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El camino del cielo

04.03.12 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Ensayo, Capítulo, Historia


EN LOS DÍAS DE SUCRE



Cuarta Parte:
Sucre, el Héroe

16. El camino del cielo

Aquel joven nacido junto al mar, cerca de la desembocadura de un río quieto, donde huele a sal y a peces recién sacados del agua por pescadores de pieles oscuras, se sentía a gusto en las montañas de cóndores y ríos espumosos que gritan todo lo que callan los hombres tranquilos que gozan el frío. Iba, sí, camino al cielo.
Ya se sentía en su casa en el espacio que al final de su vida sería su casa, en Quito, en donde fundó “El Monitor”, primer periódico republicano que funcionó en el lugar. El 3 de diciembre de 1822 le había escrito a los miembros del cabildo una comunicación en la que se declaraba “un ciudadano tan amante de Quito como cualquiera de los que vieron en él la luz.” Era esa luz, tan distinta a la de Cumaná, la que quería para verse en ella el resto de sus días, y fue esa luz la que al final de sus días le dio los pocos ratos de sosiego que alguna vez disfrutó.
Pero las obligaciones lo llevaron a otro paisaje. El 10 de mayo de 1823 ya estaba en Lima, listo para entrar en acción como jefe militar y representante diplomático de Colombia en tierras peruanas, tierras que pasaban por un momento difícil y en las que nada auguraba el éxito republicano. Veinte días después (30/5/1823) el joven victorioso, el general Antonio José de Sucre fue nombrado Comandante del Ejército Unido y el 21 de julio se le proclamó Jefe Supremo Militar. En agosto, el general Andrés de Santa Cruz, que había peleado como coronel, al mando de la División Peruana, en Pichincha, obtuvo una discreta victoria en Zepita, pero la campaña fue un fracaso, y habría resultado un verdadero desastre a no ser por la habilidad demostrada por Sucre al retirar sus fuerzas, en perfecto orden, de Arequipa y retornarlas a Lima.
Muy lejos de aquellas montañas imponentes en las que el joven general se preparaba para entrar de lleno en su propia gloria, pero muy cerca de la luz blanca y el calor que lo vieron nacer, moría, sin haber cumplido los sesenta y tres años, el coronel Vicente Sucre y Urbaneja, padre de Antonio José y de otros que se sacrificaron por la patria nueva. Don Vicente, nieto del primer Sucre llegado a Venezuela, hizo a lo ancho de su vida méritos para brillar con luz propia. Su vida no fue fácil debido a su decisión de entregarse en cuerpo y alma a la nueva república, lo que le costó ser enviado a las mazmorras de La Guaira, las mismas en donde una vez estuvo Francisco de Miranda. Bolívar lo sacó de la sombra al tomar el puerto luego de la Campaña Admirable, pero allí no acabaron sus padecimientos: Estuvo entre los que sufrieron los triunfos de Boves y el horror de la Emigración a Oriente. Perdida de nuevo la patria, se exiló en Trinidad, de donde lo sacó de nuevo Bolívar para nombrarlo Gobernador de Guayana, en sustitución de su hijo Antonio José. Allí estuvo hasta 1818, cuando la salud empezó a abandonarlo, tal como lo hizo la vida en julio de 1824, poco antes del triunfo de su hijo en Ayacucho. Antonio José, desde ese momento, sólo tendría un padre: Simón Bolívar.
Por fortuna para los republicanos, la situación interna de los jefes españoles ayudaba los planes y propósitos de los patriotas. Como dijo O’Leary, “felizmente para la América, la discordia que tres siglos antes había hecho del Perú fácil presa de los invasores, por una especie de compensación debilitó ahora a los sucesores de Pizarro y Almagro y les impidió atacar a los libertadores del país, antes de que éstos pudieran resistirles con eficacia. Simplemente”, que la realidad ya se había vuelto abiertamente favorable para los partidarios de la independencia plena de los pueblos de la antigua América española. Ya la prédica de Francisco de Miranda había prendido claramente en la conciencia de la inmensa mayoría de los que tenían poder de decisión en el Nuevo Mundo, y, por el contrario, los defensores del antiguo régimen se lanzaban por caminos equivocados, y entre ellos el peor de todos: la división. Los liberales españoles, que combatían contra los liberales americanos, debieron enfrentar la resistencia de los que entonces fueron calificados como “serviles” al producirse la restauración del absolutismo que, como toda restauración, tenía muy poca vida en el cuerpo. Liberales españoles en tierras americanas eran, entre otros, el virrey La Serna, Canterac y Valdés, y tuvieron como enemigos mortales a los serviles, como Olañeta, Mendizábal, Aguilera y Somocurio. Eran, todos, hombres de poder, y el poder dividido se resquebraja. Sus diferencias trascendieron las simples conversaciones y hasta las cartas, y se hicieron públicas en artículos que publicaron en la prensa de su tiempo, en los que llegaron a ofenderse al extremo de hacerse enemigos irreconciliables. Olañeta, al estilo de los falangistas y fascistas que dominarían la España de 1936, acusó públicamente a sus enemigos liberales de “tibieza en la causa de Fernando y de Dios", y La Serna, sin llegar a los extremos de los republicanos del siglo XX, pero no muy lejos de los moderados durante la Guerra Civil, declaró públicamente que Olañeta, jefe del Alto Perú, era un rebelde y un insubordinado, y finalmente hizo uso de las armas para someterlo. Por ello, en un momento muy delicado, los jefes españoles en lugar de enfilar sus cañones y sus bayonetas contra los republicanos, tuvieron que hacerlo en contra de sus connacionales, que así se veían realmente debilitados y condenados al fracaso. El 17 de agosto Olañeta sufrió una fuerte derrota y debió escapar hacia las nubes. El daño estaba hecho. Olañeta se declaró abiertamente alzado, un poco al estilo del Tirano Aguirre, contra Dios y contra el Diablo, y se estableció en las montañas del Alto Perú como un precursor de las aventuras guerrilleras que conocerá el siglo XX en Bolivia, Colombia y Venezuela, en donde también se mezclaron ideales infantiles con un pragmatismo que llega a ser demoníaco. Y si de pragmatismo hablamos, el de Bolívar no se quedó atrás: en una proclama habló del español alzado como “el bravo Olañeta”, sin hacer mención de que aquel “bravo”, aunque con su actitud infantil ayudaba sin querer a los republicanos, habría freído en aceite las cabezas de Bolívar, Sucre, San Martín y todos los independentistas si hubiera tenido la más mínima oportunidad. Lo que pretendía Olañeta era volver atrás del todo las páginas de la historia, regresar a los tiempos de la Inquisición y condenar sin derecho a apelación a todos los pecadores a la hoguera, especialmente a los liberales. De modo que el liberal Simón Bolívar, al elogiarlo, estiraba demasiado las cosas. Sucre no caería del todo en ese juego, aunque Olañeta le envió una carta trece días después de la batalla de Ayacucho (el 22 de diciembre de 1824) en la que bien podría comprometerse de cierta manera con la causa independentista, el Gran Mariscal la publicó más bien con la intención de mostrar al mundo la inconsistencia de los antiguos enemigos de la causa republicana, y poco después, al verificar que el español intrigaba entre sus compatriotas con la intención de que no se cumplieran los términos de la capitulación a la que se había llegado después de la derrota final de los realistas, lo persiguió y lo batió en retirada entre ríos crecidos y todo tipo de dificultades que el alzado no pudo resistir. La muerte de Olañeta fue el capítulo final de la presencia activa de tropas españolas en el continente sudamericano. Pero en suelo del Alto Perú quedó su sobrino, Casimiro Olañeta, que no mucho tiempo después traicionaría a Sucre y le haría un gran daño, luego de haberse proclamado su amigo.
Sucre, general de división, era el brazo ejecutor de las políticas de Bolívar en el sur de Colombia. Desde el 1° de septiembre de 1823 actuaba como jefe de las fuerzas libertadoras del Perú, es decir, como Jefe militar de la campaña destinada a vencer para siempre a los realistas en el continente americano, aun cuando se consideraba el segundo del Libertador. Desde esa posición dirigió varias acciones que culminaron con la batalla de Junín, que fue el 6 de agosto de 1824. O’Leary habla de él, de Sucre, como “el brazo derecho del Libertador y el sostén principal del ejército; activo, metódico, puntual en el cumplimiento del deber, era incansable en el trabajo; por tres veces atravesó los terribles Andes, arrostrando la inclemencia del tiempo y las fatigas del camino; su abnegación era la menor de sus virtudes. Con su actividad y perseverancia sorprendentes, sacaba recursos de los puntos más remotos, y se ha dicho, acaso con toda verdad, que Sucre en cumplimiento de sus deberes, exploró rincones en la cordillera nunca hollados por la planta del hombre. La naturaleza misma pareció ceder ante tanta constancia, y hasta los perniciosos efectos del clima de aquellas regiones inhospitalarias fueron conjurados por la previsión y diligencia de este eminente varón.” Son palabras de un hombre que, con plena justicia, habría podido ubicarse a sí mismo como el hombre más cercano a Bolívar.
Sin embargo, en esos días se produjo un nuevo incidente que ha podido alejar a los dos grandes hombres, y que nos permite reforzar nuestra convicción acerca del inmenso altruismo de Sucre, puesto que su diferencia con Bolívar se debió a que aspiraba a estar más cerca de la muerte, y no a protegerse más cerca de la vida. Eso sucedió inmediatamente después de la batalla de Junín, cuando el Libertador Simón Bolívar decidió que Sucre tendría que dejar la vanguardia y retroceder para apoyar a las fuerzas colombianas que llegaban, en medio de grandes dificultades, a las tierras del Perú. Sucre se sintió vejado y, sin pesar las consecuencias, le escribió una carta en tono de reclamo a Bolívar, carta que Bolívar contestó sin perder un ápice de autoridad, pero condescendiendo a explicar al subalterno sus razones. El incidente podría haber llevado las relaciones entre los dos a un nivel peligroso, y hasta pudiera haber significado el fin de la carrera militar de Sucre. El Libertador, en su respuesta, no cedió un milímetro. No reconoció en ningún caso haberse equivocado, ni mucho menos haber sido desconsiderado con Sucre. Fue muy claro cuando le dijo “Estoy lleno de dolor por el dolor de usted, pero no tengo el menor sentimiento por haberle ofendido. No había faltado ni tenía por qué preocuparse, a no ser por la sensibilidad del amigo. Y aunque en el último párrafo hay una cierta afectación y algo de teatralidad (Si usted quiere venir a ponerse a la cabeza del ejército, yo me iré atrás y usted marchará adelante para que todo el mundo vea que el destino que he dado a usted no lo desprecio para mí. Esta es mi respuesta.)”, es evidente que Bolívar no estaba dispuesto a cambiarse con Sucre. Sabía muy bien que Sucre, por su inmenso altruismo y su amor casi filial, aceptaría la explicación y la falsa propuesta como una excusa y terminaría subordinándose al jefe, tal como lo hizo. También podría pensarse, con cierta mala intención, que en realidad Bolívar empezaba a temer que Sucre se convertiría en su rival, por aquello de “algún día me rivalizará”. Bolívar era un ser humano, y los seres humanos se dejan arrastrar de vez en cuando por pasiones no tan elevadas.
No fue ésa la única fractura en la amistad de ambos hombres. Ocurrió, ya cerca del final de las vidas de ambos que Sucre pidió que se corrigiera una injusticia hecha a su tío José Manuel Sucre Urbaneja y que se le enviara a su familia un dinero, y Bolívar, agobiado de problemas, le contestó de mala manera. Sucre, a su vez, reaccionó con cierta brusquedad porque le echaban en cara algo totalmente incierto: que alguna vez hizo valer sus influencias para favorecer a sus parientes. El Libertador llegó a afirmar que él, Simón Bolívar, nunca favoreció a sus tíos, ignorando que los Palacios, jamás fueron partidarios ni de Bolívar ni de la independencia, y alguno de ellos militó a favor de los realistas y hasta firmó cartas contra su propio sobrino. Sucre, evidentemente molesto, le escribió a Bolívar: “Mucha pena me ha dado la lectura de la reconvención de U. de que a sus tíos propios no ha querido considerarlos para ningún destino. Si mal no me acuerdo, creo que jamás he molestado a U. por empleos para mi familia, a pesar de que podía ser estimulado por las recompensas y sueldos que le he visto prodigar a otros Generales. Yo he querido siempre ser ligado a U. por los deberes de la amistad; y con mi país por los del honor y patriotismo. Si ahora toqué la cosa de mi tío, fué para responder a lo que espontáneamente me habló U. de él aquí; y como U. lo tratase algo mal en cuanto a su aptitud, era preciso, con datos que no tuve entonces, justificar que si no es para el caso, es a lo menos, mucho mejor que su antecesor, y muchísimo mejor que el sucesor por quien fué violentamente despojado (…). De resto, no recuerdo que en cosas de mi familia haya pedido otro favor que el que el Gobierno recibiera un poco de dinero mío en Guayaquil para reintegrarlo a mis hermanos en Venezuela; y este servicio fue tan bien desempeñado, que habiendo el Gobierno tomado mi dinero los años 25 y 26, es esta la fecha en que no ha pagado sino parte, no obstante los reclamos de los interesados.
“En cuanto a mí, permita U. decirle que jamás lo he atormentado ni para contentarme ni para meterme en el buen camino. Mis grados militares los debo a regulares servicios en la guerra de la Independencia, y mis recompensas pecuniarias han sido las destinadas por las leyes.
“No he pedido más, no obstante que otros con menos títulos han agotado el bolsillo del Gobierno; y U. sabe que he preferido algunos ratos de indigencia al disgusto de incomodar a U. en demanda de gracias y complacencias. Creo, pues, que no he merecido la reconvención de U.
“Dispénseme U., mi General, este lenguaje si acaso le fuere enfadoso. Los amigos son tanto más nobles en su proceder cuanto son más ingenuos para explicarse; y no sería bien, por tanto, que yo conservara en silencio la mortificación que me ha causado la injusta reconvención de U.”
Bolívar entendió que Sucre tenía toda la razón, y su respuesta fue dirigida al hijo, al amigo, no al subalterno y ni al oficial general:
“Querido Sucre:
“¿Está U. sentido conmigo por causa de su familia? Si yo hago mi apología verá U. que tengo diez veces razón, porque yo antepongo la comunidad a los individuos. Voy a mandarle a pagar, sin embargo, por servir a U. y a la justicia. Por lo demás, si U. está sentido conmigo pienso que el resto de la humanidad debe asesinarme, porque nunca le he ofendido ni aun con una tentación.
“No contesto por esta vía ni a Flores ni a O’Leary ni a nadie –por esto mismo deseo que U. les lea esta carta– a fin de que sepan que yo le he dado a U. el sér de Simón Bolívar. Sí, mi querido Sucre, U. es uno conmigo, excepto en su bondad y en mi fortuna.
“Sea U. feliz mil veces, querido General, pero todavía mil veces más glorioso. Este es el voto de quien le ama a U. más en este mundo, aunque no tanto como lo merece.
Bolívar”
No podía Bolívar imaginarse que, al cabo de unos años, Sucre dejaría para siempre la posibilidad de ser feliz en la tierra, pero seguiría siendo glorioso, en la tierra y en los cielos.
Pero eso fue mucho después del pequeño eclipse posterior a la batalla de Junín y anterior a la de Ayacucho. Poco después de aquel primer y leve eclipse, el verdadero Sol tendría un terrible amago de eclipse, que el joven Sol, de haberlo querido, podría haber aprovechado hasta para tratar de desplazarlo, pero no sólo no lo hizo, sino que convirtió el incidente en algo que serviría para que Bolívar se elevara aún más en su firmamento. Extrañamente, cuando se acercaba el momento culminante que debía ser el fin de la guerra, Bolívar, en vez de dar el paso al frente, se retiró hacia la costa. Previamente pensó en enviar a La Mar o a Sucre al litoral con poderes suficientes para actuar en su nombre en cuestiones de gobierno, pero ninguno de los dos aceptó la comisión, y ambos insistieron en que se necesitaba la mano de Bolívar para que esa misión pudiera tener éxito. No es imposible, como se ha dicho, que la causa de aquello fuese que Bolívar temía una derrota de los patriotas y consideraba que no debía ser él derrotado, para conservar su ascendiente sobre los oficiales y soldados republicanos. El caso es que el Libertador, después de un importante consejo de guerra, decidió ir él en persona al litoral y lo hizo a comienzos de octubre. Dejó entonces al general Sucre al frente del Ejército Unido, con plena autoridad para tomar todas las iniciativas y decisiones que fuese menester. No existían entonces los medios de comunicación que aparecieron después, y a lo más que podía aspirar Bolívar era a regresar al frente tan rápido como lo permitiera una carrera a todo pulmón, cambiando de cabalgadura cada vez que un animal estuviese a punto de reventar. Pero era Sucre quien tenía el mando efectivo. Bolívar sabía que lo dejaba en buenas manos, y que el joven cumanés no conspiraría en su contra ni actuaría en forma desleal, como muchos otros, cerca y lejos de él.
Los hechos que entonces ocurrieron le dieron plena razón a Bolívar en cuanto a la confianza que depositó en Sucre. El 24 de octubre de 1824, al llegar a Huancayo, lo esperaba una carta de Santander que lo dejó convertido en una estatua de hielo: el congreso había derogado en todas sus partes la ley del 9 de octubre de 1821, que era la que le permitía actuar, con facultades extraordinarias, en cualquier territorio en donde se desarrollara la guerra contra España. Ese mismo día, el Libertador delegó del todo en Sucre el mando del Ejército Unido. En Bogotá se conspiraba en su contra y sólo podría contar con hombres de la categoría de Antonio José de Sucre, cuya lealtad estaba fuera de toda duda, si quería conservar el mando. Al encargar al cumanés del mando pleno, lo llamó “el jefe más caracterizado que existía en el Perú", y tenía razón.
La reacción del general Sucre al recibir la noticia que desde Huancayo le enviaba Bolívar, fue enérgica y cargada de furia: reunió a sus oficiales (Jacinto Lara, José María Córdova, Arturo Sandes, José Laurencio Silva, Ignacio Luque, José de la Trinidad Morán, Pedro Alcántara Herrán, Lucas Carvajal, José Leal, León Galindo, Manuel León, José de la Cruz Paredes, Mariano Ajear, Felipe Braun, Pedro Guash, Antonio de la Guerra, Antonio Elizalde y Francisco Burdett O’Connor) y redactó un memorial en el que los oficiales le exigían al Libertador que no acatara aquella disposición del congreso, al que también le enviaron otro documento que Bolívar retuvo en su poder para que no pareciera que se quería amenazar a los congresantes. Es, sí, –afirmaban Sucre y los suyos– “nuestro anhelo y nuestro humilde ruego, que V.E. revoque (o por lo menos suspensa hasta elevar nuestros reclamos al congreso) su resolución de 24 de octubre y que, tomando otra vez su intervención y su conocimiento inmediato en el ejército, como se hallaba antes, lo vea éste volver a su frente para conducirlo con fortuna y con gloria al término de la empresa heroica que V.E. ha comenzado.” Hay en esas palabras algo de contención, pero dejan ver que están dispuestos a todo y que están dispuestos hasta a desatar un incendio tan grave como el que debilitó a los realistas. El Libertador agradeció de todo corazón aquella manifestación de apoyo y confianza de sus hombres pero se negó a aceptar un alzamiento contra el ordenamiento legal, alzamiento que, de haberse producido, probablemente hubiera cambiado el rumbo de la historia a favor del Libertador. Simón Bolívar, además del hombre de las dificultades, sí era el verdadero hombre de las leyes.
Sucre, por su parte, aun demostrando a todo trance su lealtad a Bolívar, se preparaba, quizás sin saberlo, a subir hasta la cumbre de su propia gloria.

Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces
4. El soldado niño
5. Los pasos primeros
6. El encuentro
Segunda Parte:
El soldado Sucre

7. La Ascensión
8. El deslinde
9. El desencuentro
Tercera Parte:
El noble Sucre

10. La vía de la concordia
11. Paz en la guerra
12. El más bello monumento de la piedad
13. Guerra en la paz
Cuarta Parte:
Sucre, el Héroe

14. Las escuelas de Sucre
15. Allá atrás, en Venezuela
16. El camino del cielo

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