 17 - Caracas, por fin
Capítulo 18 - Días de gritos
Capítulo 19 - Primeros topetazos con la vida
Capítulo 20 - Primer encuentro real con la señora de blanco
Capítulo 21 - ¡Coche a la vista!
Capítulo 22 - La tenue luz de las tinieblas
Capítulo 23 - Cambio de luz
Capítulo 24 - Medioevo y modernidad
Capítulo 25 - Los trabajos y los días
Capítulo 26 - El fuego de la amistad
Capítulo 27 - Rebelde sin causa
Capítulo 28 - El Tom Sawyer tropical
Capítulo 29 - Viaje al porvenir
Capítulo 30 - Héroes del deporte

Memorias de Infancia - Capítulo 29 - Viaje al porvenir

06.04.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Biografías, Capítulo

Eduardo Casanova

Memorias de infancia

Capítulo 29

Viaje al porvenir

Mis perspectivas desde la celda de lujo en que se había convertido mi dormitorio no eran nada halagüeñas. Como buen prisionero, me dediqué a unas pocas actividades para matar el tiempo. Una de ellas era la lectura, otra el oír música clásica por la Radio Nacional, y la tercera era la construcción de una aldea con casitas de papel sobre la “cómoda” de mi cuarto. Varias veces mi padre, cuando pasaba rumbo a su dormitorio, aprovechó para machacar los regaños que me había ganado, y entre otras cosas me hizo saber que él, mi mamá y Carlota Emilia irían a un viaje maravilloso a Norteamérica mientras que yo tendría que quedarme en Caracas a cargo de mi abuela y mi tía y encerrado en el cuarto, para pagar mis culpas.
Pero más temprano que tarde se traicionó. Me sacaron del calabozo para ir a un estudio fotográfico a tomarnos unas fotos para sacar pasaporte y fuimos a la embajada de Estados Unidos, que quedaba en San Bernardino, para que nos dieran la visa para el viaje, y aunque el “Poncho” insistía en decir que mi presencia en esas actividades era en previsión de lo inesperado y yo no viajaría con ellos, muy en secreto mi mamá me hizo saber que yo sí iría con ellos, pero me pidió que cuando me padre me lo informara mostrara con énfasis sorpresa y agradecimiento. Y así fue. Es posible que haya exagerado en mis demostraciones, pero el “Poncho” quedó convencido de que yo no sabía nada y de que estaba agradecidísimo y dispuesto a cambiar radicalmente de conducta en el porvenir, como resultado de su magnanimidad.
Al día siguiente de recibir la grata “sorpresa” de que sí viajaría, arrancamos rumbo a Maiquetía, en donde abordamos un “Constellation,” cuatrimotor, de la línea aérea gringa “TWA”, que luego de una escala en La Habana, en donde apenas pasamos un rato en el aeropuerto, nos dejó en Nueva York. Habíamos llegado al porvenir.
En Nueva York nos alojamos en el Hotel Taft, un edificio alto y cuadrado, sin personalidad de ninguna especie, en el que había varias familias y varios viajeros venezolanos. Desde luego que para mí aquella enorme ciudad con aquellos edificios que le rascaban la barriga al cielo fue algo verdaderamente impresionante. Recién llegados, vimos por vez primera la televisión, en la vitrina de una tienda. Para mí todo era sorpresas y emociones. Desayunábamos en un “Drugstore” cercano al hotel, en donde había unos radiecitos monederos en los que se repetía una y otra vez un valsecito gringo llamado “Good night, Irene,” bien por un grupo llamado “The Weavers” o por Frank Sinatra. La cancioncita, realmente pegajosa, parecía perseguirnos a donde quiera que fuéramos, aunque a veces se oía otra llamada “Monna Lisa,” creo que cantada por Nat King Cole. Ambas se me grabaron para siempre en la memoria.
Como buenos turistas subimos al tope del “Empire State,” entonces el edificio más alto del mundo, y visitamos la Estatua de la Libertad por fuera y por dentro, así como el zoológico a un costado del Central Park. También hicimos un paseo nocturno en un pequeño barco, en el que me impresionó vivamente el que las parejitas se besaran y se sobaran en público sin el más mínimo pudor. Yo apenas empezaba a tener una leve idea de lo que es la sexualidad, pero no podía dejar de notar cómo se adherían unos a otros por las bocas y cómo las manos de los jóvenes recorrían ávidamente los cuerpos de las jóvenes, lo que no dejaba de causarme una cierta desazón que ni alcanzaba a entender. Hasta que Carlota Sucre me obligó a dejar la cubierta o a pegarme a la baranda para ver los edificios cercanos. También como buenos turistas pasamos un día completo en el gran espacio lleno de parques de diversiones llamado “Coney Island,” en donde nos montamos en una gran rueda, y en unos falsos paracaídas y, desde luego, en la inmensa montaña rusa que asustaba a todos los que la recorrían, incluido yo. También nos tomamos fotos graciosas y recorrimos la playa llena de restorancitos e hicimos todo lo que todos los turistas idiotas hacían en el lugar. También fuimos al enorme teatro del Rockefeller Center, el Radio City, en donde vimos, con gran admiración por parte de mi padre pero ninguna por mi parte, las “Rockettes,” el conjunto de bailarinas que americanizó la danza francesa de piernas femeninas en alto. Más me impresionó el órgano del lugar, y mucho más la película que vimos: “Sunset Boulevard,” de Billy Wilder, con Gloria Swanson y William Holden, que, obviamente, no era para niños.
El “Poncho” remató lo que había ido a hacer oficialmente, que era asistir a un congreso de ingenieros en Schenectady, no lejos de New York, y arrancamos a un gran periplo que incluyó Chicago, otra ciudad impresionante, llena igualmente de rascacielos, pero también de canales, y en un lago que creo artificial paseamos en lancha antes de grabar nuestras voces en un disco. Luego volamos hasta San Francisco, para ir después a Los Ángeles. El vuelo de Chicago a San Francisco fue especialmente largo y tedioso, y llegamos a un hotel horrible, llamado “Sequoia,” en el que hasta cucarachas había en los cuartos húmedos y mal cuidados. Mi padre se peleó con los empleados y prefirió perder el dinero de la reservación a permanecer en aquel sitio, y fuimos a tener a un Hilton que obviamente era otra cosa. También en San Francisco estuvimos en otro gran parque de diversiones, que por supuesto tenía su gran montaña rusa, y no nos enteramos de que ese día, a poca distancia de donde estábamos, habían chocado dos grandes barcos, uno de ellos de la Cruz Roja con heridos que llegaban de la Guerra de Korea. Allí, los cuatro participamos en una “carrera” de conejos, en la que cada uno tenía que hacer girar una manivela para que su conejo corriera más rápido. Yo cerré los ojos y me concentré en girar la mía al máximo de velocidad posible, y me llevé de gran sorpresa de ganar la competencia y recibir como premio un enorme perro de peluche. Y en una especie de tambor giratorio me engolosiné de tal manera que le impedí la salida a mi padre, que se cayó estrepitosamente y se pudo furioso conmigo porque lo había puesto en ridículo.
De San Francisco fuimos por tren a Los Ángeles. En Los Ángeles, también como buenos turistas, hicimos el “tour” de las casas de celebridades de Hollywood y vimos las estrellas con huellas de pies y manos de actores en la acera del Teatro Chino. Y arrancamos en avión hacia México.
En Ciudad de México llegamos al Hotel Reforma y me sentí mucho más a gusto que en Estados Unidos, no solamente por el idioma, sino por la gente. Desde luego, estuvimos en Teotihuacan, en la Pirámide de la Luna y la Pirámide del Sol, en cuya parte más alta un golpe de viento estuvo a punto de tumbar a Carlota Emilia, pero, por fortuna, aquello no pasó de un susto que no disminuyó nuestra inmensa admiración por lo que veíamos. También fuimos a los canales de Xochimilco, que nos parecieron sucios y desagradables, en lo que influyó la cursilería de los “músicos” que se empeñaron en cantarnos “Alma Llanera.” Y para colmo, a la hora de regresar, los taxis que mi padre paró quisieron cobrarnos cincuenta pesos para llevaros de regreso a Ciudad de México, pero cuando mi padre imitó el acento mexicano, el taxista nos cobró apenas diez pesos. De más está decir que el regreso lo hicimos en el más estricto silencio.
De ciudad de México fuimos a pasarnos unos días en Acapulco, en donde, por supuesto, vimos a los famosos bañistas que saltan desde rocas altas a un pequeño espacio de agua. Y de allí, pasando apenas por Ciudad de México, volamos a Nueva Orleans, que me pareció un lugar mejor que el resto de los Estados Unidos. Allí, en una peluquería, oí a mi madre hablar francés. De Nueva Orleans fuimos a Dallas, Texas, que tampoco me gustó. De Dallas a New York, sólo para tomar el “Santa Rosa,” el barco que nos llevaría a La Guaira, pasando por Aruba y por Playa Colorada, en el oriente de Venezuela.
El viaje por mar fue una muy buena experiencia. Al principio el barco se movía demasiado y mucha gente se mareó. Nuestros compañeros de viaje eran en su gran mayoría venezolanos, entre ellos varios niños y jóvenes con quienes jugamos y compartimos. También viajaba el embajador Leonardo Altuve Carrillo, y yo hice con mis compañeros una apuesta, que me valió ganar puntos entre ellos pero también un merecido regaño del embajador, pues lo que aposté era que le templaría la barba, y gané la apuesta.
Al llegar a La Guaira no subimos a Caracas, sino que nos pasamos unos días en el Hotel Miramar, un sitio maravilloso que la desidia y la inconsciencia de los gobiernos del país dejaron perder, y luego regresamos a la rutina de Caracas. El día en que regresamos a nuestra casa me tomé una caja completa, veinticuatro botellas de Coca-cola, porque la Coca-cola gringa no me había gustado. Muchos años después, en 1987, pagaría las consecuencias de aquella locura, cuando se me desató una diabetes que aún me daña el porvenir. Aunque también es posible que el ser hijo de una Sucre haya sido la causa, puesto que desde el día de mi concepción el llevado la “Sucre” en la sangre. ¿No?

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Eduardo Casanova Sucre
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Capítulo 1 - Los Casanova
Capítulo 2 - Los Sucre
Capítulo 3 - Los portadores de genes
Capítulo 4 - Tinaquillo
Capítulo 5 - Barquisimeto
Capítulo 6 - Maracay
Capítulo 7 - Miedos y alegrías
Capítulo 8 - Las primeras letras
Capítulo 9 - La niña de la cabellera rubia
Capítulo 10 - Cuando los sueños se hicieron enormes
Capítulo 11 - Nuestro mundo de magia y colores
Capítulo 12 - '¡Te quiero!', dijiste…
Capítulo 13 - El silencio de los puentes
Capítulo 14 - Otoño caluroso
Capítulo 15 - Intermedio de neblina
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Capítulo 19 - Primeros topetazos con la vida
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Capítulo 23 - Cambio de luz
Capítulo 24 - Medioevo y modernidad
Capítulo 25 - Los trabajos y los días
Capítulo 26 - El fuego de la amistad
Capítulo 27 - Rebelde sin causa
Capítulo 28 - El Tom Sawyer tropical
Capítulo 29 - Viaje al porvenir

Memorias de Infancia - Capítulo 28 - El Tom Sawyer tropical

30.03.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Biografías, Escritores, Capítulo

Eduardo Casanova

Memorias de infancia

Capítulo 28

El Tom Sawyer tropical

Federico estudiaba primer año en el Colegio San Ignacio, el de los jesuitas, que quedaba a una cuadra de la esquina de Tienda Honda, y como el colegio La Salle quedaba a media cuadra de Tienda Honda, estudiábamos, o mejor dicho, asistíamos a clases, a cuadra y media uno del otro. Pero pronto nos encargamos ambos de que esa situación cambiara. A mí me dejaba el chofer en la puerta del La Salle y a Federico lo dejaba su padre en la puerta del San Ignacio, pero ambos regresábamos a nuestras respectivas clases en autobús, a la hora en que terminaran oficialmente las clases. Pasada la primera mitad del año escolar, en el que sentí que no podría rebasar los escollos que se me ponían en frente, de común acuerdo empezamos a vernos clandestinamente pocos minutos después de que nos hubieran dejado a ambos, en la propia esquina de Tienda Honda, y de allí subíamos a pie a la Plaza del Panteón, en donde nos encontrábamos con otros muchachos que también se habían “jubilado” (que es como se llama esa actividad o inactividad en Caracas) y nos dedicábamos a jugar metras (canicas, bolitas de vidrio) hasta la hora en que debían regresar a nuestras respectivas casas, para lo cual me iba caminando hasta la parte norte del Liceo Fermín Toro, en donde tomaba el autobús que me dejaría frente a la entrada del Hipódromo, desde donde caminaba la cuadra y media que me separaba de la casa.
Es evidente que yo no hacía ninguna falta en el colegio, o que los “curas” no cumplieron con su responsabilidad de investigar por qué yo no estaba asistiendo a clases y ni siquiera los viernes iba a recibir la boleta (el boletín de notas). Y también es evidente que mi padre no se dio cuenta que desde una fecha determinada yo no le enseñaba la boleta. Y lo mismo podría decirse, en el caso de Federico, de los jesuitas y de "Monseñor", su padre. Pero el caso fue que, por una de esas casualidades que hacen pensar a las gentes simples que hay un destino, “Poncho” y “Monse” recibieron el mismo día sendas citaciones para que fueran a hablar con los directores de ambos colegios, y para colmo, las citas eran, ambas, a la misma hora. Seguros de que les iban a dar la noticia de que habíamos perdido el año por inasistencia (lo que, por cierto, era verdad), Federico y yo decidimos escapar de nuestras casas, huir de nuestras familias y dedicar nuestros mejores esfuerzos a ganarnos la vida. Federico me aseguró que un conocido suyo había logrado sobrevivir muy dignamente como mesonero en Valencia, y decidimos que ese sería nuestro destino. De modo que el día de las citas de nuestros padres en vez de encontrarnos en la esquina de Tienda Honda para ir a jugar metras a la plaza del Panteón, lo haríamos para fugarnos hacia Valencia en busca de una vida mejor. Pero ese mismo destino de las gentes simples nos jugó una mala pasada, porque a mi padre le adelantaron la cita una hora, y yo tuve que quedarme con él y pasar el trago amargo de estar presente en el momento en que el director del colegio le informaba la realidad, y, lo peor, no pude escaparme, sino que fui duramente reprendido y obligado a irme con él a la casa, en donde me decretó cuarto por cárcel y me obligó a quedarme con los crespos hechos. Federico me esperó una hora en el sitio convenido y como no llegué arrancó por su cuenta rumbo a su gran aventura. Yo, por mi lado, logré escaparme de la casa, pero no por mucho tiempo. En la alcabala de Antímano, cuando trataba de evadirla, unos chinos me denunciaron y tuve que pasar por la humillación de que mi padre me fuera a buscar al lugar y con furia no solamente me diera no sé cuántas nalgadas sino una sucesión de pellizcos que me dolieron bastante más que las nalgadas. Me confinó a mi cama, de donde no se me permitiría salir sino al baño, y me informó que estaría en esa situación un mes. Esa misma noche llamaron los Márquez a mi casa a preguntar si Federico estaba allí, y ante la negativa mi condena aumentó, porque se suponía que yo tenía que saber el destino de mi amigo, y me negué a revelar nuestros planes. Al otro día, en El Nacional y en El Heraldo aparecieron sendas notas, con la foto de Federico, en las que se informaba que estaba “desaparecido” y se pedía que quien supiera algo de él lo informara. En mi cautiverio forzado tenía realmente sentimientos encontrados. Suponía que Federico estaba bien y había seguido el plan que habíamos combinado, pero, a la vez, no podía saber si eso era cierto, y sabía que los riegos de estar fuera de la casa eran grandes. Tanto “Poncho” como “Monse”, Carlota y Julia pasaron por mi celda a interrogarme, pero yo logré mantener el silencio cómplice y no les dije una palabra de nuestros planes. Envidiaba a Federico, a quien suponía en Valencia sirviendo en una fuente de soda o en un restaurant.
La verdad era bastante más pedestre. En vez de tomar la ruta de Valencia, Federico fue a tener a La Guaira, en donde durmió debajo de un bote que reposaba, invertido, sobre cuatro troncos, y para comer, simplemente se dedicó a robarle frutas a unos chinos. Al tercer día se cansó y con el mayor desparpajo paró un “libre” (sólo mucho tiempo después los automóviles de alquiler empezaron a llamarse “taxis” en algunas partes de Venezuela) y le dijo que lo llevara a San Bernardino, en Caracas. El conductor había visto las noticias con las fotos de Federico y lo reconoció en el acto, por lo que lo acompañó a entrar a su casa, en donde había un verdadero ambiente de velorio y la sorpresiva llegada del desaparecido tuvo el efecto de un terremoto. Todos se alegraron muchísimo al ver al perdido con vida. Pero pronto aquel sentimiento dio paso a uno mucho más natural, y Federico terminó, tal como yo, encerrado en su cuarto y condenado a no salir de su cama sino para ir al baño.
En aquella situación de cautiverio, ambos intercambiamos cartas que fueron entregadas por el correo de las hermanas. Y así me enteré de que, al iniciarse las vacaciones, en julio, a Federico lo enviarían a Maracaibo, a pasarse una temporada larga con un tío, hermano de “Monse,” de modo que no nos veríamos sino cuando empezaran de nuevo las clases. Ambos repetiríamos el primer año. Supe también que a Federico lo llevarían a un colegio nuevo, fundado por un psiquiatra que había sido ministro de Educación y era amigo de “Monse” por ser de la Generación del 28.
A mí, en cambio, me mantendrían en “La Salle,” pero no en Tienda Honda, sino en La Colina, que abriría bachillerato además de la primaria. Mi padre había negociado con los “curas” y les prestaría maquinarias de la Autopista Caracas-La Guaira para que hicieran sus campos deportivos. Y así me aseguró un lugar en aquel colegio que poco o nada me convencía.

Memorias de Infancia
Eduardo Casanova Sucre
Capítulos publicados:

Razón de ser
Capítulo 1 - Los Casanova
Capítulo 2 - Los Sucre
Capítulo 3 - Los portadores de genes
Capítulo 4 - Tinaquillo
Capítulo 5 - Barquisimeto
Capítulo 6 - Maracay
Capítulo 7 - Miedos y alegrías
Capítulo 8 - Las primeras letras
Capítulo 9 - La niña de la cabellera rubia
Capítulo 10 - Cuando los sueños se hicieron enormes
Capítulo 11 - Nuestro mundo de magia y colores
Capítulo 12 - '¡Te quiero!', dijiste…
Capítulo 13 - El silencio de los puentes
Capítulo 14 - Otoño caluroso
Capítulo 15 - Intermedio de neblina
Capítulo 16 - Dromomanía
Capítulo 17 - Caracas, por fin
Capítulo 18 - Días de gritos
Capítulo 19 - Primeros topetazos con la vida
Capítulo 20 - Primer encuentro real con la señora de blanco
Capítulo 21 - ¡Coche a la vista!
Capítulo 22 - La tenue luz de las tinieblas
Capítulo 23 - Cambio de luz
Capítulo 24 - Medioevo y modernidad
Capítulo 25 - Los trabajos y los días
Capítulo 26 - El fuego de la amistad
Capítulo 27 - Rebelde sin causa
Capítulo 28 - El Tom Sawyer tropical

Don Alejandro Garrido, artesano yaracuyano a la manera de un hombre del Renacimiento

28.03.14 | por Hugo Álvarez Pifano [mail] | Categorías: Semblanzas, Colaboradores, Venezuela, Crónica, Hugo Álvarez Pifano
Don Alejandro Garrido, artesano yaracuyano a la manera de un hombre del Renacimiento

De las viejas calles de San Felipe no queda nada más que un recuerdo, pero a mí se me hace que en alguno de los escondidos rincones de nuestra memoria -quiero decir de aquellos que amamos a nuestro pueblo- ha debido quedar al menos un muy pequeño espacio, para guardar con cariño lo que fue esa maravillosa bodega de Don Alejandro Garrido.

Don Alejandro Garrido fue en el San Felipe de los años 40 un artesano prodigioso, a la manera de esos grandes artistas del Renacimiento italiano, que se caracterizaban por hacer muy bien cualquier obra del ingenio humano que se proponían a realizar. Él era dueño de un negocio difícil de ponerle una etiqueta: una combinación de panadería, pastelería, cafetería, bar, restaurant y como si fuera poco, establecimiento dedicado a otras maravillosas actividades. ¿Cuáles eran estas? Me dispongo a nombrar sólo tres: el jamón planchado, la dulcería criolla de recetas guardadas en el Yaracuy y la artesanía creativa de un hombre inteligente y emprendedor.

1.- El jamón planchado.

En la Navidad venezolana ha ocurrido durante siglos un prodigio, por el cual un jamón importado se transforma, gracias a las hacendosas manos de nuestras amas de casa y al toque mágico que le dan las frutas criollas, especies y el azúcar moreno -llamado panela o papelón- en uno de los platos más deliciosos jamás concebido por la cocina universal: el jamón planchado. Como punto previo, me sea consentido decir que eso que llaman “jamón planchado” en nuestros días, un jamón caramelizado introducido en los años 70 por la compañía danesa Plumrose y por la estadounidense Oscar Mayer y posteriormente por otras empresas de charcutería, no es otra cosa que una pobre caricatura de mala calidad del tradicional jamón planchado venezolano, por esta razón se hace necesario explicar: ¿Qué es el jamón planchado y cuál es su historia en Venezuela? Como es sabido, en la cocina medieval de Europa se utilizaba la salazón de la carne de cerdo para conservarla durante largo tiempo, de esta forma se curaba y se hacía apta para el consumo en cualquier momento del año. El jamón curado se vinculó siempre a la Navidad y ceremonias religiosas, pues en cierta forma era la prueba de que los conversos comulgaban con la religión cristiana: si comían marrano eran cristianos (por esta razón a los judíos convertidos al cristianismo los llamaban marranos). Esto ocurrió especialmente en España, pero también en las islas británicas, concretamente en Inglaterra, donde se desarrolló la tradición del jamón horneado, “baked ham” Este estupendo jamón, embarcado por los marineros y peregrinos, con el nombre de “ultramarinos” llegó para quedarse a los Estados Unidos de América. Es probable que en Venezuela los primeros jamones llegaran de España, pero en el Estado Yaracuy, en la década de los años 40, venían de USA y ostentaban la marca de la mejor casa productora de jamones (con su hueso) muy bien curados: el jamón “Ferris” establecido en Nueva York desde 1836. En San Felipe estaba a la venta en la tienda de Vicente Rizutti, el primer italiano llegado al lugar antes de la Primera Guerra Mundial. El jamón Ferris pesaba de 4 a 5 Kgs. Venía con su hueso y se ofrecía envuelto en una rústica tela de fardo de color marrón.

Alejandro Garrido poseía una antigua receta heredada de su familia de ancestros yaracuyanos: “Cocinar el jamón durante 2 horas en un recipiente con abundante agua, en la que se colocan hojas de laurel, higuera, guayaba, conchas de piña, un trozo de canela en rama, clavitos de olor, un pedacito de nuez moscada, 2 vasos de vino tinto y un trocito de papelón. Una vez retirado del fuego, se limpia y se deja al descubierto el tocino blanco en todo su esplendor. Se toma una plancha de hierro, previamente calentada en carbones y se aplica sobre la parte grasa delicadamente cubierta de azúcar morena. Se repite esta operación hasta producir una crocante costra de aromático chicharrón muy tierno. Se decora con una formación geométrica de clavitos de olor, a manera de una constelación de estrellas sobre un dorado cielo de crujiente tocino”. Todavía, algo muy importante, entonces no se había inventado la máquina de cortar jamón, ese instrumento que masificó el consumo de un jamón insípido. En ese tiempo se utilizaba un filoso cuchillo, que cortaba en lonjas al jamón más fragante, aromatizado y delicioso que Don Alejandro Garrido ofrecía a su clientela.

2.- La dulcería criolla con sabor yaracuyano

Alejandro Garrido confeccionaba inigualables quesillos, cuajados de crema de leche y de huevos batidos gratificados con especies; temblorosos majaretes espolvoreados de canela; fragantes tortas de plátano procedentes de las vegas de Aroa; tiernas tortas de pan salpicadas de pasas sultana aliñadas con sabor a brandy. Agregaba a su menú, conservas de Martinica (toronja), membrillo, guayaba, coco y pare de contar, para no hacer larga esta crónica. Pero la especialidad de la casa, era un bizcochuelo aderezado con mermelada de guayaba, a la manera de un brazo gitano, redondo y muy apretadito, al cual el púbico yaracuyano designaba con un nombre singular: “cagaleritas” Todos se sentían muy ufanos de ordenar: Por favor, media docena de cagaleritas.

3.- Un hábil artesano, conocedor de las leyes de la economía.

Mi recuerdo personal de Don Alejandro se echa a andar a una temprana edad, unos 8 años, existía entonces en casa de mi abuela paterna María Mila Amengual Zumeta una pianola. Como es sabido este instrumento musical es un piano, el cual mediante un mecanismo de relojería y el impulso de pedales o una manigueta, ejecuta música para piano que ha sido registrada -con perforaciones- en un rollo de papel. Esta pianola tenía el encanto de poseer rollos para tocar valses vieneses, canciones italianas, pasodobles españoles y en especial, hermosos valses venezolanos. Con el andar del tiempo se hizo vieja, se descompuso, nunca más se le dio uso y un día cundió el pánico: la pianola está arrojando aserrín de polilla. ¡Peligro! Puede contaminar todos los muebles de la casa, hay que salir de ella. El único nieto en la familia Álvarez Amengual con inclinaciones musicales era yo (los demás serían abogados e ingenieros), entonces si la quería me la podía llevar. Así fue, la pianola fue a para a un cobertizo en el solar de mi casa. Yo jugaba con ella, sacaba sus cuerdas, martilletes, tuercas y tornillos.

Mi padre me refirió un día que Don Alejandro quería comprarme la pianola y me dijo: es mejor que vendas eso, así salimos de trastos viejos. Al día siguiente vino, me dio una cantidad de dinero y se llevó la pianola. Cuando mi padre vio cuanto había pagado el comprador por la pianola quedó sorprendido y estupefacto: una gran suma de dinero, hoy en día difícil de cuantificar en relación con esa época. ¿Por qué esa gran cantidad, acaso ha querido hacerle un regalo a mi hijo? Don Alejandro respondió: ¿Ha prestado usted atención al teclado de esa pianola? Son teclas de marfil, propias de un piano que desde hace mucho tiempo se dejó de fabricar. Con cada tecla de ese piano yo fabrico 20 pajuelas de marfil, que se usan para tocar bandolinas, bandurrias, bandolas y guitarras. Los plectros de marfil confieren a las ejecuciones musicales un sonido único: delicadeza en el matiz con que se adorna a una pieza y exquisita dulzura en la pulsación para comunicar tiernos sentimientos. Una pajuela de marfil tiene un gran valor en el mercado mundial, yo las vendo en Nueva York, Londres, Madrid y Paris. Créame es poco el precio que he pagado por esa vieja pianola. Cuando fabrico un modelo diminuto de plectro al que llaman “la lagrima” saco 40 de cada tecla y este tiene un precio aún mayor.

De Alejandro Garrido recibí mi primera lección de economía: el valor real de los bienes. Pero más allá de todo esto una enseñanza de vida: el deber de valorar las cosas que se tienen en un momento dado, algo que los venezolanos al parecer nunca aprendimos. Siempre lo recordé con afecto, no solo por el regalo que me dio por mi pianola, sino por su honestidad y su condición de artesano, creador de prodigios en un pequeño pueblo de la geografía venezolana, a la manera de los hombres grandes del Renacimiento italiano.

Hugo Alvarez PifanoHugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).

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