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Tres notas sobre el libro Puertas de Galina de Alberto Hernández

Nos es especialmente grato publicar tres notas, una de Rosana Hernández, una de Néstor Mendoza y otra de Alfonso Solano, referidas todas al excelente libro Las puertas de Galina, de Alberto Hernández, poeta calaboceño radicado en Maracay y colaborador permanente de Literanova, en la seguridad de que serán del agrado de todos nuestros lectores.

Una lectura de Rosana Hernández Pasquier
PUERTAS DE GALINA

Esta es la más reciente publicación del poeta Alberto Hernández. Abro las hojas de esta puerta, que es el libro, y comienzo a recorrer espacios, a ver, a indagar por las hojas e intersticios de todas las puertas de esta ciudad construida con amalgama y andamiajes de poēsis, que es la forma de hacer manifestaciones de la belleza y de la estética o el arte de componer poemas. De este finísimo material es la arquitectura de esta ciudad bautizada por Alberto Hernández como Galina.

Como este entrañable amigo e imprescindible poeta nos enseñara, el paisaje es el ojo. Entra entonces por éste. Comienza a mirarnos, nos hace paisaje por dentro y de adentro sale otro paisaje, que aflora para re-crear la lectura que se convierte en este poema que es una y mil puertas que abrir. Más no son crípticas porque en la re-creación, el hacedor a dejado las claves o llaves para el ábrete sésamo que convoca quien a las Puertas de Galina se acerca.

En PUERTAS Y SILENCIO 2, en la página 7 Hernández pregunta: “¿Qué designios debo enfrentar ante la puerta abierta? Y presiento que la respuesta es que todos nos están aguardando tras celosías y persianas para hacernos viajar por los vericuetos del subconsciente. Las puertas se abren en ese lugar donde habita la materia de los sueños, porque los recuerdos parecen lugares soñados. Cito al poeta: Las puertas abiertas del silencio en Salamanca, en Alcalá de Henares, en Calabozo, en Arnaldo Acosta Bello. Y en el claro oscuro que sale del despliegue de esas alas, se abren otras puertas en Villa de Cura, en Cuicas, en la puerta de la felicidad suprema que es mi sobrino Eduardo Alfonso.

Las Puertas de Galina no están de par de par. No. Leemos para vislumbrar. Vamos por hendijas. Quien escribe puso veladuras y filtros al paisaje y arquitectura de esta ciudad. Los poemas están confeccionados de silencios, sigilos. La sombra es quien nos hace. Cito, en el poema Puerta de Ceniza: Galina se tejió de sombras empujadas hacia el río Tiznados. Mas adelante en Hoja del Tiempo: solo la sombra dice de quien se estaciona en la noche bajo la alargada sílaba. En el poema Ojo Abierto: un animal de sombras/ un caballo en la raya de la hora/ lame mi cara. En Aljamía se lee: me han inventado/ en la sombra/ de la desobediencia. Luego en el poema Visillo: no hay bruma que pueda atajar la mirada: / vivimos sin puertas/ en este aquí de umbras: / separado del resto/ de voces.

Este poemario, como otros de Alberto, es un libro muy culto, que dice de las muchas lecturas, de los viajes literarios emprendidos por el autor en otras páginas. Así los nombres de Valery, Acosta Bello, Lezama Lima, Antonieta Flores, Eliseo Diego, Aly Pérez, Montejo, Barroeta, Cadenas, José Emilio Pacheco, Tortolero otros, se entrelazan en una trama, una urdimbre que expande hacia otras voces, buenas sombras del árbol de la palabra poética, a quienes el poeta hace un amoroso reconocimiento.

En el tránsito de los versos. Adentro, el espíritu permaneció en cantos. La lectura una salmodia de letanías: Puerta de Salamanca, Puerta de Lavapiés, Puerta de Ceniza. Expresan Jean Chevalier & Alain Gheerbrant en el Diccionario de los Símbolos que el paso de la tierra al cielo se efectúa por la puerta del sol, que simboliza la salida del cosmos, más allá de la condición individual. En este entrar y salir a espacios y tiempos cercanos y distantes, entrevistos y desconocidos, privilegio el pequeño formato de la publicación, logro de la editorial Memorias de Altagracia, en su colección Celacanto. Porque nos dice Julio Sánchez Trabalón: la puerta debe ser muy baja para que de este modo, el profano, al entrar al templo, se incline no sólo en signo de humildad, sino como muestra de la dificultad de paso del plano profano al iniciático.

Al pasar por las Puertas de Galina se abre un mundo de trasmutaciones donde quien entra cierra la puerta. Mientras el mundo se rompe bajo mis pies.

Puertas de Galina
Néstor Mendoza

Las puertas de Alberto Hernández carecen de marco. No conocen lo estático, la rigidez del sitio habitual. Puertas de Galina (Editorial Memorias de Altagracia, Caracas, 2010), propone un abrir y cerrar inéditos. Quien abre y cierra la puerta asume nuevos retos: ser habitante perenne o visitante ocasional. La puerta es víctima y victimaria; vertedero de la ausencia: “toda/ la muerte/ amontonada en esa puerta” (p.36). Quien habla tiene el poder de invocar, de conjurar: “uno dice puerta y comienza un irritante murmullo” (p.44). Galina, según Alberto Hernández, es una ciudad imaginada. Una comarca donde se acumula la experiencia del peregrino y la voz movediza del cronista. Su escritura lleva a cuestas el espesor de viajes y lecturas. Veremos constantes citas y dedicatorias. Nombres de ciudades españolas y venezolanas. Ecos, chasquidos. El celaje de un fantasma tras el orificio del cerrojo.

¿Qué designios debo enfrentar ante la puerta abierta? Nos dice el poeta en el texto que inaugura el poemario. Sin embargo, el problema radica en que no existe una sola puerta, sino muchas. Y, en cada una de ellas, sobrevive un gran número de designios. De tanto frecuentar lugares, de asimilar sus formas, de adoptar sus volúmenes, la voz se transforma en eso que ve. Ya no es espacio ajeno fuera del cuerpo, sino órgano y pálpito: “Soy todas esas puertas” (p. 7).

El tema del padre tiene un peldaño especial en el libro. Su imagen se adhiere al abanico de significaciones asociadas a la puerta. Hernández, en el fragmento tres del poema Puerta de ceniza, expresa: “vino mi padre con la puerta de salida al mundo e hizo puente para salvar mi ahogo y alejarme de la noche” (p. 26). Por otra parte, en el texto Silueta, el padre adquiere las dimensiones de una materia ínfima, que ha sido originada por el tiempo que corroe la superficie de la madera:

a Guillermo Loreto Mata

porque mi padre
es un hoyo en la puerta

esperando un cuerpo
prescindido
(p. 34)

Detrás de la puerta se esconde el misterio y la desmesura, y el padre intenta demoler para hallar lo ignoto: “Mi padre, colorado y enérgico, derriba el adobe hirviente para encontrar el tiempo y sus eclipses” (p. 25).

La puerta guarece de la penumbra, va más allá de lo tangible. Sin ella el poeta se queja en la intemperie. Sin salidas ni entradas el dolor se acumula: “vivimos sin puertas/ en este aquí de umbras” (p. 52).

Este libro es una poética de las puertas. Sin el peso utilitario y convencional, la puerta deja de ser armazón de madera o hierro, sin quicios. Se ha vuelto objeto lírico, capaz de enunciar el hallazgo. Portalón, portillo, abertura y respiradero de la casa. Y del poeta.

El hastío ascendente en Puertas de Galina
Alfonso Solano

El hastío es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos…No poder conformarse con ninguna cosa terrestre ni, por decirlo así, con la tierra toda…y encontrar que todo es pequeño y mediocre en comparación con la capacidad de nuestro espíritu… todo ello me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que podamos hallar en la naturaleza humana.

Giácomo Leopardi.

I

Al igual que la angustía, el miedo y el júbilo en el ser humano, el hastío es un sentimiento arraigado en el interior del hombre que se manifiesta, recurrentemente, como una “proyección metafísica” que se hace presente en el quehacer poético y en el devenir de todo el arte contemporáneo. En la historia de la poesía moderna no ha sido menos importante: desde la irrupción de los “malditos” franceses incitados por Mallarmé y Baudelaire, este sentimiento privilegiado por filósofos como Heidegger y Kierkegaard ha conformado todo un tejido neural de tradición, donde aún siguen bebiendo los poetas de todas las esferas. “El poeta aparece en este mundo hastiado”, afirma Baudelaire en los primeros versos de Las flores del mal, pero a través de él, en su esencia emancipadora, el hastío se convierte en el camino como la posibilidad de elevación y sublimación adquirida para alcanzar las más soterradas verdades del ser. Significa pues, en esencia, superación de la realidad inmediata y penetración en un estado de plenitud y de pensamiento inefable, como nos recuerda el gran poeta nuestro Silva Estrada. En Puertas de Galina, del poeta Alberto Hernández (Editorial Memorias de Altagracia, 2010. Caracas, Venezuela), estas verdades del ser están sostenidas desde ángulos confrontados, tanto el de la angustía como el de la euforia. Así lo apreciamos desde sus primeros versos: “el último tren agota la hora extraviada. Un pájaro imposible cavila en la iglesia vieja, y el río resume la eternidad en un hombre que mira la devota peregrinación de los inviernos”.

El invierno aquí se refiere a la hora menguada, a esa otredad invisible en donde todo poeta habita. El hombre que mira, que navega en este río imposible, sabe que su destino no es ascender a la ausencia, sino descubrir en el vacío las piedras significantes del sentido, del éxtasis, de la dificultad que subyace en el habitar poético, en esa desmesura que conforman los desiertos anhelados en la extensión del último horizonte:

A juicio de la mirada
el mundo rueda en la cresta de Dios

Pequeña arqueología de pasos,
roces del viento,
una puerta abre el temor
                      y el tiempo lo sabe.
Solamente este tiempo que todo lo sabe, se expresa en “su poder que se cambia con el silencio”:

Sólo la sombra dice de quien se estaciona
en la noche bajo la alargada sílaba. Más allá,
donde el sopor no tiene carne, está la mujer
que ayer nomás legitimó el silencio.

II

Las primeras puertas, las que evocan un paisaje temprano de las ciudades españolas de Salamanca, Alcalá y Compostela, son el preludio de los sentimientos expresados a través de imágenes verbales consecuentes y enmascaradas: La errancia, la angustía, el extravío, el vivir entre “la sagrada embriaguez del ser que somos” en exacta correspondencia con la exigencia de lo humano, como afirma lúcidamente Hanni Ossott, en su brillante ensayo: Memoria en ausencia de imagen. Luego, más adelante, la recordada poeta y ensayista venezolana nos incita a la reflexión con una adecuada interrogante: “¿Que se presenta desde el saber cómo lo más evidente?.. La herida y su persistencia…bajo los escombros de ese sistema se abre y se revela, a su vez, la otra herida, aquella de quien pregunta porque no conoce y porque sus propios cimientos se fundan sobre la ausencia de unidad, el horror al vacío o la nostalgia de lo pleno”. Este medio, este “horror al vacío”, esta errancia del ser, constituye la materia prima de estos versos que abren caminos al silencio, descubren escombros y allanan portales:

Tantas son las puertas, tantos los pasadizos
La ciudad huye de mis ojos
Y de espaldas reconozco la desgarradura,
La marca del silencio, el gruñido

La bestia que agotó el hueco de la muerte.

Aunque se mida y se sienta en todo el poemario la “humedad de la muerte” y la muerte misma asuma “su cara de milagro”, esta muerte no significa, sin embargo, el final del camino. Al contrario, esta muerte representa el cambio hacia una nueva vida, el traspaso de vivencias hacia el porvenir del silencio, la extensión probable de un ser humano que “ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los aires…” (Friedrich Nietzsche: el nacimiento de la tragedia). Estos versos recuperan ese silencio, el “polvillo del remolino” bajo el mismo velo de la memoria y el hastío ascendente. Pero la poesía misma en su condición de engendradora de tiempos abiertos y sedientos de espacios reveladores es, de igual forma, fundación; eros y poiesis, triunfando sobre los escombros, traspasando las puertas del olvido:

Bajo el velo, la melancolía. El portal le
imprime a la ocasión la presencia de una errancia
agreste(…)Teresa disipa las imágenes,
abulta la cicatriz en la mejilla, rescata
la palabra apagada(…)

Si, es la misma palabra apagada que se oye gemir bajos los portales, bajo esas errancias, bajo la vegetación, bajo “el musgo de los estropicios”. Esta palabra silente recobra, en instantes, el brillo enceguecedor, sereno y arcano, que se extiende álgido sobre las sombras:

De las sombras un solo espacio
la vuelta al vano de una espera
donde el tiempo atisba llagas
                      y memorias

Este tono profético y, en momentos, fundacional, este habitar en el poema como lo concebía Hölderlin, nos evoca la propia situación angustiante y elusiva que experimenta el poeta Hernández en su propia casa: la casa de su espuma interior, la casa de sus silencios y, también, la de sus resonancias marchitas. Pero esta casa del poeta es más amplía: La condición de la realidad poética del hastío, vasta en sus límites, sorpresiva en el umbral en donde todo se torna en silencio, vigilia y contemplación, se materializa en una actitud de ascendencia y transcendencia que se sostiene firme en la inmanencia, en la contingencia, en la espera y su reluciente esfera. “El poema es una espera”, afirma con lucidez Jacques Dupin (La difficultté du soleil, París, 1970) y más adelante agrega: “Lo que acontece a cada instante, excede nuestros límites y, a la vez, no basta a nuestro deseo…El poema es el cumplimiento de esa espera, la espera de una espera y su centelleo…” En Puertas de Galina el poeta es, a su vez, todas las puertas, todos los paisajes, todos los silencios.
En definitiva, estas puertas que todo lo abarcan, son el pasadizo por donde discurren los sentimientos de una poética arraigada a la piel misma del poema y su transmutación en imágenes: la angustía, el desvarío, pero también el júbilo y la proyección metafísica de una vida poco común que se detona en su esencia descarnada con una vitalidad y una fuerza telúrica únicas: “Velado por la noche, por la brisa que sacude las horas, mi cuerpo retorna el limpio aire del silencio… el mundo se rompe bajo mis pasos.” Al final, el poeta transciende en una curva simbólica de alquimia, ese sentimiento del hastío permanente del vivir y lo convierte en creación poética lúcida, reveladora, fundamentada y felizmente ascendente.

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