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El más bello monumento de la piedad

29.01.12 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Ensayo, Capítulo, Historia


EN LOS DÍAS DE SUCRE



Segunda Parte:
El soldado Sucre

12. El más bello monumento de la piedad

Como para que no pueda haber duda alguna acerca de lo ocurrido en Trujillo en noviembre de 1820, el propio Simón Bolívar nos ha hecho saber que las ideas humanitarias contenidas en el Tratado de regularización de la guerra provenían de Antonio José de Sucre. Lo dice en un trabajo magnífico y raro, pues se trata de la única incursión del Libertador en el género biográfico, dedicada extrañamente a un hombre vivo y doce años menor que el autor. Con el título de “Resumen sucinto de la vida del general Sucre”, aparece reproducida en el tomo de “Cartas a Sucre” recopiladas y publicadas por Daniel Florencio O’Leary, en las páginas que van de 11 a 19. Allí Bolívar declara que el Tratado de regularización de la guerra es “digno del alma del General Sucre; la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron; él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra: él será eterno como el nombre del vencedor de Ayacucho!!…” Con esas palabras el Libertador reconoce paladinamente que el Tratado se había hecho a partir de las ideas del joven y noble cumanés.
Es comprensible la emoción que sintió Bolívar y lo llevó a escribir aquel “Resumen sucinto”, poco después de la batalla de Ayacucho. Bolívar ha podido pasar a la historia como un caudillo cruel, que inició la “Guerra a muerte”, pero la bondad de Sucre lo reivindicó, puesto que así quedó plenamente demostrado que el Libertador, si tuvo que llegar al extremo de proclamar aquella guerra bárbara, pudo después poner las cosas en su lugar y quedar ante la posteridad como el hombre que aprobó plenamente aquel instrumento lleno de bondad, de clemencia, de humanidad y de liberalidad. Y, desde luego, el mayor triunfo, la victoria mayor de las armas independentistas se logró de la mano de Antonio José de Sucre en un momento en que Bolívar había sido apuñalado por la espalda, lo cual sirvió también para que Sucre le demostrara hasta el infinito su amistad y su fidelidad. A partir de entonces fueron muchas las oportunidades en las que el Libertador quiso dejar pruebas inequívocas de su profunda amistad hacia Sucre, que se había convertido, sin retaceo alguno, en el verdadero hijo de aquel grande hombre a quien la naturaleza no le permitió ser padre.
El Tratado que el Libertador reconoce como obra de Sucre, se inicia con un párrafo introductorio, en el que se manifiesta al mundo “el horror con que ven (los gobiernos de España y Colombia) la guerra de exterminio que ha devastado hasta ahora estos territorios", luego del cual se proclama, en el artículo 1º, “que la guerra entre España y Colombia se hará como la hacen los pueblos civilizados, siempre que no se opongan las prácticas de ellos a algunos de los artículos del presente Tratado, que debe ser la primera y más inviolable regla de ambos gobiernos.” Es decir, que el Tratado mejora los usos y costumbres de la guerra entre “pueblos civilizados” de su momento, puesto que se apela a un instrumento bilateral, que tendrá preferencia sobre cualquier otro o sobre las costumbres vigentes en la época.
Los artículos 2º y 3º son similares a lo que se establece en cualquier tratado sobre la materia en cuanto a prisioneros de guerra y su intercambio, tal como el 5º. Pero en el 4º sí hay algo muy especial, que debe destacarse: “Los militares o dependientes de un ejército que se aprehendan heridos o enfermos, en los hospitales o fuera de ellos, no serán prisioneros de guerra, y tendrán libertad para restituirse a las banderas a que pertenezcan, luego que se hayan restablecido. Interesándose tan vivamente la humanidad en favor de estos desgraciados que se han sacrificado a su patria y a su gobierno, deberán ser tratados con doble consideración y respeto que los prisioneros de guerra, y se les prestará, por lo menos, la misma asistencia, cuidados y alivios que a los heridos y enfermos del ejército que los tenga en su poder.” Es algo único, inédito en los anales del respeto a los derechos humanos. No sólo hay que invertir tiempo y dinero en curar a los enfermos y heridos del enemigo, sino que hay que hay que tratarlos “con doble consideración y respeto que los prisioneros de guerra”, y, por si eso fuera poco, hay que prestarles “por lo menos, la misma asistencia, cuidados y alivios que a los heridos y enfermos del ejército que los tenga en su poder.” Es algo de importancia capital y no me cansaré de repetirlo: Hoy en día, casi doscientos años después, luego de dos guerras mundiales y quién sabe cuántas locales, no se ha llegado en el mundo a ese grado de civilización. Y estoy convencido de que todos los estadistas del mundo lo saben. Saben que eso se convino entre los españoles y los colombianos, que hasta apenas diez años antes eran también españoles, en 1820, y además se cumplió, pero no tienen el más mínimo interés en que eso se conozca, para que no se descubra quiénes han sido, a lo largo de esos casi doscientos años, los bárbaros.
Quizás sea hasta más notable el hecho de que el Tratado ordenaba que no se considerase a nadie espía, que es algo a lo que tampoco se ha llegado todavía en el resto de la humanidad. No es otra cosa lo que se desprende de la lectura del artículo 6º, que homologa las condiciones de los presos de guerra con las de los “militares o paisanos que individualmente o en partidas hagan servicio de reconocer u observar, o tomar noticias de un ejército para darlas al jefe de otras”, que son, eufemismos aparte, los espías. Aun en los tratados vigentes hoy, los espías, y hasta los simplemente sospechosos de serlo, no sólo no reciben tratamiento de prisioneros de guerra, sino que en muchos casos son sumariamente fusilados o, por lo menos, maltratados.
Y es aún más explícito, más loable, por lo que implica y en qué se apoya, en el artículo 7º: “Originándose esta guerra de la diferencia de opiniones; hallándose ligados con vínculos y relaciones muy estrechas los individuos que han combatido encarnizadamente por las dos causas; y deseando economizar la sangre, cuanto sea posible, se establece que los militares o empleados que, habiendo antes servido a cualquiera de los dos gobiernos, hayan desertado de sus banderas, y se aprehendan bajo las del otro, no pueden ser castigados con pena capital. Lo mismo se entenderá con respecto a los conspiradores y desafectos de una y otra parte.” Parece obvio que toda guerra se origina en diferencia de opiniones, y en muchas de ellas hay vínculos y relaciones estrechas entre los individuos que en ellas participan. Aun en las que no pueden ser calificadas de guerras civiles sino entre naciones con fronteras comunes. Compárese, entonces, la consecuencia que de esos hechos se derivan en el Tratado de 1820, con lo que ha ocurrido, por ejemplo, en la guerra franco-prusiana, en las asiáticas, en las dos llamadas mundiales, en la española, en las que se han producido a raíz del desmembramiento de la antigua Yugoslavia, en las de independencia de Chechenia, etcétera. Sucre, Bolívar, Morillo y los demás que participaron en aquellas conversaciones, se adelantaron cinco o seis siglos a su tiempo.
Los demás artículos podrían estar en cualquier instrumento destinado a regular cualquier guerra, salvo el 11º, que dice: “Los habitantes de los pueblos que alternativamente se ocuparen por las armas de ambos gobiernos serán altamente respetados, gozarán de una extensa y absoluta libertad y seguridad, sean cual fueren o hayan sido sus opiniones, destinos, servicios y conducta con respecto a las partes beligerantes.” Es algo que honra ante la humanidad y en todos los tiempos a Sucre y a los que con él intervinieron en las negociaciones y la redacción del instrumento, pero también a Bolívar, que lo auspició y lo firmó, y a Pablo Morillo, por la misma razón que a Bolívar. Sólo una diferencia: Ni Sucre ni Bolívar lo necesitaban. Estaban en plan de vencedores y, por lo tanto, en su caso hay que atribuirlo a la filantropía con todas las de la ley.
Si bien Bolívar ya en 1820 había elevado a Sucre por encima de todos sus colaboradores, fue en Santa Ana en donde lo adoptó como hijo en propiedad. Allí fue en donde Sucre demostró su inmensa generosidad, que se haría notar muchas veces después, como en Tarqui, con aquello de que la victoria no da derechos. ¿Cuántas injusticias enormes se habrían evitado si el mundo hubiese seguido el camino indicado por Sucre? Y en lo de Santa Ana hay un ingrediente que aumenta hasta lo infinito el grado de admiración que la humanidad debería sentir ante Antonio José de Sucre: El general Morillo había hecho asesinar a dos de los hermanos del futuro Mariscal de Ayacucho. ¿Otro no habría tratado de vengar su sangre? El Libertador, en parte por venganza y en parte porque entendió que sólo así podía imponerse, había demostrado ser un caudillo feroz, capaz de propagar la Guerra a muerte, y, en cierta forma, le debía al porvenir lo que pagó en Santa Ana. No así Sucre, que en realidad no participó en el festín de la crueldad, y en cambio, al imponer aquellas ideas que aun hoy admiran por su humanidad, es obvio que se dejó llevar por su naturaleza, por su condición de ser humano superior.
Habla mucho del egoísmo colectivo, o, si se quiere, de la falta de generosidad y honestidad de las llamadas grandes potencias, es decir, de los países que han sido dominantes en el mundo, de 1820 a esta parte, el hecho cierto de que no se recuerde en forma alguna este Tratado. Pero mucho peor es que no se haya llegado aún a sus niveles en materia de derechos humanos y eso se oculte en montañas, en cordilleras de palabras dichas en inglés, en francés, en ruso o en alemán. En aquellos días, los españoles que luchaban por conservar sus territorios y los antiguos españoles que luchaban por independizarlos demostraron que eran mucho más civilizados, más humanos, que todo el resto de la humanidad. Y a la cabeza de los civilizados, con la bandera en la mano y una mirada de triunfo, iba y va Antonio José de Sucre, seguido por Bolívar y Morillo y todos los que en ese noviembre fresco de 1820, en las estribaciones de los andes venezolanos, deben haberse saludado entre ellos, satisfechos, contentos por haber sabido ser mejores que los demás.
Como bien lo señala Rafael Ramón Castellanos, Sucre utilizó como su mejor arma el verbo: Y “el verbo fue para Antonio José de Sucre un aliado y un aliciente. Con la palabra logró convencer al general José Francisco Bermúdez, en aquellos interminables días de su altanería revolucionaria; deshizo los amagos separatistas del general Santiago Mariño, prometió el más absoluto respeto a la vida y a la jerarquía militar de los derrotados en Pichincha; lo que estipuló también en la Capitulación de Ayacucho, que honra la lucha magna.” Y no en vano, según la Palabra, al principio fue el verbo.

Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces
4. El soldado niño
5. Los pasos primeros
6. El encuentro
Segunda Parte:
El soldado Sucre

7. La Ascensión
8. El deslinde
9. El desencuentro
10. La vía de la concordia
11. Paz en la guerra
12. El más bello monumento de la piedad

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