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Desde su más tierna infancia se supo que sería actor. Organizaba “funciones” de teatro para sus parientes en las que recitaba y actuaba con soltura. No fue ninguna sorpresa que en su adolescencia exigiera a sus padres que lo enviaran a Nueva York a estudiar teatro según el método Stanislavsky. Terminados sus estudios, en los que aprendió mucho más que el método, volvió al país y se dedicó en cuerpo y alma a la actuación. Preparó a plena consciencia su “debut” como actor, y se metió tan adentro del personaje que no pudo salir. No pudo salir nunca más del personaje ni del escenario. Por fortuna el personaje hablaba y oía, y el actor siguió hablando y oyendo. El personaje reía y lloraba y el actor siguió oyendo y hablando. El personaje comía y bebía y el actor siguió comiendo y bebiendo. Pero por desgracia el personaje no iba al baño, y el actor convirtió el escenario en una verdadera porquería.
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