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EN LOS DÍAS DE MIRANDA
Obertura (para orquesta de soñadores)

11.07.10 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Opinión, Ideas, Semblanzas, Extractos, Historia, Venezuela, Libros, Biografías, Ensayo, Capítulo

A partir del domingo 11 de julio de 2010, durante 53 semanas consecutivas, se publicará en Literanova el ensayo “En los días de Miranda” de Eduardo Casanova, capítulo por capítulo. Se trata de la vida y el tiempo de Don Francisco de Miranda, el hombre que ideó la Independencia no sólo de Venezuela, sino de toda la antigua América española, y que fue y es el más universal de todos los americanos.

EN LOS DÍAS DE MIRANDA

Obertura (para orquesta de soñadores)

¿Quién fue Francisco de Miranda? Ningún americano, y en especial, ningún venezolano, debería preguntarse quién fue Francisco de Miranda. Pero el Olimpo americano es limitado, y los que deberían imponer a Miranda no lo hacen, porque para los venezolanos parecería no existir sino Simón Bolívar, que es Dios, Antonio José de Sucre, que es un Jesucristo bastante secundón y pare de contar: no hay Espíritu Santo. Dice Antonio Sánchez García: No existe una ciudad, poblado o villorrio venezolano que no tenga una plaza Bolívar. El apellido del “libertador de América” denomina calles, avenidas, teatros, peluquerías, panaderías, empresas productoras de cine, mercados, pompas fúnebres, licorerías, ferreterías, entidades federales, clínicas veterinarias, hospitales, fruterías, abastos, carnicerías, droguerías y un pandemonium de actividades comerciales, culturales o deportivas de todo signo y condición. También hay plazas y calles Sucre y, en menor grado, plazas y calles Miranda, pero son como un patio trasero, que comparadas con la fachada, representan la basura y un poco de vergüenza, o para decirlo en palabras del propio Francisco de Miranda: la mierda, y porquería que cubre las calles, casas &c.... Son muy pocos los que han usado el nombre de Sucre o el de Miranda, el de Miranda o el de Sucre, para una tienda destinada a vender papel higiénico o toallas sanitarias o picante de culo de bachaco, pero no por respeto a Miranda o a Sucre, sino porque Sucre y Miranda no venden tanto como Bolívar.
Pues bien, la respuesta a esa absurda pregunta es muy sencilla: Francisco de Miranda es, porque lo fue, el más grande de todos los venezolanos. El más universal de todos los venezolanos. El único gran venezolano que no podría ser discutido por nadie. Y es el más universal de todos los venezolanos, y aun más, de todos los hispanoamericanos, muy a pesar de que en su propio país se le niegue por razones religiosas, de una religión que nada tiene que ver con la salvación del alma ni con la fe ni con la esperanza, ni mucho menos con la caridad. Bolívar, después de muerto, es profeta en su tierra, y también, aunque en menor grado, lo es Sucre. Pero eso sí, como para no dejar tan desmentido lo de que nadie es profeta en su tierra, Francisco de Miranda, para los venezolanos, no es un personaje que interese mucho.
Fuera de Venezuela, la realidad es otra. El gran escritor argentino Manuel Gálvez (1882-1962), miembro importante junto con Rómulo Gallegos, Mariano Azuela, José Eustacio Rivera Alcides Arguedas y Ricardo Güiraldes, de la primera generación de novelistas notables latinoamericanos, y autor, entre otras obras, de las novelas Nacha Regules y La maestra normal, le colocó a su biografía de Francisco de Miranda el subtítulo El más universal de los americanos. Allí está resumida, en seis palabras, la opinión general que existe en toda la América latina, y en el mundo, acerca de Miranda. A Miranda se le considera el único rival de Bolívar del Ecuador hacia el norte, o el único rival de San Martín del Ecuador hacia el sur, o el único rival de Sucre en Ecuador, o el único rival de Bolívar y San Martín en cualquier parte. En Venezuela, Colombia y algo menos en Ecuador, santas sedes de una verdadera religión en torno a Simón Bolívar, que en 1999 llegó al colmo de cambiarle el nombre a Venezuela para convertirla en “república bolivariana de Venezuela”, se acepta que Miranda fue un hombre importante, pero no se cree que lo sea tanto como el Único dios. Y en los otros países de la América humana, en donde puede haber otros dióscuros, como San Martín o Morelos, podría ocurrir algo similar. Pero esa negación de Miranda, como toda negación basada en razones religiosas, no tiene ninguna base racional ni cierta. Bolívar fue un gran hombre, eso es indiscutible, aunque no pasó de ser, durante mucho tiempo, un caudillo tropical, con todos los defectos de los caudillos tropicales, y hacia el final de su vida, un caudillo arrepentido que se esforzaba hasta lo imposible por apartarse del camino torcido de los caudillos. Tuvo muchos vacíos en su formación intelectual, que a la larga compensó con muchas lecturas y una inteligencia extraordinaria, pero sólo llegó a brillar en el mundo de su tiempo como Francisco de Miranda gracias al romanticismo, que lo vio como un David que venció a todos los Goliats de su tiempo. Aunque también es cierto que Miranda tuvo muchísimos vacíos en su formación intelectual, como lo prueban su pésima ortografía y su muy mala forma de escribir. No podía ser de otra manera, pues eran escasas las posibilidades de estudio y de formación que ofrecía Caracas, una pobre ciudad de una provincia olvidada y preterida en un imperio que no tenía el más mínimo interés en que las luces de la cultura alumbraran las tiniebla necesarias para mantener su dominación. Aparte de que la asepsia ortográfica y gramatical es relativamente reciente y nada tiene que ver con el talento, ni mucho menos con la genialidad. Y sin embargo, por sus viajes, por su curiosidad, por sus inquietudes y a pesar de esas carencias iniciales, aunque jamás aprendió a escribir bien, Miranda llegó a ser uno los hombres más cultos de su momento. Tampoco hay que creer que Miranda o Bolívar fueron (o son) grandes héroes para toda la humanidad. Lo son para nosotros, los hispanoamericanos, y deberían serlo para los españoles, si entendiéramos todos que tanto Miranda, como Bolívar y Sucre, o San Martín u O’Higgins et al, no son sólo héroes venezolanos o argentinos o chilenos, sino españoles y americanos a la vez. Nacieron españoles, crecieron españoles, y ya adultos se convirtieron también en venezolanos o colombianos o argentinos o chilenos o mexicanos o guatemaltecos, pero siempre conservaron el carácter español. Tampoco debemos perder jamás de vista la realidad de que la lucha de esos españoles contra el imperio español lo fue contra una potencia venida a menos, que había conservado sus posesiones ultramarinas porque, hasta el siglo XVIII o el siglo XIX, los americanos españoles querían seguir siendo españoles, y sólo fue el liberalismo español de Miranda y Bolívar lo que los llevó a dejar esa posición y a buscar la independencia. De modo que el heroísmo de nuestros héroes es algo que puede ser discutido. Que debe ser discutido. Aunque sin ánimo de negarlos, sino de ponerlos en su santo lugar. Así, la figura inmensa de Miranda se puede ver un poco disminuida ante las mentes pacatas por algunos detalles de su personalidad, pues llegó a parecer un aventurero, como muchos personajes de su época (Cagliostro, Casanova de Seingalt, Lorenzo de Ponte, etcétera), pero eso no resiste un análisis profundo ni es importante. Fue un gran mujeriego (o putañero, quizás) y es probable que más de una vez se haya exhibido como tal. Se aprovechó, posiblemente, de su donjuanismo, en más de un caso. Por lo menos así pudo haber sido en su relación con la nada recatada emperatriz alemana de Rusia, Catalina. Pero también en más de un caso esa condición lo perjudicó y hasta puso en peligro su vida, como en el caso de Delfina de Custine, que después de haber suspirado en brazos del caraqueño empezó a suspirar en brazos de José Fouché, el ministro de policía de Napoleón, que enfiló sus cojas baterías contra Miranda, lo hizo preso y, si hubiese podido, lo habría matado o le habría cortado la causa de sus celos. Más de una vez Miranda debió, al más puro estilo de los otros aventureros, obtener dinero por sistemas que hoy nos parecerían poco ortodoxos, pero, a diferencia de los otros, siempre trató de honrar sus deudas, y siempre justificó sus acciones de manera razonable, aun para los standards actuales, que son bastante más exigentes que los de entonces. A diferencia de Bolívar, Miranda fue un verdadero hombre de ideas, sobre todo de ideas propias, aunque en más de una ocasión esas ideas pudieran, exagerando la cuenta, asimilarse a lo que en su tiempo se atribuyó a otro notable de aquellos días que también estuvo en Rusia: el barón de Münchhausen (Karl Friedrich Hieronymus, Freiherr von Münchhausen, 1720-1797), por lo fantasiosas. También en ese terreno hay que pensar en el propósito de sus fantasías, y ante quién las exponía. Las ideas de Bolívar son derivadas de las de Miranda, pero en ese terreno también debe entenderse que Bolívar debió estar mucho más cerca del mundanal ruïdo que Miranda, y por eso logró el éxito que a Miranda se le negó, aunque ese éxito se convirtiera después en el más triste de los fracasos. Si bien en Europa no es muy conocido, Miranda fue un personaje más europeo que americano, Bolívar, quizá más conocido en Europa que Miranda, fue profundamente americano, con todos los defectos y todas las virtudes que ello implica.
Augusto Mijares, en Lo afirmativo venezolano, dice que el sentimiento de los venezolanos hacia Miranda es de cariño y respeto, pero menos por su constancia, su valor y su universalidad, que por los infortunios y miserias en que termina su vida. Hasta diríamos que hay en nuestros juicios sobre él cierta complacencia estética vagamente consciente: la de presentar en contraste la figura del triunfador –Bolívar– y la doliente y trágica del anciano que murió por la patria con grillete al pie. Ese planteamiento no está nada descaminado, pero habría que aclararles a los que así sienten, que no es cierto que Bolívar haya sido un triunfador: Bolívar, que soñaba con dar a los americanos la mayor suma de felicidad posible, dejó tras de sí pueblos tristes, dominados e infelices, y, por lo tanto, fue tan fracasado como lo fue Miranda. O más aún.
A Bolívar han tratado de convertirlo en un dios, han querido transformarlo en superhombre, que está más allá del bien y del mal. Miranda, en cambio, es profundamente humano, con defectos que todos podemos tener, pero con virtudes que muy pocos tienen. Bolívar se ha convertido en una estatua lejana, en un monumento que está siempre allá. Miranda es un hombre de carne y hueso, que está siempre acá y que es capaz de mentir sin ruborizarse ni perder la compostura o de dejar constancia escrita de que se masturbaba y premiaba generosamente a las maritornes que le daban placer. Bolívar ha sido personaje de biógrafos y ensayistas, pero ha inspirado pocas obras valiosas en la novelística en idioma español. Miranda también ha sido personaje de biógrafos y ensayistas, pero ha inspirado estupendas obras de ficción, novelas históricas y no tan históricas que han enriquecido notablemente la bibliografía latinoamericana. En definitiva, la única conclusión seria a la que podemos llegar, mirando a uno y otro personaje, es que no es posible compararlos ni hay que tratar de compararlos, porque son, a pesar de algunas similitudes superficiales, dos mundos muy diferentes. Miranda fue fundamental en la primera etapa, la de las ideas, y cuando trató de pasar a la acción, fracasó rotundamente y terminó preso y muerto. Bolívar fue fundamental en la segunda etapa, y tuvo que convertirse en caudillo tropical para vencer a Domingo de Monteverde, a los bárbaros Cervériz, Zualola, Antoñanzas y varios etcéteras, y muy en especial al terrible y sanguinario José Tomás Boves. Por influencia de otro de los grandes héroes de América, Antonio José de Sucre, Bolívar se sintió obligado a apartarse de ese camino de sangre y venganza, y lo consiguió en lo personal, pero no consiguió apartar de ese mismo camino a los que lo habían imitado, a sus seguidores de la primera etapa, que habían sido fundamentales para el triunfo de la república y el logro de la independencia en la América humana. Bolívar entendió que las nuevas repúblicas necesitaban convertirse en verdaderos Estados, y que los Estados no podían progresar en manos de caudillos bárbaros, sino que debían tener estadistas. Quiso hacerse estadista y trató de que Sucre lo fuera, pero fracasó rotundamente, se encontró con el rechazo de los que tenían el poder y la fuerza, y una muerte prematura. Y aquí es bueno registrar una opinión altamente calificada, la de Ángel Rosenblat, que en su Sentido mágico de la palabra afirma lo siguiente: Podrá vanagloriarse a menudo Hispanoamérica de su espíritu progresista en el siglo XIX. Podrá haber adoptado en su política el ideario democrático de la Constitución norteamericana. Pero la profunda realidad social no ha sido la república democrática, sino el caudillismo semifeudal. Con la Constitución o contra ella, ha dominado el caudillo (el castizo caudillo de la eterna historia española), como en España el cacique. El cuartelazo es hermano –¿mayor o menor?– del pronunciamiento. Si España ha contado con la omnipresencia del general, no es ciertamente carestía de generales la causa de los males hispanoamericanos. Y aunque el profesor Rosenblat no lo diga, es obvio que esa situación aunque no nació con Bolívar y la Independencia, sí se acentuó con la Independencia y Bolívar, que se dio perfecta cuenta de que había orientado sus luchas por un camino equivocado, aunque inicialmente inevitable, e hizo un esfuerzo por pasar a la tercera etapa, esfuerzo que fue frustrado brutalmente por la realidad que él mismo había acentuado. Esa tercera etapa, la de los estadistas, debería haberla cumplido un hombre justo, que estaba mandado a hacer para ello: Antonio José de Sucre, pero los caudillos tropicales, representados por Obando, López y otros personajes, lo asesinaron en Berruecos y condenaron el proceso a quedar trunco, con lo cual se causó la infelicidad de los pueblos. Esa es, justamente, la materia pendiente de nuestra América humana, que puede superarse en la medida en que entendamos la realidad y nos demos cuenta de que nuestra realidad es muy distinta a las de aquellos hombres de su tiempo. Tratando de imitar a Miranda o a Bolívar, o intentando poner en práctica sus ideas, no se llega a otra realidad que al fracaso, un fracaso causado por el anacronismo, porque han pasado demasiados años desde los días de Miranda y de Bolívar, han cambiado demasiadas cosas y hoy existen miles, millones de posibilidades que entonces no existían. Pero, establecida y aceptada esa verdad, no está de más ver con ojos críticos lo que Francisco de Miranda y Simón Bolívar vivieron y murieron, que es y fue su realidad. Y la parte de la realidad que más debe estudiarse, si queremos ser útiles al porvenir, es la diferencia entre Miranda y Bolívar.
Y quizá la mayor diferencia menos comprensible entre ellos la han creado aquellos que han pretendido inventar la religión bolivariana, con lo que han deformado la realidad al extremo de hacerle un daño irreparable al porvenir de los pueblos que ambos, Miranda y Bolívar, quisieron hacer felices. Mientras subsista el “bolivarianismo” religioso e irracional, convertido en bandera de caudillos o caciques populistas, que en realidad no son otra cosa que dictadorzuelos tropicales, o de movimientos amorales como las llamadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, no será posible poner las cosas en su lugar y lograr el desarrollo de los pueblos que Miranda y Bolívar soñaron libres y prósperos, que seguirán sometidos y tristes. Por eso hay que tratar de discutir y descubrir a Miranda, el inventor de nuestra América, y a Bolívar, el que pudo convertir aquel invento de papel en máquina real. El que imaginó un estado platónico con instituciones de nombres exóticos y el que después lograr la independencia, pudo poner a funcionar en ellas repúblicas prácticas, muy distantes a la perfección, pero que funcionaban y funcionan, y que algún día pueden llegar a ser felices.
Hay que tratar de ubicar las ideas de Miranda en su tiempo y hacer un esfuerzo para ver si es posible proyectarlas hasta el nuestro, sin lentes deformantes como el “bolivarianismo” y las otras religiones menores de nuestro continente, para traducirlas a la práctica tomando en cuenta los cambios que se han producido en los dos siglos y algo que han pasado desde que fueron concebidas hasta nuestros días. Estoy seguro de que más de uno se sorprenderá al descubrir lo actuales que son, si se les quita el disfraz de su tiempo y se les viste con ropajes del nuestro. Basta ver lo que ha ocurrido en Europa en el final del siglo XX para entender que las ideas de Miranda no estaban descaminadas, aunque sí podrían haber sido anacrónicas por haberse adelantado demasiado a su momento. Miranda no debe ser visto únicamente por sus ideas independentistas, que existieron, pero no fueron el verdadero eje de su pensamiento. El verdadero eje de su pensamiento fue la libertad, o, si se quiere, la democracia, apoyada en la idea de que la verdadera Soberanía radica en los pueblos y no en la voluntad divina. Quizá eso fue lo que lo convirtió en blanco de las iras de los poderosos, entre ellos, nada menos que la Iglesia, contra la que se topó brutalmente,
También hay que tomar en cuenta que al nacer Francisco de Miranda el tiempo de Venezuela y el de Europa eran diferentes, radicalmente distintos, y es Miranda el que, sin saberlo, asume la tarea de acortar esa distancia. El joven Sebastián Francisco de Miranda que llega a Europa a fines del siglo XVIII había vivido hasta entonces en un país que estaba todavía en el siglo XVI, y el hombre maduro Francisco de Miranda que regresa a su país a comienzos del siglo XIX trae ya ideas de su tiempo y llega a una sociedad que ya no tiene doscientos o trescientos años de atraso, sino, posiblemente, un extraño adelanto que aún no hemos entendido, y ese adelanto fue promovido por Miranda y sus seguidores de la Sociedad Patriótica, no sólo en el camino de la independencia sino, especialmente, en el de las libertades. Las ideas de Miranda, que Simón Bolívar recoge y modifica para tratar de aplicarlas, ya corresponden a su tiempo, o cuidado si, con relación al medio, se han adelantado demasiado y por eso en un alto grado fracasan. Es hasta posible que, bien analizadas, correspondan más bien al nuestro y sea ahora, en pleno siglo XXI, cuando puedan, adaptadas a todos los cambios que la humanidad ha conocido y conoce, aplicarse en propiedad. Pero es fundamental que entendamos que no podrían aplicarse mecánicamente ni al pie de la letra, sino hay que entenderlas, digerirlas y verlas en perspectiva. En una palabra: comprenderlas.
Y eso es lo que me propongo al escribir En los días de Miranda, que contiene, desde luego, una biografía del personaje, pero con algún énfasis en sus ideas, vistas quizá con la óptica de nuestro tiempo y con el firme deseo de corregir la injusticia que se le hace todos los días a don Pancho Miranda, en cuanto a la falta de interés que hay por su vida, comparada con la que ha creado la religión bolivariana por Bolívar. Lo que más me motivó a escribir la obra fue la posibilidad de que sea leída con auténtico interés por los jóvenes, y muy especialmente por los jóvenes venezolanos, que en este tiempo de amenaza totalitaria (1998-2010) han dado una demostración de grandeza en su lucha por la libertad y en contra de la barbarie, en contra de los abusos de poder y los oportunistas de mentes primitivas, tan primitivas como aquellos bárbaros que combatieron contra Miranda y causaron su trágico final, o como los que obligaron a Simón Bolívar a proclamar la barbarie mediante la Guerra Muerte, que tanto daño le hizo a la causa de la Independencia, aunque la ayudó a triunfar. Mi narración, pues, va dirigida en especial a mis hijos y a mis nietos, y a todos esos jóvenes que en el comienzo del siglo XXI han protagonizado una bella gesta que bien podría haberla dado en su tiempo el joven Francisco de Miranda, que quizás equivocó el suyo y quién sabe si habría sido mucho más útil y más feliz en nuestros días, enfrentado los problemas que debemos enfrentar los habitantes de la antigua América española en el siglo XXI, cuando parece haberse perdido el tren del progreso y la felicidad.
Ojalá, pues, que la lectura de En los días de Miranda pueda crear una auténtica orquesta de soñadores que, al madurar, puedan formar una gran orquesta de ejecutantes de grandes obras, obras que por fin entreguen a los pueblos de nuestra América humana la mayor suma de felicidad posible y, sobre todo, la mayor suma de libertad posible. Amén.

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4 comentarios

Comentario De: Alex [Visitante]

Disfrute bastante la lectura y me hizo refleccionar un poco. A veces pienso que Bolívar esta sobrevalorado, y sobre todo que su nombre se ha manipulado por gente que sin ningún conocimiento piensa que puede reescribir el pasado.

13.07.10 @ 01:02
Comentario De: helena alvarez [Visitante]

¡Gracias Eduardo! Espero esta narración con alegría y ansiedad.

13.07.10 @ 12:55
Comentario De: eddcas [Miembro]  

Muchísimas gracias a ambos (Alex y Helena) por su apoyo y su aliento.

13.07.10 @ 14:31
Comentario De: jose rafael diaz gorrin [Visitante]

Gracias. Su lectura es refrescante e interesante. Es una manera especial de analizar los personajes. Gracias

19.07.10 @ 10:18