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Simón Rodríguez (1769-1854). El primer educador de Venezuela

10.03.12 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Ideas, Semblanzas, Venezuela, Literatura, Biografías, Historia

Simón Rodríguez, considerado el paradigma del educador en Venezuela, fue un personaje fiel a sí mismo. Original, cuando predicaba la originalidad, honesto, cuando pregonaba la honestidad, auténtico, cuando predicaba la autenticidad. Nació como Simón Carreño y a lo largo de su vida usaría tres nombres y sería un personaje único de su tiempo. Y de todos los tiempos posibles e imaginables.
Simón Narciso Carreño Rodríguez, que así se llamaba en realidad, nació en Caracas en octubre de 1769, en la casa vecina a la que vio nacer a Andrés Bello, en la actual esquina de Luneta, y murió en Amotape, Perú, el 28 de febrero de 1854, cuando ya había cumplido ochenta y cuatro años de vida. Mucho se ha dicho que era expósito, y así lo declaró él mismo cuando se casó en 1793, pero Eduardo Carreño, en su “Vida anecdótica de venezolanos”, afirma que fue hijo de Cayetano Carreño y Rosalía Rodríguez, y habría que suponer que tiene razones para saberlo. También el historiador y académico cumanés J.A. Cova, al hablar del nacimiento de Rodríguez, aunque lo ubica en 1771, afirma que fue hijo “del matrimonio de don Cayetano Carreño y doña Rosalía Rodríguez.” Don Simón, en todo caso, era un verdadero excéntrico, capaz de inventar esa condición de expósito para burlarse o para distinguirse de los demás. Alguna vez dijo públicamente que había nacido en la tierra de María Santísima, y por un pleito con su hermano, el músico Cayetano Carreño, dejó de usar ese apellido y empezó a llamarse Rodríguez, aunque también utilizó el nombre de Samuel Robinson durante el período en que vivió en Jamaica, a donde fue a tener en 1797, el mismo año de la Conspiración independista y republicana de Manuel Gual y José María España, con la cual se le relacionó, aunque en realidad no hay prueba de que haya estado comprometido en ella. Fue un verdadero dromómano, recorrió casi toda Europa y buena parte de América del Sur. Vivió también un tiempo en los Estados Unidos. Se ha dicho, a mi juicio equivocadamente, que debió salir de Venezuela porque estaba implicado en la conspiración de Gual y España, que fue abortada el 13 de julio de 1797. No hay documento alguno que lo pruebe. Parecería que hasta su residencia en Europa no tuvo ideas políticas concretas. Tampoco hay pruebas de que el famoso juramento de Bolívar en tierras italianas haya sido como dicen que fue, pero de eso hablaremos más tarde.
A los 22 años fundó una escuela, con autorización del Cabildo de Caracas. Allí estuvo por poco tiempo Simón Bolívar, que se había escapado de la casa en la que vivía, que era de su tío y tutor Carlos Palacios y había llegado a la de su hermana, María Antonia Bolívar, por lo cual hubo un pleito entre el tío y la sobrina, que hizo que un juez decidiera ubicar al niño en la casa y escuela de don Simón, de la cual se escapó también, por lo cual fue obligado el niño Bolívar a regresar a la del tío. Poco tiempo después de esos incidentes, Rodríguez escribió para el Ayuntamiento unas “Reflexiones sobre los defectos que vician la Escuela de Primeras Letras de Caracas y medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento”, en donde critica abiertamente la educación que se impartía entonces. Así se iniciaría su carrera de auténtico ideólogo de la enseñanza.
Simón Bolívar, que había vivido en España y se había casado con María Teresa del Toro y Alayza, enviudó en Caracas y poco después regresó a Europa, se encontró en París con Simón Rodríguez, y desde allí, acompañados por Fernando Rodríguez del Toro, iniciaron un viaje que los llevaría a Italia, en 1805. Ese viaje sí tuvo especial importancia en la formación del hombre que pronto se convertiría en El Libertador. Aunque también ha sido objeto de demasiadas especulaciones e invenciones. Entre ellas se destaca el texto del posible juramento que el joven Bolívar habría hecho en presencia de Simón Rodríguez, en el Monte Sacro, y que debe haber sido uno entre centenares, pues debe haber habido centenares de jóvenes que juraron algo parecido en aquellos primeros años del siglo XIX. Pero sólo uno de ellos pudo cumplirlo. En aquellos días el antiguo maestro de escuela tenía treinta y cinco años, Rodríguez del Toro andaba por cumplir los treinta y tres y el futuro Libertador, que era el Benjamín del grupo, no había cumplido aún los veintidós. A pie, en monturas de alquiler, o en grandes carrozas tiradas por cuatro o más caballos, recorrieron la ruta París-Lyon, para doblar hacia el Este, pasar los Alpes y llegar a Italia. A fines de mayo, en Milán, vieron de lejos la coronación de Napoleón I como rey de Italia. Pasaron por Venecia, Ferrara y a Bolonia, antes de entrar a Florencia, la ciudad más bella del mundo, “en donde inventaron las flores” (según mi hijo Guillermo Casanova López, que tenía seis años cuando lo dijo). Simón Rodríguez sirvió de “cicerone” en aquella ciudad tan llena de maravillas y de museos. Luego hicieron escala en Perusa, para llegar, por fin, a Roma. Entraron por la Vía Flaminia, para pasar luego por la Puerta del Pópolo y la Plaza del Pópolo. Unos días después fue el famosos juramento de Bolívar en el Monte Sacro. El texto que se ha difundido del juramento “(Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por la Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma hasta que no haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español)”, fue inventado mucho después, en 1850, por Simón Rodríguez, que se lo contó a Manuel Uribe Ángel, que fue quien lo anotó y lo publicó en 1883, en el libro "Homenaje de Colombia al Libertador Simón Bolívar en su Primer Centenario, 1783-1883", en donde Robinson, además, agrega: “el muchacho cumplió su palabra. Toca a las generaciones venideras perfeccionar la obra.” La única fuente seria para aceptar que hubo tal juramento es la carta del propio Bolívar a Robinson fechada el 19 de enero de 1824, en la que le dice “¿Se acuerda Vd. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá Vd. olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros; día que anticipó, por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener.” Y en el párrafo siguiente, el Libertador, que ya ha recorrido el camino que él mismo califica de la gloria, le dice al viejo maestro “Vd. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso.”
Poco después de aquel viaje con Bolívar y Toro, don Simón Rodríguez emprendió otro, un poco al estilo de Francisco de Miranda, que lo llevó a vivir, a partir de 1806, en Italia, Prusia, Polonia y Rusia. En los próximos años vivió de su profesión de educador y de trabajos ocasionales, como el que dice haber tenido en un laboratorio de química industrial. En 1823 estuvo en Londres, en donde se encontró con Andrés Bello, que se había establecido allí luego de viajar a la capital inglesa en 1810, con Bolívar y Luis López Méndez, como secretario de la misión que enviara el Ayuntamiento de Caracas, convertido en Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII, a informar al gobierno inglés sobre los hechos del 19 de abril, que iniciaron el proceso de Independencia de Venezuela y de América del Sur. Ese mismo año de 1823, cuando Bolívar estaba en la plenitud de su vida pública, Rodríguez decidió regresar a América, lo cual se cumplió por Cartagena de Indias, de donde subió a Bogotá para fundar allí una escuela-taller en la que aplicó muchas de sus ideas originales sobre educación. A fines de 1824 viajó a Guayaquil y pasó por Quito, y poco después se reencontró con Bolívar en Lima, en donde se incorporó al equipo de gobierno del Libertador. Bolívar, empeñado en impulsar la educación laica, pensó que la presencia de Simón Rodríguez podría ayudarlo en sus propósitos. En una carta privada informó a Cayetano Carreño: “Su hermano de Vd. y mi maestro, Simón Rodríguez, me ha suplicado que ponga a las órdenes de doña María de los Santos, su esposa, cien pesos al mes hasta el completo de tres mil pesos, que ha puesto a mi disposición de los que debe recibir de este gobierno, que lo tiene empleado en arreglar de educación pública de esta república”, y se admira de que don Simón no haya querido cobrar su sueldo, sino enviárselo a su mujer por intermedio de su hermano, de quien se había alejado mucho tiempo atrás. A raíz de la creación de Bolivia, don Simón recibió el largo nombramiento de Director de Enseñanza Pública, Ciencias Físicas, Matemáticas y de Artes, al que se añadió el de Director General de Minas, Agricultura y Caminos Públicos de la República Boliviana, que ejercía paralelamente. Cuando Bolívar se fue de Bolivia y dejó a Sucre como Presidente, Rodríguez permaneció por algún tiempo en el altiplano, pero no pudo entenderse en absoluto con el cumanés, razón por la cual renunció en 1826, después de haber fundado otra escuela-taller en Chuquisaca. Sucre, que en materia de educación desarrolló las directrices de Bolívar, no se entendió en absoluto con Simón Rodríguez, a quien atribuyó “ideas extravagantes” y "cabeza alborotada", además de no tener el más mínimo sentido administrativo.
Establecido en Arequipa, en 1828 publicó su obra “Sociedades Americanas en 1828”, que es donde está su más famoso planteamiento: “La América española es Orijinal = ORIJINALES han de ser sus instituciones i su gobierno = I ORIJINALES sus medios de fundar uno i otro. O Inventamos O Erramos.”
En 1831 se casó por segunda vez, en Perú, con Manuela Gómez. Luego viajaría a Chile, y en Concepción dirigió una escuela pública y publicó un “Informe sobre Concepción después del Terremoto de 1835.” En Santiago de Chile se reencontró con Andrés Bello, que ya se había establecido allí definitivamente. Luego de haber vivido en Chile hasta 1842, regresa a Ecuador. En el puerto de Paita se encuentra con Manuelita Sáenz, la que fue compañera de Simón Bolívar, y se dice que al despedirse le dijo: “Adiós, dos soledades no se hacen compañía”. A partir de entonces llevó una vida más o menos errante, que culminó en Amotape, en Perú, el 28 de febrero de 1854. Poco antes, un incendio hizo desaparecer muchos de sus escritos que no se habían publicado. Afortunadamente, entre sus obras conocidas están varias que permiten conocer su pensamiento, y una de las sentencias que se salvó del fuego fue: “El que no hace, nunca yerra”, que es una forma de invitar a los seres humanos a hacer, a ensayar, a atreverse, tal como él lo hizo durante su larga y productiva vida.

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2 comentarios

Comentario De: GONZALO PALACIOS GALINDO [Visitante]

Eduardo:
Gracias por recordar al eximio educador Simón Rodríguez. El y Andrés Bello fueron pruebas fehacientes de la grandeza cívica a la cual llegaremos los venezolanos una vez que nos controle la inteligencia y la buena voluntad en lugar de ideologías decimonónicas y extranjeras. Gonzalo Palacios Galindo.

10.03.12 @ 15:46
Comentario De: Alejo Urdaneta [Visitante]

Un resumen (completo resumen) de la vida y quehacer de Simón Rodríguez en nuestra América.
En el mundo de hoy debe ser un paradigma de creación y empeño espiritual.
Un saludo.
Alejo

11.03.12 @ 07:53

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