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El mito nos cuenta que Caronte era el barquero que tenía como tarea, transportar el espíritu de los muertos a través de la laguna Estigia, hasta el reino del inframundo gobernado por Hades. Se le solía representar como un anciano alto, de aspecto taciturno y talante malhumorado, siempre envuelto en una prolija capa oscura y provisto de una vara larga, con la cual rechazaba a los muertos que no podían pagar el óbolo –una pequeña moneda, no importaba su valor- por esta razón los griegos depositaban en la boca de los difuntos una moneda, para pagar el peaje que cobraba el barquero de los muertos, como era también llamado. A pesar de ser un personaje carismático, de Caronte sabemos muy poco: no se conoce si tuvo mujer e hijos, quienes fueron sus padres, si está condenado a vagar eternamente por la laguna Estigia como castigo o como un monótono oficio escogido por voluntad propia. Se dice que nunca permitió que una persona viva pisara su barca, salvo tres excepciones: Orfeo, gracias al hechizo de su canto; Eneas, mediante una rama de oro, considerada como un salvoconducto divino; y Hércules, con el uso de la fuerza bruta. Pero, sí existe sobre Caronte la certeza de un hecho de tipo sociológico, que constituye la razón de que aparezca en las crónicas del Yaracuy: la aristocracia griega no utilizaba a Caronte como transportista, ellos tenían sus propios guías para el otro mundo, estaban Hypnos y Thanato; Caronte era más bien el conductor de la gente humilde y de los grupos populares y al ganar éstos prestancia con el desarrollo de la democracia –especialmente, la democracia ateniense- el barquero se constituyó en un personaje iconográfico de mitos, leyendas e historias.
En el Yaracuy ha ocurrido con los muertos una situación similar a la de la Grecia clásica, las clases pudientes siempre han velado a sus difuntos en las casas solariegas, con la llegada de los edificios en propiedad horizontal, que no permite el muerto en los ascensores, los velorios se realizan en funerarias, siempre con un rito religioso establecido y la presencia de sacerdotes. Ahora bien, en las zonas rurales y en los campos, el velorio tiene lugar en las viviendas humildes, con la intervención del “cantor de velorios” un personaje popular quien conoce los cantos que agradan a los santos, la palabra justa que incita al santo a cumplir su función mediadora a favor del difunto, por esta razón el cantor de velorios se ha constituido en un guía, una especie de barquero al modo de Caronte, provisto de música, voz y palabra, con el buen hacer, para conducir a los muertos pobres hasta alcanzar la paz y el descanso eterno en la presencia del creador.
Julián León fue fundamentalmente un “cantor de velorios” y es precisamente en este “género”, que pone de manifiesto su habilidad para improvisar versos y formas de decir la palabra apropiada para agradecer a los santos los favores que recibirá el difunto en su viaje final. Es también inigualable cuenta cuentos y el depositario de antiguas canciones infantiles y viejos aguinaldos de los pueblos. Como se suele decir en lenguaje clásico es un juglar, esto es una persona que conversa del modo más sencillo con su gente, haciendo fluir las palabras, dejando correr la emoción, con la misma simplicidad con que se mueven tranquilamente las aguas mansas de los ríos. Él maneja entonces, con gran habilidad ese gesto medio escondido del juglar con el que trata de alegrar, dulcificar o entristecer un momento, para trasmitir un poco de emoción a la gente que escucha. Finalmente, es además un compositor que tiene en su haber un extenso repertorio de piezas de música tradicional, en especial hermosos valses yaracuyanos, Aquí vengo mujer a saludarte, Las muchachas lindas, Una tarde de pronto salí, Creciente de Santa María, El campesino flojo, y muchas más.
Julián León nació en el caserío La Paula, cercano a Boraure, el 8 de marzo de 1918. De manos de su padre se inició en la música, cuando éste le construyó una pequeña guitarra con una lata de sardinas, una tablita, y a manera de cuerdas utilizó una especie de gamelote llamado por los habitantes de la zona “costilla e’ muerto”. Con este instrumento tan singular se acompañó en el primer vals que canto, Brisas del picacho de Teófilo Domínguez. Posteriormente, a los 12 años de edad, recibió un bandolín procedente de la ciudad de Nirgua, con el que inicia su participación en muchos conjuntos de música tradicional. Su vivencia mejor lograda en este campo, ha sido la fundación del conjunto “Los golperitos de Santa María.”
Como en un extraño sortilegio, siempre lo he imaginado, a modo de Caronte, sentado en la proa de un hermoso barco todo pintado de blanco, lleno de muerticos pobres, de almas buenas y sencillas de los campesinos del Yaracuy, en el momento en que se dispone a surcar el aire, haciendo pasar su barco por el cielo más ancho y cuajado de estrellas que uno pueda concebir y hacia el cual todos los hombres de diferentes parajes dirigen sus miradas. Para ver a Julián León, con su cuatro en las manos y la canción a flor de labios, por encima del valle del Yaracuy, va cantando al paisaje de siempre: la quebrada seca y el bucare, el caudaloso río y los araguaneyes, una mujer en soledad a la puerta del rancho en una larga espera. La eterna espera del Yaracuy que aguarda, desde las chozas de la gente humilde, por la tierra y el trabajo que le pertenecen.
Hugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).
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