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José Antonio Ramos Sucre (1890-1930). El poeta insomne

22.09.12 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Semblanzas, Poesía, Venezuela, Literatura, Biografías, Escritores

Apenas tenía cuarenta años cuando se encontró con la muerte. Literalmente se encontró con la muerte, la buscó y la encontró. Se suicidó en Ginebra con una sobredosis de Veronal, un somnífero conocido en los Estados Unidos como Barbital y en muchos sitios como Barbitone, y que fue de uso común en el mundo entre 1903 y 1950. Distintos autores han explicado en muchas formas la voluntad de Ramos Sucre de terminar con su vida, pero casi ninguno ha reparado en que no fue el único caso en la familia Sucre. Mi tío-abuelo Alejandro Sucre Urbaneja, uno de los hermanos mayores de mi abuelo, se suicidó en París, y varios fueron los que lo hicieron a lo largo del tiempo. Desde luego que el insomnio que acosó al poeta aceleró esa decisión, pero no fue la única causa ni mucho menos. El saberse un gran poeta, un verdadero poeta, y no obtener de sus contemporáneos el más mínimo reconocimiento, fue también un factor que contribuyó a su decisión. Arturo Uslar Pietri, en los días en que fui jurado del Premio Rómulo Gallegos que le fue otorgado (1991), me comentó que en su tiempo Ramos Sucre era considerado un simple profesor de secundaria, y además medio loco, y nadie lo tenía por escritor importante, por lo que para su generación fue una sorpresa que se le exaltara como ocurrió en la década de 1960, cuando los integrantes de grupos literarios como “Sardio” y “El Techo de la Ballena” lo consagraron como uno de los poetas venezolanos más importantes de todos los tiempos. Nació en Cumaná el 9 de junio de 1890, hijo de Jacinto Ramos Martínez y de Rita Sucre Mora, que era sobrina-nieta del Gran Mariscal de Ayacucho (hija de Francisco Sucre Sánchez, que a su vez era hijo de Jerónimo Sucre Alcalá, hermano mayor de Antonio José de Sucre). A los diez años, luego de haber aprendido las primeras letras en la escuela de Jacinto Alarcón, se mudó a Carúpano, a la casa de su tío y padrino, el presbítero José Antonio Ramos Martínez (1837-1903), pedagogo e historiador de amplia obra. Allí, el niño Ramos Sucre asistió a la escuela de Jesús Martínez Mata hasta que, por la muerte de su padre, debió regresar a Cumaná, poco antes de que falleciera también el presbítero Ramos Martínez. En Cumaná estudió secundaria en el Colegio Nacional (hoy llamado Liceo Antonio José de Sucre) y, paralelamente, se dedicó al estudio de idiomas y se hizo una notable cultura autodidacta. Fue un excelente estudiante, y por ello se le designó asistente del Director José Silverio González Rivera. Antes de graduarse de Bachiller en Filosofía (1910) ya dominaba con soltura el inglés, el francés, el italiano y el alemán. Debido, entre otras causas, al cierre de la Universidad Central ordenado por el dictador Juan Vicente Gómez, no pudo iniciar de inmediato sus estudios superiores. En 1913, luego de haber estudiado griego, danés, sueco y holandés, ingresó a la escuela de Derecho, y en 1917 se gradúa de abogado, y siete años después recibe el título de Doctor en Ciencias Políticas. Sin embargo, nunca litigó ni ejerció la carrera de abogado. En ese tiempo da clases en diversos colegios, entre ellos el Liceo Caracas (después Liceo Andrés Bello). Fue también examinador en el Liceo San José de Los Teques, fundado y dirigido por el eminente educador José de Jesús Arocha (El Tigre). En 1915 es designado Traductor en el ministerio de Relaciones Exteriores durante la gestión como Canciller del general Ignacio Andrade, consuegro de Juan Vicente Gómez. Allí actuó, en el servicio interno, hasta 1929, cuando fue designado Cónsul General en Ginebra. En Caracas, además de ganarse una merecida fama de solitario y hasta de misántropo. Su nombre aparece entre los colaboradores de la revista “Válvula”, en donde también están, en su único número (1928) publican Arturo Uslar Pietri, Antonio Arráiz, José Antonio Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Miguel Otero Silva, Eduardo Planchart, Carlos Eduardo Frías, Luis Enrique Mármol, Nelson Himiob, José Nucete-Sardi entre otros. Fue la expresión mayor del vanguardismo en el país. Entre 1921 y su partida hacia Europa publicó numerosos textos poéticos que constituyen un corpus único en la literatura venezolana, y con poca relación con la poesía que se hacía en Hispanoamérica. Reaccionaba contra la poca originalidad de la literatura de su tiempo y buscaba otros universos, como lo harán tiempo después en otras latitudes grandes escritores, como los argentinos Jorge Luis Borges (1899-1986) y Roberto Arlt (1900-1942), a quienes se adelantó en el tiempo. Su obra ha sido catalogada como “postmodernista” y “prevanguardista”, pero en realidad es muy difícil clasificarla, como no sea de estrictamente personalista. A la dificultad de clasificar su trabajo en alguno de los movimientos literarios de su tiempo, se suma otra que es aún más importante: la de ubicarlo en un género literario determinado. Sus textos no son poemas propiamente dichos. Ni tampoco cuentos o narraciones. Algunos han hablado de “prosa lírica” al referirse a ellos. En todo caso, se trata de obras de una gran libertad expresiva y con una visión única en el mundo, que quizá pueda relacionarse con los movimientos literarios que surgieron en Europa después de su muerte. Una de sus características es el uso de varias voces poéticas en vez de la primera persona. Su bibliografía directa está integrada por “Trizas de papel” (1921), “Sobre las huellas de Humboldt” (1923) y “La Torre de Timón (1925), que integra los dos tomos, además de “Las formas del fuego” y “El cielo de esmalte”, ambos de 1929. Tanto “Monte Ávila Editores” como “Fundarte” publicaron importantes ediciones antológicas de su obra en las décadas de 1960 y 1970. En pleno verano europeo, atormentado hasta lo imposible por el insomnio, apeló a una sobredosis de somníferos para terminar su tránsito por el planeta Tierra.

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