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Desangelado - Capítulo 15

23.08.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 15

Esa tarde con Inocente hice algo que llevaba un año sin hacer: me emborraché cual cerdo. Al principio traté de no tomar, tal como había hecho durante el último año cada vez que me reuní con mis amigos, pero llegó un momento en que no pude resistir la presión y pedí un vaso de whisky escocés con agua. Y me lo empiné. Y luego otro y otro. Me contó Inocente que al enterarse, por Angélica, de que me habían detectado una lesión cancerosa en el colon, llamó a su hermano Augusto, que es médico, y le preguntó sobre la posible gravedad del caso, y Augusto le respondió que eso dependía de muchos factores, especialmente del grado o la etapa del cáncer, pero que lo lógico era esperar que no hubiera avanzado tanto como para matarme. Le observé que su hermano en realidad es otorrinolaringólogo, que no debía saber mucho de eso. Y con su característica sonrisa me dijo: Bueno, la verdad es que está en el otro extremo del tubo, pero está ahí, en el tubo. Y cuando le dije que los que están en el final del tubo tienen que ver con mierda y los que están en el principio no, me respondió que en el principio (del tubo) hay moco, saliva y vómito, y termina siendo la misma cochinada. Y empezó a contarme de los casos de cáncer de colon que conocía, y todos, menos uno, habían pasado la prueba, me dijo, todos menos uno se habían curado, y yo no tenía por qué ser la excepción. Lo malo era que ese uno era mi pariente Bobby, Roberto Vientosilente Almalegre, cuya muerte me había pegado muy de cerca y me afectaba especialmente en este trance. Pero era evidente que se había propuesto darme ánimos. Como a las tres se presentaron sus socios, Celia Belén y Héctor, que venían en la misma tónica, a hablarme de los muchos casos que conocían, amigos y parientes que habían tenido cáncer de colon y lo habían superado. Les causó mucha gracia mi idea de usar aquello de “alto recto” como nombre de una urbanización de clase alta: Colinas del Alto Recto, que sonaba elegantísimo, les dije, y todos celebraron a carcajadas mi ocurrencia, no sé si porque de verdad les pareció algo gracioso o para alegrarme la vida, la vida que se me iba, la vida que ya me anunciaba su final. Luego nos internamos en una complicada conversación, demasiado profunda para el estado en que yo estaba. Y posiblemente demasiado profunda para el estado en que estábamos todos, a excepción de Celia Belén, que solo tomó soda con limón en el transcurso de aquella tarde tan compleja por lo simple, como si supiera que al final de la jornada se iban a requerir sus servicios de choferesa, pues ninguno de los tres varones tenía automóvil ni estaba realmente apto para conducir uno. Yo hablé del miedo y curiosidad que sentía a la vez. Miedo a lo desconocido, a no saber si había algo después. Si no lo había, perfecto, porque todo sería como dormirse sin soñar ni despertar. Pero si lo había, realmente era imposible saber qué era lo que existía al pasar la frontera, y eso era lo que despertaba mi curiosidad. Y mi miedo. También dije que no creía en cielos ni infiernos ni premios ni castigos, porque estaba convencido de que los premios y los castigos se recibían en vida. Héctor, a pesar de que la idea inicial era apoyarme en el trance en que estaba, me llevó la contraria hasta con vehemencia. Para él ni los premios ni los castigos se recibían en vida. Cuántos delincuentes llevaban una vida feliz y eran hasta adulados por toda la gente porque tienen dinero. Celia Belén, en cambio, sostenía que uno de esos delincuentes de cuello blanco podría engañar a medio mundo, pero nadie se podía engañar a sí mismo, y sus culpas las llevaban en la conciencia, que fue algo que me puso a pensar en absoluto silencio. En un silencio que empezó a arroparme, a envolverme en su tiniebla que se iba, que se iba. Héctor por fin se rió a carcajadas de la tesis de Celia Belén: Un verdadero canalla, dijo, no tiene conciencia, llega a creer las mentiras de los adulantes y disfruta enormemente su éxito, el producto de sus maldades. Inocente, mientras los otros dos hablaban, los veía, los miraba con cierta expresión de búho, como un espectador algo lejano, pero eso sí, sin demasiado interés en el tema que alzaba las voces y relentaba la gestualidad de Héctor, porque Celia Belén, si bien hablaba con cierto énfasis no se dejaba llevar por pasión alguna ni actuaba como Héctor, en tanto que Inocente y yo apenas interveníamos, apenas si estábamos ¿estábamos?, casi siempre con las miradas algo ausentes, o totalmente ausentes, mientras todo se alteraba entre nubes y caliza, neblina y espera, nubes blancas de blanca caliza y blanca espera, e Inocente dijo de repente morir no debe ser tan malo porque o se descubre el misterio o no había misterio que descubrir y en ambos casos se acaba la curiosidad y sin solución de continuidad como para que saliéramos del primer tema que apenas tenía relación directa con mi situación o del segundo que sí la tenía en propiedad empezó a hablar de un libro que acababa de leer una novela que trataba acerca de un hombre que era un fenómeno un verdadero fenómeno en materia de olfato etcétera etcétera etcétera y entonces la conversación muy a mi pesar derivó hacia la literatura contemporánea y se llenó de volutas y giros que mi mente definitivamente obnubilada no entendía porque todo era demasiado vago y lejano vágulo y lejánulo y las palabras se hacían de pasta y lentamente se confundían no lejos de los huesecillos de mi sistema auditivo, coño. Y a eso de las seis y media de la tarde ya yo no coordinaba para nada y les pedí que me llevaran a la casa de mi hermana, coño. Nos fuimos en el automóvil de Celia Belén y creí que le iba a vomitar el auto por dentro, o por fuera, da lo mismo. Coño. Apenas recuerdo entre nubes rosadas la despedida, aunque no sé cómo entré a la casa. Por fortuna había llevado llave y supongo que nadie me vio entrar. Lo que sí recuerdo bien es haber vomitado brutalmente, creo que hasta fragmentos de todas las tortas de cumpleaños que había comido en mi vida, y restos de alguna papilla que me debe haber dado mi madre cuando tenía un año. Después de aquella colosal regurgitación, me acosté a soportar las vueltas que todo daba en torno a mis cuitas, y debo haberme dormido casi de inmediato. Me desperté, vestido y maloliente, a medianoche. Me di un buen baño, lavé sumariamente la ropa y busqué en la pequeña refrigeradora de la kitchenette que fue de mi madre. Por fortuna encontré un flan de chocolate y un litro de jugo de naranja, que fueron engullidos con avidez junto con un par de aspirinas que me permitieron acostarme de nuevo y dormir hasta la mañana siguiente. Por razones que no requieren explicación, me levanté más bien tarde y fui directo a desayunar, debido a lo cual pospuse por veinticuatro horas los exámenes de sangre que debía hacerme antes de la operación, que sin duda habrían detectado muy poca sangre en el torrente alcohólico. Finalmente coño.

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Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




 

El niño malo cuenta hasta cien y se retira

22.08.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Libros, Novela, Literatura, Escritores

Lo primero que me vino a la mente al terminar de leer “El niño malo cuenta hasta cien y se retira” de Juan Carlos Chirinos (Ediciones Escalera, España, 2010. 222 pp.) fue un pensamiento geográfico: ¿Qué tendrá Valera en su paisaje o en su aire o en su agua para producir tan buenos novelistas? Adriano González León, Antonieta Madrid, David Alizo y ahora Juan Carlos Chirinos. ¿Será que la cordillera de los Andes antes de morir en su ramal oriental descarga algún halo misterioso que produce buenos novelistas? Y lo siguiente que se me ocurrió tiene que ver con Gabriel García Márquez (que nació no muy lejos de donde muere el ramal occidental de la cordillera), no porque haya una relación especial entre las obras del colombiano y la del joven trujillano, sino porque García Márquez siempre habló de su ambición de escribir novelas cinematográficas, algo que Chirinos logró plenamente en su primera novela.
“El niño malo cuenta hasta cien y se retira” es una novela que de inmediato hace recordar lo mejor del cine universal: Chaplin, Bergman, Welles. Glauber Rocha, etcétera, en la que el lector se convierte en espectador y puede ver, oír, sentir en la piel y hasta oler todo lo que está en el texto. El autor la dedica a su abuelo, Regino, campesino, músico y constructor de la “Casita” de su infancia: “club de fisgones y trastero al mismo tiempo; cuenta cuentos mayor” cuyo recuerdo, evidentemente, aflora en la novela por arte de literatura. Desde que me establecí en Mérida de Venezuela, cercana al Trujillo de Chirinos, he conocido a varios de esos abuelos campesinos, músicos, cuentacuentos, constructores y, lógicamente, inspiradores de buenas narraciones como “El niño malo…”
La novela está dividida en dos partes: la primera, usa manera de título “La o de ladrón, la t de santo” y abarca de la página 15 a la 155, precedida por citas de José Antonio Ramos Sucre, José Donoso y Wislawa Szymborska. Se inicia con un brevísimo capítulo –apenas seis líneas– en el que se presentan al lector las dos deuteragonistas, Fanny y su abuela, la una capaz de conversar con los animales y la otra anclada en un pasado de bailarina frustrada. En el segundo, hace su curiosa entrada el protagonista de la novela, D.Jota, que rememora su ciudad natal, Caracas, desde un espacio muy distinto dominado por la nieve y el frío. ¿Huye? Allá “cometió crímenes, ejercitó el vandalismo, robó, ayudó a aumentar el índice delictivo con la certeza de que ésa no seguiría siendo su ciudad y una mañana muy temprano se escabulló, cuando la policía ya empezaba a sospechar de él” (pp.17-18). Ya en el norte helado, alquila un trineo en el que hace una accidentada entrada al mundo de Fanny y su abuela, pues no sabe cómo frenar el trineo y se estrella aparatosamente. Ha entrado a un mundo radicalmente distinto al que fue el suyo, pero allí lo espera el recuerdo de Eugenio, abuelo de Fanny, que también llegó de Caracas. Luego de varias aventuras, el lector llegará encantado a la segunda parte (pp. 159-222), que utiliza como título un texto de José Antonio Ramos Sucre: “El mal es un autor de la belleza. La tragedia, memoria del infortunio, es el arte superior. El mal introduce la sorpresa, la innovación en este mundo rutinario. Sin el mal, llegaríamos a la uniformidad, sucumbiríamos en la idiotez.” En ella D.Jota vuelve a su antigua condición, abandona a Fanny en medio de una tormenta de nieve, le roba a la abuela un cuaderno negro de poesía y cien mil dólares y huye de nuevo. Se le impone la frase de Horacio que cita en la página 104: “Quienes cruzan el mar cambian de cielo, pero no de alma.” Ha cruzado los cielos y el mar, pero sigue siendo el mismo que hacía fechorías en Caracas. Desde luego, el mal es una constante en la obra, pero también lo es el desarraigo, ese desarraigo que su tiempo sufrió Francisco de Miranda y que hoy padecen miles de venezolanos, incluido el autor de la novela.
En conclusión, “El niño malo…” es una novela excelente, sobre todo si se piensa que es la primera del autor. Al final, Chirinos declara que su novela es un homenaje a los poetas venezolanos, especialmente a dos: Eugenio Montejo y otra nativa de Valera, Ana Enriqueta Terán, de quien ha tomado el título:

La poetisa cuenta hasta cien y se retira

La poetisa recoge hierba de entretiempo,
pan viejo, ceniza especial de cuchillo;
hierbas para el suceso y las iniciaciones.
Le gusta acaso la herencia que asumen los fuertes,
Quién, él o ella, juramentados, destinados al futuro:
Hijos de perra clamando tan dulcemente por el verbo,
implorando cómo llegar a la santa a su lenguaje de neblina.
Anoche hubo piedras en la espalda de una nación,
carbón mucho frotado en mejillas de aldea lejana.
Pero después dieron las gracias, juntaron, desmintieron,
retiraron junio y julio para el hambre. Que hubiese hambre.
La niña buena cuenta hasta cien y se retira.
La niña mala cuenta hasta cien y se retira.
La poetisa cuenta hasta cien y se retira.

Libro de los Oficios (1967)

Juan Carlos Chirinos nació n Valera en 1967, estudió Letras en la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas y se doctoró en la Universidad de Salamanca. Vive actualmente en Madrid. Antes de su primera novela había publicado varios libros (dos de cuentos y algunas biografías para jóvenes.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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Desangelado - Capítulo 14

16.08.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 14

Estaba de verdad molesto Inocente Piquefleur cuando me llamó a la casa de mi hermana. Cómo era posible, me reclamó, que no le avisara nada. Me llamó varias veces a mi apartamento y me dejó varios mensajes en la contestadora. Y se enteró por pura casualidad, porque en los tribunales se encontró con Angélica y Angélica se lo dijo. Yo debería haberlo llamado. Era cierto, le respondí, pero así como a uno le gusta compartir las cosas buenas, no le gusta compartir las malas. Como a la una del mediodía se presentó en la casa de mi hermana y casi me obligó a salir. Fuimos al restaurante “La Catarata Seca,” que era uno de los que usaba Inocente como refugio prácticamente todas las tardes. Desde que nos conocimos, y supongo que desde antes, Inocente ha mantenido el mismo estilo de vida: se levanta todos los días de trabajo a eso de las seis, trabaja en su casa, revisando expedientes y redactando documentos, como hasta las ocho y media, se da una buena ducha y a golpe de nueve sale rumbo a su escritorio, en donde se reúne con sus socios, Celia Belén Gacelazul y Héctor Medialforja hasta eso de las once, hora en la que sale hacia los tribunales cuando tiene que ir a los tribunales, o simplemente se encierra en su oficina a redactar documentos o a revisar expedientes, o a recibir clientes o a jugar solitario; y a la una en punto recoge sus bártulos y se va, solo o acompañado, a un restaurante, “La Catarata Seca,” el “Mar si puedes,” “El Decrépito” o cualquier otro. Antes de mi crisis depresiva, si iba solo, me llamaba a mí o a cualquier otro amigo, y si iba acompañado también me llamaba. Así que durante varios años, dos o tres veces por semana almorcé con Inocente y muchas veces con Héctor y con Celia Belén en “La Catarata Seca,” el “Mar si puedes,” “El Decrépito” o cualquier otro restaurante. Por lo general Inocente y yo nos quedábamos hasta la noche, en tanto que los demás se retiraban a lo largo de aquellas largas tenidas en las que hablábamos de todo, de derecho, de política, de viajes, o, por lo general, de cualquier tema que no fuera demasiado profundo o intelectual. Hoy tengo que reconocer que más de una vez me fastidié de lo lindo, sobre todo si, como rara vez ocurría, pero ocurría, les daba por hablar de literatura o de música clásica, que es algo de lo que yo no sé nada, o de ópera, de lo que sé menos todavía. La única vez en mi vida en que fui a una ópera fue en mis tiempos de Director General del Instituto de Turismo y Gastronomía, que me obligaron a ir, y hasta a ir de “black tie,” a ver “La Traviata,” de Verdi, en el Teatro Municipal. Me aburrí de lo lindo, y al final tuve que salirme, porque aquello de que la soprano, que era una gorda inmensa, se muriera de tuberculosis, nada menos que de tuberculosis, en brazos del tenor, que sí parecía tísico y cantaba como temblando, me causó un ataque de risa que simplemente no pude contener, y la gente me mandó a callar y hasta me insultó. Traté de disimularlo con un falso de ataque de tos, pero, tal como la soprano, fracasé. Francamente, prefiero a los “Beatles” o a los “Rolling Stones” o los “Bee Gees,” que son como más naturales, ¿no? Por lo general en aquellos encuentros yo terminaba con la cabeza envuelta por vapores y cascadas que clamaban por dos aspirinas, como mínimo. Inocente, en cambio, aunque se haya bajado una botella completa de escocés, al día siguiente se levanta impertérrito a las seis, trabaja en su casa, revisando expedientes y redactando documentos, como hasta las ocho y media, se da un buen baño y a golpe de nueve sale rumbo a su escritorio, etcétera. Nunca lo he visto verdaderamente borracho, aunque a veces a eso de las cinco de la tarde, además de adueñarse de sus facciones una cierta sonrisa imperdonable, se le enreda un poco la lengua, pero en forma tal que solo los que lo conocemos muy bien nos damos cuenta. Celia Belén, además de ser una mujer muy bella, es una gran conversadora y una abogada admirable. Dueña también de una resistencia increíble al alcohol, su único síntoma de borrachera es que le da por bailar, y como conoce mis habilidades, más de una vez terminamos haciendo una especie de “show” en cualquiera de los restaurantes que tienen música en vivo. Pero eso es (era) todo. Héctor, que es simpatiquísimo y un excelente conversador, tiene menos resistencia, y por lo general termina dormido, aunque despierto, en la mesa, hasta que se despabila y con una amable sonrisa pide la cuenta, paga su parte y se va. Tanto a Inocente como a Héctor los conocí de lejos en la universidad. Terminaban la carrera cuando yo empezaba. Ambos estudiaron en el colegio La Salle y ambos, en vez de hacerse Endocrinos se convirtieron en simpatizantes del Panaderos, cosa que en realidad no ha sido muy frecuente. Y ambos, que como estudiantes trabajaron en uno de los grandes bufetes de Guanoco, se abrieron por su cuenta y se asociaron con Celia Belén, que no estudió con ellos sino que se conocieron en el ejercicio, y crearon un bufete especializado en materia sucesoral, que fue por lo que yo los busqué en aquellos días de las elecciones del 63. Porque poco después de la muerte de mi papá nos encontramos con que todo lo que tenía, la clínica, el “Pent House” (el que después fue mío) y muchos otros bienes los había puesto a nombre de su querida, la cosmetóloga gringa Betty Lou Sheisse, que por desgracia no estaba con él en México cuando él se mató. Eso es algo que todavía no entiendo: papá, que estaba orgullosísimo de ser un Almalegre, pariente, siempre lo decía, de un tal marqués de Almalegre, hidalgo por los cuatro costados, siete veces grande de España y Caballero Cubierto ante Su Majestad el Rey, no tuvo empacho en amancebarse con una gringa plebeyísima que tenía fama de puta, aunque hay que reconocer que tenía aspecto de modelo y un cuerpo sensacional, capaz de causarle una erección a una estatua, y que no ocultaba en lo absoluto. Y, como para que la aberración fuese casi milagrosa, pretendió, papá, que todo lo suyo, lo que se había llevado y lo que había hecho por su cuenta, quedara en manos de la putoamericana, que era, sin duda, una trepadora de la última clase. La clínica, aunque muy pequeña, valía una fortuna, no solo por lo valioso del terreno y porque era un edificio nuevo, sino porque tenía equipos e instalaciones traídos de los Estados Unidos y que estaban a la altura de los equipos e instalaciones más formidables del mundo. Parecería que papá intuyó su muerte, o quizás haya sido todo lo contrario, y casi todas las operaciones para poner todo a nombre de la querida las hizo en sus últimos tres o cuatro meses de vida. Celia Belén, Inocente y Héctor atacaron por ahí como perros de caza y lograron que casi todas las operaciones de falsa compraventa se anularan. Las gananciales, o mejor dicho, la mitad de las gananciales, se le reconocieron, pero no las propiedades, que eran previas a su concubinato. Mamá, Evangelina mi hermana y yo no pudimos recuperar los dólares y lo que tenía nuestro padre en efectivo o en cuentas a nombre de ella, salvo una en común que tenía muy poco, pero por lo menos la clínica, las acciones del Hospital Privado, dos apartamentos, una casa y el “Pent House” quedaron en poder de mamá. Y cuando murió mamá, casi tres años después que papá, los apartamentos y la casa los vendimos a buen precio y nos partimos la cochina. Yo le cedí a mi hermana mi parte de la clínica, que se vendió casi inmediatamente, a cambio de su parte en el “Pent House” y algo del dinero de la casa y los apartamentos, y entonces empezó una segunda batalla que fue bastante más larga y complicada que la primera. La siempre bien maquillada ex-querida del doctor Almalegre, que usaba unos descotes que le dejaban ver el culo desde adelante y unas minifaldas que dejaban ver la parte de debajo de las tetas, se negaba a dejar el “Pent House.” Alegaba que era de ella porque antes de la falsa compraventa papá le escribió una carta en las que le decía que se lo regalaría. Decía, además, que como concubina le correspondía la mitad de los bienes del difunto. La asistían los abogados de uno de los bufetes internacionales más poderosos del mundo, y aseguraba que, a pesar de su mala fama, toda la comunidad norteamericana, WASP (White, Anglo Saxon and Protestant) de El Dorado la respaldaba. Y algo de cierto debía haber, porque hasta la embajada de los Estados Unidos intervino en su favor y así nos lo hizo saber la cancillería como para presionarnos. Aquello llegó a ser un pleito grande, en el que mis abogados, mi mujer y yo la calificábamos de pretendida comodataria y ellos, los de la parte contraria, además de sobornar jueces y empleados de tribunales, interponían todo tipo de recursos dilatorios o de simple distracción, como para obligarnos a rendirnos por cansancio. Hasta que se dio lo de mi nombramiento como Director General del Instituto Nacional de Turismo y Gastronomía, que tuvo dos efectos: que los sobornos de la otra parte se hicieron más difíciles, pues podían acarrear problemas con el Ejecutivo; y que al verme poderoso pude apelar al más elemental de los derechos: la violencia. Ya no era, pues, tan importante, que la Ley y la razón me asistieran. Algún tiempo antes de posesionarme de mi cargo, logré que la policía, con una orden de allanamiento emitida por un juez de parroquia que cobró relativamente poco, invadiera la propiedad y se llevara sus muebles a un depósito judicial cuando ella estaba de vacaciones “in the States.” Así invertimos los papeles, pues yo tenía la posesión física del bien inmueble, en donde instalé a un vistoso par de guardaespaldas, empleados del Instituto. La cosmetóloga, por más que chilló y pataleó, se quedó afuera. Aunque no le fue tan mal, pues finalmente le pagamos una buena cantidad de pasta, parte de ella en dólares y luego se amancebó con un magnate petrolero y terminó viviendo como una emperatriz en Las Vegas, Nevada. Eso fue, desgraciadamente, más o menos en los días de mi separación de Angélica. Mis planes, previos al problema de la separación, eran vender el “Pent House” y mudarme con mi mujer y mis hijos a una casa más grande que la que teníamos. Pero la realidad dispuso otra cosa: Angélica y los niños se quedaron en la casa que habíamos comprado en 1970, que cambiaron tiempo después por tres apartamentos, uno para cada uno, y yo, en 1975, y bastante a mi pesar, me mudé al “Pent House.” Solo, no acompañado por una de las causas de la situación. Pero esa es otra historia.

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Desangelado - Capítulo 13

10.08.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 13

Ángel y Angélica se casaron sin fiesta alguna. Ángel acababa de terminar sus estudios de derecho y solo le faltaba recibir su título de abogado. Pero el doctor Rocadamor, el padre de Angélica, había muerto de repente, de un derrame cerebral violentísimo, a fines de junio del 63, poco después de cumplir cincuenta y seis años de edad. La familia no estaba para celebraciones ni tenía dinero para fiestas. De modo que fueron ambos, con testigos, a la Jefatura Civil, en la mañana, y en la tarde se casaron en la Capilla del Colegio Santa Francisca, con apenas los parientes más cercanos y unos poquísimos amigos, también como testigos, y de la Capilla se fueron directamente a un hotel playero más bien discreto, construido en tiempos del general Desiderio Borbón, en donde por fin pudo Ángel conocer bíblicamente a Angélica. Una eyaculación precoz le arruinó el primer disfrute, y tampoco fue nada del otro mundo el resto de la frustrada luna de miel, que duró apenas un fin de semana, porque Angélica tenía mucho trabajo el lunes y la boda había sido el viernes. Los nuevos esposos se instalaron en un apartamento ubicado hacia el noroeste de la ciudad, en una zona muy vieja y muy nueva, una aldea viejísima que poco a poco se unía a la ciudad y en la que la mayoría de los habitantes de la parte nueva era gente joven y de clase media. Era un apartamento dentro de una pequeña casa, construido para que los dueños, una pareja de extranjeros, tuvieran una pequeña renta. Lo amoblaron poco a poco antes de la boda, con muebles que fueron comprando sin apuro, en las mejores tiendas de Guanoco. La noche de la inauguración, para la que Ángel tenía grandes planes eróticos, fue también un fracaso. Angélica estaba muy tensa, y el remedio al que apeló Ángel, que fue una botella de ron, resultó contraproducente. Y el lunes Angélica, con claros signos de cansancio que le valieron más de una burla, se reincorporó al bufete de Ernesto Plantaverd muy temprano en la mañana. Ángel, en cambio, se quedó hasta después de mediodía en el apartamento, y en la tarde se presentó a la sede del FIVE, a reincorporarse a las tareas de la campaña electoral, que cada día se hacía más intensa. El doctor Aris-Gorrochoteguiurzúa había pedido que se organizaran los meetings de manera tal que le permitieran estar en Guanoco dos o tres días por semana, y eso había obligado a los planificadores a hacer magia con el tiempo. En lo posible iba a todas partes en avionetas prestadas por simpatizantes de la candidatura, lo que le permitía ahorrar tiempo pero, a juicio de varios de los expertos, le impedía tomar contacto con las gentes de a pie. Aris-Gorrochoteguiurzúa sostenía que el fuerte de su candidatura era la televisión, pues era por la televisión por lo que casi toda la población del país lo conocía y lo consideraba un hombre cultísimo, un sabio, y era esa la imagen que quería proyectar, por lo que se hizo filmar una “cuña” que era como un trailer de uno de sus programas y se pasaba regularmente en las dos televisoras privadas, con las notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven, lo que también tenía una relación directa con el número cinco, gracias a la “V” de la Victoria de Winston Churchill, decían, y a que en clave Morse, el cinco se escribe con tres puntos y una raya, que pueden traducirse como tres notas cortas y una larga, que es el comienzo de la Quinta. Sus meetings políticos, o mítines, como ya los llamaban en esos días, eran también muy exitosos. El doctor Aris-Gorrochoteguiurzúa no era solo un muy buen presentador de programas de televisión: era un excelente orador de masas, que excitaba y electrizaba a quienes oían sus discursos. En ellos no hablaba nunca de algo profundo, se limitaba a decir que los partidos políticos estaban acabando con el país y que era necesario que los independientes tomaran el timón de la nación, y eso lo repetía cinco o seis veces en cada discurso, antes de exponer los cinco puntos fundamentales del FIVE, que bien podían resumirse en uno solo: elegir al doctor Aris-Gorrochoteguiurzúa Presidente de la República o resignarse a que este país se jodió. Ángel, por decisión propia, no participó en ninguna actividad política fuera de Guanoco y del área de influencia de Guanoco. A lo sumo se aventuraba a Tarigua o a Los Queques, ambas poblaciones a veinticinco kilómetros de la capital, y ni un solo día tuvo que dormir fuera de su casa mientras duró la campaña electoral. Angélica, aunque no participaba en absoluto en las actividades políticas de su esposo, no las criticaba ni daba pie a que nadie las criticara en su presencia. Era una mujer ocupada, muy ocupada, dedicada por completo a los casos y asuntos que el doctor Plantaverd, abogado famoso y especialmente discreto, le encomendaba. Ese mismo año, pero en noviembre, murió en un accidente automovilístico el doctor César Augusto Almalegre, que era uno de los más notables cirujanos plásticos de América Latina. El accidente fue en Ciudad de México, a donde había ido a un congreso de su especialidad, y con él murieron otros dos afamados cirujanos plásticos, uno chileno y el otro mexicano. Y aunque en 1956 había abandonado a su esposa y a sus hijos para vivir con una de sus ayudantes, la cosmetóloga Betty Lou Sheisse, norteamericana nacida en Texas, divorciada y con bien ganada fama de putona, Ángel se sintió mal al conocer la noticia. Sus relaciones con su padre habían sido complejas y hasta ambivalentes. Fue el primero en saber que el doctor Almalegre se iría de su casa para amancebarse con la gringa, y no quiso decirle nada a su madre. Su padre era especialmente severo con él, pero Ángel lo admiraba enormemente, aunque más de una vez se enteró de ciertas debilidades de aquel hombre que por lo general le parecía un Júpiter tonante. Como cuando desde las sombras escuchó un extraño diálogo, en el que la doméstica de su casa, llamada Amaranta, con una mezcla de furia y temor, rechazaba un avance amoroso de su patrón. Ángel, que tenía entonces catorce años, creyó que el piso se abriría para tragárselo e integrarlo a un pequeño infierno, y se sintió peor al enterarse de que Amaranta había sido despedida hasta con cierta violencia, acusada de haberse robado unos cubiertos. Cuando por fin el eminente médico se largó de su casa, hizo un esfuerzo por convencer a su hijo de que se fuera con él. Ángel, entonces, se encerró en su propio miedo, en una mezcla de miedo y terquedad, y terminó decidiéndose huérfano de padre, tal como su hermana Evangelina, que aun sin saber ni la mitad de lo que sabía su hermano, radicalizó su decisión de no tratar al padre desde el mismo día en que el padre se llevó su equipaje y se instaló a vivir con su querida. Evangelina, el día en que le dijeron que el doctor Almalegre había muerto, afirmó simplemente que para ella estaba muerto desde hacía varios años. Y fue Angélica la que recomendó que para el asunto de la herencia, la sucesión del doctor Almalegre, se apelara al escritorio jurídico de Celia Belén Gacelazul, que era profesora de Sucesiones en la universidad. El feliz doctor se había llevado buena parte de la fortuna conyugal con él, pero aún no le había salido el divorcio cuando se lo llevó la muerte. La esposa abandonada había conservado su casa, que vendió un par de años después para mudarse a la de su hija, y una cantidad respetable en valores que, con los que adquirió al vender la casa, le daban una buena renta, pero el pleito por lo que se llevó el marido pecador fue a cuchillo y nada corto. A raíz de ese pleito Ángel se relacionó con los abogados Héctor Medialforja e Inocente Piquefleur, los socios de Celia Belén Gacelazul. En especial le resultó importante Piquefleur, que se convertiría poco después en su mejor amigo y compañero de largos almuerzos en los que se hablaba de todo, lo que para Ángel resultó la mejor universidad imaginable. The Johnie Walker Humanistic University, decía él.

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03.08.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

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Primera parte

Capítulo 12

Con mucho esfuerzo y constancia, pero también con mucha ayuda espontánea, reunimos en Guanoco una cantidad impresionante de firmas en apoyo de la candidatura de Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa. Cada día publicábamos cuatro o cinco páginas de periódicos, y sabíamos que había gente estudiando las páginas, con lupas, para ver si encontraban algún nombre equivocado o algún número de cédula equivocado. Cuando Melodito y yo volvimos a almorzar con Jacinto Clarinplateado, no en El Palíndromo, sino en uno llamado Don Giovanni, más al norte, y le dijimos que las firmas eran hasta más determinantes que un “gallup,” nos respondió que Aris-Gorrochoteguiurzúa sería un gran presidente, pero un pésimo candidato, entre otras cosas porque no contaba con la maquinaria de un partido político. Yo me armé de valor y le hice una especie de apuesta: le aseguré que en un mes todo Guanoco estaría dominado por la propaganda de Aris-Gorrochoteguiurzúa y por los partidarios de Aris-Gorrochoteguiurzúa, y que si no era así, el propio Aris-Gorrochoteguiurzúa anunciaría públicamente que apoyaba la candidatura presidencial de Clarinplateado. Nos dimos la mano como dos apostadores y nos despedimos. Esa tarde hubo una reunión tormentosa en la casa que acabábamos de alquilar como sede del FIVE. Casi todo el mundo me cayó encima. Sería imposible que en un mes copáramos la ciudad, cuando no teníamos en verdad recursos ni medios ni gente para hacerlo. Ni mucho menos la maquinaria de un partido político. Para mi fortuna, Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa me apoyó y los demás no tuvieron más remedio que callarse. Melodio Aris-Gorrochoteguiurzúa me apoyó porque del restaurante nos fuimos Melodito y yo a hablar con él y le mentimos, le aseguramos que previamente habíamos conversado largamente con los comunistas, que en esos días andaban clandestinos luego del fracaso de las guerrillas, y nos habían prometido prestarnos su infraestructura, especialmente en los barrios marginales de Guanoco, para apoyar su candidatura. Así que sí teníamos la maquinaria de un partido político que ya había demostrado fuerza en la capital y, sobre todo, contaríamos con gente fogueada para aquella aventura, que de inmediato bautizamos como “Operación Mano Abierta,” por el símbolo que ya habíamos escogido para nuestra propaganda. Y fue entonces cuando logré mi primera, única y última proeza, verdadera proeza, en el mundo de la política. Armado de una audacia que a mí mismo me dejó estupefacto, logré que se me autorizara a visitar a Hilario Klmynsky, que estaba preso en la Cárcel Modelo, y le pedí que nos apoyara en eso de la candidatura de Aris-Gorrochoteguiurzúa. Y para mi gran sorpresa, Hilario, que era un verdadero líder de la Juventud Comunista, me respondió de primera que sí, que los jóvenes comunistas estaban enfrentados a los viejos porque los viejos querían apoyar a Clarinplateado que era en su opinión un auténtico megaterio, y con gran misterio escribió, o más bien garrapateó, como dicen en las malas novelas, un papelito, lo puso dentro de una cajita de fósforos y me la pasó al más puro estilo de los espías de cine barato. Busca –me dijo– a Leo Contracor, que está escondido en las residencias femeninas de la Universidad, le entregas este papel y haces lo que él te diga; en las residencias pregunta primero por la hermana Benilda y le dices que vas de parte del padre Fermín y llevas un libro, cualquier libro, que ella entiende. Esa misma tarde fui a las residencias femeninas, pregunté por la hermana Benilda y cuando llegó la monja, que era más fea que una carta de despido, dientuda y flaca y hasta un poco encorvada, le dije que venía de parte del padre Fermín. Se puso nerviosísima, miró hacia todos lados y me preguntó que si le traía algún libro. Le entregué un librito de detectives que había comprado usado, y me pidió que la acompañara. En una habitación, rodeado de libros verdaderos, estaba Leonardo Contracor, como enfurecido. Me saludó como si me conociera de toda la vida, leyó dos veces el papelito y lo quemó en un cenicero. Sí, estoy de acuerdo con Hilario –me dijo mirando hacia los lados como en busca de algún micrófono oculto–, y creo que toda la juventud también está de acuerdo: Clarinplateado es un megaterio; primero hay que salir del Panaderos, y después veremos qué hacer, y la mejor manera de salir del Panaderos, es llevar a la presidencia a Aris-Gorrochoteguiurzúa, fue lo que me dijo. No creo que la reunión haya durado más de cinco o diez minutos, de los cuales cuatro o cinco se fueron en que Contracor escribiera un nuevo papel y me lo entregara en otra caja de fósforos, aun cuando allí era imposible que nadie nos estuviera viendo. Llévale este papel, sin que nadie lo vea, al profesor Raúl Socavahonda, en la entrada del Barrio Las Tablas, y él te dirá lo que hay que hacer; se lo llevas mañana a las doce en punto del mediodía, ni un minuto antes ni un minuto después; preguntas por él en una bodega que se llama “Mi Esperanza” y le dices que vas de parte de Emigdio Martillo, a las doce en punto, y a la una él te va a buscar y le entregas el mensaje. Y a las doce en punto, ni un minuto antes ni un minuto después, en el momento en que en las radios sonaba la señal de las doce del mediodía, señal que salía del Observatorio Astronómico de Guanoco que está a unas cuadras del Barrio Las Tablas, entré a la bodega “Mi Esperanza” y pregunté por el profesor Socavahonda. No lo he visto, y creo que no va a venir hoy, ¿de parte de quién? De parte del señor Emigdio Martillo, le dije. Si quiere, espere en la placita de la fuente a media cuadra de aquí, hacia arriba por la escalera, para ver si su esposa le puede dar razón de él. Una hora exacta después, en la placita en donde me había sentado a leer con toda calma un periódico viejo, se me acercó un muchacho que no tendría más de trece o catorce años: Le mandan a decir que venga conmigo, me soltó como si fuera una lección aprendida, y arrancó a caminar por varias veredas y callejuelas con escaleras que parecían hechas por ángeles borrachos, hasta que llegamos a una casucha que sonaba como si estuviese a punto de derrumbarse por el peso de las sombras. Era una casucha con paredes endebles y un techito de tejas, que contrastaba con los techos de asbesto y de zinc de la mayoría de las de la zona. Allí, protegido por apenas otra sombra, estaba el profesor Socavahonda. Era un hombre joven, quizás demasiado joven para usar el título de profesor, y me miró con curiosidad. Me saludó con cierta solemnidad, con un apretón de manos. ¿Qué lo trae por estos andurriales?, me dijo, si no es mucha curiosidad. Sin responderle, le entregué la cajita de fósforos. La abrió, sacó el papel, lo leyó y lo quemó, tal como había hecho Contracor con el de Klmynsky. Muy bien, me dijo, dígale al senador que tiene las puertas de los barrios de Guanoco abiertas... No sé ni siquiera cómo encontré el camino de vuelta. Llevaba entre pecho y espalda un universo de alegría, de contento, de triunfo. Sin duda que me había anotado una victoria de primera clase en aquella pequeña guerra que libraba contra la estupidez y la mediocridad de la gran mayoría de mis compañeros de aventura, que se habrían alegrado mucho con mi fracaso y ahora tendrían que entristecerse con mi éxito. Al día siguiente empezó en firme la Operación Mano Abierta. El lema de la campaña, inventado por el proprio candidato, era “¡Melodio Sí Sabe!,” que era una forma de aprovechar la fama que le daba la televisión y de diferenciarlo de los demás candidatos. Una de las principales empresas de publicidad del país se encargó de diseñar y elaborar los afiches y los avisos, que pronto, con la ayuda de centenares de jóvenes, tapizaron las calles y avenidas de Guanoco. Pancartas, cadenetas, música, todo plenó el ambiente de la capital hasta eclipsar del todo la propaganda de todos los demás candidatos. Invitamos de nuevo a almorzar a Clarinplateado. Ni siquiera se presentó. Y al día siguiente se anunció públicamente su candidatura a la presidencia. Con horas de diferencia también anunciaron los del CURSI y los Autistas del FRIO que tenían sus propios candidatos, que eran, respectivamente, el coronel Amadeo Contrasentina y Publícola Malzapatero, cuyo rostro se vio por fin en afiches y avisos de prensa. Y era feísimo.

Desangelado (novela)
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Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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