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EN LOS DÍAS DE SUCRE
2. El niño Sucre
De Antonio José de Sucre, antes de 1812, sólo se puede saber que nació el 3 de febrero de 1795, hijo del coronel Vicente de Sucre y de su esposa, María Manuela de Alcalá, que murió el 11 de junio de 1802, cuando el niño tenía apenas 7 años, y que el padre se casó en segundas nupcias con una prima hermana de la difunta. También se puede saber que el niño, huérfano de madre, fue enviado a Caracas a estudiar en una academia militar, y que en la capital estuvo a cargo de un tío cura. Pero nada más. De resto, hay que utilizar la imaginación, y suponer, por ejemplo, que cuando Humboldt visitó Cumaná, en 1799, puede haber cruzado su mirada con la de un niño que no tenía que ser diferente a los niños de su clase, los de la clase alta cumanesa, a los que el alemán no dedica ni siquiera una letra en sus escritos.
En realidad no tenemos ningún elemento positivo que nos permita analizar la formación de Sucre durante su infancia. En 1799 nadie podía imaginarse que el pequeño Antonio José, apenas uno de los hijos de Vicente de Sucre y María Manuela Alcalá, llegaría a ser un personaje histórico, y a nadie se le ocurrió poner a un observador que anotara paso a paso las incidencias de su vida. No era un príncipe ni un escogido, sino un niño de una familia distinguida de un rincón más o menos perdido de una de las regiones menos afortunadas de la América española. El niño Simón Bolívar, además de ser parte de una de las casas más importantes de Caracas, adquirió especial notoriedad por obra del llamado Vínculo Aristeguieta, mediante el cual le legó su parienta doña Luisa Bolívar, viuda de Martín Aristeguieta, una casa en plena esquina de las Gradillas, la hacienda San José de Yare, la hacienda Concepción en el valle de Taguaza y otros bienes, además de una considerable fortuna. Además, su orfandad generó una serie de problemas y querellas de las que quedaron muchos registros en varios archivos, lo cual ha permitido que los historiadores tengan noticias ciertas de algunas incidencias importantes de su infancia y su juventud. Gracias a eso, a pesar de no ser el primogénito de su familia, se convirtió, cuando apenas tenía dos años y medio de nacido (el 25 de diciembre de 1785), en uno de los más ricos propietarios de toda la provincia de Venezuela, y por eso muchos ojos se centraron en él y hay muchísimas noticias sobre su infancia y su juventud. Ayuda, además, la muerte de su padre cuando el niño tenía apenas dos años y medio, que obligó a su madre a litigar en varias instancias en defensa de sus derechos. También, en materia de litigios, el que se planteó por su custodia cuando quedó totalmente huérfano antes de cumplir nueve años, que no era tan importante por su pequeña persona sino por los bienes que había recibido, no sólo del tal Vínculo, sino en razón de la prematura desaparición de su padre, que tampoco era precisamente un pobre de solemnidad. De Sucre, prácticamente las primeras informaciones aparecerán cuando ya es un adolescente, y en ellas no hay detalle alguno sobre su personalidad. Hay que apelar, entonces, a deducciones acerca de la educación que podría haber recibido un niño de su clase en Cumaná, a los datos que puedan encontrarse acerca de sus familias, y a lo que, después, fue su vida de adulto, tanto en lo privado como en lo público.
Para mí es evidente y no voy a dejar de repetir que el primer rasgo importante de la personalidad de Antonio José de Sucre es su altruismo, y que ese altruismo debe haberse manifestado en su persona desde muy niño. Laureano Villanueva, uno de los más afortunados biógrafos del héroe cumanés, afirmaba en 1894, en su libro Vida de Don Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho, que había que destacar como una de las mayores virtudes de su biografiado “la de no vengarse". Eso salta a la vista, en especial cuando se piensa que un joven a quien le han asesinado a tres hermanos (Pedro, fusilado por Boves en La Victoria en 1814, Vicente, asesinado en el hospital de San Lázaro en Cumaná, Francisco, fusilado por Morillo en 1817), y que ha visto morir a tres hermanas (Magdalena, muerta al saltar de un balcón para huir las hordas de Boves que asaltaron la casa de los Sucre, en Cumaná en 1814, María Aguasanta y María Josefa, ahogadas en un naufragio mientras viajaban de La Habana a Saint Thomas, en 1821) y a ocho de sus sobrinos (hijos de María Aguasanta, en el mismo hundimiento del barco que iba de La Habana a St. Thomas) tendría razones más que suficientes para llevar en el cuerpo toda la hiel que pudiera caber en el universo entero, y, sin embargo, en ningún momento “atentó ni contra la vida, ni contra las familias, ni contra las propiedades de sus enemigos; antes bien procuró favorecerlos cada vez que pudo. Los aborrecía, pero los perdonaba. No llegó a amarlos, como enseña Jesús que se haga con los enemigos, pero jamás se deleitó como la mayor parte de los militares de aquel tiempo, en el placer de la venganza, grato aun a los dioses, según la anticristiana expresión de Walter Scott", afirma Villanueva con evidente admiración.
Pero hay mucho más que analizar, sobre todo, porque hay en su vida extrañas contradicciones que llaman la atención: ¿Por qué un hombre que después demostró en forma tan cabal y evidente su amor por la paz y la civilización se hizo militar? ¿Por qué no se hizo médico o humanista o sacerdote, sino que prefirió una carrera tan negativa y dada a la violencia como la de las armas? Dada su posición social, bien hubiese podido dedicarse a algo productivo, como la agricultura, en vez de a algo destructivo. Podría haber entrado de lleno en el mundo de criar ganado para dar de comer a los hombres y mujeres, y no en el de matar hombres y mujeres y recibir premios por ello. En realidad, aunque es lógico suponer que así fuera, no podemos saber si la decisión de que Antonio José y su hermano algo mayor, Pedro de Sucre y Alcalá se dedicaran a esa carrera antihumana de las armas tuvo que ver con sus vocaciones o con la tradición de que los varones de las clases dominantes, en aquellos tiempos, tenían que ser militares o curas. Tampoco hay datos precisos que permitan determinar las causas de que, en vez de mandarlos a España, como se usaba en las familias importantes, se decidiera enviarlos a seguir estudios en la Academia de ingeniería que regentaba el coronel español don José Mires, en Caracas. Lo único que podemos saber es que en esa institución, cuando entraron los Sucre, ya estudiaban, entre otros, dos jovencitos cumaneses que, tal como los Sucre, empuñarían las armas en defensa de la Independencia aún adolescentes: Francisco de Avendaño y López de Brito (que llegó a ser Jefe del Estado Mayor del Ejército Libertador, Ministro de Guerra y Marina, gobernador de Cumaná y Guayana y Comandante de Armas de Bogotá) y José María de Avendaño y López de Brito, que, tal como su condiscípulo Pedro de Sucre, fue asesinado por las huestes de Boves en 1814.
En la Academia de Mires, que fue la primera formadora de militares en el país, además de los Avendaño, fueron sus compañeros de estudio los hermanos Agustín y Manuel Florentino Tirado, un Loynaz, Judas Tadeo Piñango, que tuvo una actuación destacada en la vida militar y civil de Venezuela, y otros jóvenes de familias principales. Desde luego, Caracas era apenas una perdida ciudad de una perdida provincia de ultramar, que en nada podía compararse con los sitios europeos en los que se impartía educación militar (y que se me perdone el combinar en una sola frase términos tan contradictorios, y hasta claramente opuestos), de modo que la formación que recibieron no estaba a la altura de la se impartía en Europa, pero, por los resultados que consiguió uno de ellos, precisamente el joven Sucre, se puede afirmar que, por lo menos en su caso en concreto, fue más que suficiente para triunfar cuando triunfar se hizo necesario.
El coronel español José Mires, que dirigía la Academia, debe haber nacido en torno a 1770, no sé en qué parte de España. De ideología liberal y hasta francófilo, a partir del 19 de abril de 1810 se identificó con la causa independentista, y estaba con Simón Bolívar, el 30 de junio de 1812, cuando se perdió la plaza de Puerto Cabello (el corazón de la patria), hecho que resultó decisivo para la caída de la Primera República. En esa oportunidad, Bolívar lo puso al mando de las pocas tropas que conservaban para intentar la recaptura del castillo y para organizar un ataque contra fuerzas realistas, provenientes de Coro, que se habían ubicado en San Esteban, camino de Valencia, en lo que resultó un intento fallido. Luego de pasar por Puerto Cabello, Mires viajó por mar a Caracas, y fue a él a quien entregó Francisco de Miranda el mando de las tropas, por lo cual cayó preso, debido a que el entonces vencedor, el canario Domingo de Monteverde, irrespetó los términos de la capitulación que se había firmado el 25 de julio en San Mateo, algo que le costó la libertad y la vida a Francisco de Miranda. Días después, Mires fue enviado, preso, a Cádiz, el mismo sitio en donde morirían Miranda en 1817 y Monteverde en 1832. Varios años pasó el coronel Mires en prisión, en Ceuta, hasta que en 1819 regresó a América, a reintegrarse a las fuerzas republicanas. Luego de su reincorporación a las fuerzas republicanas y al mundo que prefería, actuó como Coronel Comandante del Escuadrón Guías de Apure, con el que consiguió varias victorias. Después se unió a su antiguo discípulo Antonio José de Sucre, que ya era general de los ejércitos libertadores y campeaba por las tierras del Sur de Colombia. Así, fue segundo de Sucre en la batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822, batalla que sería decisiva para el porvenir de lo que hoy es Ecuador y del Perú. En una acción no tan grata, luego de participar en la campaña de Pasto, correspondió al coronel Mires dirigir la represión contra los alzados en esa misma región, encabezados por José María Obando. Muy lejos estuvo de saber que, para muchos, esa acción es el origen del asesinato de su más importante discípulo. En 1829, cuando también bajo las órdenes del Gran Mariscal de Ayacucho luchaba contra las fuerzas peruanas habían invadido arbitrariamente la República de Colombia y que fueron derrotadas en Tarqui, fue hecho preso y fusilado sin previo juicio, por lo que no llegó enterarse de que su antiguo alumno cayó asesinado en las selvas de Berruecos, no lejos de donde Mires tuvo que combatir a los pastusos.
Ese antiguo alumno, destinado a llenarse de gloria, era un niño de apenas doce años cuando llegó, tímido y desconcertado a la casa de su tío José Manuel Sucre (el mismo que varios años después fue defendido por su sobrino, aun a costa de reclamarle con orgullo a Bolívar lo que creía justo) y bajo la protección de su otro tío (y padrino) el cura Antonio Patricio de Alcalá, arcediano de la catedral, e inició su formación para la carrera militar en la Academia de Mires, en la quieta y bellísima ciudad de Santiago de León de Caracas, que ya se conocía simplemente como Caracas y era la capital de las Provincias Unidas de Venezuela, que desde 1777 habían unificado los territorios que hoy son la República de Venezuela. Quien lo viera, menudo, frágil y, como lo describió no mucho tiempo después Lino de Pombo, de modales finos, taciturno y modesto, difícilmente podría imaginarse que iba a ser el más completo y genial de todos los militares americanos, y el destinado a librar la última batalla contra los españoles en tierras del nuevo mundo.
Para un niño criado junto al mar, en una región en donde más que montañas hay cerros, debe haber sido impresionante ver las alturas de la Silla de Caracas, que a veces se esconden entre las nubes, y que a lo largo del día cambian de colores por arte de la luz. Esa visión debe haberlo preparado para sus correrías maravillosas por los páramos y las cumbres de los Andes, en donde se convirtió en águila y cóndor y venció a los vencedores de catorce años, que era como decir catorce milenios, catorce eternidades.
Los dos años que vivió en Caracas deben haberle dejado, además de la educación militar, otra huella importante: la ideología liberal y hasta revolucionaria. Fueron esos los tiempos en que más activamente se difundieron en Caracas las ideas que poco tiempo después motivaron la rebelión de Caracas. En la Academia de Mires, tal como entre los parientes cercanos o lejanos de los Sucre que vivían bajo la enorme montaña de los mil colores, esas ideas eran parte de la luz cotidiana. Cabe también especular que en ese período caraqueño de Antonio José de Sucre debe haber visto más de una vez a Simón Bolívar, que era varios años mayor que él, pero pertenecía a la clase alta, en la que el joven cumanés debía moverse aunque con alguna turbación. Quién sabe cuántas veces, en silencio, Antonio José escuchó la voz aguda de don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, sin imaginar que algún tiempo después se convertiría en su amigo, y casi en su padre, aunque Bolívar apenas le llevaba a Sucre doce años.
Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
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