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Zaguán de letras, cuarta parte

02.10.11 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Ensayo, Capítulo, Historia


EN LOS DÍAS DE SUCRE

Zaguán de letras, cuarta parte.

3. El Animal y el Humano.

Durante siglos, y hasta milenios, mucha gente se ha hecho una pregunta que es esencial para entender lo que somos; ¿cuál es la diferencia real entre el ser humano y los demás animales? Richard Leakey, hijo de Louis y Mary Leakey, con quien forma la más importante familia de la paleoantropología en el mundo, en su libro The Origin of Humankind llega a varias conclusiones que, si no son la respuesta a esa interrogante, deben estar muy cerca de serlo. Demuestra, por ejemplo, que el animal humano no es, ni remotamente, el único animal que tiene conciencia de su propia existencia, ni es el único que ha desarrollado un lenguaje, pero sí es el único capaz de articular muchos sonidos y muchísimas palabras, debido a que su tracto vocal está ubicado mucho más abajo, en la laringe, que en el resto de los mamíferos, incluidos sus parientes más cercanos, los chimpancés, los orangutanes y los gorilas. Es ésa la razón de que el animal humano haya llegado a desarrollar el arte del lenguaje y el lenguaje del arte, caminos que lo llevaron al pensamiento abstracto y a la especulación filosófica, que sí son exclusivas del hombre, por lo menos en la actualidad. Sin el pensamiento abstracto no habría ideas, y sin ideas no habría altruismo. Porque, aunque Leakey no lo diga (no es necesario), el altruismo es otra de las grandes diferencias entre el animal humano y el resto de los integrantes del reino animal. Jesucristo y Sucre son dos buenos ejemplos de esa verdad.
Otro de los grandes estudiosos de lo humano, pero a través de lo animal, el zoólogo y etólogo Richard Dawkins, en su libro El gen egoísta, llega a la conclusión, y lo demuestra, que el egoísmo es algo esencial y fundamental para la conservación de las especies, para el progreso de cada uno de los seres vivos que han tenido algún éxito en el planeta Tierra. Tiene que ser así para que la vida continúe, puesto que si todos los seres vivos tendieran a sacrificarse por los demás, llegaría un momento en el que todos se habrían inmolado, y, sencillamente, ya no quedaría ni un solo ejemplar por quien dar la vida.
Tanto Leakey como Dawkins cometen el mismo error que Darwin y prácticamente todos los que se han ocupado del tema de la selección natural: dicen, por ejemplo, que el hombre, para sobrevivir, tuvo que adoptar la posición erguida y hacerse omnívoro, cuando la verdad es casi lo contrario, pues el ser humano, porque adoptó la posición erguida y se hizo omnívoro, sobrevivió. La selección natural favorece a los que, por casualidad, pueden resistir los cambios de la naturaleza. El caso del Homo es muy claro. Al hacerse omnívoro, se le desarrolló enormemente el cerebro, y al tener el cerebro mucho más grande que los de sus parientes más cercanos, pudo afrontar varias tareas nuevas, que no existen en otros seres vivos, como la memoria no mecánica y, sobre todo, lo cognoscitivo, el pensamiento, y tras el pensamiento, el lenguaje, el arte, la escritura, que a su vez lo llevó a desarrollar la literatura (poiesis = creación = poesía) y la especulación filosófica, el concepto de lo abstracto y el uso sin límites de la imaginación; en fin, pudo hacerse humano. Pero todo indica que debió mantener, como el resto de los seres vivos, el egoísmo como motor de crecimiento. Dawkins, después de pasar revista a todo lo relativo a los seres vivos como simples portadores de genes, y de afirmar que los genes que se imponen tienen que ser egoístas, sugiere que el hombre es el único ser capaz de vencer esa tendencia y desarrollar un altruismo “verdadero, genuino y desinteresado”. Ello implica que el altruismo es otra de las grandes diferencias del hombre con el resto de los animales, y que no es natural, sino una creación humana. El propio Dawkins abre el camino de la demostración con una palabra inventada por él que, como palabra no es muy feliz: “meme". No es feliz porque en cualquier lengua romance suena idiota, y algo similar ocurre en alemán, en sueco, en danés, en noruego, etcétera. Ha podido basarse en la trilogía genotipo, paratipo, fenotipo y utilizar también “una raíz griega apropiada” para hablar de fen y llegar así a un nuevo término, mucho más adecuado que el que él pretende imponer. Así, podemos equiparar perfectamente un fen egoísta a un gen egoísta y un fen altruista a un gen altruista. Un fen, que sería parte de los fenomas recibidos por cada individuo, no es otra cosa que una información cultural que se transmite entre individuos y a través del tiempo y se ubica en el cortex cerebral, que es (o parece) exclusivo de los humanos. De modo que, así como se entiende cualquier organismo como una máquina de conservar genes, hay que entender a cualquier ser humano como una máquina de conservar fenes, que son a su vez la memoria, tanto la memoria individual como la colectiva, es decir, la Consciencia, la conciencia, tanto individual como colectiva. Y también hay que entender que así como los genes mutan, mutan los fenes, que es algo que ilustra muy bien Dawkins hablando nada menos que de la idea de Dios: Probablemente se originó muchas veces mediante “mutaciones” independientes. En todo caso es muy antigua, ciertamente. ¿Cómo se reproduce? Mediante la palabra escrita o hablada, con ayuda de una música maravillosa y un arte admirable. ¿Por qué tiene un valor tan alto de supervivencia? Recordemos que aquí el “valor de supervivencia” no significa valor para un gen en un acervo génico, sino valor para un meme en un acervo de memes. ¿Que hay en la idea de un dios que le da estabilidad y penetración en el medio cultural? El valor de supervivencia del meme dios en el acervo de memes resulta de la gran atracción sicológica que ejerce. Aporta una respuesta superficialmente plausible a problemas profundos y perturbadores sobre la existencia. Sugiere que las injusticias de este mundo serán rectificadas en el siguiente. Los “brazos eternos” sostienen un cojín que amortigua nuestras propias insuficiencias y que, a semejanza del placebo de un médico, no es menos afectivo que éste por el hecho de ser imaginario. Éstas son algunas de las razones de por qué la idea de Dios es copiada tan prontamente por las generaciones sucesivas de cerebros individuales. Dios existe, aun cuando sea en la forma de un meme con alto poder de supervivencia, o poder contagioso, en el medio ambiente dispuesto por la cultura humana. Y en la página final de su libro, llega a la conclusión de que Somos construidos como máquinas de genes y educados como máquinas de memes, pero tenemos el poder de rebelarnos contra nuestros creadores. Nosotros, sólo nosotros, podemos rebelarnos contra la tiranía de los reproductores egoístas.
Pero, retrocedamos un paso en la creación. Judíos y cristianos, mahometanos y de otras religiones, ven al hombre como una creación de un Dios omnipotente, intermedia entre los animales y su creador. Llegan a afirmar que fue hecho a imagen y semejanza de Dios (Entonces dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza", Génesis 1,26). Esa imagen y semejanza podría ser más bien física, puesto que los hombres, en ninguna de esas religiones, aparecen como dioses o semidioses, y eso es lo que los diferencia de Dios. Lo cual, dicho sea de paso, crearía un problema grave a los partidarios de la discriminación racial a favor de los de origen europeo, puesto que, como lo demuestran claramente Leakey et al, toda la humanidad actual desciende de una “madre universal” ¡que fue africana!, de donde se desprendería que Dios es africano. ¿O no? Pero dejemos ese tipo de especulaciones para concentrarnos, luego de aceptar que lo que diferencia al hombre de los demás animales es la cultura, entendiendo por cultura lo que todo el mundo sabe que es cultura. No el simple lenguaje, puesto que ya se ha demostrado fehacientemente que muchos animales lo utilizan. Muchos animales, en efecto, usan palabras y claves para comunicarse entre sí. Al hacerlo, responden a necesidades estrictamente físicas, como la conservación de la especie. Y con ello, según Dawkins, actúan impulsados por los genes del egoísmo. En la vida real –dice Dawkins– se presentan casos en que los individuos parecen tomar medidas activas para proteger de los predadores a miembros de su grupo. Recordemos las llamadas de alarma de los pájaros. Estas llamadas funcionan verdaderamente como señales de alarma por cuanto tienen el efecto de provocar inmediatas acciones evasivas de los individuos que las escuchan. No existe indicación alguna de que el que emite la llamada esté ‘intentando alejar al predador de sus compañeros’. Se limita simplemente a informarles de la presencia del predador, advirtiéndolos. Sin embargo, el acto de efectuar la llamada parece, a primera vista, un acto altruista, pues tiene el efecto de atraer la atención del predador hacia aquel que la emite. No hay tal altruismo. Por el contrario, se trata de una acción para salvarse del posible ataque de un predador, puesto que la llamada es lo suficientemente breve y confusa como para que todas las aves se agrupen y, de ser posible, se escondan, y el que la hizo pueda quedar a salvo del predador. Todavía más: sin mucho esfuerzo, citando a su colega israelí A. Zahavi, nos demuestra que uno de los casos más impresionantes de posible altruismo, el de las gacelas que al saltar más alto que las otras parecen alertar a sus compañeras para que escapen y atraer sobre ellas la atención del atacante, es un acto de supremo egoísmo, puesto que en realidad lo que hace cada una de las grandes saltarinas es demostrarle al agresor que para atraparla a ella va a necesitar un gran esfuerzo, por lo cual es más sensato concentrar su atención en cualquiera de las otras, las que saltan menos, que serán más fáciles de capturar. Es decir, ¡quiere cada una salvarse a costillas de las otras! ¿Puede haber mayor iniquidad?
Esos ejemplos, y muchísimos otros que sirven para demostrar que en la naturaleza no hay nada parecido al sacrificio de un individuo por otros, ni siquiera entre las hormigas y las abejas, terminan por probar, hasta donde es posible probar algo, la tesis fundamental de un importante grupo de etólogos representados especialmente por el profesor Dawkins, y que se puede resumir así: cada cuerpo es una máquina diseñada para mantener dentro de sí y transmitir a sus descendientes genes, y los genes que tienen ventaja para que ese cometido se logre son los egoístas, los que tienden a que la máquina en sí viva lo suficiente como para reproducirse, y por ende multiplicar los genes que transporta, hasta el máximo de su capacidad. El ser humano, visto como animal, no podría escaparse de esa tendencia y, por lo tanto, durante millones de años de evolución, los genes del egoísmo tienen que haber ido eliminando de las máquinas a los del altruismo, tal como han ido desapareciendo otras características, como la de andar en cuatro patas, la de tener cola, etcétera.
Pero no parecería ser así. Y la única explicación tiene que venir por lo que Dawkins llamaría “memético” y yo prefiero calificar de fenético. Los fenes del altruismo, vencidos permanentemente a lo largo de millones de años, se han ido quedando como recesivos y, como tales, capaces de imponerse cuando se combinan con otros similares y se dan las condiciones para que actúen. Hay demasiadas evidencias de altruismo en el ser humano como para poder afirmar que los fenes de esa tendencia fueron eliminados de sus fenomas. Bastaría con pensar en el cristianismo, con toda su carga de altruismo, para afirmarlo. En un lugar perdidísimo del planeta se aparece un hombre bueno, que predica la paz y el perdón en un mundo lleno de guerra y rencores, y a la vuelta de apenas dos o tres siglos, su palabra se riega por todo el Imperio romano y termina dominando el mundo occidental y, en especial, las almas buenas del imperio occidental. Y para nada debe contar el que en muchísimos casos el cristianismo es sólo una cubierta que esconde realidades nada hermosas, su sola existencia es ya un milagro. Pero nos estamos desviando del camino: volvamos al uso de la palabra, o de cualquier otro recurso, para crear belleza (belleza no natural, se entiende): tenemos que aceptar que hay en ello una enorme dosis de altruismo: se escribe poesía (o prosa) para que los demás la disfruten o aprendan algo de ella; se pinta o se esculpe para que la colectividad goce de la belleza que el artista crea; se hace música con la esperanza de que los demás la encuentren bella o interesante. Aunque también se puede admitir que se escribe o se pinta o se hace música para convertirse en personaje y hacerle un buen cariño al Ego, a la autoestima, es decir, por vanidad, lo cual no estaría nada lejos de los saltos de las gacelas. Sin embargo, si pensamos en la creación del cristianismo, que tiene muchísimo de belleza, tenemos que admitir que debe haber habido la intención de hacer algo por los demás, por la humanidad, por esos alter involucrados en el término “altruismo". Claro que en ello puede haber también un componente de vanidad, un deseo de reconocimiento ajeno, o de trascendencia y eternidad, por ejemplo, que llevaría en sí una buena dosis de egoísmo y habríamos caído en la misma trampa. Pero hasta ese deseo, paradójicamente, tiene una importante dosis de altruismo. Y de todo ello surge una conclusión tentadoramente sólida: es el altruismo lo que en estricta realidad diferencia al hombre del animal. El altruismo en cualquiera de sus formas, o, si se quiere, de sus efectos, como el arte, la literatura, el sacrificio auténtico, y, en cuanto a lo que estamos discutiendo: el verdadero heroísmo.

Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte

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