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El desencuentro

08.01.12 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Ensayo, Capítulo, Historia


EN LOS DÍAS DE SUCRE



Segunda Parte:
El soldado Sucre

9. El desencuentro

Por lo general no es fácil que nazca una amistad entre dos varones que se llevan doce años entre sí cuando el menor de ellos no ha llegado del todo a la madurez. Salvo en los casos que no se consideran normales, cuando intervienen factores que para nada nos interesan en estos momentos, esas amistades desiguales suelen aparecer cuando ambos han pasado la treintena. Lo común es que el joven de veinticuatro años quiera ser amigo del hombre de treinta y seis y lo admire, pero el de treinta y seis no le preste mucha atención al otro. Del escaso intercambio de correspondencia entre Sucre y Bolívar, cuando Bolívar ya tenía treinta y seis años y era el jefe del movimiento independentista en ascenso, y Sucre sólo tenía veinticuatro y era uno más de los coroneles a las órdenes de Bolívar, eso es lo que se desprende. Aunque ya Bolívar tenía que haber notado el entusiasmo de Sucre y le agradecía que se convirtiera en uno de los de occidente dejando atrás su condición de oriental, que quisiera unir su destino a la suerte de Bolívar y no a la de Mariño.
Poco más de dos años después de iniciado aquel intercambio de cartas amables, se produjo el verdadero encuentro entre el joven coronel de veinticuatro años y el victorioso general de treinta y seis, y con ese encuentro empezaría una amistad que sigue viva aún en el tiempo y en la historia.
Luego de la conquista de Guayana y del oscuro capítulo del fusilamiento de Piar, Bolívar emprendería su camino hacia esferas superiores. Se sentía atraído por la bella capital de la Nueva Granada, Santa Fe de Bogotá, y hacia allí emprendió la marcha, dejando instrucciones a Páez, que no cumplió, y con una audacia sin límites, aventurándose por caminos que todos consideraban impracticables en la estación de lluvias, escaló hacia regiones cercanas al cielo. Había conocido la ciudad de las torres a fines de 1814, a la salida de aquel túnel en que entró por la caída de la república, después de la Campaña Admirable. Allí encontró el calor humano y la amabilidad de Camilo Torres y varios de los prohombres de aquel tiempo, y desde allí echó a volar de nuevo para reconquistar Venezuela, luego de actuar a favor de sus amigos neogranadinos en la guerra interna. Fue entonces cuando se enamoró de aquella hermosa ciudad que descansa en un valle inmenso de flores y de caminos, de nieblas y de canciones. Su audacia de subir los Andes en plena estación de lluvias le dio excelentes frutos. Pronto se vería que la razón y la suerte lo acompañaban, a pesar de las dificultades. Sucre, entre tanto, se movía en un laberinto de intrigas y hacía toda clase de esfuerzos por lograr la unidad de los patriotas amenazada por sus paisanos. Del 11 de mayo de 1818 es una carta, o en realidad un informe, que presenta ante el Jefe del estado Mayor General, en el que cuenta que “El 3 por la mañana entramos en San Francisco, y al amanecer el 4 me envió el señor comandante general con comunicaciones para el señor general Mariño, y autorizado para transar las dificultades que hubiese a su paso a Cumaná que era su objeto. El 4 en la tarde llegué a las avanzadas de las tropas del señor general Mariño, a dos leguas de este punto, en donde fui detenido, y allí se me recibió por dicho señor.”
Para contestarme, convocó una junta de guerra, en la cual aunque él manifestó buena fe y obediencia al gobierno, los jefes que la componían indicaron ideas fraccionarias que reprendí con el carácter de mi comisión y las hice presentes al señor general. Se concluyó la junta, habiendo convenido que el señor general Mariño marchase a ocupar Cariaco, y dirigiese sus operaciones hacia la costa por donde esperaría las órdenes que de S. E. el jefe supremo le remitiese el señor comandante general, y que éste, con la división se moviese sobre Cumaná, y entretanto diese parte al gobierno para sus deliberaciones. El señor general Mariño me propuso privadamente que él quería con la tropa hacer una tentativa por la costa de Curiepe, si el señor comandante general le prestaba los auxilios con qué verificarlo, y me instó para que los adquiriese: El señor comandante desea aceptar su proposición; pero duda, porque teme que, entre muchas cosas, la resistencia de dichas tropas a salir de este país, y la verdad de la solicitud.”
A una edad en la que todos los jóvenes se divierten, bailan, cantan, beben vino y conquistan mujeres, el mozo Sucre cumplía con la seriedad de una estatua comisiones peligrosas, y negociaba con un astuto general en nombre de la república, arriesgando su pellejo al hacerlo. Y se sentaba redactar informes tal como lo hacen los altos funcionarios de cualquier nación que le doblan o le triplican la edad.
Muchas cosas habían ocurrido entre las cartas y el encuentro. Bolívar y los patriotas habían conquistado Guayana y habían asegurado el porvenir de la patria. Piar había muerto junto a un paredón de la catedral de Angostura y Bolívar lo había lamentado de corazón, pero había sido inevitable. Bolívar había emprendido otra gloriosa aventura que culminó en Boyacá, no lejos de Santa Fe de Bogotá, y con ella aseguró la independencia de Nueva Granada y empezó a hacer realidad el sueño de Miranda, que él había hecho suyo.
Asegurada Guayana y definitivamente instalada la república, el 22 de octubre de 1818 se convocaron las elecciones para los treinta diputados que integrarían el nuevo Congreso, cinco por cada una de las provincias que estaban total o parcialmente en manos de los patriotas: Caracas, Barcelona, Cumaná, Barinas, Guayana y Margarita, a las que se sumaría Casanare, única provincia de la Nueva Granada no ocupada por los realistas. En las elecciones votaban los militares, los mayores de 21 años y los menores emancipados por matrimonio, si tenían bienes raíces o profesaban ciencia o arte liberal o tenían un fondo de comercio de más de 300 pesos o eran arrendadores de tierras para el agro o la cría. Podían votar los extranjeros no naturalizados si servían en el ejército. Los extranjeros eran elegibles, aun no habiéndose legalizado, si además de las condiciones anteriores habían prestado servicios notables a la República.
A fines del 18 se efectuaron las alecciones. Sucre fue elegido diputado, pero optó por no incorporarse al Congreso. Prefería actuar en la comisión que se le había dado de evitar la secesión de los orientales. El 13 de febrero del 19 le escribió a Santander: “Vd. me considera en el estado mayor general y no ha sido así: Seis meses he recorrido las costas errantes con sucesos alternados, y al fin he venido con Bermúdez a esta provincia que se le ha confiado. El estado mayor de ella debería ser mi destino, pero salido diputado en congreso no sé si me estrecharán a ir a él contra mi excusa de tener menos edad que la que se requiere. Juzgo que quedaré en el estado mayor o en la división de esta provincia y participado mis destinos debe Vd. mandarme en ellos.”
El Libertador, por su parte, salió de Angostura en enero de 1819 para encontrarse con Páez, que se debatía entre alzarse con el mando o someterse a Bolívar, un dilema que debió posponer casi por una década, durante la cual hizo mucho por la Independencia y no demasiado por el porvenir de los pueblos. En aquel momento optó el llanero por lo segundo, como lo narra en su “Autobiografía”, en una nota a pie de página en el comienzo del capítulo XI: 1819. “A principios de Enero de este año volvió el Libertador a San Juan de Payara (* Entónces me preguntó si no temía yo que el hecho de las actas de que ya hice mencion, tuviera malas consecuencias; le contesté que no, puesto que los autores del plan se habían retractado, y convencidos de que no estaba en sus atribuciones el dar aquel paso, me habían suplicado olvidara lo pasado. Entónces se tranquilizó Bolívar.); pero inmediatamente regresó a Angostura á la apertura del Congreso que debía reunirse allí, dejándome el mando del ejército y facultades para obrar á discrecion en defensa del territorio de Apure, amenazado por Morillo de invasion con un fuerte ejército que habia estado organizando hacia mas de dos meses en el lugar del ´Chorreron´, á dos jornadas de tropa de San Fernando.”
Son los momentos gloriosos en que el llanero utilizó recursos como el que con mucha gracia narra así: “Cuando ya tenia Morillo su ejército preparado para el dia siguiente marchar en nuestra busca, hice traer cuatro caballos salvajes á la orilla de su campamento, y como á tiro de fusil. Siendo las diez de la noche mandé que les atáran cueros secos al rabo y que los soltáran en direccion al campamento haciendo al mismo tiempo algunos tiros. Los caballos partieron furiosamente disparados por entre el campamento, y los españoles creyeron que les venia encima una tremenda carga de caballería; varios cuerpos rompieron el fuego, cundió el desórden por todas partes, y nuestros caballos hicieron mas estragos en su impetuosa carrera que los dos mil bueyes que Anibal lanzó sobre el campamento romano. Al dia siguiente no pudieron los españoles ponerse en marcha, y dos ó tres dias perdieron en organizarse.” No podía saber aún que entonces nació la palabra “rastacueros”, que se universalizó en Francia.
Es también el tiempo de uno de los episodios más formidable de aquellos tiempos: La batalla de las Queseras del Medio, llamada “Vuelvan Caras”, en la que Páez usó aquel recurso que tanto desesperaba a los españoles y realistas y subía la moral de los venezolanos y republicanos. Así como es el tiempo del famoso Discurso de Angostura de Simón Bolívar, compendio de su visión republicana de la política y de la vida en nuestra parte del mundo, que empieza con estas felices palabras: “Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado la soberanía nacional, para que ejerza su voluntad absoluta! Yo, pues, me encuentro entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el honor de reunir á los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso, fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de la nación.”
Y contiene ideas tan sabias como ésta: “La continuación de la autoridad en un mismo individuo, frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra á obedecerle y él se acostumbra á mandarle, de donde se origina la usurpación y la tiranía.” O ésta: “La esclavitud es hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico ó civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman licencia por libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia. Semejante á un robusto ciego que instigado por el sentimiento de sus fuerzas marcha con la seguridad de del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos.” O ésta: “Nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte; que más bien es un compuesto de África y América que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma, deja de ser europea por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad á qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo. Nacidos todos en el seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis : Esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia.” O ésta: “La naturaleza hace á los hombres desiguales en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esa diferencia, porque colocan al individuo en la sociedad, para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social. Es una inspiración eminentemente benéfica la reunión de todas las clases en un estado en que la diversidad se multiplica en razón de la propagación de la especie. Por este solo paso se ha arrancado de raíz la cruel discordia. ¡Cuántos celos, rivalidades y odio se han evitado!” Y ésta: “El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce la mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política.” Un caudillo tropical, sí, pero con el talento y la inteligencia de un gran hombre universal.
Y es también el tiempo en que Bolívar inicia su gran aventura, la de unir la Gran Colombia y sembrar la libertad en buena parte del continente americano, pues el 26 de mayo de 1819, día en que empezó con toda su fuerza la estación lluviosa, el ejército de Simón Bolívar emprendió la marcha hacia la cordillera de la Nueva Granada. Bolívar devolvía el favor en una campaña llena de luz, y hasta de una alegría que sería única en sus vidas, en la de Bolívar y en la de Colombia. La Colombia ideada por Miranda.
En Angostura, a su regreso, Colombia, esa Colombia inventada por Francisco de Miranda, había nacido a instancias de Simón Bolívar, que al regresar de su exitosa campaña montañesa, oyó, en el congreso, las palabras de elogio de uno de los que hasta entonces lo había adversado, Domingo Alzuru, de Margarita, que le dedicó un elogio a Bolívar y otro a Páez, para luego decir: “Estad ciertos que por mucho que hagamos para manifestar nuestra gratitud a nuestro amigo y conciudadano Simón Bolívar, jamás podremos recompensar dignamente a un héroe que nos ha dado patria, vida y libertad.”
Cosechaba Bolívar los frutos de sus victorias, tal como muchas veces había cosechado los de las derrotas. Parecía que su suerte hubiera cambiado del todo, tal como la de las armas de la república. Pantano de Vargas y Boyacá resonaban junto al Orinoco y lo llenaban de gloria.
La ley fundamental de la República de Colombia, que fue aprobada ese día 17 de diciembre de 1819, once años antes de la muerte del Libertador es uno de los documentos más admirables que se hayan producido en el Nuevo Mundo. Decidía, entre otras cosas, que las repúblicas de Venezuela y Nueva Granada quedaban reunidas en una sola “bajo el título glorioso de República de Colombia", lo cual era un homenaje póstumo de Bolívar y los suyos a Francisco de Miranda. La nueva república abarcaría la antigua capitanía general de Venezuela y el antiguo virreinato del Nuevo Reino de Granada, es decir, lo que hoy son Venezuela, Colombia, Ecuador y, por obra y gracia del imperialismo, Panamá. El poder ejecutivo se ejercía por un Presidente “y en su defecto, por un Vicepresidente, nombrados ambos interinamente por el actual congreso". Estaba dividida en tres grandes departamentos: Venezuela, Quito y Cundinamarca “que comprenderá las provincias de Nueva Granada, cuyo nombre queda desde hoy suspendido. Las capitales de estos Departamentos serán las ciudades de Caracas, Quito y Bogotá, quitada la adición de Santafé". Cada departamento tiene su propia administración superior y un Jefe “nombrado por ahora por este congreso con el título de Vicepresidente". Bolívar hizo demasiadas concesiones al federalismo que tanto quiso combatir, y ésa sería otra de las raíces de sus desgracias futuras. La capital de la nueva república se crearía especialmente y se llamaría Bolívar, en clara demostración de que el feo vicio del culto a la personalidad se practicaba abiertamente. Finalmente eso no se hizo, y quizás por no hacerse creó en buena parte la semilla de la destrucción de Colombia. Se anunciaba que se redactaría una Constitución y que la República de Colombia sería “solemnemente proclamada en los pueblos y en los ejércitos, con fiestas y regocijos públicos, verificándose en esta capital el 25 del corriente diciembre, en celebridad del nacimiento del Salvador del mundo, bajo cuyo patrocinio se ha logrado esta deseada reunión, por la cual se regenera el Estado”. Para Bolívar y los suyos, en ese diciembre de 1819 parecía que se hubiera llegado, por fin, al cielo en la tierra. A causa de que sólo Casanare estaba representada en el Congreso, se convino en convocar otro que se efectuará el 1º de enero de 1821, en la Villa del Rosario de Cúcuta.
El 17 de diciembre de 1819, once años exactos antes de su muerte, Bolívar fue electo Presidente de Colombia, por unanimidad; Francisco Antonio Zea vicepresidente con catorce votos (y uno para Urdaneta, otro para Santander y otro para José Manuel Restrepo); Santander vicepresidente de Cundinamarca con dieciséis votos (y uno para Zea); y Juan Germán Roscio vicepresidente de Venezuela con trece votos (dos para Urdaneta, uno para Páez y otro para José Ignacio Muñoz). Al salir Bolívar, convertido ya en el nuevo presidente hubo vivas y aclamaciones y repique de campanas.
Y como si la Providencia quisiera demostrarles que apoyaba a Bolívar y a los suyos, sucedió entonces en España un hecho que resultó decisivo para la libertad americana y al que muchos españoles atribuyen la derrota de sus armas en el Nuevo Mundo: El 1º de enero de 1820, en cuanto se ratificó que Bolívar había liberado la Nueva Granada, el general Rafael del Riego y el coronel Antonio Quiroga, con el apoyo de varios oficiales destinados junto con unos diez mil hombres a atravesar el Atlántico, se alzaron contra el rey, que el 7 de marzo de 1821 tuvo que aceptar la Constitución Liberal. De hecho, al no viajar esa fuerza a América, todo se les facilitó a los independentistas, o por lo menos tuvieron muchos menos problemas para terminar imponiéndose como lo hicieron no mucho después. Aparte de que se sembró definitivamente la división entre liberales y absolutistas que terminaría perjudicando a las armas españolas en América, lo que sería decisivo para el futuro triunfo de Sucre en Ayacucho.
Y también fue en esos mismos días, en los días triunfales del regreso de Bolívar a Angostura, cuando por fin se produjo el encuentro definitivo de Sucre y el Libertador. Es posible que Bolívar, siempre preocupado por el porvenir, buscara activamente un sucesor. Creía haberlo encontrado en Anzoátegui, oriental como Sucre, pero Anzoátegui murió repentinamente poco antes, y era evidente que ni Santander ni Páez podrían serlo. Y si hasta entonces no se había fijado del todo en el joven Sucre, ese encuentro, que se inició como un desencuentro, le permitió dar con el personaje que buscaba.
Otro de los grandes amigos del Libertador, el irlandés Daniel Florencio O’Leary cuenta así aquel encuentro entre Bolívar y Sucre que fue inicialmente todo un desencuentro: “Cuando Zea en aquel año, sin tener facultad para ello, le ascendió a general de brigada, el Libertador se disgustó mucho; y aconteció que bajando el Orinoco después de la batalla de Boyacá, encontró una flechera que remontaba el río. Al ponerse al habla las dos embarcaciones, preguntó Bolívar: ´Quién va en esa flechera?´. ´El general Sucre´, le contestaron. ´No hay tal general´, replicó en tono enojado y ordenó que atracaran a tierra ambas flecheras. Entonces Sucre le explicó que aunque había sido nombrado general, porque tal vez sus servicios lo merecieran, nunca había pensado aceptar el grado sin el beneplácito del general Bolívar. Comprendió éste al punto el reproche, presentó sus excusas y desde entonces fueron amigos los dos hombres que más contribuyeron a dar libertad a la América del Sur.” (O’Leary, Daniel Florencio, Memorias, Narración, Tomo Segundo, p. 68)
En realidad el reproche de Bolívar no era contra Sucre, sino contra Zea, pero al parecer fue hecho con mucha brusquedad y con algo de soberbia. El joven que con toda seguridad deseaba ser amigo del jefe, reaccionó con dignidad, pero sin soberbia, y puso las cosas en su lugar.
Y, por supuesto, Bolívar sabía muy bien quién era aquel joven general, ascendido según él de mala manera, aunque él mismo ratificó el ascenso casi de inmediato. Conocía muy bien al padre del joven, el coronel Vicente de Sucre y Urbaneja, y también conocía a Jerónimo de Sucre y Alcalá, que era un poco menor que Bolívar, y sabía muy bien que la familia Sucre había dado a la patria una enorme cuota de sacrificio, pues otros dos hermanos murieron empuñando las armas contra los españoles, y que dos de las hermanas del nuevo general se ahogaron en las aguas del Caribe, tal como ocho sobrinos del joven coronel a quien Zea había ascendido sin su consentimiento. Y que también una hermana y la madrastra, que era prima hermana de la madre, fueron asesinadas por las huestes de Boves cuando el bárbaro asaltó la casa de los Sucre en Cumaná. Todo eso tenía que saberlo el Libertador, que más de una vez había expresado afecto por Sucre, y hasta le escribió, como vimos, en tono familiar.
Lo que cuenta O’Leary refleja, simplemente, la primera oportunidad en que Bolívar conversó personalmente con Sucre, le prestó especial atención como individuo y, seguramente, la vez primera en que se dio cuenta de que aquel “joven venezolano de nariz bien perfilada, tez blanca y cabellos negros, ojo observador, talla mediana y pocas carnes, modales finos, taciturno y modesto” era el sucesor que venía buscando.
Y en verdad, lo era.

Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces
4. El soldado niño
5. Los pasos primeros
6. El encuentro
Segunda Parte:
El soldado Sucre

7. La Ascensión
8. El deslinde
9. El desencuentro

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