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LA RABOLUCIÓN - Capítulo 1

31.07.10 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Arte, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

A partir del sábado (19 de junio de 2010) Literanova publicará, semanalmente, el Ensayo titulado “Cómo hacer una novela”, de Eduardo Casanova, en el que ofrecerá a los lectores no sólo un método para escribir novelas, sino varias informaciones literarias sobre ese género literario.

Nota de LITERANOVA: A partir del sábado 31 de julio se publicará, capítulo por capítulo, la novela “La Rabolución”.

Eduardo Casanova

LA RABOLUCIÓN

Capítulo 1

¡Mierda! Dijo Bartolomé Langley al llegar al Portachuelo. Se detuvo como si le faltara valor para seguir adelante. Y le faltaba. Le faltaba valor. Veía desde aquella pequeña atalaya el vallecito que siempre le había resultado hermoso y ese día le causaba en verdad miedo. Veía las nubes que formaban un piso invertido de mármoles blancos y azules y sintió que los huesos se le llenaban de miedo. Tenía miedo de ver lo que le habían dicho que vería. Tenía miedo de encontrarse con las ruinas que ya le habían descrito. Tenía miedo de mirar los ojos tristes de los pocos que lo habían defendido y ahora pasaban por momentos difíciles. O de los muchos que lo habían atacado y ahora se escondían como insectos rastreros. Respiró profundo. No debería haber venido solo, pero Herminia tenía hasta menos valor que él y prefería esperar a que él arreglase todo lo que se podía arreglar antes de volver ella a tratar de rehacer su casa. Y su vida. Jacinto se había ido definitivamente del país. Despedido arbitrariamente por haber participado en la huelga contra el gobierno, lo sacaron de la nómina de empleados y ni siquiera le pagaron las prestaciones sociales. “Yo no tengo alma de mártir”, dijo, y aceptó una oferta que le llegó de los Estados Unidos. Ahora estaba establecido en Houston, Texas, con toda su familia, y no pensaba regresar a El Dorado. Ni siquiera si se arreglaban las cosas y Chobes salía del poder. José María había muerto, como las esperanzas de Bartolomé. Sólo contaba Bartolomé con el apoyo de Herminia. Pero es que todo había sido demasiado, demasiado rápido y demasiado injusto, y ambos sabían que, aunque sus defensores terminaron siendo mayoría, los otros, por muy pocos que fueran, estaban allí, seguramente agazapados y en espera de otra oportunidad, y habría que convivir con ellos. Habría que enfrentarse a la dura realidad de un pueblo dividido, golpeado, dañado, y Bartolomé no estaba tan seguro de tener las energías que la tarea requería, especialmente si se tenía en cuenta que los sucesos de Guayacuy no se quedaron en Guayacuy, sino llegaron a todo el país y se convirtieron en ejemplo de la barbarie de Chobes y los suyos, un ejemplo que le hizo daño al gobierno nacional, dentro y fuera de El Dorado, y tanto el gobierno nacional como el de Caracay estarían con deseos de vengarse de los habitantes de Guayacuy, y muy en especial de Bartolomé Langley. Al principio los diarios y las emisoras oficialistas habían apoyado con todo al Jefe Civil, y a Bartolomé lo calificaron de golpista, guarimbero, saboteador, lacayo del imperio y otras lindezas, pero unas imágenes que lograron captar desde lejos los periodistas de la oposición obligaron al gobierno a cambiar de posición, cosa que hicieron sin el más mínimo pudor, y hasta se dio que la gobernación envió a la Guardia Nacional y la policía estadal a acabar con lo que estaba ocurriendo en Guayacuy, para lo que tuvieron que reprimir a los chobistas y no a los que defendían los intereses de los Langley, aun cuando todos sabían que el gobierno detestaba a todos los Langley y los parecidos a los Langley en todo el país. Y Bartolomé no estaba muy seguro de que no se produciría otro cambio de vientos para castigarlos a él y a los que lo habían defendido. Bajo cuerda, varios personajes del gobierno le juraron que no pasaría nada. Que era cosa de esperar que la brisa se llevara el humo y el agua volviera a su nivel. Que la gente se olvidara de aquel lío, que no le había resultado nada favorable al gobierno. A pesar de que todo el mundo le había asegurado que en los tribunales no le iría nada bien, un juez de Caracay había anulado en apenas un día todos los actos del tal Peroles sin escándalo alguno. Él mismo prefería lo que algunos llamaban “bajo perfil”, y tratar de que la política no interviniera de nuevo en sus asuntos. Las cosas parecían haberse tranquilizado, y recibió varios mensajes de sus partidarios pidiéndole que regresara al pueblo. El nuevo Jefe Civil, el militar que ocupó el cargo en forma provisoria por decisión del mismo juez, le escribió una carta llena de cursilerías y lugares comunes en el que, luego de dar muchas vueltas en espiral le pedía que regresara. Y hasta el gobernador, el tal Diosito Júpiter, le había enviado mensajes por terceras personas para pedirle que regresara a Guayacuy, para que tratara de calmar a la gente. Las aguas tenían que volver a su nivel, decía todo el mundo, hasta la gente del gobierno, que fue la que creó el problema. Y Bartolomé se sintió obligado a regresar. Además, no se sintió nada a gusto en Caracay, y menos aún en Guanoco, la ciudad que recordaba de sus tiempos de estudiante como un lugar apacible y ahora se había encontrado inundada de buhoneros y malvivientes, limosneros y ladrones, y que para colmo parecía invadida por maleantes políticos, seguidores incondicionales del teniente coronel Chobes que miraban con odio a todo el que no parecía ser de su calaña. Bartolomé sabía que tenía aspecto de extranjero, quizás de español o de italiano, y sabía que era bien educado, de modo que nadie podía confundirlo con un seguidor de Chobes. Varias veces lo insultaron en el casco histórico de la ciudad, que visitó para hacer más cortas sus horas de ocio y en varias gestiones relacionadas con la situación de Guayacuy. Le gritaron oligarca, escuálido, fascista y otras lindezas cuando pasó por la Plaza Bolívar, que estaba tomada por los revolucionarios y otros borrachos. También Cesáreo Mesante, el antiguo gobernador que se había distanciado del todo de Diosito Júpiter, y que inicialmente había sostenido que Langley debía abstenerse de ir a Guayacuy, cambió de opinión y le recomendó que regresara. “La gente del gobierno perdió casi todo su apoyo en el pueblo, y tú tienes la oportunidad de capitalizar eso”, le dijo torciendo el mostacho. Bartolomé notó que Cesáreo Mesante parecía haber crecido, como si la cabeza se le hubiera estirado hacia arriba. Cada día se parecía más a un obelisco, se dijo, y no pudo evitar una sonrisa que el otro interpretó como aviso de recibo de un elogio. “Después de todo lo que pasó y de que Uásinton perdiera toda su base política, tú eres el jefe natural de la gente en Guayacuy, y la que se armó se armó porque Uásinton trató de joderte, pero ahora te toca a ti cobrar y asegurarnos el sitio”, remató. Bartolomé asintió. Cesáreo tenía razón. Y él no tenía que regresar a fomentar odios ni nada por el estilo. Regresaría, si decidía regresar, a retomar su posición, a restaurar la casa que quedó seriamente dañada por la ocupación. A reconstruir y reabrir el consultorio y ver qué se podía hacer para que la fábrica y la finca funcionaran de nuevo, si era posible, así como todos los establecimientos que en su locura Uásinton (con acento en la “a”) Peroles había expropiado en nombre de la Rabolución. La Rabolución, no la Revolución sino la Rabolución, con “a” en la primera sílaba y “b” labidental, “b” de burro, por la dificultad que tenía Uásinton Peroles, por su media lengua, para pronunciar palabras cuya primera sílaba fuese “re” o “tre” seguida de otra con “b” o “v”, la “ve” corta o “uve”, por lo que para él trébol era “trábol”, revólver era “rabólber”, revuelta era “rebuelta”, y así sucesivamente.
Desde su pequeño observatorio, Bartolomé no notó ningún cambio realmente considerable. Le dijeron que Peroles y los chobistas hicieron desastres. Que quemaron la fábrica, la casa de la finca y el consultorio, además del botiquín y una casa vecina al botiquín, pero desde allí no se veían los daños. Sintió, sí, el olor de las quemas. Pero es que en la tierra caliente el olor como que se riega más que en la fría, y sobre todo si es olor a chamusquina. Su casa, la que todo llamaban “la primera”, que había sido de los Langley desde que se fundó el pueblo, no se la quemaron porque los chobistas decidieron que sería la sede de la gran cooperativa de cooperativas que crearon para explotar los bienes del explotador oligarca golpista guarimbero lacayo del imperio y chupasangre del sufrido pueblo, para empezar. Aunque sabía que le habían causado unos cuantos daños más o menos importantes, por lo menos estaba en pie. Mucha gente se le había ofrecido para repararla y tratar de ponerla decente cuando él regresara. No tanto él, sino Herminia, que no había querido venir con él en ese viaje de regreso, con la excusa de que Bartolomé le diría qué habría que hacer al llegar de regreso y qué elementos habría que comprar en Guanoco para poner la casa a punto otra vez.
Suspiró largamente, pisó el acelerador y entró a buena velocidad al vallecito de Guayacuy. La carretera estaba peor que cuando, un par de semanas antes, dejó precipitadamente el pueblo. Pero, por lo menos, estaba de regreso. Estaría de nuevo en su casa, entre su gente. Y ojalá que feliz.

Capítulos publicados de CÓMO HACER UNA NOVELA

1.- Antemateria
2.- ¿Qué es una novela?
3.- Clasificación o Tipología de la novela
4.- Para escribir una novela
5.- La división y subdivisión del proyecto
6.- La redacción de la novela
LA RABOLUCIÓN
Capítulo 1

 
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