Parece claro que Bolívar, desde que se fijó en el joven oficial Antonio José de Sucre, lo puso a prueba. Lo nombró gobernador de Guayana, la provincia más importante en manos de los patriotas, le dio diferentes comisiones, todas importantes y orientadas hacia la unidad de las fuerzas republicanas, lo hizo Ministro de Guerra y Marina, lo probó en su estado Mayor y, por último, le entregó las negociaciones para el armisticio y para el tratado de regularización de la guerra, que era algo realmente vital para la lucha y para el porvenir inmediato y mediato de las nuevas repúblicas del nuevo mundo. De lo que se lograra en el armisticio dependía el porvenir inmediato de la guerra. Si se conseguían posiciones abiertamente ventajosas, bastaría con un último empujón para finalizar la guerra con una victoria total, si no, habría que sortear grandes dificultades. Y del Tratado dependía en buena parte la visión que el mundo tendría de los países independientes que de la guerra surgirían, lo cual era vital para contrarrestar los inmensos daños que la guerra había causado y que las nuevas repúblicas pudieran empezar a respirar y a vivir como países libres e independientes...
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