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EN LOS DÍAS DE SUCRE
Segunda Parte:
El soldado Sucre
11. Paz en la guerra
Fuera de la magia, o de alguna explicación religiosa, nada, aparte de la casualidad genética, puede explicar satisfactoriamente lo que buscó y logró Antonio José de Sucre en las negociaciones que llevaron al Tratado de Regularización de la Guerra firmado en Trujillo en 1820, y que, como para cerrar el círculo perfecto, se firmó en la casa de Jacobo Roth, el mismo sitio en donde Simón Bolívar proclamó la Guerra a muerte siete años antes.
El fresco, ya cercano al frío, los cielos de azul profundo, el aire puro y las aguas cantarinas de noviembre se convirtieron en un marco perfecto para lo que allí se vivía. En otro momento habría sido todo propicio para que un músico, como Schubert, compusiera obras llenas de alegría y de juegos internos, o un poeta cantara a la naturaleza desde la naturaleza misma, pero allí se estaba discutiendo sobre la vida y la muerte, la vida de muchos y la muerte de muchos, y hay que convenir, vistos los resultados, que lo hicieron con tanta humanidad y tanta buena fe como lo habrían hecho el músico y el poeta.
Las conversaciones se llevaban en dos sentidos, en dos terrenos, paralelamente. El más normal y más inmediato era el relativo a la tregua, al armisticio, al descanso de las armas y los hombres, y en él privaban las consideraciones tácticas y estratégicas, y cada una de las partes trataba de sacar el mayor provecho de la situación. Las mentes de los negociadores estaban fijas en el hecho cierto de que en poco tiempo se reanudaría la guerra, y cada quién debía tratar de quedar en la mejor posición para ese reinicio. Era como un ajedrez de espacios, en el que ganaría quien tuviese mayor frialdad y más conocimiento de sus posibilidades y de las del otro. Allí Sucre se reveló como un verdadero maestro, como alguien que sabía mejor que los demás lo que había que hacer y lo que podía hacerse. Las cartas enviadas por Sucre a Bolívar demuestran que aquel joven de sólo veinticinco años, que desde los trece, según sus propias palabras, había vivido en campamentos guerreros, entre soldados y pólvora, se había convertido también en un gran negociador y diplomático, que cumplía a cabalidad sus instrucciones, pero que era capaz de actuar por iniciativa propia cuando era necesario, y que combinaba la firmeza del hombre de espada con la sutileza del diplomático cuando era menester. “U. creyó sin duda –le comenta a Bolívar en la primera de dos cartas fechadas el 25 de noviembre de 1820– que el Manapire quitaba una parte de nuestro territorio en el Oriente; y nosotros que lo demarcamos como linea divisoria en el plano a la vista, vimos muy bien nuestras posiciones fuera de ella.” Un diplomático de carrera de la actualidad no lo haría mejor. Recibió una observación del superior, pero él está en el sitio y domina la materia, por lo que, casi con una sonrisa, le enmienda la plana al superior, que tendrá que convenir en que el otro tiene toda la razón.
En la misma carta le comenta a Bolívar: “Ayer me ha hablado el señor Correa con mucho aplauso de Vd.: El pobre antes no había podido ni hablar con sus enfermedades, es un excelente hombre. Se me ha extendido mucho en sus conversaciones sobre la felicidad que debe prometerse este país independiente, dirigido por un buen gobierno, y me ha dado sus pareceres para la política y la policía que es necesaria a contener el bajo pueblo.”
La otra carta del mismo día es hasta más importante y vuelve a mostrarnos el Sucre diplomático de primera línea. “Después de las discusiones –dice– se ha convenido que el Apure a Santo Domingo por Barinas, Boconó, y línea divisoria de Trujillo a Caracas sea nuestra demarcación, con la condición de que en la ciudad de Barinas no haya cuerpos de tropa sino nuestro comandante y caballería (peones) necesarios para el transporte de nuestras comunicaciones y recursos. (Yo quise negar esta condición, pero Briceño y Pérez me han dicho que a nosotros no nos importa nada que haya tropas en la ciudad cuando podemos ponerlas en los pueblos inmediatos; además han considerado la condición de Carache que nosotros reclamamos): Que las guerrillas que haya en nuestro territorio al lado de acá de Santo Domingo, y las nuestras en el de ellos, se reúnan a sus ejércitos respectivos si quiere hacerse, y si no, queden en sus casas como vecinos, como simples ciudadanos desarmados con toda libertad y respeto.” Es el jefe de misión que escucha a sus consejeros, a sus asesores calificados y toma la decisión correcta en el punto. Pero es también una forma de hacer la guerra como pocas veces se ha visto en la historia, con verdadera conciencia humana.
Esa misma carta, escrita a las nueve de la noche (la otra es de las seis de la mañana) contiene dos elementos que la convierten en uno de los documentos más importantes que se hayan escrito a este lado de la mar océana. Uno es la solicitud de Morillo, el enemigo implacable de Bolívar, de conocer personalmente a Bolívar y darle un abrazo fraternal, que es algo que Bolívar aceptó encantado y se llevó a cabo poco después, y otro es la hermosísima muestra de lo que se estaba viviendo, que es único en la historia de la humanidad y que revela, además, la relación cercana entre Bolívar y Sucre: “El Tratado de la regularización de la guerra lo propondremos hoy, tan generoso, liberal y humano como usted desea.” Ahí, allí está dicho todo. Está dicho que lo habían discutido a fondo, que seguramente Sucre había propuesto la base de aquel documento lleno de ideas nobles y Bolívar lo había apoyado, y que Bolívar había dejado las verdaderas decisiones en manos de Sucre. Pero estaba convencido de que había que terminar de una vez por todas con aquella contienda de bárbaros y entrar a una menos sangrienta. Bolívar se daba cuenta de que lo que estaban viviendo y muriendo no tendría un final feliz para nadie, y trató de contener lo incontenible. La influencia benéfica de Sucre en el Libertador es evidente. Quería acabar con el mundo de caudillos y caciques que se había impuesto y conseguir, a partir de aquel tratado, que brotara de la guerra una nación civilizada. Sus propios seguidores, de Bolívar y de Sucre, se encargaron de impedirlo con la sangre de ambos. Pero eso sería mucho después. En ese momento lo que importa es que Sucre impuso sus puntos de vista humanitarios, adelantándose casi dos siglos a su tiempo. El propio Libertador se encargó de dejar eso muy claro, cuando escribió un “Resumen sucinto de la vida del general Sucre”, en el que atribuye a la nobleza de carácter de su joven amigo y subalterno cumanés el alma de aquel Tratado, en el que se superaron con creces los más caros anhelos de quienes aspiran a un mundo mejor, no sólo los de aquel tiempo, sino los de todos los tiempos.
Los dos instrumentos que salieron de aquellas negociaciones, sobre todo el segundo, bien podrían considerarse modélicos, la cumbre de la civilización y, sobre todo, el resultado de mentes superiores, que no se dejaron arrastrar por las pasiones y que tuvieron siempre en mientes lo más elevado del espíritu humano. Ojalá que algún día el resto de la humanidad pudiese alcanzar el grado de civilización que esos seis negociadores y sus dos jefes alcanzaron en aquella oportunidad.
El Armisticio, tal como le iba informando Sucre a Bolívar, fue un acuerdo absolutamente normal, como cualquiera de los que en su tiempo podía firmarse entre dos partes beligerantes, salvo por aquella novedad de los guerrilleros simplemente reintegrados a la vida civil y civilizada sin ser perseguidos ni fusilados como espías, que es algo que aún no se ha alcanzado en otras partes del mundo. Eso, desde luego, habla muy bien de quienes condujeron las negociaciones, y es el único elemento que nos permite saber que, aun cuando se trataba de una guerra entre España y Colombia, en realidad era una guerra civil disfrazada, en la que combatían parientes contra parientes y amigos contra amigos, y en la que un bando era republicano y el otro monárquico, aunque los dos fuesen, en mayor o menor grado, políticamente cercanos al liberalismo de su tiempo. Pero lo más importante, hasta por su redacción, es el punto 14, que dice: “Para dar al mundo un testimonio de los principios liberales y filantrópicos que animan a ambos gobiernos, no menos que para hacer desaparecer los horrores y el furor que han caracterizado la funesta guerra en que están envueltos, se compromete uno y otro gobierno a celebrar inmediatamente un Tratado que regularice la guerra conforme el derecho de gentes, y a las prácticas más liberales, sabias y humanas de las naciones civilizadas.”
El documento fue firmado por Ramón Correa, Antonio José de Sucre, Juan Rodríguez del Toro, Pedro Briceño Méndez, Francisco González de Linares y José Gabriel Pérez, en Trujillo, a las diez de la noche del día veinticinco de noviembre de 1820, y ratificado por ambas partes, los realistas en Carache y los republicanos en Trujillo, al día siguiente.
¿Es posible encontrar algo más digno de la grandeza española? Sí, y se firmaría el mismo día de la ratificación, el 27 de noviembre de 1820, en Trujillo, el Trujillo de Venezuela, tierra de hombres verdaderamente nobles, como pocos en el mundo.
Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces
4. El soldado niño
5. Los pasos primeros
6. El encuentro
Segunda Parte:
El soldado Sucre
7. La Ascensión
8. El deslinde
9. El desencuentro
10. La vía de la concordia
11. Paz en la guerra
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