Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.
EN LOS DÍAS DE SUCRE
Cuarta Parte:
Sucre, el Héroe
14. Las escuelas de Sucre
Quien vea las pocas imágenes de Antonio José de Sucre que puedan parecerse a él, no las idealizadas, sino las más cercanas a la realidad, se dará cuenta de que era un hombre en el que se combinaban la dureza y la fragilidad. Además del brillo. Y la combinación de esas tres condiciones hace pensar, sin duda, en la porcelana. Y si a eso le sumamos que Sucre debió formarse en una escuela de fuego, pero a partir de un momento dado, porque así lo dispuso el Presidente de Colombia, Simón Bolívar, tuvo que dejar el fuego e iniciar un extraño proceso de aprendizaje en una escuela de equilibrio, en la que había que mantener toda la atención en los detalles, hay que llegar a la conclusión de que todo apuntaba a un complicado mundo de porcelana. Fina, frágil y dura. Ese cambio se produjo cuando el Libertador determinó que fuera a Guayaquil como Jefe de las tropas auxiliares de Colombia, a comienzos de 1821. Llegaba como un embajador en armas, pero no traía sólo armas blancas y de fuego, sino también otras que, a la larga se revelarían como bastante más efectivas: las armas de la cordura y la razón. Su misión no era simplemente militar, sino eminentemente política. Claro que viajó a aquellas provincias del Sur en calidad de oficial general del ejército, con mando efectivo e instrucciones de hacer la guerra, pero también llevaba ánimos de organizar la paz, no como militar, sino como político.
Como militar ya había demostrado que valía. Y poco tiempo después lo dejaría probado ante la historia: Es indiscutible que un hombre que pudo llevar el Ejército Unido desde Junín hasta Ayacucho, y que fue capaz de realizar todas las maniobras con las que logró plantear batalla a las fuerzas españolas el 9 de diciembre de 1824, en el lugar y en el momento que más le convenía, necesariamente tenía don de mando. Sobre todo si consideramos que en aquel proceso que culminó en la Pampa de Ayacucho el ejército debió pasar días de hambre, porque las provisiones se habían perdido en una de las maniobras, y ningún combatiente desertó o se rindió. Sucre encabezaba las marchas y todos lo veían al frente de sus hombres, arriesgándose antes que ellos, y por eso lo respetaban y lo seguían. Se dice que en materia de disciplina militar llegaba a ser inflexible y hasta duro, y, sin embargo, oficiales y soldados nunca dejaron de respetarlo y hasta de admirarlo, justamente, por su don de mando. Se ha tratado siempre, no sé con qué intención, de pintar a Sucre como un cordero, y no lo era. Solía ser enérgico y era capaz de usar la fuerza y hasta la violencia, como lo ilustra una de las anécdotas que narra O’Leary en sus memorias, que aunque lo que el edecán de Bolívar quiere destacar apunta más bien hacia la superstición, demuestra que Sucre era capaz de apelar también a la violencia, si era necesario: El 16 de septiembre de 1826, al recibir Sucre a Bolívar en Zepita, camino a La Paz, se le cayó la espada, y al día siguiente, la misma espada se le partió cuando le dio un planazo “a su asistente que se le había subordinado". “Desde hoy comienzan sus desgracias, general", le dijo O’Leary a Sucre, que estuvo de acuerdo en eso, aunque no dio muestras de mucha preocupación. Pero lo que interesa de la anécdota es que Sucre era capaz de darle un planazo a cualquiera sin que se le aguara el ojo. Así como también sabía premiar con creces a quienes se demostraran capaces de mantener la disciplina y mostrar valentía, todo lo cual demuestra su firme capacidad para conducir hombres..
Una de las primeras cosas que hizo Sucre, ya militar y diplomático a la vez, al llegar a Guayaquil, fue escribirle a José de San Martín, el otro Libertador. “Debo aprovechar esta oportunidad” –le decía en la comunicación oficial y más o menos solemne como todas esas comunicaciones oficiales– “para anunciar a V.E. mi venida a esta plaza en un transporte con trescientos soldados, de mil quinientos que el gobierno de la república remite al sur de Colombia para abrir por esta parte la campaña de Quito, de concierto con la división del Sur de Cundinamarca. Se me incorporarán ochocientos hombres de esta provincia, y terminado el armisticio principiaré las operaciones.
“Yo celebro altamente que esta ocasión me permita la honra de presentar a V.E .mi humilde respeto al genio inmortal de América, cuya espada libertadora recibe las bendiciones del Nuevo Mundo, y la estimación del género humano,” etcétera, etcétera, etcétera.
Si los hombres del sur pensaban que les será fácil quedarse con Guayaquil, desde ese 10 de mayo de 1821 tienen que haber tenido muchas dudas.
El general Sucre iniciaba las operaciones de Colombia en el sur con un énfasis que no admitía dudas. Ya empezaba el soldado a ser hombre de mando, tanto en lo castrense como en lo civil. El mariscal de campo Melchor Aymerich, uno de los militares españoles más notables de su tiempo, tomó la iniciativa para que España recapturara Guayaquil, y lo hizo combinado con la acción del coronel Francisco González. Ambos confluían hacia Yaguachi, lugar en el que Sucre, aplicando un principio napoleónico de guerra, contuvo, detuvo y derrotó a González el 19 de agosto de 1821, para luego contramarchar y presentar batalla a Aymerich, quien rehusó el combate y se retiró permanentemente hostigado por la unidad enviada a tal efecto por el jefe cumanés.
El sereno y correcto general Sucre se convirtió de inmediato en el diplomático Sucre, que aprovechaba su éxito con las armas para tratar de convencer a los jefes políticos de Guayaquil para que se unieran a Colombia, cuyo ejército acababa de dar aquella demostración de fuerza y de pericia. Lo consiguió a medias, pues no era fácil vencer la resistencia de los que tenían otras ideas.
Pero el hombre, el joven, el soldado, de repente se transformaba en estadista. Ésa sería otra de sus escuelas. El 26 de marzo de 1822 presidió la instalación de la Corte Suprema de Justicia en Cuenca. Y las palabras que allí dijo revelan una de las facetas más importantes de su carácter. No veía la justicia como una fuerza para reprimir ni para proteger a los fuertes, sino como una fuerza “en que el poder encuentra un dique contra el abuso de la autoridad”. Algo que se ha hecho cada vez más necesario y evidente en el siglo XXI. Y no quería que los jueces se pusieran al servicio de los poderosos, por lo que es claro el significado de sus palabras: “Me hallo como transportado cerca del altar de la justicia y tributándole, con este homenaje, los deberes de un jefe republicano hacia los pueblos que manda para procurarles su bien y su dicha; mi corazón está más satisfecho que si me hallase en el momento colocado en el templo de la victoria.” ¡Qué distinta sería la vida de nuestros pueblos si los gobernantes, en vez de querer aprovecharse del poder y servirse de la justicia, pensaran en esos deberes de jefes republicanos hacia los pueblos!
Sucre se conformó provisionalmente con lo que había logrado en el campo político. No podía hacer otra cosa, porque el campo militar lo llamaba de nuevo. Esta vez no le fue bien, y debió saborear el trago amargo de la derrota, que no implicaba, sin embargo, el fracaso. Era un pequeño paso atrás para poder dar muchos hacia delante. Con paciencia y con constancia rearmó sus fuerzas, reclutó soldados en las provincias cercanas y utilizó tropas de refresco que le llegaban de Colombia. En octubre ya tenía fuerzas suficientes para insistir en sus objetivos militares. En diciembre, sin embargo, se le complicó grandemente el frente interno. Guayaquil estaba al borde de una contienda civil. Fue necesario de nuevo su espíritu conciliador y su habilidad de negociador para que las aguas volvieran a su cauce. Logró convencer a todas las partes en conflicto de que debían usar todas sus energías para echar de América al poder español. La disputa que levantaba los ánimos debía quedar, pues, para cuando todos hubiesen vencido al enemigo común. Fue entonces cuando se organizó del todo, bajo el mando de Sucre, el Ejército Unido, que contaba con los hombres llegados de Colombia, los reclutados en Guayaquil y alrededores y los que Tomás Heres había gestionado y llegaban del Perú. Era menester concentrarse en la lucha contra los realistas comandados por Aymerich. Aquel ejército que representaba buena parte de la América del Sur en su camino hacia lograr la independencia total, contaba con unos mil quinientos hombres, en tanto que las fuerzas españolas tenían del doble. Sucre ya había emprendido su camino hacia la gloria que Bolívar le auguraba. Ya empezaba a ser el astro con luz propia que podría hasta opacar el sol de Bolívar. Ya se perfilaba como el más importante de todos los soldados de América, con habilidad, talento y conocimientos más que suficientes para vencer a cualquiera de los grandes soldados europeos. Inició entonces una serie de movimientos y maniobras, conforme a un plan preestablecido, muy meditado y muy eficiente. El plan preveía una amenaza a Quito y un corte de las comunicaciones de Quito con la localidad de Riobamba, para lo cual utilizó fuerzas comandadas conjuntamente por el teniente coronel Cayetano Cestari y por el capitán Antonio Pontón. Logrado ese primer objetivo el día 21 de abril de 1822, los independentistas tomaron Riobamba, el 2 de mayo Latacunga y a partir del 13 siguieron avanzando hacia Quito, en donde se refugiaron en su retirada los españoles para evitar que cayera en manos de los patriotas. El 17 de mayo de 1822 arribó Sucre con sus fuerzas al valle de Chillo, a unos 17 kilómetros de la actual capital de Ecuador; el jefe español Aymerich ya había completado sus maniobras de ocupación de Quito, y apoyaba su defensa del lugar en la seguridad de que la colina de Puengasi sería más que suficiente para evitar el avance de los republicanos. Sin embargo las fuerzas de Sucre pudieron burlar las avanzadas españolas y plantearon una primera batalla en los llanos de Turubamba, en donde los realistas se sostuvieron sin mayores dificultades. El general venezolano maniobró entones hacia Chillogallo, a kilómetro y medio del enemigo. Durante la noche, en un movimiento característico que después le daría estupendos frutos en Ayacucho, el General Sucre ubicó sus hombres en terrenos que les resultaban bastante más favorables, hacia el norte de Quito, y a las nueve y media de la mañana, una hora después de que los patriotas habían llegado al pie del volcán Pichincha, se iniciaron las acciones entre el batallón Paya y una división realista que trataba de rebasar por la derecha a las fuerzas americanas. Inmediatamente después llegaron al lugar el batallón Trujillo y dos compañías del batallón Yaguachi, y detrás de ellos, la infantería al mando del general Mires. El héroe colombiano José María Córdoba hizo un esfuerzo por ubicarse con dos compañías en la retaguardia del enemigo, pero no lo consiguió. Los realistas, por su parte, trataron de avanzar pero fueron contenidos por una carga de bayoneta del batallón Paya. Hicieron entonces un intento por flanquear a Sucre por la izquierda, pero una carga del batallón Albión los dejó en muy mala posición. Entonces las fuerzas de Córdoba, que se habían reorganizado del todo para sustituir al ya cansado batallón Paya decidieron el enfrentamiento y obligaron a los españoles a batirse en franca retirada. La victoria saludaba desde las cumbres andinas al joven general nacido en las playas del Caribe.
Unas pocas horas, precedidas por la aplicación de un buen plan estratégico, bastaron para darle a Sucre su primer gran triunfo en las tierras andinas. De inmediato concedió al general Aymerich una capitulación en términos por demás honrosos. No sólo probaba así su generosidad, sino su independencia de criterio y su capacidad de tomar las decisiones que consideraba convenientes en el terreno de los hechos. Ya Sucre era, sin duda, Sucre, y ya brillaba con su propia luz; una luz distinta a las de todos los que también brillaban en aquellos tiempos de infiernos y cielos..
Inmediatamente después de la batalla de Pichincha, cuando ocupó Quito, lo primero que hizo Sucre fue convocar a los vecinos más influyentes y a las corporaciones fundamentales (lo que hoy llamaríamos la sociedad civil) y proponerles que se integraran a Colombia, lo cual quedó consumado el 29 de mayo de 1822. Por una parte, ese momento puede ser considerado como el del nacimiento de la actual República del Ecuador, pero, por la otra, también puede entenderse como un paso más hacia el logro de las ideas de Miranda interpretadas por Bolívar, pues con aquello se avanzaba un poco más en el plan del llamado (quizás mal llamado) Precursor, que Bolívar había oído cuando con Andrés Bello y Luis López Méndez, sobrino político de don Francisco, cuando lo visitaron en su casa londinense, y en las veladas junto a la chimenea escucharon los sueños de aquel grande hombre, que quería ese inmenso país hispanoparlante, libre e independiente, que ocuparía los territorios que se habían unificado con la lengua española a partir del comienzo del siglo XVI. Obsérvese que no mucho tiempo después, Bolívar se convirtió en el ejecutor (aunque parcial) del sueño mirandino, y Bello en el que cumplió el papel histórico de preservar el elemento que, a la larga, podría servir para que ese sueño se convirtiera en realidad.
El 18 de julio de 1822, Bolívar ascendió a Sucre a general de división y lo nombró Intendente (gobernador) del departamento de Quito. Hacia fines de 1822 se produjeron una serie de hechos que pusieron a prueba a Sucre como hasta entonces no había sucedido jamás. Otro Boves (Benito) alzó a Pasto contra la república y en favor de la lejana España, y el Libertador ordenó al joven general que se hiciera cargo de la situación. Sucre atacó a los rebeldes pastusos, que fueron duramente aniquilados, en una acción que, en opinión de muchos, tendría su corolario siete años después, cuando en las selvas umbrosas de Berruecos el Gran Mariscal de Ayacucho, de apenas treinta y cinco años, terminó con la frente clavada en el pantano. Fue lo de Pasto un duro fracaso en lo humano, que después expiaría con creces el joven general que obtuvo, en lo militar, un éxito innegable. Una nueva demostración de que lo militar se opone a lo humano.
Esos éxitos, tanto militares como diplomáticos, de Sucre en todo lo relativo a Guayaquil, fueron factores determinantes de la decisión del Perú de llamar a Simón Bolívar para que se encargara de la guerra de Independencia en ese país a comienzos de 1823. Uno de los pasos previos del Libertador fue su entrevista con José de San Martín, que se realizó el miércoles 26 y el jueves 27 de junio de 1822. En realidad, y a pesar de las muchas especulaciones que se han hecho, la Entrevista de Guayaquil no fue sino un encuentro entre dos hombres ya famosos en América, que habían oído decir muchas cosas el uno del otro, pero nunca se habían conocido. Es razonable pensar que, a veces movidos por intereses mezquinos, muchos hombres cercanos a San Martín le dijeron cosas negativas acerca de Bolívar y muchos hombres cercanos a Bolívar le dijeron cosas negativas de San Martín. Ya entonces había grandes diferencias entre los habitantes del Sur de Sudamérica y los del Norte, y no sólo climáticas. Y en el antiguo Virreinato del Perú, cuyos habitantes se consideraban muy superiores a los del resto de la América española, los venezolanos causaron muy mala impresión. Eran desordenados, semisalvajes, comían con la mano, pero eso sí, eran feroces en el combate. Aun así, San Martín no sacó una impresión negativa de Bolívar. La prueba más fehaciente es que hizo que su hija le pintara un retrato del caraqueño a partir de una miniatura y de su propia memoria. Bolívar tampoco quedó mal impresionado acerca de San Martín, aunque no modificó algunas ideas preconcebidas al momento de conocerse. En todo caso, cuando ambos hablaron ya todo estaba decidido. Guayaquil se incorporaba a Colombia y el caraqueño se haría cargo de la libertad del Perú. Lo demás es adorno. San Martín era casi un español y se había formado en la península. Bolívar era americano por los siete costados y se había formado en Caracas. San Martín, cuando la entrevista, ya estaba en franca retirada y se aprestaba a vivir en Europa. Bolívar estaba en pleno ascenso y no podía imaginar que iba a ser virtualmente asesinado en San Pedro Alejandrino, como lo hubiera sido San Martín quién sabe en dónde si no atraviesa la mar océana a comienzos de 1824 para ir a residenciarse en Francia. Eran personalidades muy diferentes, pero ambos debieron soportar la ingratitud de sus inferiores, ingratitud que ha condenado a los pueblos de la antigua América española a ser dependientes y atrasados. De manera que aquella entrevista de dos colosos no tuvo nada de particular. Se ha tratado de enfrentarlos, de hacer ver que tuvieron grandes diferencias, y hasta se inventó una carta apócrifa, atribuida a San Martín y dirigida a un tal capitán Lafond, viajero francés, veintidós años después de la entrevista, y reproducida en Argentina por Bartolomé Mitre y por Eduardo Colombrés Mármol, que no es otra cosa que la expresión de un falso nacionalismo, que es lo que más a dañado a los descendientes de los Libertadores. Lo único cierto es que Bolívar y San Martín se conocieron, hablaron de los posibles sistemas de gobierno aplicables en la América humana y, quizás, de la situación de la guerra en ese momento. Pero nada más. Que San Martín haya pensado en un sistema monárquico no lo rebaja ante la historia. Fue un gran hombre y pensaba como muchos hombres de su tiempo. Que Bolívar haya preferido un sistema republicano también es algo lógico y normal. Todo lo demás no pasa de ser especulación barata y mal intencionada. Algo que ni San Martín, ni Bolívar ni Sucre se merecían. Poco después San Martín dejaría el Perú, convencido de que las facciones que allí competían no auguraban nada bueno para el porvenir. Bolívar no se daba mucha cuenta de la complicada situación del Perú, que hacía impensable cualquier éxito para él, e imposibilitado de asumir personalmente la conducción de la guerra de Independencia del Perú, delegó esa tarea en Sucre, a quien dio poderes suficientes para que negociara todo lo conducente para la aplicación del Tratado de Alianza entre Colombia y Perú firmado el 6 de julio del año anterior, cuando la victoria de Sucre en Pichincha todavía vibraba en los cielos andinos y tenía efectos positivos para esa alianza.
En los días previos a la batalla de Pichincha, la situación del territorio que hoy ocupa la república de Ecuador parecía complicadísima, especialmente en la zona de Guayaquil, en donde se enfrentaban tres facciones sin que ninguna de ellas tuviese la fuerza suficiente como para quitar del camino a las otras dos sin dejar cicatrices muy peligrosas para el porvenir. Sucre actuó entonces como político y como diplomático, sin duda con la idea de aplicar las ideas de Bolívar, que eran las mismas de Francisco de Miranda con muy pocas modificaciones. La primera de las facciones era la que defendía la idea de crear en Guayaquil y su zona de influencia un país absolutamente independiente, no sólo con respecto a España sino también frente a Colombia y al Perú. Colombia, tenía, sin duda, títulos para exigir su anexión, y Perú aspiraba abiertamente a la anexión de Guayaquil por razones geopolíticas. Ambas posiciones, la colombiana y la peruana, tenían sus partidarios fervientes. La segunda facción, la que favorecía la idea de que Guayaquil se integrara al Perú, tenía un fuerte apoyo, pero no el suficiente como para imponerse del todo. La tercera facción, la colombianista, tenía un fuerte apoyo desde el punto de vista político, además de que sus integrantes eran particularmente activos y hacían gala de mucha decisión. Tenían a su favor la presencia de Sucre al frente de un aguerrido grupo de soldados, y lo sabían.
En cuanto a la Junta de Gobierno que se formó a raíz de su separación de España, no tenía fuerza para imponer los deseos de ninguna de las tres facciones. Estaba integrada por el poeta José Joaquín de Olmedo (1780-1847), autor de “La Victoria de Junín” y el “Canto a Bolívar”; su poesía seguía las tendencias de lo neoclásico, tal como Andrés Bello, y en lo personal era sumamente prudente y hasta conservador, tal como Andrés Bello, y aunque no debe haber sido un hombre muy decidido, bien podría decirse que entre la espada y la pared hubiera favorecido la integración con Colombia; en cambio el segundo miembro, Francisco Roca, era decididamente anticolombiano, y no lo ocultaba; el tercero, Rafael Ximena, no lograba resolver sus dudas entre la integración con Perú y la independencia absoluta. Ninguno de los tres era un verdadero revolucionario y bien puede decirse que las circunstancias los colocaban, a los tres, entre las tendencias más o menos conservadoras, que alentaban la integración con el Perú, y las tendencias tímidamente revolucionarias que alentaban la integración con la Colombia de Bolívar y Sucre. Pero tenían que convivir con la mayoría de los que se habían colocado en el medio, sin atreverse a inclinar el fiel de la balanza. Era para todos muy difícil llegar a una decisión que dejara contentos a todos, o hasta a una mayoría, sobre todo porque unos y otros estaban llenos de dudas y había demasiados intereses moviéndose en un ambiente que no estaba preparado aún para tomar las decisiones que debían tomar. El caso de Olmedo era más o menos claro por lo confuso: Se había educado en Perú y tenía en Lima muchísimos amigos, pero a la vez era un ferviente admirador del Libertador Simón Bolívar, de lo cual hay pruebas públicas e inequívocas. Con toda seguridad habría preferido no tener conflicto alguno, pero el conflicto se armó ante sus ojos para atribular su alma inmortal. Supongo que su alma de poeta lo llevaba a inclinarse hacia un lado (el de Colombia), pero su condición de conservador y hombre prudente le aconsejaba inclinarse hacia el otro (el del Perú). Por su parte, Ximena, que se manifestaba partidario de la independencia total aunque a veces también pensaba que les convenía unirse a Perú, no tenía eso que hoy se llama “carisma", y en cuanto a Roca, que era de la clase de los pardos, se dejó llevar por un fenómeno que se vio en toda la antigua América española: debería haber tendido hacia los movimientos de avance social, pero en la práctica hizo todo lo contrario. Era la consecuencia de aquellos trescientos años de paciencia a los que se refirió Bolívar en 1811.
Bien podía interpretarse que la presencia de Sucre era una forma de presión de Colombia para decidir la situación, pero el cumanés se cuidó mucho y evitó las divisiones. Era un hombre superior. Perú, aun dominado por el general argentino José de San Martín, por su parte, no perdió tiempo, y reforzó abiertamente su posición con la presencia de dos hombres de mucha importancia: el general Francisco Salazar, que actuaba como representante más o menos diplomático del Perú, y el general José de la Mar y Cortázar, cuya presencia era más bien de tipo militar y bien podía considerarse como una fuerza disuasiva. Con su acostumbrado lente claramente favorable a Bolívar, Daniel Florencio O’Leary cuenta que “El Protector del Perú, aunque conocía la grande importancia de esta provincia, que entre otras ventajas, tiene la de poseer el único astillero de aquella costa del Pacífico, no estaba en posición de entrar en disputas con Colombia sobre su Ley fundamental, y menos aún con la sólida autoridad del Libertador, quien no hacía secreto de estar resuelto a sostenerla. Empero lo que no se atrevía San Martín a tentar por las armas, trató de conseguirlo por medio de intrigas. Con varios pretextos envió oficiales de su ejército a Guayaquil, y procuró siempre tener allí agentes activos que adelantasen sus miras. Entre otros, descollaba el general Salazar, que vivía con el boato de un embajador y se distinguía por su generosidad. La juventud de Guayaquil, irreflexiva, como en todas partes, deslumbrada con la vistosa apariencia de los oficiales peruanos, que hacía contraste con los modales bruscos, y el exterior un tanto extravagante de los veteranos colombianos, que solían pasar por aquella ciudad desde el campo de Carabobo, camino al de Pichincha, se hizo partidaria decidida de San Martín. El general La Mar, colombiano de nacimiento, que se había granjeado cierta reputación al servicio de España, y que recientemente, según sus mismas palabras, “había abandonado las filas realistas para incorporarse al ejército peruano con más alto grado", ansioso de probar su gratitud al Protector, sostenía las pretensiones de éste, aunque no con el éxito que era de esperarse del influjo de su familia, establecida en Guayaquil, y de su propia popularidad en el lugar. Sus deudos, como los de Roca, estaban divididos en opiniones, y su influencia por lo mismo, neutralizada". No es una narración imparcial, desde luego, pero si una pintura más o menos clara de lo que estaba ocurriendo. Revela el mundo de intrigas y vericuetos en el que tuvo que moverse Antonio José de Sucre en aquellos días, mundo muy distinto al de las batallas, la táctica y la estrategia. Y, sin embargo, Sucre salió francamente airoso de la prueba. Claro que para ello contó con su propia ayuda y con la de sus soldados. La falta de objetividad de O’Leary queda claramente a la vista en el párrafo final. Se refiere al general La Mar haciendo énfasis en su pasado realista, para pintar las cosas en blanco y negro. O en negro. La Mar, nacido en 1776 en Cuenca, dentro del territorio del actual Ecuador, por lo cual bien podría ser tenido por colombiano, pero es considerado como un prócer peruano, y se tuvo a sí mismo como tal. Después de los episodios de Guayaquil, rindió excelentes servicios a la causa de la Independencia. Cierto es que después de la Independencia tuvo posiciones que lo dejaron mal ante la Historia, pero ¿cuántos de los héroes americanos no las tuvieron? Parecería que el tenerlas fue el triste sino de la mayoría de ellos, quizá porque, como militares, carecían de talento para la política. Formados para la violencia y la guerra no era fácil que tuviesen actitudes y aptitudes nobles para la paz. En esas circunstancias, cuando Guayaquil debía decidirse, La Mar cumplió con lo que consideraba su deber, que era apoyar la incorporación de su provincia natal al Perú, y llevó su celo al extremo de casi provocar una guerra civil dentro de la guerra civil, cuando después del triunfo de Sucre en Pichincha, la facción peruanista, aliada a la independentista, presionó para que la Junta tomara medidas contra la colombianista, y la colombianista, enardecida por la victoria militar de su ejército y el éxito de Sucre, exigió que se proclamara la unión con Colombia. Todo se complicó y se confundió aún más con la presencia de Bolívar, el Libertador triunfante y aún lleno de energía, que dio pie a sus partidarios a recurrir a la violencia. Y a punto estuvieron de destruirse los unos y los otros. Fue entonces cuando el héroe cumanés Antonio José de Sucre, actuando mucho más como mediador que como parte, logró que se depusieran las armas y convenció a todos de que pospusieran aquella discusión hasta que el enemigo común, formado por los partidarios del rey de España, estuviese totalmente derrotado. Sabía que aquella posposición favorecía a su partido, pero la logró con artes de persuasión y haciendo ver a los demás que eran ellos los que lo habían decidido. Combinaba con maestría las enseñanzas de sus dos escuelas, la de fuego y la de porcelana.
Quito se decidió cinco días después de la batalla de Pichincha: En sesión pública, el 29 de mayo de 1822, el Ayuntamiento, el clero y otras instituciones declararon que “convencidos de hallarse disueltos los vínculos con que la conquista unió este Reino a la nación española en fuerza de los derechos sacrosantos de todo el pueblo para emanciparse si el bien de sus habitantes lo demanda; (…) y cuando el ser Supremo, Creador de los bienes de la tierra, cansado del torrente de males que ha inundado el pueblo quiteño dándole la victoria con que coronó las armas de la Patria en la memorable batalla del 24 del corriente sobre las faldas del Pichincha, lo ha puesto en posesión de sus derechos imprescriptibles por medio del genio tutelar de Colombia, por la mano del inmortal Bolívar, que desde los más remotos puntos de la República ha proveído siempre infatigable a la felicidad de estas Provincias; esta Corporación, pues, expresando con la más posible y solemne legitimidad los votos de los pueblos que componen el antiguo reino de Quito, ofreciéndose al ser Supremo, prometiendo conservar pura la religión de Jesús como base de las mejores sociedades - ha venido a resolver y resuelve:
“1º Reunirse a la república de Colombia como el primer acto espontáneo dictado por el deseo de los pueblos, por la conveniencia y por la mutua seguridad y necesidad, declarando las Provincias que componían el antiguo reino de Quito como parte integrante de Colombia, bajo el pacto expreso y formal de tener en ella la representación correspondiente a su importancia política. (…)
“9º Colocar en la Sala Capitular los bustos del Libertador de Colombia y del señor General Sucre… (…)
“Con lo cual se concluyó esta acta que proclama la corporación como una declaración expresa de sus votos que hace a la faz del mundo el pueblo de Quito, el día 29 de mayo del año del señor de 1822, y el duodécimo en que manifestó sus deseos de ser libre, feliz y colombiana.”
¿Qué más podía decirse?
Era un triunfo de Simón Bolívar, con la ayuda y la mano, militar y civil, de Antonio José de Sucre. Y hasta podría llegar a ser mucho más de lo que ellos mismos podían atreverse a soñar.
En cuanto a Guayaquil, terminó incorporándose también a Colombia el 31 de julio. “Los miembros de la Junta –narra el general O’Leary– viendo frustrada su ambición y humillado su orgullo hicieron caso de honra abandonar el país, y al hacerlo sin permiso del gobierno, creyeron mantener sus derechos de legitimidad. Las tropas locales fueron licenciadas o refundidas en los cuerpos de la República; pero el Libertador dió a los oficiales plena libertad para obrar como quisiesen, algunos pidieron sus pasaportes y otros imitaron el ejemplo de los miembros de la junta. Sucedió esto antes de la decisión del colegio electoral, luego que el Libertador se hizo cargo del gobierno de la provincia. Todos esos oficiales fueron bien recibidos en el Perú y obtuvieron empleos; pero no pasaron muchos años sin que olvidasen los pretendidos agravios. Olmedo cantó las glorias de Bolívar, Ximena fue su fiel servidor, y Roca se convirtió en uno de sus admiradores.”
A pesar de lo cual, en 1830, apenas siete u ocho años después, murieron, a manos de seres de poco vuelo, Colombia, Bolívar y Sucre.
Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces
4. El soldado niño
5. Los pasos primeros
6. El encuentro
Segunda Parte:
El soldado Sucre
7. La Ascensión
8. El deslinde
9. El desencuentro
10. La vía de la concordia
11. Paz en la guerra
12. El más bello monumento de la piedad
13. Guerra en la paz
Tercera Parte:
Sucre, el Héroe
14. Las escuelas de Sucre
** También serán presentados los poemarios “Más sobre el río”, de Francisco Arévalo, y “Diario de aguas”, de José Ygnacio Ochoa.
La librería Kalathos, conjuntamente con las editoriales Umbra y Estival, presentará el próximo 25 de febrero, a las 11 de la mañana, tres libros de relatos y poesía.
Se trata de “Relatos fascistas”, de Alberto Hernández, el cual será presentado por la investigadora y docente universitaria Violeta Rojo. Igualmente, los poemarios “Más sobre el río”, de Francisco Arévalo, y “Diario de aguas”, de José Ygnacio Ochoa, que serán ofrecidos al público por Hernández y Juan Martins, respectivamente.
“Relatos facistas” recoge las imágenes de un país violento a través de personajes reales que se hacen ficción a través de un discurso cuyos referentes están a la vista de los lectores. Hernández, por su también condición de periodista, se engarza en lo que ve y lo transforma, lo hace literatura, lo enriquece con ironía, humor y una trama carnavalizada.
“Más sobre el río” es un homenaje poético de Arévalo a los grandes ríos de Venezuela. El eco de Juan Liscano se deja oír como un tributo a quien escribió sobre ese milagro natural. El Orinoco, el Caroní, venas y arterias que circundan el imaginario del autor se convierten en una poesía portentosa, plena de imágenes, rica en sensaciones.
“Diario de aguas” es una biografía poética de Miguel Ramón Utrera a través de las aguas del río de San Sebastián de los Reyes. Una aventura donde no faltan el clima y los accidentes geográficos que marcan el comportamiento del hombre, su condición de poeta y maestro.
Héctor Valera nos ubica en el polvo, en el que dejan las bestias en su constante movimiento. La mirada magistral del fotógrafo nos introduce en el Llano y nos deja instalados en las huellas que dejan las reses mientras los caballos elaboran con sus inmensos ojos la noche que los inventa.
Quien se acerque a estas imágenes viajará sobre un caballo, será parte de su olor, del polvo de los caminos andados. Será punto cardinal con la mirada en el próximo horizonte, porque el pastoreo es viaje, movimiento, rotación de la tierra, continuación del tiempo.
En un poema de Eugenio Montejo sentimos estas fotografías de Héctor Valera: “Miró a lo lejos, pastando en la luz verde, / la mitad de un caballo. Sonaba el tiempo/ entre la espesa ondulación de las gavillas, / sonaba la lluvia en la ventana…/ Sólo medio caballo para tanto horizonte/ y lo demás dormido, bajo tierra”. Entonces, quien mira, el espectador, se asume jinete viajero, audaz sobre el mapa del Llano, sobre la relevancia del polvo que su propia imaginación levanta.
El poema de Montejo cierra: “La mitad de un caballo esperaba allá lejos/ pero bastaba para llegar a cualquier parte”. Y ahí lo dice la lluvia, las inundaciones: cualquier altura en pleno Llano es buena para salvar el arreo, para no dejar que el ahogo esconda el esfuerzo, para evitar la muerte.
El Llano viaja en una res. En un caballo, en la mirada turbia de un hombre que lo cabalga. El Llano se mueve con la tierra que gira más allá, mucho más allá, hacia donde van las bestias. Cada foto de Valera es parte de la jornada que viven estos hombres. Héctor Valera cabalga con la cámara y hace del viaje un asunto épico, una gramática del movimiento, una lectura que nunca termina, como nunca termina el Llano.
La belleza de sus imágenes nos delata: nos hace personajes de su aventura. Aprendemos a colocar los aperos, a limpiar los cascos de los caballos, a mirar los belfos del potro, a revisar la oreja del becerro, a cargarlo como un niño cuando se rezaga, a encontrarle sentido a la noche y dirección al día.
El mismo Montejo, en otro memorable texto, dice: “En los llanos estuve, / tierra adentro, hacia el alba de soles salvajes,/ donde la única montaña es uno mismo/ o su caballo”. Y así, desde esa altura, desde la silla de montar, el paisaje de los animales en fila, agrupados hacia el poniente, hacia la hora de un tarde cualquiera. Sobre esa altura se mueve el universo. Y Valera lo hace ver con todos los eventos que ocurren a su alrededor.
Durante ocho años, este hombre enclavado en Calabozo, se ha dedicado a seguir el paso a quienes viajan con sus bestias por el país llanero. No ha descansado: he aquí la muestra de su esfuerzo artístico. La trashumancia lo ha contagiado de la compañía de los astros, mientras el polvo se hace nocturno y los ojos del llanero se cierran mientras los de los caballos vigilan y miden el camino.
ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

Hoy por puro caso, encontré en un supermercado de Caracas un paquete de maní horneado en su cáscara. Rápidamente, en un viaje maravilloso al pasado, mi memoria me transportó a unos de los lugares favoritos de mi infancia: el Cine Tropical de San Felipe, en el estado Yaracuy, de José Manuel Avendaño “el local de las orquídeas y de los grandes estrenos” como rezaba el slogan, un sitio único perdido en la provincia venezolana, que alimentó sueños e ilusiones en la chiquillería de los años 40 y 50, desapareció a finales de los 60.
Allí escuchamos por primera vez en Casablanca la frase “siempre nos quedará París” Según los críticos y los cineastas (1) es la declaración de amor más bella y conmovedora jamás pronunciada en el cine. Se la dice Bogart a Ingrid Bergman al final de la película, en el momento en que ambos saben que se separan y no se volverán a ver jamás. “Siempre nos quedará París”. Pero, qué significado real tiene este parlamento: A pesar de que pueda ocurrir lo peor –pase lo que pase- para todos los seres humanos siempre quedará un lugar en el cual podamos amarnos y ser felices, donde manifestar libremente nuestra alegría –reír y por qué no, llorar, expresar nuestra tristeza- el punto de inicio de un retorno al país de los sueños. Este sitio, por supuesto, no puede ser otro que el cine, pues solamente es allí donde todo sale bien, a la medida de un cuento de hadas. Pero, para unos pobres niños de provincia qué significado tenía esta esperanzadora frase: no tenía otro que el Cine Tropical de San Felipe, el único lugar de sueños e ilusiones, no había nada más en el pequeño pueblo.
También allí con la película Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1939) con Clark Gable, Vivien Leigh y Olivia de Havilland, nos enteramos de que en 1860 existía un conflicto interno en los Estados Unidos de América, conocido como Guerra de Secesión, una contienda entre el norte y el sur. ¿Qué estaba en juego? Esta guerra no se hizo para la liberación de los esclavos del sur. Lo que se trató de decidir entonces, mediante las armas, era un modelo de país: un sur con su economía aferrada en los grandes latifundios, especialmente en el monocultivo del algodón y por supuesto afincada en la esclavitud; y un norte industrializado, dirigido a la fabricación de manufacturas, producidas por obreros. Al sur no le importaba un país, solo quería vender sus materias primas en el exterior, con el objeto de sostener el deslumbrante estilo de vida de los aristócratas sureños. Al norte, con mejor visión, le interesaba configurar un proyecto económico de país industrial, con peso propio: una nación con fuerza de trabajo, cargada de obreros capaces de dar vida a muchas industrias, dentro de un país unificado donde vender esas manufacturas. También a los venezolanos cuando nos tocó decidir que modelo de país escoger, nos fuimos desde muy antiguo, por el camino del sur: de vendedores de materias primas. Atrás en el pasado, café, cacao, algodón, madera, etc. Nunca intentamos ser un país de industrias, con una clase obrera sólida y bien estructurada. Pero, lo más dramático de la historia reciente de Venezuela es que a la llegada del Siglo XXI, tomados de la mano de Hugo Chávez Frías, éste nos condujo nuevamente por la senda de vendedores de materia prima y el “mono cultivo” -solamente el petróleo- y peor aún, de regalador de nuestros recursos, para desperdiciar la gran oportunidad para Venezuela, de ser el modelo de país industrializado de América latina, como fue el norte en los Estados Unidos de América.
Pero tornando al punto inicial de nuestra historia, en el Cine Tropical, una voz ronca y penetrante, a manera de los cantantes de ópera, anunciaba su pregón: “maní horneado, a locha el paquete” Era un muchacho de unos 10 años edad, muy pobre, lo llamábamos “la Marrana Jiménez” compañero de todos nosotros en la Escuela Padre Delgado. Tal vez su madre horneaba el maní, lo envolvían en papel de periódicos, en paqueticos que parecían “origami”, papel doblado al etilo japonés. Él debía vender 8 paqueticos para reunir un bolívar y nosotros de manera desconsiderada le decíamos: “Marrana, estos paquetes no tienen nada de maní, puro papel de periódico”
La voz de “la Marrana Jiménez” era inconfundible: “maní horneado, a locha el paquete”. Una vez, en un acto conmemorativo de la muerte del Libertador, cuando se guardaba el minuto de silencio, se escuchó su pregón: “maní horneado a locha el paquete” Era la época del dictador Marcos Pérez Jiménez y la pobre “Marrana” fue a dar con sus huesos en prisión por orden del gobernador Cordido, interrumpió el minuto de silencio. Pero lo más importante de esta historia es que todos en el Cine Tropical comprábamos su maní, allí se escuchaba el crujir de la cáscara, mientras la maquina –a modo de una ruidosa locomotora- pasaba la película, bajo la mirada atenta de Capirolo, el irritable operador que conocía todas las mañas del viejo aparato. El maní provenía de las ondulantes serranías de Cocorote. Para mí, siempre lo recuerdo como el mejor maní que he saboreado, con el olor de las montañas verdes del viejo Yaracuy, cultivado en sus valles sembrados de pequeñas aldehuelas, entre serrijones, picachos y arroyuelos, con sus pequeñas iglesias de sonoros campanarios y altas espadañas blancas.
Después vino el bachillerato y no vi entre mis compañeros a “la Marrana”, por supuesto tampoco lo encontré en la universidad. Nunca más supe de él, si está con vida debería rondar los 74 años. Más adelante, por razones de trabajo me tocó viajar a menudo a los Estados Unidos de América, en vuelos aéreos donde nos servían a la hora del aperitivo unas bolsitas de maní muy lindas, con granos bien tostados y sazonados, sabían muy bien, pero que va: nunca como aquellos del Cine Tropical. Estos maníes del avión procedían de las plantaciones de Jimmy Carter, el más importante productor de maní de ese país. Entonces, surgía una pregunta: ¿Por qué un pobre muchacho del Yaracuy, vendedor de maní, no puede con su actividad económica generar ingresos, ni siquiera para sostener sus estudios? En cambio en otros países, alguien con esa misma labor comercial puede llegar a subsistir y más aún, a ser el presidente de un país del primer mundo. Tal vez los economistas conozcan la respuesta, lástima que ellos se ocupan muy poco de estos pequeños acontecimientos de la vida diaria en la Venezuela olvidada.

Cuando escribí por vez primera esta crónica en un periódico del Yaracuy, uno de mis compañeros de infancia –ingeniero y economista, con especialización en petróleo, con quien compartí el maní de la Marrana Giménez- tal vez a nombre de los economistas, me hizo las siguientes observaciones: “Jimmie Carter es ingeniero nuclear y sus padres tienen las plantaciones de maní y la industria de procesamiento y enlatado de maní y otros rubros agrícolas en USA por mas de 150 años, poseen así mismo, el mercado mas grande del mundo que son 58 estados de la unión, mas el resto del planeta. En concreto pueden suplir el maní mas productivo por hectárea del universo. El valor de sus propiedades supera los 5.800 millones de dólares y es y han sido ciudadanos americanos desde la colonia. Por lo demás, producen más de 58 variedades de maíz y son los accionistas más importantes de “Dole” en muchas partes del mundo, recientemente en Chile han hecho inversiones multimillonarias. Bueno, entonces cómo se te ocurre comparar a Jimmie Carter con un pobre muchacho de barrio como la Marrana Jiménez”. ¡Que fuerza tienen los recuerdos! Mi compañero de infancia, un yaracuyano de formación universitaria y especialización, con una educación de primer mundo, con dominio de varias lenguas, exitoso en su vida profesional y residenciado en los Estados Unidos de América, se ha visto obligado a escribirme y hacerme este erudito comentario, tan solo porque se siente ligado a mi (y tal vez, a la Marrana Jiménez, un pobre muchacho como él lo llama) por los recuerdos comunes de la infancia: por un sabroso maní artesanal horneado en su cáscara y por el Cine Tropical. ¡Que fuerza tienen los recuerdos y la magia maravillosa del cine! Todavía, al paso de los años, compartimos recuerdos, pero no así, la percepción real –pragmatismo versus sueños- del mundo en que nos ha tocado vivir.
Mientras saboreo el maní del supermercado, mi esposa me regaña, algo habitual. ¿Por qué tienes que comer maní en cáscaras y dejar todas las conchas encima de la mesa? Ahora me toca a mí limpiar esa basura. -Bueno, así es el maní que a mi me agrada, le respondo. ¿No se? Esta respuesta no es enteramente sincera, una frase para salir del paso y no tener que ser yo quien limpie la mesa, pero con mis lectores quisiera ser honesto: para mi, el maní que me ha gustado siempre es el de la “Marrana Jiménez”, en el Cine Tropical, el único que mantiene un lugar permanente en mi parcela de sueños y de viejos recuerdos de mi infancia.
(1) José Pablo Feinmann, El cine y la condición humana. Capital Intelectual, Buenos Aires, 2011.
Hugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).
por Juan Martins
Si meto mi lengua en la llaga tendré de allí el rechazo de los cuerpos, aun del propio. «Relatos Fascistas» (Umbra Ediciones de autor/Ventanas de Lavapiés, Madrid. 2011) se introduce en mi mente de esta manera, con un lenguaje duro, con expresiones claras, contundentes desde el habla de los personajes, su construcción es poética, pero, como diría Stephen King, de un lirismo urbano que le es propio a quien se quiere dirigir: a las víctimas y victimarios de una violencia la cual empieza en las condiciones éticas de esos personajes, se edifica en imagen, puesto que la voluntad del victimario se compone en algún lugar de su psiques y por tanto en el contexto de lo narrado. Y es allí donde la lectura encuentra la representación de un discurso desalineado del poder, de las formas de sus ejercicios como construcción de su realidad. Al adquirir conciencia (una forma del desplazamiento del escritor hacia el lector) de la naturaleza de ese poder, entonces, participamos de una postura razonable y sensible ante la situación en las que nos encontramos: se ha instaurado el totalitarismo y él siempre será renovador en su modo de ejecutarse, encontrará sus victimarios de momento porque siempre seremos sus víctimas. Aquí y en cualquier parte. Y en ese sentido el libro se ofrece como un «producto» de resistencia cultural. Lo interesante es que la estructura de lo narrativo estará presente sin el facilismo del panfleto para el reforzamiento ideológico de la escritura. Ya sabemos de quien hablamos cuando hablamos de Alberto Hernández. Un escritor, sí, comprometido también. Sin embargo desde esta ética del escritor. Primero escribir bien y segundo tratar de decir algo, si acaso hay que decirlo. Alberto nos lo dice con dominio del oficio. Y es importante cuando comprendemos que la violencia se ejerce primero en un inconsciente activo que tarde o temprano nos afectará. El lector despierta de ese retardo y adquiere noción de su contexto. Y antes ha disfrutado de un buen volumen de diferentes relatos: me hace meter la lengua en la llaga sin que arrugue la cara: Mientras colgaba de los brazos, el torturado elaboró un plan para no morir por segunda vez./Se trataba de un vuelo perfecto. El golpe de este relato no estaría completo sin leer el epígrafe que lo acompaña: Los ponemos en un avión y en el camino los van tirando para abajo/Augusto Pinochet. Así entre un relato y otro el pensamiento ejerce su movimiento, estrechando la relación con su lector. Sin él, este goce de la escritura se perdería. El humor es el mecanismo y el enunciado se constituye sobre esa dinámica del lenguaje de modo que el referente del receptor —el contexto político donde vivimos— creará este estado significancia: justo con la ironía, como medio de sustitución de la realidad, establezco el necesario juego de irreverencia ante quienes se atrevan a ir más allá de la mitad de este libro. Nos asedia desde el gesto amoroso de la escritura hasta hallar el divertimento en el lector.
Relatos Fascistas.
Autor: Alberto Hernández.
Umbra ediciones de autor/Ventana de Lavapiés. Madrid.
2011. pp. 173
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