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Las “Liras” de Vicente Gerbasi

30.06.11 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Poesía, Literatura, Escritores

Vicente Gerbasi (1913-1992), el poeta mayor de Venezuela, se dio a conocer en 1937 con Vigilia del náufrago, luego publicó Bosque doliente (1940), Liras, (1943) y Poemas de la noche y de la tierra (1943). Esos fueron los libros de su primera etapa, en la que era un muy buen poeta, integrante del Grupo Viernes, pero no había alcanzado el nivel que le dio uno de los poemarios más importantes de la poesía hispanoamericana y universal: Mi padre, el inmigrante (1945). Tres de esos cuatro primeros libros son escritos en verso libre, y se inscriben dentro de la corriente surrealista que estaba en boga en esos días, justamente por la tendencia del Grupo Viernes, pero Liras escapa totalmente a esas tendencias, y es más bien un libro clásico, métrico, rimado, al más puro estilo de los libros de poesía de otros tiempos.
La lira es una forma poética de larga data. De origen italiano (itálico, dicen los entendidos) se usó mucho en la literatura española durante los siglos XVI, XVII y XVIII, y algo menos en el XIX. Consiste en cinco versos, combinación de endecasílabos y heptasílabos rimados en forma caprichosa. Aparentemente su primer cultor fue Bernardo Tasso (1493-1569), el padre de Torquato Tasso, y el primer ejemplo que se conoce en la literatura española es la “Oda a la flor de Gnido", del toledano Garcilaso de la Vega (ca. 1498-1536), que fue amigo personal de Tasso y compuso su poema durante su permanencia en Nápoles. Posteriormente usarían esa forma Fray Luis de León (ca. 1527-1521), San Juan de la Cruz (1542-1591), Félix María Samaniego (1745-1801) y muchos otros. El nombre español de la estrofa, lira, nació de la primera estrofa del poema de Garcilaso de la Vega ("Oda a la flor de Gnido"): Si de mi baja lira / tanto pudiese el son que en un momento / aplacase la ira / del animoso viento / y la furia del mar y el movimiento…
En sus Liras, Vicente Gerbasi maneja a la perfección la estrofa:

Claras horas del césped,
morada silenciosa de las flores
soy el amante huésped
rendido a los rumores
y a la dorada luz de los alcores.

Asciende la tristeza
ondulando en los trigos Vespertinos,
en la dulce pureza
de coros campesinos
que hacia los cielos van entre los pinos.

Brillan los azahares
en la penumbra malva del olvido,
bajo verdes altares,
adonde voy herido
de un anhelo vehemente y encendido.

Vitrales del poniente
derraman sus fantásticos reflejos
sobre el orbe doliente,
y el ser hacia lo lejos
sufre el fuego de móviles espejos.

Al descender el día,
la bruma nos conduce al monasterio
de la melancolía
a escuchar el salterio
melódico y profundo del misterio.

Arpas de sombra fluyen
del suspirar eterno del follaje,
y las almas intuyen,
como arcano mensaje,
el eco de la muerte en el cordaje.

¡Oh noche misteriosa,
encantada visión de oscura calma,
que siempre candorosa,
al pie de eterna palma,
enciendes las estrellas en mi alma!

(LIRAS, 1943, I)

Aunque le valió el Premio Municipal de Poesía de Caracas, no suele citarse cuando se habla de la obra gerbasiana. Para Francisco Pérez Perdomo “El respeto y reverencia por las formas contenidas lo induce, con toda seguridad, a escribir su libro Liras, en un momento en que las vanguardias y el verso libre hacían furor en Europa y América, como tributo, sin duda, a una de las composiciones poéticas más armoniosas y seductoras de la literatura clásica”. Ignacio Iribarren Borges, en su libro sobre la poesía de Gerbasi, apenas la usa, muy de paso, para ilustrar lo que denomina la cultivada tristeza del poeta. Nadie parece haberse dado cuenta de que Gerbasi, al componer sus Liras, lo hizo para demostrar que dominaba como pocos el arte de versificar, y si prefería el verso libre era porque podía darse el lujo de usar el verso libre. Hizo, en cierta forma, lo mismo que habían hecho en las artes plásticas Pablo Picasso y en música Sergei Sergéievich Prokofieff e Igor Fyodorovich Stravinsky, y lo hizo muy bien.

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