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Chipororo, maestro renacentista en el arte de bordar una hilacha con su hebra fina

En los pueblos de Venezuela, algunos apodos de sus gentes corresponden a las características físicas del personaje, vale a decir: a un conocido jugador de béisbol, Henry Blanco lo llaman “cara de mango” y en efecto, la fotografía de su bien delineada faz, parece un mango presentado artísticamente de costado; uno de mis amigos de Los Teques, Luis Castro, siempre lo han llamado “la foca” y realmente su aspecto físico es exactamente igual al de este simpático mamífero, con él no hay para donde correr, al verlo sentimos el aliento helado del ártico, en una actitud de no aplaudir a nadie, con sus pequeñas manos, a modo de improvisadas aletas grises. Pero, la regla inmutable del sobrenombre es que mientras más se calienta el apodado, más se le remacha su apodo, de manera que nunca pueda librarse de él. Ahora bien, con Chipororo no había un símil, algo a lo que él se pareciera, en rigor nadie supo en Yaracuy el origen de este sobrenombre ni cual era su verdadero nombre, si me es consentido avanzar una hipótesis, yo diría que en razón de ser un hombre encorvado, aún no siendo un jorobado, exhibía un respetable lomo, voluminoso y protuberante a simple vista, capaz de justificar este insólito remoquete.

Chipororo era en el San Felipe de los años 40 una especie de maestro artesanal renacentista: era capaz de restaurar un paño de billar en los botiquines del patio; reparar el estetoscopio de los médicos del poblacho; emplazar en su lugar la visión perdida de algún ingeniero en su teodolito; fijar el carrete de las máquinas de escribir de los procuradores, leguleyos y escribientes del foro local; y en especial, construir y decorar con maestría, el cielo raso en las casas solariegas yaracuyanas de los años de nuestra infancia. Manejaba, en pocas palabras, ese sutil arte renacentista, que alcanzó su más alto grado con el cognomento de maestro de la hilacha bordada y la hebra fina.

Pues bien, en los años 40 fue desmantelado el viejo ferrocarril que cubría la ruta San Felipe-Aroa. Su estación principal se conservó y con el andar del tiempo sirvió de refugio a muchas gentes en estado de pobreza. A pocos metros del lugar se encontró un depósito lleno de garabatos, centenares, tal vez miles, fruto de las tareas de mantenimiento de las áreas verdes de gamelote, aledañas al ferrocarril. Como es sabido, un garabato es la pieza de un árbol en forma de gancho, que se utiliza para “jalar el monte” al cortarlo con un machete. Generalmente, cuando se encomienda a alguien la limpieza de un terreno, lo primero que hace es cortar el garabato que lo ayudará en este propósito. El garabato, como es obvio, no es un objeto comercializable, por lo tanto para los descubridores de esta mina de garabatos, surgió una pregunta de supervivencia: ¿Qué hacer con miles de éstos garabatos?

Entonces nos trasladamos a la ciudad de Florencia, en una edad media cercana al arribo del Renacimiento. Allí existió un personaje llamado Gianni Schicchi, quien representa la renovación del espíritu florentino, el renacer de la ciudad en los nuevos tiempos: “Florencia es como un árbol lleno de flores” Estamos hablando de un sujeto muy florentino, capaz de urdir intrigas, suplantar personajes, falsificar documentos y sobre todo de resolver con éxito cualquier tipo de situaciones difíciles. Con este personaje Giacomo Puccini dio vida al protagonista de su ópera bufa del mismo nombre, inmortalizado bajo el signo de esta condición muy italiana. En el Yaracuy de los años 40 existió también este mismo personaje, con el nombre de Chipororo, sacado igualmente de una criolla “comedia dell´arte”, capaz de resolver el más intrincado problema que se presentaba en un momento dado: ¿Qué hacer con miles de garabatos? Pues bien, vean ustedes lo que se hizo con estos miles de garabatos.

En una soleada mañana de un día lunes, un caballero bien vestido se acercó a la “Casa Roldán”, una tienda de mercancías secas que fungía de quincalla, ferretería, zapatería, venta de telas y hasta de óptica, pues su dueño Don Guillermo Roldán, cumplía en San Felipe para colmo de males las funciones de optometrista. La característica resaltante de Don Guillermo era que compraba a “precio de gallina flaca” todas las cosas viejas que le llevaban y después las vendía al valor de ocasión de la “última limonada con tintineante hielo en las abrasadoras arenas del desierto” Pues bien, el caballero solicitó 20 machetes. -Efectivamente, le dijo Don Guillermo, tenemos un gran surtido: cola de gallo, tres canales, colima doble filo, copetón, liniero, recto, peinilla y cañero, disponga usted. -Muy bien, coloque 20 machetes cola de gallo en sus cajas y póngales sus respectivos garabatos. –Bueno, masculló Don Guillermo, aquí no vendemos garabatos, quien necesita eso va y lo corta en el monte, por esa razón los machetes no vienen con garabatos, ese “respectivo” de que usted habla esta demás. El caballero repostó: -señor, yo estoy a cargo de la parte operativa de una gran tarea de deforestación y corte de montes, necesito machetes con sus garabatos, en otra forma no puedo comprarlos, usted me disculpa. Don Guillermo asimiló con amargura la pérdida de una venta. Así son las cosas, murmuró para sus adentros.

En horas de la tarde otro caballero se aproximó a su tienda. –Buenas tardes, tiene usted machetes tres canales Marthindale, necesito 50. –Por supuesto, tengo una buena existencia de ellos, aquí tiene una muestra. –Estupendo, lo que necesito, yo no quiero cajas, por favor los envuelve en papel de periódico y les coloca su respectivo garabato. Otra vez “el respectivo garabato”, desde cuando a donde se han vendido machetes con un garabato. -Señor, yo no vendo garabatos, solo machetes. –Lo siento, sin garabatos no puedo comprar los machetes. Otro golpe que asimilar, una importante venta perdida.

Al día siguiente, Don Guillermo vio a un hombre encorvado que llevaba bajo su brazo un gigantesco fajo de garabatos. Era Chipororo. ¿Qué estaba sucediendo? De pronto el garabato, por arte de un milagro, se había transformado en un artículo de primera necesidad. –Chipo, le gritó Don Guillermo, qué traes ahí. –Son Garabatos para la tienda de Pedro Miguel Estrella (el establecimiento que competía con Roldan en la compra-venta de cosas viejas) él me quiere comprar 500 garabatos para colocarlos en un proyecto de reforestación, aquí en la zona. –Dime una cosa, cuanto te está pagando Pedro Miguel por cada garabato. –Un bolívar por cada uno. Entonces, sentenció don Guillermo, yo te voy a pagar un bolívar también, pero a diferencia de Pedro Miguel te voy a comprar 1000 garabatos. –De acuerdo, trato cerrado y se selló la compra, de paso le obsequió a Don Guillermo unos 150 garabatos más, a modo de “cajita feliz” como se hace en las ofertas de nuestros días.

Muchos años después de estos hechos conversé en forma cordial con Guillermo Roldán, para mi no había dificultad alguna en hablar libremente con él, mi tío Vicente Pifano y su esposa, mi tía Lila Garrido, fueron sus vecinos de toda la vida, casa a casa –los Pifano y los Roldán eran familias que se tenían aprecio y respeto mutuo- por esta razón, yo era una de las pocas personas que podía platicar con él sobre temas que lo sacaban de quicio y formularle una pregunta que a él lo enfurecía: si tenía garabatos en su tienda y como discurría la venta de los mismos. Entonces me respondió: tengo más de 1200 garabatos en mi depósito, en 35 años no he podido vender más que un solo garabato.

Gianni Schicchi es famoso, no solo por la ópera de Puccini, sino también porque el más grande de los poetas de Florencia y por supuesto de Italia, el Dante Alighieri, lo colocó en el infierno a causa de sus travesuras, en su obra la Divina Comedia. Yo no sé si el más notable de los poetas del Yaracuy, Manuel Rodríguez Cárdenas, conoció a Chipororo y sus ingeniosas andanzas, pero el poeta no lo situó en ninguna parte de su obra literaria. En estas circunstancias, dejo al amable lector decidir: si esta historia del bueno de Chipororo les ha gustado, por favor tribútenle un aplauso, como se suele hacer en el teatro y de parte mía voy a colocarlo entre los personajes del Yaracuy que merecen un afectuoso recuerdo.

Hugo Alvarez PifanoHugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).

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1 comentario

Comentario De: Rafael Vicente Gimenez [Visitante]
Rafael Vicente GimenezApreciado Hugo;

He disfrutado y rememorado la historia de estos "garabatos".
Segun me contaron, aqui hay un personaje que no nombras y que se trata de un empleado de mucha confianza de Don Guillermo, que ahora no recuerdo su nombre y que tu si te debes recordar, el cual se trata del hombre que atendia los clientes que acudian a este negocio que ademas era su chofer.
Este personaje fue quien advirtio la presencia del camion cargado de garabatos, cuando este recorria la 5ta avenida de San Felipe y el ayudante del camion gritaba a todo pulmon; garabatos...garabatos....garabatos...y de inmediato le informo a Don Guillermo sobre la oportunidad de adquirir la mercancia, recuerda que Roldan, permanecia oculto en una especie de oficina y el dependiente era quien atendia los clientes.
Revisa estos comentarios, te pueden ser utiles.
Hay otra historia que no se si tu la sabes y es con respecto al caso de la la compra e los galones de pinturas de caucho
10.12.11 @ 07:04