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Los Sucre de Cumaná

23.10.11 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Ensayo, Capítulo, Historia


EN LOS DÍAS DE SUCRE

1. Los Sucre de Cumaná

Cumaná, a pesar del nombre indígena, es una ciudad española, o, para decirlo con más propiedad, no es una ciudad precolombina, sino de origen claramente español. Es más, fue la primera ciudad fundada por los españoles en territorio continental americano. La decisión de fundarla nació por la necesidad, nada altruista, de surtir de agua y de esclavos a los que explotaban las perlas en Cubagua. La fuente de agua dulce más cercana era la desembocadura del río Cumaná, bien protegida por la península de Araya, y en el sitio se ubicó una guarnición para asegurarlo y a la vez para capturar indios que servirían de esclavos en la cosecha de perlas. Ya en 1515 tenían los franciscanos un convento en el lugar, pero la fundación propiamente dicha fue en 1521. Varias veces fueron los españoles expulsados y varias veces regresaron a combatir a los indígenas, a masacrarlos, y a refundar la población, que quedó establecida definitivamente en 1591. A la ciudad, ya definitivamente establecida, llegó el primer Sucre que, en agosto de 1733, vio las costas cercanas a aquella bellísima aldea fundada más de dos siglos antes por un grupo de ambiciosos conquistadores, pobladores, secundones y delincuentes españoles.
Pero este señor de Sucre no venía ni como conquistador ni como poblador, ni era secundón ni era logrero ni fue enviado al nuevo mundo a pagar penas por algún delito. Llegó como gobernante y era un hombre de fortuna y poder. Se trata de don Carlos de Sucre y Pardo, que atravesó el Atlántico en el primer tercio del siglo XVIII, designado gobernador y capitán general de Santiago de Cuba, y arribó a Cumaná, que aún no era parte de la Capitanía General de Venezuela, en 1733. Ya hombre maduro y con años de experiencia como gobernante, llegó con su esposa y su pequeño hijo, Antonio de Sucre Pardo y Trelles, que había nacido en Santiago de Cuba, y a diferencia de la gran mayoría de los enviados por la corte, no regresó a Europa al terminar su mandato, sino que se quedó en el Nuevo Mundo, para fortuna de los americanos.
El genealogista Carlos Iturriza Guillén, autor de Algunas familias de Cumaná, logró trazar el linaje de la familia Sucre, de Venezuela, hasta un tal Godofredo de Sucre (así, con una sola c, aunque después como que el apellido se transformó en Succre, con dos ces), radicado en el norte de Francia o en el sur de Bélgica, en tierras flamencas. Desde luego, a los genealogistas no les interesa la historia, sino demostrar que sus personajes tenían sangre azul, preferiblemente sangre real, de modo que no podemos estar muy seguros ni del tipo de sangre que tenían, si era o no Rh positiva, ni de la veracidad de lo que nos cuentan. Pero tenemos que ser benevolentes y confiar en que, por lo menos, si mintió fue inadvertidamente. Llevándole la contraria a los que detestan las genealogías, digamos que la sangre azul, y hasta la real, suelen ser tan buenas como las de gente común, aunque a veces se arruinan por la endogamia. Pero aceptemos que don Iturriza localizó bien a los antepasados de Antonio José de Sucre y empecemos por aquél que él coloca como el comienzo de la familia. Era ese primer Geoffroi (Godofredo), personaje del siglo XV, de posible origen visigodo, y fue “Consejero, Sumiller y Chambelán del Rey de Francia Felipe de Valois, además de esposo de Doña Ildegunda, hija del Conde de Armagnac.” Aunque Iturriza no lo dice, bien podría tratarse de un buen braguetazo, pues don Godofredo como que no tenía títulos nobiliarios, en tanto que su hijo, que tenía el mismo nombre del padre, fue Vizconde de Toulouse. Y el hijo Vizconde no sólo era pariente de los Condes de Armagnac, sino también del Duque Carlos de Orleans, y de muchos de los potentes de su tiempo, como los Monte Santo, los Franselm, los Furio, los Anierbar, los Paumolan, los Monforte y quién sabe cuántos otros señorones grandes de los siete reinos y todas las cruzadas. Al segundo Godofredo lo sucedió Jean de Succre (ya con una letra agregada), a quien a su vez siguieron, en ese orden, Claude, Jacques, Antoine de Sucre y Manneville (que debe haber perdido la letra adicional quién sabe si en la ruleta o en los bancos), François de Sucre y de la Loge (que se casó con una prima hermana, Françoise de Hontoy y Sucre, para empezar a armar, ya desde Europa, el proceso endogámico que después caracterizaría hasta el hastío a la familia Sucre hasta bien entrado el siglo XX), Antoine de Sucre y Hontoy y Charles de Sucre y Martigny. Y fue el hijo de don Charles, llamado Charles Adrianne de Sucre y d’Ives, quien ya servía en el ejército de Carlos II de España (que le dio el título de Marqués de Preux), el que se convirtió ya definitivamente en súbdito del rey español y fue el primero de la familia en cruzar la mar océana, cuando actuó como gobernador y capitán general de Cartagena de Indias; pero ese sí regresó a Europa y murió en Madrid, seguramente lleno de monedas de oro y de queridas. Había tenido que dejar sus tierras porque habían pasado a ser francesas por el Tratado de Los Pirineos de 1695. Como buen ricachón, se casó tres veces, pero sólo tuvo descendencia de la primera esposa, la española María Buenaventura Carolina Isabel Garrido Sánchez y Pardo, que, en teniendo tantos nombres debe haber sido más bien rica y feúcha, y entre otros, fueron sus hijos, Bárbara, Ana, Alberto y Carlos Francisco de Sucre y Pardo, que fue el que en definitiva, durante los reinados de Felipe V (1701 a 1746), atravesó para siempre el charco, el océano Atlántico, para establecerse en la América española.
Parecería entonces que el segundo Sucre en atravesar el charco se quedó porque lo hizo ya cargado con recuerdos gratos de este lado de la mar océana. Como dije, no era ni secundón ni logrero ni mucho menos delincuente, y es posible que en su decisión de no retornar a Europa pueda haber existido una cierta dosis romanticismo adelantado, y hasta de altruismo. Lo único cierto es que por Real Cédula del primer rey Borbón, Felipe V, fechada en Madrid el 22 de diciembre de 1729, fue nombrado gobernador de la Nueva Andalucía, Cumaná y Cumanagotos, don Carlos Francisco de Sucre y Pardo, nativo de Flandes, y que fue “Brigadier de los Reales Ejércitos, Comandante de la ciudad de Barcelona, Sargento Mayor de la ciudad de Cádiz en 1706, y, ascendido a Capitán, pasó a servir en las guerras de Italia. Poco después fue ascendido por el rey Felipe V al grado de Coronel de Infantería y designado Teniente de Rey en Cartagena de Indias, pero no pudo cruzar la mar océana, pues fue hecho prisionero por los ingleses al embarcarse para ocupar su nuevo destino en el año de 1709. En 1711 le permitieron volver a España y en 1713 fue restituido a su cargo. En 1723 fue destinado a Santiago de Cuba como gobernador y capitán general de la plaza de Santiago”. Ya se había producido, entonces, lo que dejaría definitivamente a la familia Sucre de este lado de la inmensa mar, a diferencia de otras que a lo largo de tres siglos apenas tuvieron un pariente en Indias: “por Real Cédula del 22 de diciembre de 1729, don Carlos Francisco de Sucre y Pardo fue designado Gobernador de la Nueva Andalucía, Cumaná y Cumanagotos, cargo que entró a desempeñar el 18 de agosto de 1733, fecha en que fue recibido por el Ayuntamiento de Cumaná, y que ejerció hasta en 29 de junio de 1740.” Así lo cuenta Iturriza.
Durante su estadía en el amable calor de Santiago de Cuba, había nacido Antonio de Sucre Pardo y Trelles, abuelo del Gran Mariscal, a quien el infeliz rey Carlos IV nombró Coronel de Infantería, como para que se constituyera en sucesor de su padre en el Oriente venezolano. Fue este segundo Sucre en Venezuela y también el primero en casarse con una Urbaneja (Josefa Margarita García de Urbaneja y Sánchez de Torres), con lo cual se iniciaría ese complicadísimo proceso de matrimonios endogámicos en Cumaná y Barcelona, en los que los otros componentes serían los Ramírez de Bastos, los Márquez de Valenzuela y los Alcalá que, mezclándose entre ellos harían algo así como una enredadera genealógica muy difícil de descifrar. Pero sigamos con aquellas generaciones primeras de los Sucre en Venezuela: los hijos de Antonio de Sucre Pardo y Trelles y Josefa Margarita García de Urbaneja y Sánchez de Torres, siempre según Iturriza, fueron Luis Beltrán, que llegó a ser Administrador de las Rentas del Tabaco de Cumaná, cargo que era muy preciado en su tiempo; María Teresa, que fue la segunda esposa de Mateo Gual y Pueyo, y por lo tanto se convirtió en madrastra y abuelastra de Manuel y Pedro Gual; Antonia, que se casó con el viudo de su hermana Magdalena, cosa que era muy común en aquellos tiempos, hasta por comodidad; Antonio Luis, Corregidor de Arenas y San Fernando y encargado de la Gobernación de Cumaná en una ocasión; María Magdalena, casada con Casimiro de Isaba, el que a su vez, muerta su mujer, se casó con su cuñada María Teresa; Luisa Margarita, casada con Juan José Marcano y Ponce de León; Vicente, nacido en Cumaná el 23 de julio de 1761, se “crió en un cuartel de veteranos” (según Ángel Grisanti, autor del libro Vida ejemplar del Gran Mariscal de Ayacucho), y fue prócer de la primera hora, además de padre del Gran Mariscal; en mayo de 1811 fue electo Presidente del Poder Ejecutivo Provincial, y en 1812 fue hecho preso por Cervériz, que lo envió a las bóvedas de La Guaira, de donde salió en 1813 a incorporarse a las fuerzas patriotas en su carrera que lo llevaría a ser gobernador de Guayana la vieja, en sustitución de su propio hijo, y que concluyó con su muerte, en julio de 1824; Francisco José, casado con Josefa Ramírez de Bastos y Guerra; José Manuel, contra quien enfiló sus baterías el gobernador y capitán general don Pedro Carbonell Pinto Vigo y Larrea (c. 1720-1799), malagueño que en 1772 viajó a América y que en Cumaná se opuso tercamente a las relaciones de su hija Antonia Manuela con el penúltimo de los Sucre y García de Urbaneja, con lo cual causó un pleito entre españoles peninsulares y blancos criollos, por lo que es de suponer que “empujó” a los Sucre a ser independentistas de alma, vida y corazón (Carbonell, trasladado a Caracas, también tuvo serios enfrentamientos con los blancos criollos, y debió reprimir el alzamiento de los negros y mestizos corianos, encabezados por José Leonardo Chirino, en mayo de 1795, y el de Manuel Gual y José María España, en julio de 1797, en La Guaira); y, por último, María del Rosario de Sucre y García de Urbaneja, que, casada con un castellano, se trasladó a Cuba con su marido y cinco hijos y no tuvo nada que ver con la guerra de Independencia.
En cuanto a los hijos del Coronel don Vicente de Sucre y García de Urbaneja y su primera esposa María Manuela de Alcalá y Sánchez –parienta de su marido, pues los García de Urbaneja eran también Sánchez–, fueron los siguientes: José María, muerto en 1855, a los sesenta y ocho años, de quien Iturriza sólo dice que “hubo sucesión"; María Aguasanta, casada con el gallego José Antonio Cortegoso, murió a los treinta y tres años en un naufragio cuando viajaba de La Habana a Saint Thomas junto con sus ocho hijos, en 1821; María Josefa, muerta con su hermana y sus sobrinos; Magdalena, asesinada y posiblemente violada por las huestes de Boves que asaltaron su casa en 1814, según cuenta Grisanti; José Jerónimo, prócer de la Independencia (Coronel), casado con otra Sánchez y, curiosamente, muerto a edad avanzada y con mucha descendencia; Vicente, también asesinado por los bárbaros de Boves en 1814, a los veintitrés años de edad; Pedro, valiente y exitoso militar independentista, fusilado cuando apenas tenía veintiún años, por Boves en 1814, después de la batalla de La Puerta; Antonio José, el Gran Mariscal de Ayacucho, asesinado en los bosques de Berruecos en 1830, a los treinta y cinco años; y Francisco, fusilado a los dieciocho años, después de la batalla de Cariaco. De nueve hermanos, siete murieron trágicamente y en aras de la Independencia, y a esos siete hay que sumarles los ocho hijos de Aguasanta. Realmente digno de las más notables tragedias clásicas. Los hijos del segundo matrimonio de Vicente Sucre –que luego de enviudar casó en 1803 con Narcisa Márquez de Valenzuela y Alcalá, prima hermana de la difunta y parienta cercana de él por varios costados– fueron: Carlos, Vicente y Ana María, muertos infantes; Margarita, casada con Vicente Lecuna y Párraga, también prócer de la Independencia y con vasta descendencia; José Manuel, casado con su prima María del Rosario de Alcalá y Alcalá, con larga sucesión; Juan Manuel, casado con Águeda Moor y fundador de la rama guayanesa de los Sucre; María Manuela, también casada con un pariente, Ciriaco Ramírez y Alcalá; María Magdalena, casada con José María Betancourt y Machado; y María del Rosario, nacida en 1818, y casada dos veces, la primera con José María Guerra y Bermúdez, viudo de su prima María Josefa de Alcalá, y la segunda con su primo por varios costados José María Sucre Márquez. Desde luego, los mediohermanos de Sucre, nacidos inmediatamente antes de la guerra o durante la guerra, no corrieron la misma suerte trágica de los Sucre Alcalá, pero tampoco vivieron sin sobresaltos. Escaparon de milagro de la matanza de 1814 y, luego de años de exilio y penurias, quedaron marcados por ella. Como el país.
A diferencia de los Sucre, flamencos que pasaron a las dos Españas en tiempos de los Habsburgos y los Borbones (difíciles tiempos, con su guerra de sucesión, y en los que se produjo la europeización de España y la españolización de Europa) y finalmente se quedaron en el nuevo mundo, los Alcalá pueden ser considerados como españoles de siempre. Parece ser que un malagueño y saleroso Capitán don Juan de Alcalá se estableció en Cumaná en la segunda mitad del siglo XVII, y, como para que la enredadera genealógica naciera con toda su carga fenética, se casó en 1669 con Isabel Márquez de Valenzuela. Sus descendientes se mezclaron con cumaneses, García de Urbaneja, Rendón Sarmiento y Sánchez, Sánchez (!!) y Vallenilla, hasta llegar a María Manuela de Alcalá, la esposa de don Vicente de Sucre y Urbaneja, pariente por varios costados de su mujer y pariente de sí mismo y de sus padres y de sus tíos y de sus abuelos y de todo el que se le pasara cerca, por lo visto. Esto no hay que verlo como un hecho sin importancia, ni basta enfocarlo desde el punto de vista de la genealogía y de la “limpieza de sangre". En este caso en particular el énfasis hay que ponerlo en algo mucho más serio: las circunstancias produjeron todo un cuadro endogámico, y, como dije antes, a no ser por la guerra de Independencia, podría haber sido muy factible en la familia Sucre de Cumaná la aparición de las colas de cochino, o de dinosaurio, varias veces enroscadas a que hizo referencia Gabriel García Márquez (que hasta pariente de todos estos personajes podría ser) en Cien años de soledad.
Curiosamente, parecería que en vez del rabo, lo que apareció fue esa condición altruista que ha convertido a Antonio José de Sucre en uno de las figuras más notables de toda la humanidad. Muchos de los parientes de Sucre, como es sabido, también se entregaron en cuerpo y alma a la lucha contra el poder realista que se inició en Caracas el 19 de abril de 1810. Parecería, entonces, que los fenes recesivos de altruismo, posiblemente presentes en varias de las familias que protagonizaron, desde Europa, pero muy especialmente en América, los cruces y reencuentros de la “enredadera genealógica", interactuaron y se manifestaron en el carácter definitivamente altruista de Antonio José de Sucre y Alcalá, nacido en Cumaná, en la costa oriental de Venezuela, el día tres de febrero de 1795, que corresponde a la parte más fresca de todo el año y está dedicado, en el santoral católico, a San Nicolás de Longobardo y a los obispos Oscar y Blas.
Y, siguiendo la misma línea de razonamiento que me ha llevado a la convicción de que en Sucre el altruismo se impuso de manera definitiva al egoísmo, vale la pena enfatizar algo: casi todas las revoluciones de la historia han sido luchas entre dos formas de egoísmo: el de los que tienen el poder y el de los que aspiran a tenerlo. El monarca absoluto se ha creído un dios y los nobles lo ponen en su lugar y lo obligan a firmar una constitución que los convierte en los auténticos dueños del poder. La casta de los nobles, que al cabo de unos años ha abusado espantosamente de los demás, es desplazada por la casta de los burgueses, que empieza, a su vez, a abusar de los demás. Y la casta de los burgueses es desplazada por la de los políticos revolucionarios, que se constituyen en nueva casta (como lo explicó muy bien el yugoslavo Milovan Djilas en La nueva clase, a mediados de los cincuenta) y empiezan a abusar de los proletarios que, casi por definición, no pueden alzarse. Pero se alzan los que reciben las gotas del paraguas, que se han convertido en burgueses y aspiran a ser nobles, con lo que, probablemente, volvemos a empezar, como en la genética y la genealogía, en busca de un antepasado importante. En el caso de la Revolución norteamericana, esa especie de cadena no parece tan clara. Posiblemente porque la inmensa mayoría de los que viajaron de Inglaterra a América no estuvo integrada por logreros ni delincuentes ni secundones, sino que viajaron por otras razones, en buena parte religiosas, y cuando se inició el proceso eran más bien burgueses puritanos acomodados, o estaban muy cerca de serlo, por lo que es difícil hablar de revolución social. Fue más bien una auténtica revolución política, y sus impulsores así lo entendían, aunque también tuvieron móviles de tipo económico, como lo evidencia el que se alzaran contra la corona porque la corona cobraba demasiados impuestos, y la burguesía, aunque justo es reconocer que fueron los primeros en hablar de los derechos del hombre, terminó cobrando tantos impuestos como la corona. La rebelión de Caracas, fundamental en todo el proceso de Independencia de la América Latina, es un caso muy diferente y único en la historia: puede haber empezado como cualquier otra, cuando los “mantuanos", los descendientes de hidalgos de la posesión más pobre de España (la provincia de Venezuela), buscaron el poder para acabar con el monopolio de España en materia comercial, monopolio abusivo que se ejerció a través de la Compañía Guipuzcoana, desde 1728 hasta 1797, y de la Compañía de Filipinas a partir de esa fecha. Hacia eso apuntaba, por ejemplo, lo que se ha llamado la Conspiración de los Mantuanos, de 1808, en la que intervinieron, entre otros señores, el Marqués del Toro (que después haría recorridos de ida y vuelta entre la Revolución y la Contrarrevolución), Martín Tovar y Ponte y Antonio Fernández de León, que después sería el Marqués de Casa León, paradigma del oportunismo y el “camaleonismo” por su habilidad de cambiar de un bando a otro de acuerdo a la orientación de la brisa, así como los Bolívar y muchos otros integrantes de la clase de los blancos criollos que, sin duda, buscaban la independencia política con la mira puesta en la simple independencia económica. Pero un fantasma recorría entonces la América española, y los hijos de los mantuanos no se iban a conformar con la libertad de comercio; querían una verdadera revolución y la hicieron, y con ello se convirtieron en la única clase social que ha combatido a muerte, no para conseguir privilegios, sino para renunciar a ellos, y que, en aplicación de lo que he demostrado, fueron desplazados violentamente del poder por el equivalente a la burguesía, aunque de origen más o menos rural, representada en este caso por José Antonio Páez, Juan José Flores, Francisco de Paula Santander y otros próceres menores, caudillos tropicales simplemente ávidos de mando y deseosos de poder. Muchos de esos que se convirtieron en caudillos de las republiquetas eran hasta de origen popular, que no habrían podido llegar a posiciones de poder sin una revolución social, en tanto que otros provenía de pueblos y ciudades de la periferia (que podría ser el caso de la Cumaná de Sucre, a no ser porque fue capital de provincia y capitanía general hasta 1777, con lo que su clase alta era tan encumbrada como la caraqueña), y hasta de las fronteras lejanas de los países en donde impusieron sus mandos al desplazar, en el caso de la rebelión de Caracas, a los jóvenes mantuanos que habían hecho una verdadera revolución política y social, una revolución equivalente y hasta más noble que la mexicana de principios del siglo XX o la soviética de 1917 y la china de 1949, que a la larga se convirtieron en simples carnavales de poder absoluto. Es por eso por lo que he sostenido y sostengo que una revolución comunista, al estilo de la rusa o de la china, en la Venezuela del siglo XX o del siglo XXI, implicaría un retroceso social, y no un avance, porque casi todos los logros de esas revoluciones se consiguieron aquí a comienzos del siglo XIX, y muchos más durante el siglo XX, por lo que el caso de Venezuela es único en América: un país sin castas sociales, políticas o económicas, ni viejas ni nuevas.
Muchos de esos jóvenes de la clase superior que renunció a sus privilegios, como el propio Simón Bolívar, estaban emparentados en diversos grados con Antonio José de Sucre, como lo demuestra el historiador Luis Alberto Sucre, que, para variar, era Sucre Urbaneja (Ver: Sucre, Luis Alberto, Bolívar y Sucre Unidos por el Linaje y por la Gloria, Tipografía Americana, Caracas, Venezuela, 1924). Ello nos permite suponer que las tendencias altruistas, especialmente las de tipo fenético (pues no cabría aquí hablar simplemente en términos de genética), como dijimos hace un instante, se fueron acumulando y se impusieron a las egoístas en esa generación de venezolanos, y que en el caso de Antonio José de Sucre, llegaron a su punto máximo, como seguramente no han llegado ni llegarán jamás en un solo individuo simplemente humano.

Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná

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3 comentarios

Comentario De: José Luis Méndez Arocha [Visitante]
José Luis Méndez ArochaMuy buena toda esa enjundia, pero no sabía que fueras defensor de la Leyenda Negra. Los iberoamericanos somos el fruto de la más grande proeza realizada por nación europea alguna en los últimos cinco siglos.
24.10.11 @ 18:50
Eduardo Casanova SucreJosé Luis:
No defiendo en absoluto la leyenda negra. Ni tampoco la dorada. La proeza de los españoles es admirable, y nos permitió incorporarnos con muchas ventajas a la civilización, pero sí hubo en ella demasiadas crueldades. Lo que no tiene sentido es ver hacia atrás y protestar, porque lo que pasó, pasó, y no hay forma de enmendarlo.
Un cordial saludo.
24.10.11 @ 19:14
Comentario De: Amable [Visitante]
AmableMe gustaria tener el correo de el ayuntamiento de MarigÜitar para preguntar por un familia mio, para poder tener su direccion y poder enviarle noticias de la familia.
Haber si me puede hace el favor y me lo puede enviar.
Le keda agradecido Amable Carballeira.
La Coruña, España.
08.01.12 @ 17:05