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EN LOS DÍAS DE SUCRE
Segunda Parte:
El soldado Sucre
10. La vía de la concordia
Aun antes del momento en que Sucre logró acercarse a Bolívar y Bolívar conoció de verdad a Sucre, la gran preocupación del joven cumanés era la concordia interna. Desde su primer tiempo como soldado es evidente que le preocupaba enormemente la falta de unidad entre los orientales y el resto de los venezolanos, que le restaba fuerza al movimiento independentista. El 26 de mayo de 1819, desde Maturín, le escribió a Carlos Soublette en los siguientes términos: “Yo te había hablado por febrero de mis temores por la discordancia de las cosas cuando aún el ejército de Oriente no comprendía esta división; luego temí más, y aunque no me descuidaré en que por esta parte se conserve la paz, yo no sé las disposiciones de la otra gente, y sí las preveo en la especie de sitio que nos han puesto en las medidas impolíticas practicadas y en las cuestiones que se asoman.”
Así, para evitar todo, como por la utilidad que redunda, yo he instado ahora a Bermúdez cuando lo encontré en Aragua por exponer todo a llevar la división al Pao, y ha ido empeñado en esto; no sé lo que resultará porque te aseguro que tiemblo cuando considero que pueden renovarse las facciones pasadas; y aunque es verdad que nuestros trabajos por establecer el orden y la subordinación han dado provecho, y que los oficiales y tropas están contenidos, no es tanto que no desconfíe de un paso que contraría todas las ideas que les han arraigado por un origen tan elevado. En fin, se hará todo lo que se pueda, y ojalá que el resultado corresponda a nuestras intenciones.”
Esa “otra gente” a la que se refiere es su propia gente, sus paisanos, la gente entre la cual nació y se crió, pero, que a diferencia de él, no entendía aún que todos formaban parte de una misma nación, orientales, centrales, occidentales, guayaneses, costeños, todos eran venezolanos y deberían ser colombianos, y aún más, deberían luchar para que todos los nacidos en la antigua América española se unieran en una sola y gran patria. Esto último, sin embargo, no lo conseguirían, para desgracia de los pueblos. Aunque es bueno aclarar que esos planteamientos apenas interesaban a una capa muy corta de la población. Las grandes mayorías no tenían ningún interés en aquello, y se guiaban por otros intereses. Era el fruto de los tres siglos de inevitable oscuridad, de los siglos en los que los que tenían luces esperaron con paciencia, al decir de Bolívar. Inevitable oscuridad no, como sostienen algunos, por deliberada acción o inacción de España, sino causada por la realidad que entonces se vivía, las distancias, las dificultades para comunicarse, el miedo de unos pocos a que muchos averiguaran demasiadas cosas, etcétera. Por ello pudo tener tanto éxito un Boves, como lo tienen hoy en día los grandes farsantes que prometen cielos imposibles a los depauperados y los mueven con rabia y resentimiento en contra de sus propias vidas. Es poco lo que ha cambiado en estos otros dos siglos de falta de luz. De falta de hombres como Antonio José de Sucre.
Poco después, Sucre, ya completamente integrado al ejército de Bolívar, irá rumbo a Nueva Granada, pero una contraorden del Libertador lo hará regresar desde Achaguas, a Angostura, y allí organizará en traslado de la Legión Británica hacia San Fernando de Apure, un trabajo difícil e importantísimo a los ojos de Bolívar, que obviamente ponía a prueba las habilidades del joven Sucre.
En San Juan de Payara, en un acto más bien simbólico, Bolívar le confirma el grado de General de Brigada a aquel joven de apenas veinticinco años, pero aún más: lo envía a comprar armas a las Antillas, armas que eran indispensables para el éxito de la guerra. Es una misión sumamente delicada y de primera importancia, y que no se le podía confiar sino a alguien que hubiese demostrado, más allá de toda duda, su sentido de la responsabilidad, su honradez y su eficiencia. Debía manejar grandes cantidades de dinero y no dejarse engañar ni engañar a nadie. El Libertador debía recordar, con mucha tristeza, que su propio hermano Juan Vicente, con la mayor buena fe del mundo, se dejó engatusar por un diplomático español y en vez de armas compró unos estupendos equipos industriales que no le servían para nada a la patria naciente, y por eso fue destituido, y por ser destituido debió regresar al país, y por regresar al país encontró la muerte en un naufragio, muy parecido al naufragio de la Primera República. Una misión como ésa no se le podía encomendar a quien no fuera tan honesto como hábil, tan claro como preciso. Era una prueba de fuego, tanto para quien ordenaba la operación como para quien recibía la orden. Y, de nuevo, no se equivocó Bolívar al entregar tal responsabilidad a Sucre. Sucre cumplió con la mayor eficacia su misión, y las fuerzas independentistas pudieron seguir adelante en su lucha por la libertad.
Poco después el joven Sucre, de veinticinco años es nombrado por su amigo el Libertador y jefe supremo de la república, y de treinta y siete años de edad, Ministro de Guerra y Marina de la nación, no en propiedad, sino como encargado, porque el que estaba ejerciendo el cargo, Pedro Briceño Méndez, de quien Bolívar tenía una excelente opinión, estaba enfermo (Briceño Méndez, que acompañó a Bolívar en casi toda su acción, en octubre de 1825 se casó con Benigna Palacios y Bolívar, sobrina del Libertador, y poco después estuvo entre los que propusieron a Bolívar la idea de hacerse coronar rey, idea que Bolívar rechazó con escándalo, pero que le fue muy útil a sus adversarios, especialmente a José Antonio Páez, para iniciar lo que se llamó la Cosiata; Briceño Méndez había nacido en Barinas, probablemente en 1792, y murió en Curazao en 1835, exilado después de su participación en la “Revolución de las Reformas” contra el presidente José María Vargas, albacea de Bolívar y gran bolivarista, en donde el bolivariano Briceño Méndez estuvo al lado del antibolivarista Pedro Carujo, uno de los que quiso matar a Bolívar en 1828). Ese nombramiento de ministro encargado fue el preludio a uno de los momentos más importantes de la vida de Antonio José de Sucre. Como Ministro acompañó al Libertador en la campaña que les permitió ocupar los territorios andinos de Venezuela, que comprenden de los actuales estados Táchira, Mérida y Trujillo).
Luego, al reintegrarse Briceño Méndez a su cargo, Sucre es designado Jefe del Estado Mayor del Ejército Libertador, desde el cual estaría mucho más cerca de las operaciones que le interesaban como militar profesional. Y fue en esos días cuando los realistas solicitaron una tregua, orientada a negociar un armisticio y quizás hasta el cese de la guerra, de una guerra en la que no las tenían todas consigo. La mayoría de los oficiales del Ejército Libertador, que no eran otra cosa que caudillos y guerrilleros, se opuso a la idea de la tregua. Consideraban que estaban ganando la contienda y que debían hacer un último esfuerzo y echar al enemigo del territorio. Pero Bolívar ya tenía miras mucho más elevadas, tal como Sucre, y decidieron transar con los españoles, acoger su propuesta y emprender, tan pronto como fuese posible, una ronda de negociaciones. Desde luego, los puntos de vista de los liberales españoles, que eran gobierno, y de los independentistas americanos, eran iguales y diferentes. Eran iguales porque tanto los españoles como Bolívar y Sucre deseaban un tiempo de espera, un período de descanso. Y eran distintos porque para los liberales españoles la meta era regresar al Imperio, era lograr que los rebeldes dejaran de ser rebeldes y aceptaran de nuevo que la América española se gobernara desde Madrid, aunque con una constitución liberal, en tanto que Bolívar y Sucre querían que sus fuerzas se hicieran más potentes para rematar su obra y conseguir la Independencia total, con un régimen también liberal. En lo estrictamente formal, Bolívar exigía que España reconociera la existencia de la República de Colombia como estado soberano e independiente, pues de otra manera no se entendería la desigualdad entre las partes. Visto lo que en realidad querían los liberales españoles, era un bocado duro de tragar, a menos que se tragara solamente en apariencia. Pero Bolívar sabía muy bien lo que hacía. Aceptada y aprobada la solicitud de los realistas, Bolívar emprendió un viaje hacia Cartagena y dejó encargados de las conversaciones previas a Rafael Urdaneta y Pedro Briceño Méndez. En la ciudad, hoy fronteriza, de Cúcuta tuvieron lugar las primeras discusiones entre españoles y colombianos, entre realistas e independentistas, sin ningún resultado tangible. Hubo que esperar hasta el regreso de Bolívar a las montañas andinas de Venezuela, que fue en septiembre, para que se avanzara. Bolívar sí estaba del todo convencido de que había que pactar un armisticio, que le permitiría reagrupar sus fuerzas y darles un buen descanso e implicaba el reconocimiento, por parte de España, de la nueva nación como parte beligerante, de lo cual Bolívar podría sacar muchísimas ventajas diplomáticas y políticas en el ámbito internacional.
Bolívar le escribió al general Morillo diciéndole que fijaría su cuartel general en San Fernando de Apure, lo cual era falso. No quería aún abrir sus cartas. Morillo, por su parte, designó como negociadores al coronel Ramón Correa, don Juan Rodríguez del Toro y don Francisco Rodríguez de Linares. A los tres los conocía Bolívar. El coronel Correa era yerno de la primera nodriza del Liberador, Inés Mancebo de Miyares, vecina y amiga de los Bolívar y Palacios, y esposa de don Fernando de Miyares Pérez y Bernal, el pusilánime oficial realista que fue Capitán General de Venezuela en los primeros tiempos de la Guerra de Independencia. Correa, a quien Bolívar había elogiado públicamente al comienzo de la Campaña Admirable era una persona excelente, y así lo prueban hasta las palabras del propio Sucre en una de las cartas que le dirige a Bolívar en el transcurso de las negociaciones, en la que le cuenta la opinión que tiene Correa de Bolívar, pero hay que aceptar que sus ideas personales lo perjudicaron o no debía ser un militar muy hábil, puesto que en 1806, como coronel, fue enviado a repeler el intento de invasión de Miranda, y en 1820 todavía era coronel. Juan Rodríguez del Toro era hermano de Fernando, el gran amigo de Bolívar, y aunque al principio fue partidario de la independencia, cambió de bando y en 1820 era alcalde da Caracas designado por los realistas. Y don Francisco González de Linares, nacido en Santander, al norte de España, en 1776, comerciante y político, uno de los primeros impresores y editores de Caracas, fue el jefe de la llamada “Rebelión de los Linares", movimiento contra la Junta de abril, por lo que fue hecho preso hasta que en 1812, a raíz de la caída de la Primera República, recuperó la libertad. Bolívar designó a Antonio José de Sucre, a Pedro Briceño Méndez y al teniente coronel José Gabriel Pérez, su secretario, como plenipotenciarios para la firma del armisticio. Sucre ya era su más cercano colaborador, Briceño lo había acompañado por mucho tiempo y lo acompañaría hasta su muerte, y Pérez, que se le había unido en 1814, en la terrible retirada hacia oriente, sería también un fiel aliado del Libertador hasta el día en que murió en Quito, en 1828. Obviamente los tres eran de su absoluta confianza. Y obviamente también, Bolívar, desde las sombras, permitió que cada uno de los comisionados desarrollara en grado extremo su talento y su habilidad. Era lo mejor para lograr lo que en verdad quería. Y sin duda, quien llevaría la voz cantante en ese brillante capítulo de humanidad, de piedad, de grandeza, que tuvo lugar en el Trujillo de los Andes venezolanos en 1820, era el general Antonio José de Sucre, el joven y humano guerrero que amaba con pasión la paz. Su punto de vista había se elevado y ahora se interesaba por la concordia entre los ejércitos enemigos, en lo cual se adelantó siglos a su tiempo. Después de llevar adelante aquellas negociaciones únicas en la historia de la humanidad, el joven Sucre, en una sola frase, resumió todo lo que estaba a punto de ocurrir cuando, al final de una carta llena de ideas y conceptos, le escribió al Libertador estas palabras:
“El Tratado de la regularización de la guerra lo propondremos hoy, tan generoso, liberal y humano como usted desea.”
Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces
4. El soldado niño
5. Los pasos primeros
6. El encuentro
Segunda Parte:
El soldado Sucre
7. La Ascensión
8. El deslinde
9. El desencuentro
10. La vía de la concordia
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