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Entró por emergencia a la clínica. El diligente internista de turno se ocupó inmediatamente de él. Existía la posibilidad de un Accidente Cerebro-Vascular. Eso que los antiguos llamaban “apoplejía”. Se le había “dormido” buena parte del lado izquierdo del cuerpo. La presión arterial la tenía muy alta. Le colocaron una “vía” en el antebrazo izquierdo y empezaron a inyectarle suero con alguna medicina, además de colocarle una pastilla debajo de la lengua. Aun así, costó que la presión bajara a niveles más o menos normales. El internista le dio un par de órdenes médicas, una para que se hiciera una Tomografía Axial computorizada (TAC) de cerebro y otra para que se hiciera varios exámenes de sangre. Y le regaló una muestra médica de un producto contra la hipertensión. Le sugirió que si no tenía un tensiómetro se lo comprara en la farmacia de la esquina y se midiera la presión en la mañana y en la tarde y lo llamara, al final de la tarde del día siguiente, para informarle las cifras. A eso de las seis lo despachó. Se compró el tensiómetro. Al llegar a su casa lo estrenó. La tenía en 212/109, bastante alta. Decidió que no se tomaría ningún remedio. Detestaba los productos farmacéuticos. Se preparó un Te natural que, según sus vecinos, era para bajar la presión arterial. Al día siguiente en la mañana se la tomó de nuevo. 243/124. Y en la tarde, 246/139. Llamó al doctor y le mintió, le dijo que en la mañana había sido 172/91 y en la tarde 168/88. El médico lo felicitó. Pospuso la TC de cerebro y los exámenes de sangre, y por cuatro días seguidos le mintió por teléfono al internista. Y el quinto día, un ACV, eso que los antiguos llamaban ataque de apoplejía, se lo llevó del reino de los vivos.
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