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Los nervios lo hacían sentirse como un árbol en el valle del Neckar durante una tormenta de verano, y, sin embargo logró, a la larga, vestirse hasta con propiedad. Quería lucir a la vez elegante y casual, aunque sin afectación. El mínimo y oscuro espacio de su dormitorio de suspiros y sueños truncados, en la vieja pensión de Heidelberg, cerca de la Escuela de Música, se le hizo aún más pequeño. Y la torre de la Peterkirke, que era lo único que veía por el ventanuco, más grande. Como en una película de autor, su vida de músico fue pasando lentamente por su estragada memoria. Imágenes borrosas que de pronto se convertían en imágenes persistentes, iban proyectándose en la pantalla de sus ojos, una detrás de la otra, pausadamente, con calma de moribundo. Aquellas primeras tendencias que su padre, y especialmente su tío, el hermano mayor de su padre, notaron de inmediato. Aquellas primeras y muy pesadas lecciones de piano en la casa de la vieja y jorobada profesora que vivía a dos calles de la suya. Aquellas primeras sesiones de Teoría y Solfeo, compases, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas, comas, calderones, espacios, formas y tiempos que poco a poco se convirtieron en su verdadero idioma. La entrada a la Escuela de Música, en donde la simpatía de uno de los profesores lo llevó a estudiar violín, a pesar de que la flauta o el oboe o el clarinete o el fagote le habrían permitido llegar más rápido y mejor. Mucho más rápido y mucho mejor. Las interminables y fastidiosísimas sesiones de escalas, de subir y bajar por las colinas sembradas de viejos y jóvenes árboles en los que el viento no tenía efecto alguno. Recorrer con los ojos, los dedos y los oídos los mismos caminos una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. La buena pronunciación del instrumento al oído. Una y otra vez. Arriba y abajo. Y luego los trucos, los pequeños trucos que hacían las grandes diferencias. Y las audiciones, en las que, por fortuna, contó con el apoyo del tío. Después, el integrarse a la pequeña orquesta, hasta llegar a la grande, sentado en la última fila, mirando de reojo, a la vez, el atril, al director y al vecino, siempre tratando de no adelantarse ni atrasarse. Y, por fin, la primera graduación, en la que el viejo profesor, que ya estaba sordo y murió no mucho después, les aseguró que llegaría a ser un virtuoso, un verdadero virtuoso, si persistía en estudiar y no se desviaba del camino. Los estudios superiores en la Unión Soviética, en la escuela más importante de Moscú, en donde muchos latinoamericanos hacían carrera. Los inviernos terribles y los veranos cargados de insectos y desfiles. Las escapadas veraniegas e ilegales a la vieja y capitalista Europa con todas sus tentaciones y maravillas. Los amores clandestinos con la profesora que se volvía loca en cada orgasmo y proclamaba a los cuatro vientos lo que ocurría, el grave pecado que se estaba cometiendo muy a pesar de las rígidas leyes monacales de la Gran Revolución. El regreso intempestivo al país y, sobre todo, del Debut como solista en la capital, que para él fue un fracaso, pero que generó una buena crítica, en la que la gente no creyó en absoluto porque el autor era su tío, y se notaba. El reingreso a la orquesta grande, el tiempo en que llegó a tener verdadera influencia, no como violinista sino como sindicalista, hasta que el Director logró que le echaran, que lo despidieran y lo pusieran en lista negra, el muy hijo de puta. Luego la larga espera llena de tigres, de fracasos, de frustraciones, de mentiras leves, de desesperación. El nuevo viaje a Europa, las nuevas promesas, las nuevas esperas que jamás lo llevaron a puerto alguno. Hasta este día, en que sería su nuevo debut. Segundo debut. Cuando llegó a la esquina de la calle peatonal, se fijó especialmente en el cielo. Estaba despejado. Todo parecía bien. Colocó la caja del violín en el pavimento de vetustas piedras pulidas por las suelas de los caminantes que hablaban en diferentes idiomas. Y arrancó con Bach. Se sintió muy bien y se dio cuenta de que con los ojos muy cerrados veía todos los rostros del viejo alemán. Y también se dio cuenta de que nunca había tocado tan a gusto, sin la presión del público fijo. Sin pensar en la opinión de los demás ni temer la opinión desfavorable de los que podían ubicarlo o desubicarlo en la escala de su vida. De la música. El sonido de las monedas que de cuando en cuando dejaban caer con dulces sonrisas los turistas, lo desconcentraba un poco. Pero cerraba los ojos con fuerza y volvía al camino del amable señor de Eisenach que normalmente detestaba, pero que ese día, el de su debut como músico callejero, empezó a apreciar en su verdadero valor. Eran varios rostros amables, los rostros de Bach que le sonreían desde las notas bien acompasadas, bien equilibradas, que ningún crítico ni ningún Director de orquesta podría escuchar con intenciones aviesas. Ni buenas ni malas. Ni serias ni comprometidas. Una y otra vez. Una y otra vez.
14/9/2007
Para Humberto Seijas:
De nuevo, Alejo, te doy las gracias. Tú saber muy bien lo que cuesta escribir un cuento. Por eso aprecio en su verdadero valor u comentario.
alain:
Hugo:
Gracias, Gonzalo. Sería para mí una verdadero honra esa "traición" que nada tendría de traición, estoy seguro...
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