Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.
| « El Editor Domingo Fuentes | Estupideces Básicas (Parte 2) » |
1928 fue un año de quiebre, pero en verdad afectó más el porvenir mediato que el inmediato. La Semana del Estudiante, el frustrado alzamiento del Cuartel San Carlos y finalmente, como consecuencia, la fracasada invasión del Falke (agosto de 1929), en la que mezclaron viejos y anacrónicos caudillos derrotados por Gómez y nuevos revolucionarios como Rafael Vegas Sánchez, Armando Zuloaga Blanco, etcétera, deberían haber quebrado la resistencia de la dictadura. Pero en realidad no fue así. El dictador permaneció, aparentemente incólume, en su silla de mandar. Los últimos siete años de Gómez han sido calificados por Manuel Caballero como “los menos ‘políticos’ de toda su carrera.” El autor de Gómez, el tirano liberal, percibe ese período como “una muerte en vida, de una momia sobreviviéndose y mandando por el terror que imponía su presencia desde el sarcófago de Maracay.”
Y en realidad, el resto de la historia de Gómez es casi banal. Adulaciones, aclamaciones, desconfianza hacia todo el mundo y espera de la muerte natural, que se produjo, como para que los aduladores suspiraran de alivio, el 17 de diciembre de 1935.
En ese último septenio de su mandato lo que más llama la atención es el cúmulo de obras públicas que emprendió gracias a la recién estrenada riqueza petrolera, especialmente en el campo de las carreteras. Con la excepción de la región Nororiental costera y del Sur del país, todo terminó entrelazado y unido, aun cuando fuera en muchos casos por las llamadas “carreteras de coroneles”, en las que la mano de obra era el ejército y la picardía popular afirmaba que eran trazadas por burros, no sólo para comparar a los coroneles con animales de faena, sino porque se decía que el sistema usado era dejar que un burro o una mula echara a andar hacia el punto que se quería alcanzar, y seguir su rumbo. También se aseguraba que las carreteras se hacían enlazando casas de haciendas de jerarcas del régimen. Y si bien en muchos casos esas críticas soterradas tenían muchas razones (basta con ver en muchos lugares las vueltas innecesarias de los caminos, que quedan como novísimos fósiles y sirven a veces como vías de comunicación entre aldeas), justo es admitir que acabaron con el aislamiento interno de las regiones en que hoy se compone el país. Viajes que entre 1910 y 1930 tomaban semanas o meses y se hacían a pie, a lomo de mula, en automóvil, en tren y en barco, a veces por lechos de ríos que en temporada de lluvia eran impracticables, o por collados que también se hacían impracticables el ciertas épocas del año, y que en muchos casos implicaban salir del territorio nacional, en 1935 se hacían en horas y a bordo de un solo automóvil. Eso es importante. Aun los más recalcitrantes enemigos de Gómez deben reconocerle que en verdad integró ese país que desde 1777 no había logrado convertirse en uno solo. Independientemente del costo de esa unificación. Es muy posible que no se diera cuenta, y que se limitara a ser al actor de algo que imponía la realidad. O que sus razones fuesen puramente egoístas, para que el ejército pudiera desplazarse rápidamente en caso de alzamientos militares, o, como se dijo, para comunicar sus tierras y las de sus amigos y parientes con los centros de venta de los bienes que producían. Pero el caso es que lo hizo.
No puede decirse que en ese lapso final de la dictadura se hubiera producido un ablandamiento o hubiese rebajado el nivel de represión. Allí está el caso de Jóvito Villalba, cuyo padre, alegando que había contraído tuberculosis en La Rotunda, escribió al dictador rogándole que lo dejara en libertad, y sólo encontró “un rotundo NO,” como cuenta Manuel Caballero.
Quizá lo más relevante de ese período, aparte de la aparición avasallante del dios petróleo, fue la crisis mundial del 29, que remató la obra del petróleo al acabar con las formas tradicionales de la economía venezolana y convertir al país no sólo en monoproductor, sino en plurimportador y rentista. La crisis mundial se inició en Estados Unidos el 24 de octubre de 1929, en llamado jueves negro, en el cual se vio que el crecimiento económico sostenido de los Estados Unidos se apoyaba en pies de arena, puesto que su agricultura, a causa de los manejos equivocados del suelo en una vasta porción de su territorio, se había desmoronado, tal como se desmoronaron los precios de numerosos bienes raíces cuyo verdadero valor era meramente especulativo. A eso se sumaría la situación europea, basada en un absurdo sistema de retaliaciones económicas contra la Alemania derrotada en la Gran Guerra y, en general, una serie de errores cometidos a diestra y siniestra por casi todos los gobiernos de países poderosos. La creciente presencia del petróleo compensó en buena parte los efectos de la crisis en Venezuela, sólo que a un costo demasiado alto, que fue la pérdida de su agricultura. Allí empezará la hipertrofia del Estado que tanto daño le hará al país durante el resto del siglo XX y, en especial, en el siglo XXI. La crisis también le costó el cargo a Juan Bautista Pérez, que había sido nombrado “presidente” en 1929 (“Aquí vive el presidente, el que manda vive enfrente”), mientras que Gómez conservaba la comandancia general del ejército, luego de volver al sistema que antes había empleado. Pérez había firmado el decreto mediante el cual se expulsó del país a monseñor Salvador Montes de Oca, obispo de Valencia, por razones parecidas a las del pleito de Guzmán Blanco con el obispo Guevara (en este caso se trató de su negativa a bendecir la boda del general Hugo Fonseca, presidente de Carabobo, que era divorciado). La defenestración de Pérez sería usada por Gómez, veladamente, para terminar con la crisis (Montes de Oca murió fusilado por los nazis en Massa Apulia, Italia, en septiembre del 44, porque el monasterio cartujo en donde se internó los últimos años de su vida, había asilado clandestinamente a miembros de la resistencia italiana). El pobre Juan Bautista Pérez fue sacado de la silla, en la que se sentó senil y tembloroso Gómez, que optó, entre otras cosas, por revaluar el bolívar para sacar más provecho a los pagos de las petroleras. Y con ello remató el destino del país, que desde entonces ha gastado afuera, muy especialmente en los Estados Unidos de (Norte) América, casi todo lo que recibe por lo que le sacan de las entrañas.
Como para que los estudiosos tengan algo de qué ocuparse, es en ese lapso cuando se producen, más o menos como consecuencias del 28, las invasiones de Urbina y Machado, en el Occidente, y la del Falke en el Oriente. Pero ahí no hay demasiada tela para las tijeras historiadoras. Como tampoco la hay en el alzamiento del general Gabaldón (terrateniente trujillano al cubo, hijo del general Joaquín Gabaldón, relacionado, como es natural, con los Araujo, y de Amelia Iragorry, relacionada con Victorino Márquez Bustillos, el presidente provisional más provisional), alzamiento anacrónico y también producto directo de los hechos del 28, que más se presta a la crónica que a la historia.
La muerte de Gómez fue causada por el natural envejecimiento de las células. Ya en 1921 su salud se había visto muy comprometida. A los sesenta y cuatro años tuvo un cuadro agudo de prostatitis, y en diciembre de ese año se le presentó una retención grave de orina. El doctor Adolfo Bueno, bisturí en mano, lo sacó de aquella situación, y le dio oportunidad para ocuparse del eterno problema de la sucesión política, que tantos efectos negativos ha tenido en la historia venezolana. Hizo restablecer las dos Vicepresidencias que habían sido eliminadas en 1914, ordenó también que se volviera al sistema de que el presidente de la República era, ex-oficio, comandante en jefe de ejército, y que se permitiera la reelección. Todo estaba listo y, por supuesto, se había hecho elegir presidente para el período 1922-1929. Su hermano Juancho quedó entonces como primer candidato a sucederlo (primer Vicepresidente), y su hijo José Vicente, segundo (candidato a sucederlo y Vicepresidente). Pero ocurrió entonces aquello del asesinato de Juancho el último día de junio de 1923, y José Vicente Gómez Bello, Vicentico, hijo de Dionisia Bello Lutowsky, se convirtió por algún tiempo en el heredero aparente. Pero había otro posible heredero, a quien Gómez trataba como a un hijo porque le había sido encomendado por un sacerdote cuando salieron del Táchira rumbo a Caracas en 1899: Eleazar López Contreras, nacido en Queniquea, un pueblo que está ubicado en un desvío al Sur desde la Carretera Trasandina, al Noreste de San Cristóbal, el 5 de mayo de 1883. Sus padres fueron el coronel Manuel María López Trejo (caraqueño) y Catalina Contreras (tachirense). Debido a la muerte de su padre en los días de su nacimiento, fue criado por su tío materno, el presbítero Fernando María Contreras, que lo llevó con él a Capacho, en donde estudió las primeras letras. Luego estudiaría en La Grita, en donde estaba cuando se enroló en las fuerzas de la “Restauradora”. Se dice que Castro no quiso admitirlo porque era demasiado joven, pero en cambio Gómez, a pedido del padre Contreras, lo aceptó y hasta lo tomó bajo su protección directa. A los diecisiete años era edecán del presidente Castro. Luego de ocupar varios cargos, tanto civiles como militares, es enviado a Europa y a Estados Unidos en misión de estudios y para comprar material de guerra (1920-21). En 1926 publica su primer trabajo literario, y en 1928, como comandante de la guarnición de Caracas, debió enfrentar la sublevación del cuartel San Carlos, ligada a la Semana del Estudiante, y en donde uno de los alzados era, como dijimos, su propio hijo. Es posible que eso lo llevara al protagonismo, del que ya no saldría del todo nunca.
Poco después de lo del San Carlos, no quiso participar en el movimiento conspirativo contra Gómez. Sin embargo, el tío del dictador, José Rosario García, hizo todo cuanto pudo por malquistarlo con el jefe, por lo que López Contreras solicitó y obtuvo un traslado al Táchira, que usó para escribir un par de libros, uno sobre Sucre y otro sobre Bolívar. Ese parpadeo bien podría haber sido que el jefe lo ponía a prueba, porque al caer en desgracia García Bustamante (el general Gómez se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era maniobrar para que uno de sus sobrinos se convirtiera en sucesor) la estrella de López Contreras volvió a brillar: Gómez lo llamó como jefe de estado mayor interino para el centenario de la muerte del Libertador, y el 22 de abril del 31 fue designado ministro de Guerra y Marina, también interino, mientras durara la ausencia de Tobías Uribe, amigo de infancia de Gómez y probablemente hasta compañero de estudios elementales del dictador allá en sus pagos natales. El interinato se convirtió en titularidad el 13 de julio de ese mismo año, y así quedó convertido Eleazar López Contreras en heredero designado. Su suerte, y la del país, estaban echadas.
¿Escogió realmente su sucesor el general Gómez entre su hijo y López Contreras o López Contreras se eligió a sí mismo? Todo indica que fue lo primero. Manuel Caballero lo da por un hecho comprobado, aun cuando su explicación se apoya más bien en la relación de Gómez con sus hijos, incluido Vicentico, que en hechos externos. Lo que sí está claro, y así lo registra con toda precisión Caballero, es que “Después del intento que abortó la puñalada de 1923, y sobre todo después de la defenestración de su hijo José Vicente, el general Gómez se desinteresa hasta de cualquier pretensión hereditaria, dinástica.” Por supuesto, la muerte de Juancho Gómez eliminó por completo la posibilidad de que se convirtiera, a los setenta y seis años, en sucesor de su hermano. Y es posible que los rumores de que en su asesinato tuviese que ver Vicentico hayan mermado las posibilidades de que el hijo se convirtiera en sucesor a los cuarenta y siete, pero no porque el padre sospechara de la veracidad de los rumores, sino por el solo hecho de que se regaran. En realidad Juan Vicente Gómez tuvo tres razones poderosas para quitar del escenario a su hijo: Dionisia Bello, Josefina Revenga y los sucesos del 28. Dionisia Bello era una mujer ambiciosa e intrigante, y su única posibilidad de poder real era el poder de su hijo. Josefina Revenga era también intrigante y ambiciosa, y su única posibilidad de poder real era el poder de su marido. Y al general Gómez no debe haberle hecho ninguna gracia la posibilidad de que ambas, o una, llegaran o llegara a tener el poder que ambas ambicionaban. Y el 28, de haber sido cierto que Vicentico simpatizó con los jóvenes militares que intentaron el alzamiento, no tendría nada de extraño que lo hubiera hecho impulsado por una voz femenina.
Gómez, pues, debe haber quedado escamado ante la posibilidad de que uno de sus hijos, que seguramente se dejaría dominar por una mujer, lo sucediera en el cargo. Estaba de por medio el honor de la familia. En cambio su relación con López Contreras, que no tenía junto a sí ninguna mujer ambiciosa e intrigante, era otra: bien podía asimilarse a la de un ahijado, puesto que el cura Fernando María Contreras, hermano de doña Catalina, en una especie de rito montañés y mágico, se lo había encomendado en 1899, cuando el largo y flaco futuro general tenía apenas dieciséis años, al comienzo de la aventura que los llevaría a Caracas en 1899. Y justo es reconocer que aquel ahijado resultó excelente. Es eso, entre otras cosas, lo que lleva a Caballero a suponer que Gómez haya escogido entre dos hijos al más capaz. Lo único que queda claro de todo eso es que el general Gómez, al no ocuparse en propiedad de nombrar a un sucesor, designó en voz alta, clara e inteligible, a Eleazar López Contreras. Y en eso, quizá gracias a su parsimoniosa sabiduría campesina, tampoco se equivocó.
Capítulos Publicados:
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)
Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Rojas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta
El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)
Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin
La inquieta paz de los cementerios
La etérea puerta del Limbo
El limbo y el laberinto
El verdadero fin de la fiesta
El alegre triunfo de la muerte
Coda
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Obertura
Los Primeros Días de la Noche
El Primer Ataque de la Bestia
Astrea se pasea cantandito por Venezuela
El Medio-mantuano
El Mantuano secundón
El hermanito
El camino del infierno
En la alegría del Infierno
Peor que el Infierno
Tiempo de bostezos
El Gran Arquitecto del Universo
Heredarás los vientos
El Supremo Director de la Patria que lo Aplaude
El Agachadito
Más te Valiera Estar Duerme
Abajo el Continuismo… Viva la legalidad…
¡Viva el Mocho Andrade!
La Muerte del Siglo
Duendecillo entre titanes
La Campaña Deleznable
La Batalla Deleznable
La corte de los milagros
El Pirro Tropical, o Garibaldi ¡Pum!
La Cordillera Partida
El Preludio de La Alborada
La Alborada del Tirano
Nuestro hombre en Maracay
Oil!
Nuestro Mundo de Azules Boínas
Siete años de aburrimiento
Cada semana encuentro más interesantes los capítulos de esta excelente narración de la historia de Venezuela. Espero con impaciencia su publicación en papel. Felicitaciones.
Comentarios recientes