Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

Trabegás

12.03.11 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Cuentos, Literatura

NOTA: A partir del sábado 12 de marzo, LITERANOVA publicará, semanalmente, un cuento inédito de Eduardo Casanova

Para Alejo Urdaneta.

Una maldad, decía, pura maldad. Era un carcamal mecánico, sí, un vetusto y noble Nova que lo llevó y lo trajo durante más de diez años, hasta que algún ladrón drogado y nocturno se apropió de su historia. No compraría otro, decidió, era como si le hubieran robado un hijo. O el padre, o un viejo y generoso tío afi¬cio¬nado a contar historias de otros tiempos.
Todos le aconsejaban que no se dejara derrotar (En esta ciudad no se puede vivir a pie, le decían). Tenía que sobreponerse (Ponle un Trabegás: No falla, lo pisas al salir y, si alguien quiere robárselo, al medio minuto el motor se detiene, tú sabes el Trabegás le corta el flujo de gasolina y adiós luz que te apagaste, sin la llave del Trabegás, de ahí no lo mueve nadie).
A brujería le sonaba aquello del Trabegás y no se convencía. Aquel ladrón desalmado lo convirtió en peatón y peatón seguiría hasta la misma tumba (Cómprate otro megaterio, le recomendaban, ese ladrón debía estar borracho o loco, pero no debe ha¬ber dos; le pones el Trabegás y listo).
Solamente flaqueaba en días como ese, cuando la lluvia se desparramaba como la nostalgia sobre el pavimento oloroso a selva. Entonces llegaba a dudar. Veía cómo los mecanizados se desplazaban en sus hogares rodantes y él, en cambio, debía esperar bajo cualquier sombra, aguardar entre decrépitas manchas,
sin poder gozar siquiera la música del agua.
Se sacudió la idea de la cabeza. Era menester ser fuerte. Mantener la tesitura, la fidelidad a su viejo Nova que había muerto con las botas puestas y sin Trabegás. Sin dudarlo saltó dentro del pequeño autobús. El público protestó y más aún el conductor. No cabía uno más. Era un abuso. Como sardinas en lata. Pero él era abogado. Sabía ser convincente. Y la amenaza del chofer de no avanzar un milímetro hasta que él se bajara se quedó en humo, como el que salía del cofre del motor. Iría acurrucado ahí, en el espacio mínimo que quedaba junto al conductor, tratando de no molestar, de no hacerse sentir, humildemente, sin quejarse de la incomodidad ni pensar en lo grotesco de la posición.
-¡Coño! -gritó el conductor-, ¡me pisaste el Trabegás y no tengo la llave aquí!
Tantas miradas de odio y desprecio como viajeros quedaron varados en el autobús se centraron en el abogado intruso que los había condenado a un encierro submarino y que trató, sin éxito, de no toparse con los rayos y centellas que brotaban de las furias, de la cólera de aquellas fieras lacustres, cuando saltó para salir tan ágilmente como había saltado para entrar, y echó a correr bajo la lluvia y escuchó los insultos e improperios que el chofer y los pasajeros le dedicaban a él y a su señora madre, y la horrible sinfonía mecánica de las bocinas y los gritos y los motores recalentados y los cerros que amenazaban con derrumbarse y sepultar la ciudad empapada, sucia, detenida.
Ese día, mientras caminaba lentamente por las aceras que parecían arroyuelos, empapado y sin aire, tomó una decisión heroica: Compraría otro automóvil, sí, pero nunca ¡nunca!, ni por nada del mundo, le pondría Trabegás.

Permalink

5 comentarios

Comentario De: Marianella Fuentes [Visitante]

Parientísimo, mis saludos. Tu escrito de hoy me hizo recordar una prima de mi mamá, Ernestina Sucre Sucre, que decía "además de no tener carro los tildan de `peatones`!!
De la Cumaná de antaño.

12.03.11 @ 10:37
Comentario De: Alejo Urdaneta [Visitante]

Vaticino que la serie de breves relatos que nos promete Eduardo serán bien recibidos, por su humor y el tono apropiado.

El que hoy nos presenta: Trabegás, me lo ha dedicado y lo agradezco. Es una historia real que viví, pero el narrador de ha puesto arte para que adquiera el valor de suceso.

Gracias.

Alejo

12.03.11 @ 10:54
Comentario De: eddcas [Miembro]  

Marianella: Me encantó tu comentario. Y es evidente que la genética se impone. Ese humor me recuerda mucho a mi madre, Carlota Sucre Urbaneja, hija de un Sucre Urbaneja y nieta de un Sucre Sucre, que tenía salidas muy parecidas.
Alejo: Muchas gracias a ti por tus amables palabras.

12.03.11 @ 11:02
Comentario De: Carlos Poveda [Visitante]

Me hizo recordar mis buenos tiempos de la Caracas que tanto compartimos ! Me encantó, querido amigo Eduardo ! Un abrazo, Carlos Poveda

12.03.11 @ 13:42
Comentario De: Lillian Kerdel Vegas [Visitante]

Tal como lo vaticina "el muso" que te inspiró este cuento del "TRABEGAS", me entusiasma el poder contar cada sábado con "uno máaaaaaaaaaaas"
GRaaaaaaaaaaaaaaaaaacias por eeeeeeeeso
Lillian

12.03.11 @ 13:50