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Zaguán de letras, quinta parte

09.10.11 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Literatura, Ensayo, Capítulo, Historia


EN LOS DÍAS DE SUCRE

Zaguán de letras, quinta parte

4. Lo bueno y lo malo.

Ahora bien, si es el altruismo lo que hace hombre al hombre, el ser egoísta es el más cercano a lo animal, y el ser altruista es el más cercano a Dios. Y, por lo tanto, hay algunos rasgos de carácter que se acercan a lo divino y otros que se relacionan más con lo animal. Es lo que, en general, todas las culturas, desde las más primitivas hasta las más complicadas, han intuido en mayor o menor grado. Y es lo que, directa o indirectamente, todos los filósofos, hasta los más recientes, pasando por Bergson, Hegel, Nietzche, Spencer, han exprimido de las deliberadamente oscuras y misteriosas palabras de Heráclito de Efeso. Sol y Luna, Bien y Mal, Yin y Yan, civilización y barbarie, en fin, elementos que se consideran positivos y elementos que se consideran negativos; los dos principios creadores, uno para el bien y uno para el mal, del maniqueísmo o del mazdeísmo. Del dualismo. Llevándolo a lo estrictamente individual, creo que es posible identificar como características positivas, o altruistas, todas las relacionadas con la generosidad, y como negativas, o egoístas, las relacionadas con la avaricia. Con la generosidad se relacionan, obviamente, el perdón, la caridad, la amistad, la solidaridad, el desprendimiento, etcétera. Y con la avaricia, el rencor, el resentimiento, la tendencia a acaparar, la ambición, la soberbia, el poder, etcétera. Otra vez nos encontramos con tendencias negativas y tendencias positivas. Malas y buenas. Algo que debe haber disgustado mucho a Maquiavelo y sus seguidores, y a los que afirman que en la política no deben contar las consideraciones morales.
Y trasladándolo a sociedades, a grupos humanos en los que los caracteres interactúan y forman corrientes sociales, debería ser posible que se hable de naciones altruistas y naciones egoístas, naciones que están más cerca de Dios y naciones que están más cerca del demonio. Exagerando un poco la nota hasta casi llevarlo al terreno del maniqueísmo, podríamos decir que desde que se crearon las naciones, y aun desde mucho antes, han existido naciones buenas y naciones malas. En mi concepto, naciones egoístas han sido las grandes potencias imperialistas, que han agotado los bienes y las reservas de otros para usarlos en su propio beneficio. Ese fue el caso de la España desde el siglo XVI hasta el XIX, y, muy especialmente, el del Imperio Británico hasta casi hoy y ese es el caso de los Estados Unidos de hoy. Contra España, considerada entonces una nación mala, y por la creación de una nueva nación que pudiera considerarse buena, e indirectamente contra toda forma de imperialismo, lucharon a brazo partido hombres como Miranda, Bolívar y Sucre (y me atrevo a afirmar que más Sucre que Bolívar y Miranda). Su aspiración no se limitaba a la independencia o la creación de nuevos estados, pues lo que querían era liberar de malos gobiernos un territorio con un solo idioma, y crear en él un mundo en donde se respetaran los derechos humanos que no eran tomados en cuenta, en su momento fuera de lo establecido en el papel, ni siquiera en Francia, a causa del egoísmo de los políticos, especialmente de Bonaparte. No era la primera vez que eso se intentaba, claro, ni sería la última. Puede haber habido esas mismas intenciones en otras regiones, como la Francia revolucionaria y la Unión Soviética, pero las locuras, en el primer caso, y la involución hacia formas abiertamente egoístas, prácticamente idénticas a las del fascismo (el totalitarismo, el disfrute del poder en forma de palacios y dachas y trenes de servicio, etcétera) terminaron con el altruismo en poco tiempo y crearon nuevas naciones egoístas y hasta imperialistas a ultranza. Desgraciadamente, hay que reconocer que es la naturaleza humana lo que ha fallado en donde quiera que se impuso el llamado “Socialismo real". La sola necesidad de ponerle el apellido de “real” ya indicaba algo torcido, y, por desgracia, la corrupción, el afán de poder y otros vicios destruyeron el sueño, lo hicieron prácticamente imposible.
De los sistemas políticos conocidos, no hay duda de que el más altruista, o si se quiere, el menos egoísta, es el sistema democrático. La aceptación de las opiniones ajenas, en especial de la disidencia, y la necesidad de negociar, implican de por sí la existencia de una dosis importante de altruismo. En cambio los sistemas totalitarios, como el fascismo, el comunismo o socialismo llamado “real” y el nazismo, representan la mayor exaltación del egoísmo. Por eso significaron asesinatos en masa, persecuciones terribles, genocidios, por una parte, y odiosos privilegios para sus jefes y “cuadros”, por la otra, y por eso cada vez encuentran más rechazo, hasta en sus formas embrionarias, como es el caso del mal llamado “chavismo” de Venezuela, que es una forma primitiva de fascismo y pretende involucrar de manera inconsulta la figura de Simón Bolívar.
En cuanto a los sistemas económicos conocidos, parecería que el capitalismo y el comunismo soviético han demostrado ser abiertamente egoístas, pero el capitalismo parece ser, hasta ahora, el único sistema de llevar adelante la vida económica, y lleva dentro de sí la economía de mercado, que, tal como el sistema democrático implica negociación, aceptación del interés de otros y es perfectamente compatible con el socialismo auténtico, al estilo escandinavo, que debe ser entendido como la forma política de corregir las deformaciones y las inevitables injusticias creadas por el mercado en su natural mecánica, lo cual requiere una buena dosis de altruismo. Aunque hay que admitir la existencia de una seria paradoja: el capitalismo implica el desarrollo de mis intereses sobre los de los demás, pero es el sistema más eficiente de desarrollar los intereses de todos. Quizá haya que pensar que mientras no se logre algo mejor, es lo menos malo que existe. Y si hablamos del socialismo que con cierta sorna llamaron utópico sus detractores, en apariencia sería de todos los sistemas el más altruista pero no ha resultado hasta ahora práctico o aplicable, lo cual no debe ser entendido como que es necesariamente inaplicable. Requiere una dosis de altruismo que quizás no sea posible en estos tiempos ni pueda serlo en mucho tiempo.
Y si pensamos en términos del tiempo de Sucre, parecería que el liberalismo es más altruista que el conservatismo, lo cual podría llevarnos a otros terrenos, quizá más actuales, y a decir en consecuencia que son más altruistas los ecologistas que los mineros, o los civilistas que los militaristas, o los pacifistas que los nacionalistas fanáticos. En fin, sin caer en el campo de lo maniqueo, podríamos hacer todos los ejercicios intelectuales sobre la materia, y podríamos también estar discutiéndolo mil años sin ponernos de acuerdo. ¿De qué material están hechas las alas de los ángeles? ¿Cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler? Y además, la discusión resultaría estéril, por lo simple de sus alternativas. La verdad es mucho más complicada que todo esto, y requiere, tal como la democracia, la aceptación de muchas opiniones que convergen e interactúan, de donde se infiere, aun cuando sea muy discutible, que la verdad es más altruista que la mentira.
En cambio, lo que no admite discusión, es que la guerra, en donde los jefes, los machos alfa, se ubican en los lugares más protegidos y privilegiados y mandan al sacrificio especialmente a los omegas, representa el máximo egoísmo y la paz el máximo altruismo. Los animales están condicionados por los genes egoístas, viven en estado parecido a una guerra permanente. No sólo entre ellos mismos por la competencia inevitable para garantizar su continuidad genética, sino entre especies diferentes, para obtener cada una las ventajas que pueda a costa de las otras. El ser humano no se ha escapado de esas formas egoístas. Algunas de ellas son indispensables para su subsistencia. Pero otras, las que implican competencia dentro de la misma humanidad, pueden ser dominadas por la capacidad altruista, o, en el peor de los casos, pueden ser sublimadas, convertidas en energías y formas de acción positivas. Dicho en otras palabras, el egoísmo del hombre lo empuja a destruir para comer, y para ello caza y ataca a otras especies, por una parte, y compite con otros hombres por el territorio y la caza, que es lo que lleva a la guerra. Eso permite afirmar, por ejemplo, que fascistas, nazis y comunistas, tal como los llamados “halcones", son egoístas, en tanto que los ecologistas y los pacifistas, tal como los llamados “palomas", son, esencialmente altruistas. Y una posible derivación de esas afirmaciones nos permite puntualizar algo muy concreto: que la máxima aspiración de quienes no son egoístas, es el logro de la paz. Es algo que la iglesia romana, de cuya sabiduría nadie puede dudar, ha comprendido del todo. Por algo, en casi todas sus manifestaciones y sus ritos se refiere a la paz. Curiosamente otras manifestaciones que bien pueden asimilarse al fenómeno religioso, como lo son las doctrinas políticas que aspiran a la dominación (la tendencia imperialista de los norteamericanos y el comunismo, que ya no es soviético, sino asiático), también insisten en la paz como mensaje. No hay que hacer un estudio muy profundo para entender la razón de esa insistencia, que muchas veces se contradice con las acciones reales de quienes emiten los mensajes. Desde luego, que hay en esto un doble juego: la sociedad no quiere la guerra porque la inmensa mayoría de los individuos que la forman no quiere correr el riesgo de morir de hambre o de metralla; lo que significa que, tal como en el caso de las gacelas saltarinas hay una falsa apariencia, y no podemos atribuir al altruismo el interés por la paz. Pero, aunque pueda parecer paradójico, sí se le puede atribuir al egoísmo el deseo de guerra. Un jefe de estado ambicioso y egoísta, tal como cualquier militar, por lo general, quiere poder, quiere usar la fuerza, y siente desprecio por quienes quieren la paz.
Y eso es, justamente, lo que hace inmenso a Antonio José de Sucre, un militar que llegó a ser jefe de estado, que desde su primera juventud estudió para ser militar, para convertirse en oficial de carrera (aun cuando es fácil suponer que ello se debió a los usos y costumbres de las familias principales de aquellos días), un hombre que se inició en la milicia cuando apenas tenía quince años, y no conoció descanso hasta ganar la más importante de las batallas de la independencia americana, en fin, un hombre que le dedicó su vida a la guerra y fue grande, como pocos, en las artes militares, pero que demostró, con su vida y con su muerte, que su máxima aspiración era la paz, la fraternidad entre los seres humanos, el fin de la guerra, mezclada con el deseo de que jamás volviera a imperar sobre los hombres la violencia: por eso afirmó que su máxima aspiración era la de dedicarse a administrar las haciendas de su esposa, dejar de ser un hombre público para convertirse en un ciudadano privado. ¿Puede haber una paz mayor que la del que huye el mundanal ruïdo? Y es obvio que Sucre deseaba más que nada escapar de la vida pública, que en su tiempo casi que sólo podía manifestarse en forma de vida militar, y viceversa. Y no es imposible que una de las causas de su temprana muerte haya sido su rechazo a la violencia y a la guerra. Y, para colmo, ese deseo de paz llegó al extremo de hacer que en la práctica perdonara a sus enemigos, a los que diezmaron a su familia, a los que lo apartaron de la tranquilidad cuando era apenas un adolescente. En resumen, fue Sucre un ser nada común, un general, que en batalla se ganó en título de Gran Mariscal de Ayacucho, y que con su ejemplo se ganó otro que habría apreciado muchísimo más: el de Héroe y Mártir de la Paz.

Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte

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