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Oí hablar por vez primera de Ernesto Sábato en 1954, a mis catorce años, en la sobremesa de la casa de los Uslar, cuando Arturo nos habló de Borges, Mallea y Sábato. De Borges leí inmediatamente su Historia universal de la infamia, y me impresionó especialmente El hombre de la esquina rosada. De Mallea leí La ciudad junto al río inmóvil y no me impresionó tanto, y de Sábato no conseguí nada en Caracas, a pesar de que El túnel ya tenía varios años de publicado. Sobre héroes y tumbas aparecería siete años después. En 1964 me radiqué en Buenos Aires, y entre mis primeras acciones estuvo la compra de ambas novelas. No puedo decir que conocí a Sábato. Lo saludé en una actividad de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), pero él no debe haberse enterado de quién era yo. Ese año tendría cincuenta y tres años y ya era muy conocido y respetado en la Argentina y fuera de ella. Había nacido en Rojas, en la Provincia de Buenos Aires, en junio de 1911, hijo de inmigrantes italianos, calabreses, para más señas. Adolescente, estudió bachillerato en La Plata, en donde conoció a Pedro Henríquez Ureña, filólogo, crítico y escritor dominicano que vivió varios años en Argentina, y de quien Sábato dijo: Se me cierra la garganta al evocarlo, esa mañana en que vi entrar a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos (…) Aquel ser superior tratado con mezquindad y reticencia por sus colegas, con el típico resentimiento del mediocre, al punto que jamás llegó a ser profesor titular de ninguna Facultad de Letras de Argentina. Esa admiración sería determinante para que Sábato, que estudió una carrera absolutamente científica (Física), terminara convertido en escritor. Muy joven se comprometió con los movimientos de izquierda y fue comunista activo, pero los crímenes de Stalin y la ceguera deliberada de los comunistas le chocaron, y dejó esa militancia para convertirse en un activo defensor de la democracia social. En París escribió su primera novela, La fuente muda, a mediados de la década de 1930. En es época se casó con Matilde Kusminsky Richter. Doctorado en Física, trabajó como científico durante algún tiempo, pero, paralelamente, se relacionó en París con el movimiento surrealista y con numerosos intelectuales de su tiempo. Luego de trabajar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en 1943 tomó la decisión de dedicarse por completo a las letras y las artes plásticas, y se aisló del mundo en la Provincia de Córdoba. En 1941 ya había dado muestras de una formidable vocación literaria y se había relacionado con figuras muy importantes de la literatura argentina, como Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. En 1945 recibió un premio de Prosa de la Municipalidad de Buenos Aires. Ya era, decididamente, un escritor. Un escritor que supo del rechazo de las editoriales a su novela El túnel, que finalmente fue publicada por la revista Sur y fue muy elogiada por Albert Camus, que convenció a Gallimard de que debía ser traducida al francés y publicada en París. Pronto, hasta las editoriales que habían rechazado el manuscrito se dieron cuenta de su error. Su carrera literaria fue un éxito. Sobre héroes y tumbas es una de las cumbres de la novela argentina, y una de sus partes, Informe sobre ciegos, parece haberse independizado para tomar vida propia. Su próxima novela, Abaddón el exterminador (1974), no hizo sino ratificar la calidad universal de su autor. Su actividad política fue más bien escasa: en su juventud estuvo comprometido con la extrema izquierda, luego fue antiperonista, aunque elogió a Evita públicamente, lo que le costó no pocas críticas. Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, en 1983 y 1984, presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), cuyo trabajo quedó plasmado en el libro Nunca más, que fue el punto de partida de los juicios a los militares de 1985. Hacia el final de su vida declaró su afinidad por el Anarquismo, aunque quizá más como un ideal inalcanzable que como una posibilidad real en el mundo de la política (¡Yo soy un anarquista! –declaró públicamente–. Un anarquista en el sentido mejor de la palabra. La gente cree que anarquista es el que pone bombas, pero anarquistas han sido los grandes espíritus como, por ejemplo León Tolstoi. (…) Aunque fui comunista activo, el anarquismo siempre me ha parecido una vía de conseguir justicia social con libertad plena. Y valoro el cristianismo del Evangelio. Este siglo es atroz y va a terminar atrozmente. Lo único que puede salvarlo es volver al pensamiento poético, a ese anarquismo social, y el arte). Fue un autor muy premiado, además de varios galardones argentinos, recibió otros de Francia, Italia y España, entre ellos el Premio Cervantes en 1984. Desde 1945 se estableció en Santos Lugares, en la Provincia de Buenos Aires. Los médicos le prohibieron leer, y se dedicó entonces a la pintura. Y ya casi centenario, universalmente respetado, el 30 de abril de 2011 terminó de alejarse por completo de una vida que, finalmente, y a pesar de que uno de sus hijos murió en un accidente, y de una viudez que lamentó con toda su alma, le había sido bastante amistosa. Su inmenso talento se lo había granjeado.
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