A pesar del convencimiento de Bolívar, Sucre no se lució como jefe de Estado. No tuvo tiempo de hacerlo, y la tarea requería a un verdadero mago. Sin embargo, si lo comparamos con cualquiera de los gobernantes que ha padecido, por ejemplo, Venezuela, deja hasta mal parados a casi todos, a casi todos los gobernantes del país que lo vio nacer, hubiera querido ser como el emperador romano Tito Aurelio Fulvio, conocido como Antonino Pío, que gobernó el Imperio Romano entre los años 138 y 161 y de quien se dijo, entre otras cosas, que gobernó el imperio como un buen padre. Antonino fue designado heredero por otro de los mejores emperadores: Adriano, que al morir le legó a Roma dos cosas importantes, el breve poema que es una de las únicas joyas de la lírica romana (Animula vagula, blandula / Hospes comesque corporis / Qua nunc abibis in loca / Pallidula, rigida, nudula, / Nec, ut solis, dbis iocos... etcétera), y la decisión de que lo sucediera Antonino, que fue calificado por el Senado como Optimus princeps, o sea, el mejor de los príncipes, y en realidad lo fue. Comparable únicamente a sus dos antecesores, Trajano y Adriano, Antonino fue un gran emperador, y sus años de mando le dieron a Roma el período de paz más importante que conoció...
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