Fuera de la magia, o de alguna explicación religiosa, nada, aparte de la casualidad genética, puede explicar satisfactoriamente lo que buscó y logró Antonio José de Sucre en las negociaciones que llevaron al Tratado de Regularización de la Guerra firmado en Trujillo en 1820, y que, como para cerrar el círculo perfecto, se firmó en la casa de Jacobo Roth, el mismo sitio en donde Simón Bolívar proclamó la Guerra a muerte siete años antes.
El fresco, ya cercano al frío, los cielos de azul profundo, el aire puro y las aguas cantarinas de noviembre se convirtieron en un marco perfecto para lo que allí se vivía. En otro momento habría sido todo propicio para que un músico, como Schubert, compusiera obras llenas de alegría y de juegos internos, o un poeta cantara a la naturaleza desde la naturaleza misma, pero allí se estaba discutiendo sobre la vida y la muerte, la vida de muchos y la muerte de muchos, y hay que convenir, vistos los resultados, que lo hicieron con tanta humanidad y tanta buena fe como lo habrían hecho el músico y el poeta...
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