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La mayor parte de los enterradores son personas sombrías, melancólicas y taciturnas, de aspecto grave y lúgubre, como si ellos acumularan en su interior todo el peso del insondable misterio de la muerte, pero “Julio el cachicamo” –el enterrador del cementerio de San Felipe- no era así. Siempre pensé que su apodo le venía en razón de su trabajo de cavar fosas, pero en el caso de Julio, tampoco era así, más bien su aspecto físico: un hombre de cuerpo rollizo, cabeza pequeña y orejas diminutas, lo hacía muy semejante al simpático animalejo acorazado que le brindó su apodo. Con Julio, muchas cosas no cuadraban con su función de enterrador de muertos. En efecto, la literatura universal ha hecho aparecer a los sepultureros como personajes macabros, hasta satánicos y muy propensos a contar historias horribles, pero Julio, repito, no era así.
El poeta colombiano Julio Flores, tan solo para citar un ejemplo, es autor de un poema escalofriante llamado “Boda negra” que dice en sus estrofas más conocidas: “Oye la historia que contóme un día/ el viejo enterrador de la comarca/ era un amante a quien por suerte impía/ su dulce bien le arrebató la parca. En una horrenda noche hizo pedazos/ el mármol de la tumba abandonada/ cavó en la tierra… y se llevó en los brazos/ el rígido esqueleto de la amada. Llevó a la novia al tálamo mullido/ se acostó junto a ella enamorado/ y para siempre se quedó dormido/ al esqueleto rígido abrazado” Si bien los enterradores colombianos son amigos de contar historias horripilantes como la anteriormente descrita, “Julio el cachicamo” –el enterrador de San Felipe- era discreto y muy profesional, él no contaba historias.
Andrés Maurois escribió un famoso libro intitulado “El Pesador de almas”, que trata de un individuo que pesaba a los moribundos antes de morir, para pesarlos nuevamente después de la muerte y antes de enterrarlos, entonces quería con esto dar una respuesta a la pregunta: ¿Cuánto pesa el alma? En la parte conclusiva del libro, Maurois hace un planteamiento teológico que nos lleva a considerar a Dios como un pesador de almas: “Jesús pesó nuestras almas con su Cuerpo y su Sangre, con su Vida, con todo su Ser”. Sobre una balanza nos pesó: en un plato puso nuestras vidas y en el otro el precio de la Suya. Entonces Maurois, lanza una conclusión de tipo herético, Jesús inscribió en la historia de la humanidad esta ecuación admonitoria: A los ojos de Dios, los hombres igualan a Dios, porque Jesús pesó precisamente al precio de su Vida, la vida de todos los hombres: esto es la salvación del género humano. Por supuesto, toda esta reflexión teológica no atañe a “Julio el cachicamo”, él siempre fue un hombre simple, construido en un bloque de una sola pieza, sin conocimientos de teología, pero dotado de un alma buena y noble que recibió a cambio de su bondad el don de una inmensa Fe, a manera de armadura o coraza como la que poseen los cachicamos, y precisamente, con esta inmensa Fe cuajó el intentó de su salvación: la salvación mediante la Fe.
A decir verdad, en cuanto a mi experiencia personal, lo encontré una sola vez en mi vida, en la barbería “El foco rojo” en la calle Libertador, yo era un niño -pagaba la mitad de la tarifa, 0,50 de bolívar- y esperaba sentado para ser atendido. En una silla rasuraban a un sujeto muy “flamboyán”: el procurador Camilo Lugo, un hombre arrogante, oloroso de agua de colonia y presuntuoso al extremo, destilaba a gotas toda la sabiduría jurídica que se derramaba por el valle del Yaracuy; en la otra silla, cortaban el cabello a “Julio el cachicamo” un campesino humilde a quien yo no conocía. Al terminar, cuando Julio se puso de pié, se dirigió al procurador y le dijo: -Don Camilo, como siempre, yo estoy a su disposición para servirle. La reacción del eludido no se hizo esperar, en forma colérica le grito: -Accidente a ti desgraciado, ándate bien largo al carajo, y un montón de cosas muy feas. Después que ambos se marcharon, yo permanecí sorprendido y estupefacto, entonces pregunté al barbero: ¿Por qué el procurador se comportó de esa manera? Y me respondió: -quien se puso a sus ordenes para servirlo fue “Julio el cachicamo” el enterrador del cementerio de San Felipe.
Ese incidente dejó en mi mundo de niño una huella imborrable y a lo largo del tiempo me hizo comprender varias cosas acerca de Julio: en primer lugar, siempre lo recuerdo como un hombre de ideas claras, sabía que Don Camilo Lugo era un anciano, a quien el ángel de la muerte le revoloteaba en torno, en efecto, unos pocos meses después de lo ocurrido en la barbería, murió el procurador y Julio lo enterró con esmero, pulcritud, profesionalismo y sobre todo con una gran dignidad. En segundo lugar, a diferencia de los sepultureros colombianos que cuentan sus historias a los cuatro vientos, Julio era silencioso como las tumbas que él mismo construía, pero yo estoy seguro que conoció tantos cuentos de cementerio como para provocar la envidia de Edgar Alan Poe, Stephen King y otros maestros del género, grandes teóricos, pero que nunca enterraron a nadie. Finalmente, estoy convencido que Julio, gracias a sus vivencias íntimas con la muerte, fruto de la experiencia de tantos entierros, era el único capaz de contestar correctamente esa terrible pregunta que atañe al destino final de la humanidad y que deberemos responder todos los hombres cuando nos encontremos en presencia del Creador: ¿Cuánto pesa tu alma?
Hugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).
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