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Las primeras luces

06.11.11 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Ensayo, Capítulo, Historia


EN LOS DÍAS DE SUCRE

3. Las primeras luces

La juventud de Antonio José de Sucre, como la de toda su generación, estuvo marcada por la tragedia. Ese tiempo que para casi todos los jóvenes con suerte se caracteriza por la diversión y el estudio, por los cantos alegres y la búsqueda de horizontes, para los venezolanos de comienzos del siglo XIX fue un tiempo de muerte, de tensión, de sangre y de graves esperas. También lo fue de esperanzas y de aprender caminos de ideales. El joven Sucre debe haber escuchado a sus mayores, a los de su clase, hablar de temas profundos, y en él deben haber prendido las mismas ideas que orientaron al que después sería su mentor, su jefe, su amigo y en muchos sentidos, su padre.
En todo caso, aunque no podamos demostrarlo, es evidente que el joven Sucre recibió en Caracas, con las primeras luces, todas las ideas que implicaban la formación liberal. Y con ellas debe haber viajado, junto a su hermano Pedro, a su nativa y marítima ciudad de Cumaná, en 1809, para formar parte, como cadete, de la Compañía de Húsares Nobles de Fernando VII, organizada por don Juan Manuel de Cajigal y Niño, el mismo que sería designado gobernador y capitán general de Venezuela, ya con el grado de Mariscal de Campo, y que después de ser derrotado por Bolívar en la primera batalla de Carabobo, renunciaría a su cargo y sería sucedido por Pablo Morillo. El ambiente cumanés, en esos días, debe haber sido tan confuso como el de Caracas. El enfrentamiento del gobernador Carbonell con José Manuel Sucre, por los frustrados amores de éste y una hija de Carbonell, suscitaron entre los blancos criollos de aquella región oriental sentimientos de resistencia contra el dominio realista, sentimientos que se unieron a otras consideraciones, presentes también entre los “mantuanos” caraqueños, que ayudaron a que a partir de abril de 1810 se produjera el primer movimiento, si no independentista, por lo menos autonomista y exitoso en tierras venezolanas. Los miembros de las familias principales de Cumaná, los Sucre, los Alarcón, los Sánchez, los De la Coba, los Mayz, los Ramos, los Bermúdez, los Alcalá, los Rendón, los Brito, los Avendaño, los Martínez, los Peñalver, los Centeno, los Guerra (o De la Guerra), los Quintero, los Isava, los Machado, los Carabaño, los Brito, los Padilla, los Otero, casi todos llegaron a ser partidarios firmes de la Independencia y enviaron a sus jóvenes a la guerra. Apenas los Level de Goda no lo fueron, lo cual los deja en una minoría de veinte a una. O quizás de quince a cinco, si consideramos que hubo familias como la Rendón Sarmiento que tuvo combatientes en ambos lados, y no debe ser la única. De modo que Pedro y Antonio José de Sucre, al sumarse con entusiasmo a la causa republicana, lo hicieron cómodamente, como parte de la inmensa mayoría de los de su clase social. Pero casi de inmediato se produjo el fenómeno al que me refería hace algún tiempo: sus padres no querían ir más allá de desplazar del poder a los Cajigal, los Emparan o los Carbonell, los españoles peninsulares enviados por la corte de Madrid, lo cual es perfectamente compatible con los movimientos revolucionarios conocidos hasta entonces. Hay que entender, sin embargo, que esa guerra a la que entraron esos jóvenes no era la guerra convencional: salvo al inicio, cuando Francisco de Miranda trató de que la contienda se hiciera como en Europa, lo que surgió como una terrible quema en el territorio de Venezuela fue una guerra civil signada por la barbarie. Montoneros y guerrilleros más que combatir enemigos trataban de masacrar enemigos y, peor aún, parientes y amigos de enemigos. Bárbaros como Cervériz, Antoñanzas, Yáñez, y después el más bárbaro de todos, Boves, capitaneados por un bárbaro débil y sin formación sólida, llamado Domingo de Monteverde, sembraron de muerte y de sangre y dolor la tierra que pretendían conservar para un régimen anacrónico como era el de España de aquellos días. Y los venezolanos en su mayoría respondieron con las mismas armas. Esa fue la causa fundamental del fracaso de Francisco de Miranda, demasiado noble y elevado para aquella situación, y del triunfo aparente de Simón Bolívar, que descendió al nivel de los bárbaros y asumió el mando de los bárbaros republicanos contra los bárbaros realistas, aunque después, por influencia de Sucre, se arrepintiera. Pero volvamos a donde estábamos: inicialmente los objetivos de los mantuanos eran la autonomía política y la independencia económica; querían gobernarse por sí mismos, sin plantearse problemas de tipo social. Todo lo que querían era no depender de decisiones de personas que estaban muy lejos, tener su propio gobierno y manejar sus propias posibilidades comerciales. Sin embargo, no mucho después, es muy posible que los hijos, como Pedro y Antonio José, se empeñaran en ir mucho más allá de la simple autonomía: querían abolir los privilegios de clase, sus propios privilegios, y crear, en todo el territorio de la América española, un gran país, dominado por la justicia y el altruismo, y murieron por ello. Era la influencia de la Revolución Francesa, mucho más fuerte que la de la Revolución Norteamericana. Murieron como individuos y como clase social.
Y eso explica muchas cosas, porque no bastan el altruismo y la disciplina para llegar al nivel de entrega y sacrificio a que llegó Sucre a lo largo de su carrera de armas. Se requiere ese otro ingrediente, muy de la descomposición de lo clásico, es decir, del romanticismo, que es el espíritu esencialmente revolucionario de su tiempo.
En el caso particular de los Sucre hay que tomar en cuenta dos cosas: que eran de origen flamenco y francés, y, por lo tanto, debían tener especial interés en lo que ocurría en Francia, además de parientes comprometidos con el proceso francés, a favor y en contra, y que en el tiempo en que Pedro y Antonio José de Sucre entraron a la carrera militar las noticias de la Revolución Francesa, encarnada en Napoleón Bonaparte, llegaban ya tanto a Cumaná como a Caracas, y las autoridades españolas se veían en serias dificultades para contener esa marejada que se veía venir. El intento fallido de Gual y España en 1797 (recuérdese el parentesco de Gual con los Sucre), la Conspiración de los Mantuanos, de 1808, la de la Casa de la Misericordia poco después, son manifestaciones de algo que ya estaba en la conciencia de todos los hombres cultos de Venezuela en aquel tiempo, en especial de los jóvenes. De modo que hasta podría pensarse que Antonio José de Sucre se decidió por la carrera militar, que era en ese tiempo un camino directo a la política, a sabiendas de que le tocaría dar una buena cuota de sacrificio en una revolución que ya se anunciaba en el ambiente.
La carrera castrense de Sucre se inició, como vimos, desde el momento en que entró a estudiar Ingeniería Militar en la Academia del coronel Mires. Continuó cuando, junto con su hermano Pedro, fue aceptado como Cadete en la Compañía de Húsares Nobles de Fernando VII, se ratificó cuando, el 12 de julio de 1810 le fue conferido el grado de Subteniente de Milicias Regladas de Infantería. La Junta Suprema de Gobierno –dice el documento– establecida a nombre de S.M. el señor Don Fernando VII, en consideración a las apreciables circunstancias de Don Pedro y Don Antonio de Sucre, cadetes de la noble compañía de húsares del expresado soberano, servicios y méritos de sus mayores, ha acordado graduarlos de Subtenientes de las Milicias regladas, con funciones el primero de Ayudante de dicha campaña, y ambos sin perjuicio de los que tengan más antigüedad, cuando hayan de colocarse en plaza efectiva de sus grados en el cuerpo de dichas Milicias. Don Antonio, en el momento de la firma del documento, tenía quince años, seis meses y ocho días. Era apenas un niño condenado a no jugar. Don Pedro, tenía apenas un año y cuatro meses más que su hermano, puesto que nació en septiembre de 1793. Y Don Vicente, el padre de ambos, fue uno de los primeros en dar el paso adelante en su noble ciudad de Cumaná: fue el presidente de esa Junta Suprema, que, tal como la de Caracas, proclamaba la representación los derechos de Fernando VII, conculcados por Napoleón. Era una revolución contra la Revolución, y no es disparatado suponer que muchos de ellos sabían que con aquella dudosa excusa se habían declarado en abierta rebeldía contra cualquier gobierno que tratara de imponérseles desde más allá de las aguas profundas, saladas e inquietas de cualquier océano. Y hasta de cualquier mar.
El grado de Subteniente fue ratificado por la junta Suprema de Caracas casi al término de la distancia: el 6 de agosto de 1810, cuando apenas habían transcurrido veinticinco días. Algo más de lo necesario para recorrer el espacio existente entre Cumaná y Caracas. Y en 1811, a los dieciséis años de edad, una edad en la que la mayoría de los jóvenes son aún niños, se veía por primera vez en posición de mando, al convertirse en Comandante de Ingenieros de la isla de Margarita. Y el 31 del mismo mes, cuando apenas había sido Subteniente durante un año y diecinueve días, fue ascendido a Teniente. Veintiséis días antes se había proclamado y firmado, ahora sí, la Independencia de la República de Venezuela, luego de que el General Francisco de Miranda, caraqueño y universal, había impuesto sus puntos de vista y hasta había tenido que frenar los ímpetus de muchos de sus seguidores, como Francisco Antonio Paúl, el llamado “Coto” Paúl, el apasionado republicano que, adelantándose a su tiempo, pronunció en la Sociedad Patriótica un volcánico discurso en el que se declaró partidario decidido de la anarquía con palabras que en aquel momento en nada ayudarían el porvenir de una patria que estaba a punto de nacer. Ese era el ambiente en el que tenía que desarrollarse el joven Sucre como militar, en un tiempo en que ser militar era una forma de hacer política, un camino seguro al poder.
De Margarita, la isla que despertó los primeros rayos de codicia en los españoles que acompañaron al almirante Colón en 1498, el adolescente jefe militar regresó pronto a costa firme cuando, en 1812 fue designado Comandante de Artillería en Barcelona, ciudad en la que vivían muchos de sus parientes Urbaneja y Sánchez, hojas y ramas de su enredadera genealógica. Serían aquellos, a pesar de que el país ya estaba entrando en el infierno de la guerra, los últimos días de tranquilidad del joven Sucre. Los últimos días de paz de quien tanto amaba la paz. Los últimos días de vida plena de un joven condenado a vivir día a día su propia muerte.

Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces

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