Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

Bolívar, ópera de Darius Milhaud

(Primera Parte)

1.- La obra musical y su acción.

Bolívar de Darius Milhaud es un canto a la libertad y al mismo tiempo, una manifestación de fe en el sueño de todos los hombres que, como El Libertador, lograron el rompimiento de las cadenas que esclavizan a los pueblos al poder y a la voluntad de un tirano. Milhaud escribió esta ópera durante la Segunda Guerra Mundial, en 1943, cuando Francia se encontraba invadida por los ejércitos del nazismo y él, como judío francés, tenía tan solo la modesta condición de refugiado en los Estados Unidos de América, pero eso sí, como ser humano creía firmemente en la posibilidad de construir un futuro nuevo y esperanzador y como artista, poseía una extraordinaria capacidad para asomarse al mundo musical del Siglo XX, como un constructor de nuevas sonoridades, con gran sentido de la agudización del lenguaje armónico e instrumental. En pocas palabras, un músico innovador y convincente, poseedor de los instrumentos adecuados para escribir una magnífica ópera.

En esas circunstancias, Milhaud buscó entonces para su nueva ópera, una figura universal, el personaje que mejor encarnara a escala planetaria, los ideales que la France eternal (1) había una vez propuesto al mundo y ahora en estado de opresión, reclamaba para ella: libertad, justicia, igualdad y espíritu de lucha en favor de los derechos ciudadanos, especialmente de quienes habían sido marginados y sometidos a la condición de pobres y humillados. Este hombre no era otro, que Simón Bolívar.

Milhaud, en consecuencia, trabajó con interés para que su Bolívar cogiera el camino que lo llevaría a constituirse en la más grandiosa de todas sus óperas. En esa dirección, él puso al servicio de sus ideales patrióticos y de sus actitudes de músico carismático y siempre en comunicación directa con su público, lo mejor de sus cualidades y el talento que ofrecieron dos insignes colaboradores- Jules Supervielle, poeta y Fernand Léger, pintor cubista- en la realización del texto y los decorados de la más completa de todas las óperas de Milhaud.

La ópera Bolívar tiene un perfil característico: un lenguaje armónico politonal, producto de la forma en que Milhaud superpone, dentro de una tonalidad definida, diseños, giros, adornos y sobre todo acordes, construidos en tonos diferentes. Con esto crea diversas gradaciones de valor y realza distintos planos sonoros. Se trata de una música de consistencia y rigor intelectual, soberbiamente orquestada, donde se ofrece al escucha los más diversos y hasta contrapuestos desarrollos musicales.

Frases dolorosas que avanzan lentamente, hasta volcarse en una atmósfera de austera y patética belleza, como las que se refieren a la muerte de María Teresa o la agonía de Bolívar. Otras veces, frases escritas a vuelapluma, que desprenden una agradable sonoridad, resultado de una acertada combinación de elementos acústicos, la llamada eufonía. El idilio y la fugaz felicidad de Bolívar y su esposa. Pero, en otras ocasiones, saltan rápidamente al lado opuesto, a la atmósfera monocolor y hasta a la cacofonía. El paso de Los Andes, escena 3 del Acto II, donde en medio del rigor del páramo, nacen niños, mueren hombres y mujeres, en la empresa más ardua de la epopeya bolivariana. Así mismo, tienen lugar situaciones de ambiente pastoral, como al comienzo de la ópera, en la hacienda de San Mateo, propiedad de la familia Bolívar. Pero de improviso, suele ocurrir que irrumpe el medio urbano, caracterizado por una música estentórea y hasta ruda. Es el caso de la revuelta de los peones y el terremoto de 1812, en el mismo primer acto. La tenebrosa noche de los fusilamientos en Valencia.

Hay música sensual, como la confidente de los dúos amorosos entre Manuela y Bolívar, que se transforma después en austera, cuando nos traslada a una cruda realidad, reveladora del lado cínico, frío y muy cruento, de José Tomás Boves, el personaje oscuro de esta historia. A este respecto, nos referimos en el segundo acto, al cruel baile de las viudas en la ciudad de Valencia, impuesto a las mujeres de duelo, a quienes se les obligó a bailar con los oficiales españoles. Música de corte heroico, como el Himno de la libertad (Act. I), Himno a los soldados difuntos (Act. II), Himno a los soldados vivos (Act. II), Marcha de la libertad (Act. II), Bolívar rey (Act. III). Tienen también lugar la ternura y la violencia, como el escenario de la liberación de los esclavos, contrastado por la entrada de Boves (Acto II). Disfrutamos sin dudas de una música espiritual- el Aria y el Berceuse de Manuela, en los actos I y II, respectivamente- que nos toma de la mano y nos conduce inexorablemente a la solución final, que se expresa a través de una música terrena. La escena final de la delirante muerte de Bolívar.

2.- Darius Milhaud, músico de los nuevos tiempos.

Darius Milhaud fue un digno exponente del “esprit nouveau”, un compositor de envidiable facilidad para la creación musical y una fecundidad legendaria. Digamos, que en un rápido viaje de una hora en tren, era capaz de componer una Sonata de primavera. Un resfriado común y debía permanecer en cama dos días, ese era el tiempo suficiente para preparar cuatro piezas de música de cámara, sin hacer mención de alguna de sus “operas minutes”, que solía concebir durante un corto vuelo aéreo. Se decía de Milhaud, que apenas se publicaba un catálogo de sus obras, éste corría el riesgo de estar ya desactualizado. Un trabajador infatigable, como muy pocos, que tuvo el mérito de acumular en su haber, un riquísimo activo de composiciones de todo género: vocales, teatrales, óperas, ballet, música instrumental, sinfonías, conciertos, música de cámara y hasta música popular francesa.

Él formó parte, en la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial, del llamado “Grupo de los seis”, músicos muy diversos en sus cualidades y en sus capacidades técnicas, pero con el denominador común de tener la voluntad de forjar una música nueva, alejada de las exquisitas resonancias del impresionismo, del cromatismo wagneriano, de la profundidad alemana, la “scholla” y de lo que llamaba la “gente aburrida” los valores del clasicismo. Ellos fueron: Darius Milhaud, Arthur Honegger, Francis Poulenc, Germaine Tailleferre, Georges Auric y Louis Durey. Fuera, quedaban Jean Cocteau, un líder del grupo en lo literario y Eric Satie, un precedente de innovación en el tratamiento de esa misma música de nuevo cuño. No hay duda que entre los seis, el más personal e interesante resultó ser Darius Milhaud.

Darius Milhaud posee una dualidad, por una parte es provenzal- nació en Aix en Provence en 1892, la naturaleza de esta región de Francia le confirió a su música la alegría, el color y la llenó de vida. Por el otro lado es israelita y ello representa el reverso de su música: el lado severo o religioso hebraico, que se pone a menudo de manifiesto en la ópera y en las tragedias. A esto debemos también sumar otras circunstancias para caracterizar su música. Él formó parte del ambiente literario parisino, liderado por Jean Cocteau, de aquí viene su pasión por el circo y el “music hall”, Le boeuf sur le toit, farsa de Cocteau (1919) y Le train bleu, ballet de Cocteau (1924). Vivió en Brasil en 1917 y muchas de sus obras tienen influencia de la música brasileña: L’homme e son decir (1919) es un ballet ambientado en la selva amazónica. Así mismo, La creation du monde (1923) es también un ballet sembrado de ritmos negroides. Finalmente, su música tiene a menudo influencia de los colores armónicos y el ritmo del jazz.

La gran novedad de Milhaud fue la música politonal, en sus dos variantes: vertical o armónica, y horizontal o contrapuntística. Como hemos explicado en precedencia, el politonalismo de Milhaud es producto de la forma en que superpone, dentro de una tonalidad definida, diseños, giros, adornos y sobre todo acordes, construidos en tonos diferentes. Sus reminiscencias de lo antiguo, fueron el uso de temas mitológicos y bíblicos y la forma en que algunas veces utiliza el coro en sus óperas, a la usanza del teatro griego, esto es: como un importante personaje, que narra la tragedia.

(continuará la próxima semana)

Imágenes:
Tope: Cuadro “Apoteosis” de B. Fernando Leal
Medio: Pintura de Bolívar por Carmelo Fernández
Abajo: Fotografía de Darius Milhaud por Jean Crommelynck


(1) “Los más altos intereses de nuestra patria” Discurso pronunciado por el General Charles de Gaulle en Londres, el 22 de junio de 1940. Fundación Charles de Gaulle, 5 rue de Solférino, 75007 Paris. Discursos. (www.charles-de-gaulle/org./fondation).

Hugo Alvarez PifanoHugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).

Dos noticias de Maracay

27.01.12 | por Noticias LITERANOVA [mail] | Categorías: Noticias, Arte, Libros

“FÁBULAS DE CARNE Y HUESOS” EN EL CNP-ARAGUA

Con los auspicios del Colegio Nacional de periodistas-Seccional Aragua, será presentado en Maracay el libro “¨Fábulas de carne y huesos”, del conocido periodista Manuel Felipe Sierra.

La obra será presentada por el también periodista y escritor Alberto Hernández el próximo martes 31 de enero, a las 6 y 30 de la tarde, en la sede del CNP, ubicada en la avenida Las Delicias de la capital del estado Aragua.

Se trata de una obra en la que el escritor se pasea por nombres y acontecimientos que han marcado a los venezolanos, a los latinoamericanos y muchos ciudadanos del mundo. Es un trabajo que, como afirma Simón Alberto Consalvi, ha sido escrito por un “Prosista de fino estilo, analista de penetrante agudeza y conocedor a fondo de la política y de los políticos venezolanos del siglo XX”, y habría que agregar que no sólo conocedor de la política sino de la cultura y de muchos de sus protagonistas. Son 60 crónicas de sabrosa textura. 60 crónicas que revisan el pensamiento y la acción de nuestro acontecer.
Manuel Felipe Sierra es autor de “Los hilos del poder”, “Quince años de evolución política”, de las biografías de Gustavo Machado y Marcos Pérez Jiménez, y coautor de “Venezuela en terapia intensiva”, “La crisis de abril” y “Tierra nuestra”.

Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas, actualmente es columnista del diario El Nacional.

Al final de la presentación, los asistentes compartirán con el autor y brindarán por el camino que recorrerá la obra.

RELATOS Y POESÍA DE UMBRA Y ESTIVAL

** “Relatos fascistas”, “Diario de aguas” y “Más sobre el río” es el trío de obras que dos editoriales de Maracay presentarán el próximo 2 de febrero.

Las editoriales Umbra y Estival, conjuntamente con el Colegio Nacional de Periodistas Seccional Aragua, han organizado para el próximo jueves 2 de febrero, a las 6 y media de la tarde, la presentación de tres libros de relatos y poesía.

“Relatos fascistas”, (Umbra Ediciones de Autor y Ventanas de Lavapiés, Madrid) del poeta y narrador Alberto Hernández; “Más sobre el río” (Ediciones Estival), del poeta y novelista Francisco Arévalo), y “Diario de aguas” (Ediciones Estival), del poeta José Ygnacio Ochoa, son las piezas que serán ofrecidas al público la noche del jueves 2 de febrero.

“Relatos facistas” recoge un país violento a través de personajes reales que se hacen ficción a través de un discurso cuyos referentes están a la vista. Hernández, por su también condición de periodista, se engarza en lo que ve y lo transforma, lo hace literatura, lo enriquece con ironía, humor y una trama carnavalizada.

“Más sobre el río” es un homenaje poético de Arévalo a los grandes ríos del sur de Venezuela, donde él habita. El Orinoco, el Caroní, venas y arterias que circundan su imaginario se convierten en una poesía portentosa, plena de imágenes, rica en sensaciones.

“Diario de aguas” es una biografía poética de Miguel ramón Utrera a través de las aguas del río de San Sebastián de los Ríos. Una hermosa aventura donde no falta el clima y los accidentes geográficos que marcan el comportamiento del hombre, su condición de poeta y soñador.
Tres libros que estarán a la disposición del público maracayero el próximo 2 de febrero.

Restos de filosofia, 4: Sueños y “religiones”

11.01.12 | por Gonzalo Palacios G. [mail] | Categorías: Ideas, Filosofía, Gonzalo Palacios G.

Digo “Restos” como pudiera decir “Sobras;” y me refiero a la noble actividad “Filosofía,” porque la sabiduría se obtiene pensando y discutiendo.

Amigo lector, estoy de regreso! Dormí un buen rato. Y descansé; lo digo porque muchas veces mis sueños no me permiten hacerlo. Nos pasa a todos; despertamos más cansados que antes de dormir. Sudando, aunque sin fiebre. O más “estresados:” ¿Habrase inventado vocablo más desagradable en el último lustro? Es triste ver que cada vez con mayor frecuencia, incorporamos palabras como esa, a medida que ocurre la “globalización” cultural de nuestros pueblos. Además de esas dos, mi lista de palabras chocantes incluye estas tres: “dictraidor”, que inventé para definir a Hugo Chávez; “religión”, cuando se refiere a las creencias supersticiosas de aproximadamente 7 mil millones de seres humanos; y finalmente, “¡victoria!”, cuando se usa como sinónimo de final de una guerra. Estas y muchas otras son palabras despreciables y chocantes por el contenido de mendacidad que le han asignado millones de personas, sepan o no leer y escribir.

A nivel mundial, tal flojera intelectual (el sueño de la razón) produce protestas, revoluciones y hasta guerras en los pueblos del mundo. A nivel de individuo, ya sea ciudadano, súbdito o simplemente residente de una nación, la flojera intelectual produce “monstruos” como los dibujados por Francisco Goya. Siglo y medio más tarde, “Construcción suave con habas cocidas, Presentimiento de guerra civil (1936) de Salvador Dalí y “Guernica” (1937) de Pablo Picasso, confirman que los sueños de la razón y sus soñadores trascienden el tiempo y espacio. No se si tú, amigo lector, pero yo he soñado con monstruos y desastres sociales similares a las imágenes de Goya.

Está claro: dormido o despierto; si mi razón sueña, puede producir monstruos. Lo se. Completamente despierto los he conocido, monstruos,
productos de los sueños de sus razones. Hombres que
sacrifican su naturaleza humana – su inteligencia y libre
voluntad – en aras de una naturaleza meramente animal:
“Una mañana mientras se despertaba después de
inquietantes sueños, Gregor Samsa descubrió que había sido transformado en su cama, en un gigantesco y asqueroso insecto.
… ¿Qué me ha pasado? Pensó. No era un sueño.”
Franz Kafka, principio de La Metamorfosis.

Quienes adormecen su razón se arriesgan a producir monstruos y
transformarse en uno. Pero como dijera anteriormente (RESTOS DE FILOSOFIA 1,”Sueños.), en mi caso, estando yo dormido, mis sueños han aniquilado los horrores de la vida soñada.

Y así es que te digo: ¡Estoy fresquecito! Descansé. Es cierto que mi razón soñó, pero para revelar algo de lo que soy. Y esa pequeñísima revelación me obliga al picoteo verbal nuevamente. Más que de mi ser, de lo que significa mi ser. En este sueño se me revelaron eventos que habrían tomado lugar inmediatamente antes y después de haber nacido. No se a quién, le mostraba la casa vecina a la de mis padres. Era del médico que asistió al parto. Un día típico de Maracay; esplendoroso, de sol y sin nubes. Caluroso, aunque en mi sueño no lo sentía. Ni me veía. Solamente se que estaba más allá de contento y alegre. Mi razón, despierta o dormida, no me reveló lo que soy. Ese sueño reveló qué significado tiene mi vida, soñada o no. Aparentemente, desde el día que nací. No soy más que un observador de la Obra que el Amor produce. Constantemente. Mi vida significa; es señal de la Creación del Amor. Observarla es mi la razón de mi razón. Mi razón de ser.

La existencia de mi ser, mi vida, consiste en familiarizarme con la Creación y reconocer en ella al Creador. Mi familia es la Creación; somos parte de ella. Estamos emparentados, las estrellas, el Universo y yo. El Universo y yo, con un mismo Progenitor. Tanto la Creación como yo procedemos de la Nada. El punto de partida de cada quien y de la Creación es el mismo: el no tiempo ni espacio. Todo ser humano es creado (tiene su principio) en la eternidad, existe en el tiempo y espacio, para concluir su existencia “fuera” de su dimensión espacio-temporal. El Autor de toda la Creación y de cada ser creado es el Ser Creador, Presente en todo tiempo y lugar.

La Creación nos incluye a todos. Todos: vivos, muertos y por nacer. Dicho de otra forma: mi alma anima mi incorporación a la Evolución Cósmica. Desde que se me hizo “presente” en este planeta, la energía que anima mi cuerpo (mi alma) coopera con la Energía que anima la Creación (Amor) para lograr una armonía. El instante en que un espermatozoide penetró un óvulo específico de mi madre, el Autor de la Evolución Creativa me animó, creó un alma para mi cuerpo. Dejé de ser óvulo impregnado. Hubo una auténtica trans-formación. De materia, a materia viva, a vida humana. Y no como resultado de una evolución meramente biológica (vide Darwin et seq.); la vida humana es producto de un proceso espacio-temporal que se inicia en la eternidad. La misma eternidad en que ocurrió la “Gran Explosión,” el mito propuesto por el sacerdote George Lemaitre para explicar el inicio de la Creación.

El - Ser siempre presente - sin pasado ni futuro, me hizo presente. Literalmente, concedió vida humana a la vida biológica recién iniciada. La materia (lo físico) por sí sola no puede crear lo inmaterial (lo metafísico). La Evolución Cósmica me hace físicamente en el tiempo-espacio. Constantemente. Lector, lee de nuevo mi sueño del día en que nací. El Autor – siempre presente en su Creación, como Goya, Dalí y Picasso en las suyas – crea un alma que anima mi desarrollo.

“Religiones.”

La criatura, si es, está. Y viceversa. En el caso del Creador no cabe la forma condicional del verbo; simplemente es y está. Siempre y perennemente. Como los sueños y pensamientos, que se suceden los unos a los otros. A veces sin darnos cuenta: puede que soñemos dormidos y al despertar seguimos pensando en lo mismo. Buena parte de lo que he escrito ha sido producto de ese proceso. Mejor continúo en primera persona singular para no pretender que todos soñamos y pensamos como yo. No podríamos probar tal hipótesis, ni siquiera a nosotros mismos.
A veces por ejemplo, estando despierto, hago que mis pensamientos analicen la situación política de Venezuela. Esa tarde participé en una discusión entre peritos que, sabiendo más que yo, me obligaron a recordar y reconocer verdades archivadas “…en el aula inmensa de mi memoria,” San Agustín, Confesiones, X.8,14.

Esa noche me acuesto a dormir, seguro de haber descubierto las razones por las que el país se ha degenerado y embrutecido hasta perder toda semblanza de nación civilizada. En buena parte gracias al Libertador, que no supo ni quiso aceptar las responsabilidades de ser “Padre de la Patria.” Una vez dormido profundamente, penetro en el “aula” de mi memoria. Ahí no percibo ruidos callejeros, ni pachulíes de mujeres abaratadas por abuso sexual; ni siquiera mis ronquidos apneáticos pueden interrumpir mis sueños-pensamientos. La inmensidad de mi memoria es apabullante. Paso por debajo de un busto de Virginia Woolf, colgando del techo del aula. Bruscamente salgo de aquel espacio soñado: más fuerte que mi “stream of consciousness” es el del canal urinario. En el baño, en la oscuridad, escucho mi orina mezclarse con el agua del inodoro. Definitivamente, el país tiene que orinarse en Chávez y halar la cuerda…

¿Qué tiene que ver ese sueño con las religiones? Pues bien, como escribí anteriormente, “La Creación nos incluye a todos. Todos: vivos, muertos y por nacer. Dicho de otra forma: mi alma anima mi incorporación a la Evolución Cósmica. Desde que se me hizo “presente” en este planeta, la energía que anima mi cuerpo (mi alma) coopera con la Energía que anima la Creación (Amor) para lograr una armonía.” Esa cooperación de cada persona con la Energía del Amor es el elemento básico para lograr que un pueblo nazca y se convierta en una sola Nación. La Evolución Cósmica que nos crea y la Energía del Amor que la “motoriza” perennemente, son las manifestaciones del Autor/Creador, siempre Presente en su Creación. Dormido o despierto, mis sueños y pensamientos cooperan [o no] con la Energía Creativa del Amor para lograr [o no] la armonía existencial de mi persona con mi Autor/Creador: esa cooperación es religión.

Si acaso se me obliga a cooperar con una institución o persona [“religiosidad” en lugar de religión) y a no aceptar los lineamientos implícitos en la Energía Creativa del Amor, se imposibilita la armonía mencionada. Es el caso, por ejemplo, de millones de musulmanes (creen en un personaje y escrito históricos) y de cristianos (creen en la institución “católica” y “romana.”). Difícilmente puede uno de estos creyentes aceptar la Realidad-siempre-Presente que la Energía del Amor les revela en el espacio/tiempo de la Evolución Cósmica.

El Ser Creador es su propia existencia. Nosotros tenemos existencia porque nos la ha sido dada. Y, como dijera antes, esa existencia no tiene otro fin que conocernos a nosotros mismos:
¿Y qué cuando es la misma memoria la que pierde algo, como sucede cuando olvidamos alguna cosa [i.e., nuestra identidad y la armonía mencionada] y la buscamos para recordarla? ¿Dónde al fin la buscamos sino en la misma memoria?
San Agustín, Confesiones, X,19, 28.

Reconocer la fuente de nuestro ser, el Ser Creador, nuestro Autor, en nosotros mismos, es un acto de religión auténtica. Conocer y reconocer – soñando o despierto - al Ser Creador/Autor cuya Energía (Amor) se manifiesta en la Evolución Cósmica que lo crea todo. Querer Ser, para siempre, es lo que constituye la “religión.” Querer Ser y Estar siempre en una común unidad con el Autor, re-ligados por el Amor:
“A l’alta fantasia qui mancò possa;
ma già volgeva il mio disio e ‘l velle,
sì come rota ch’igualmente è mossa,
l’Amor che move il sole e l’altre stelle.”
Dante, fin de La Divina Comedia.

(Aquí le faltaron fuerzas a la alta fantasía;/ pero ya mi deseo y mi voluntad giraban /como una [sola] rueda movida uniformemente/Por el Amor que mueve el sol y las otras estrellas.)

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

Restos de filosofia, Sueños

Sueño una vida.

Nunca sabré si es la mía o la de otro personaje. Hablo de la vida que sueño. Es fácil aceptar que si soy yo el que sueña, es mi vida la soñada. Pongamos por caso que me encuentre en un aeropuerto esperando. Eso es lo que hacemos la mayor parte del tiempo que pasamos en aeropuertos, esperar, esperar y esperar. De vez en cuando recibimos algún pariente, amigo, o socio; pero antes de que anuncien la llegada del vuelo, esperamos. Y a veces se retarda el vuelo o el aterrizaje, y esperamos más tiempo. Si estoy solo mientras espero es muy probable que me adormite por breves segundos, aún estando de pie. En una ocasión dormí por cerca de una hora! Pero no se trata de los tiempos pasados en brazos de Morfeo lo que determina la “vida soñada.” Una vez una señora corrió el riesgo de despertarme a los cincuenta y pico de minutos de estar a su lado, como muerto en vida, solo que roncando. Digo que corrió el riesgo de despertarme porque en varias ocasiones había sido violento con quien se hubiese atrevido a hacerlo. “Señor,” me habló suavemente, “señor, llamaron para su vuelo.” Me parecía que recién me había dormido; ni las gracias le di a la buena señora y minutos más tarde volaba rumbo a Los Ángeles.

Es fácil aceptar que si soy yo el que sueña, es mi vida la soñada; es lógico. No sea que me pase como a René Descartes, que salió con tremendo disparate allá por el año de 1637. Aquello de “cogito ergo sum.” ¡Vaya silogismo! ¿”Pienso, por lo tanto soy”? ¡Qué atrevimiento! ¡Pretender que el pensamiento de cada quien origina su ser! ¿Qué o quién piensa; una Nada Pensante? Me recuerda The Grand Design (2010) de Stephen Hawking, en donde afirma, a la Descartes, que “Because there is a law such as gravity, the Universe can and will create itself from nothing.” Perdone usted, gran científico contemporáneo, pero al salirse de su astrofísica parece haber entrado a la antigua astrología. Es decir, está usted meando fuera de la perológica. Prefiero el pensamiento del escritor portugués José Saramago, ateo como el científico inglés, pero respetuoso del sentido común: “No lo creo, pero, en caso de que lo haya, será un gobierno de ciegos gobernando a ciegos, es decir, la nada pretendiendo organizar la nada.” (Ensayo sobre la ceguera, 341).

Y no lo crea; tampoco resulta cierto que “soy, luego pienso:” todos hemos conocido a personas que son (tienen existencia) sin que por ello piensen. Ejemplos sobran en la Venezuela hodierna, comenzando, por supuesto, por Chávez, que no puede diferenciar entre emoción y pensamiento. En la filosofía moderna Descartes figura como el arquetipo del pensador more geometrico, como describiría su metodología en Meditaciones Metafísicas y como lo hizo Spinoza en su Ética cuarenta años más tarde (1677). Pero, se pelaron, para usar un tecnicismo epistemológico de aquella época. Lo que pasó es que pocos lectores se atrevieron a discutir con Descartes para plantearle la única conclusión válida posible a su premisa: cogito, ergo cogitationes sunt. Cuando pienso, amigo lector, produzco pensamientos, nada de “seres,” ni yo, ni nadie.

¡Anjá! No estoy tan fuera del perol intelectual (recipiente en que todo el que piensa archiva sus “prolegómenos,” prefacios, notas marginales para uso futuro, y pensamientos brillantes para la posteridad). Vuelvo a lo de soñar mi vida. ¿Soy o no soy una criatura capaz de soñar mi vida? Quizá debería añadirle una palabra al título de este ensayo: “Sonriendo, sueño una vida.” Porque durante las horas que no sueño dormido, sueño despierto. Sueños que eliminan los terrores nocturnos. Pero, Morfeo es amable y generoso. También me ha hecho experimentar lo contrario. El lector se habrá dado cuenta de un detalle. Cuando escribimos de sueños y soñadores conviene picotear. Frases breves, a veces sin verbos. Ni sustantivos. Pero siempre con su significado propio. Así son los sueños. Y las vidas soñadas. El soñador no. El soñador permanece. Siempre. No cambia; dormido o despierto, el soñador está presente. Observa, interpreta, escucha. Si acaso tiene significado propio, sus sueños y su vida soñada se lo revelan.

Cuando duermo, mis sueños aniquilan horrores vividos durante ese día. Me ocurrió la primera vez que contemplé “El sueño de la razón produce monstruos,” de Francisco Goya. No era copia. Yo estaba ante el original. Aquella imagen es origen, inicia, crea una realidad nueva. En sus “Caprichos” Goya identifica el sueño con la imaginación. Su comentario sobre esta lámina es el siguiente: “La imaginación privada de la razón crea pensamientos imposibles e inútiles. Unida a la razón, la imaginación es la madre de todo arte y la fuente de toda su belleza.”

Ese ajusticiamiento existencial diario lo aprende el ser humano a medida que aprende a distinguir la noche del día, el llanto de la risa, emisiones nocturnas de frustraciones amorosas, hasta llegar a la edad madura. Ahora, sueño mi vida, mi vida entera…No diferencio mis sueños de actividades, soñadas o no.

Más aun, rechazo la validez del siguiente silogismo: Los sueños no pueden ser verdad; sólo es verdad aquello que es, ergo, los sueños no tienen ser. Eso querría decir que los sueños no son. ¿Es posible que experimentemos lo que no es? No. La lógica, cualquiera de ellas, frecuentemente nos engaña. ¡Don Pedro tenía razón! Calderón de la Barca publicaba La Vida es Sueño en España (1636) al mismo tiempo que Descartes se engañaba a sí mismo en Ámsterdam pensando que su esencia era producto de su cerebro (cogito ergo sum, en caso de haber olvidado lo leído arriba). Mis sueños, los únicos que conozco, sí son verdad: no tengo forma de comprobarlo ni científicamente, ni lógicamente, y mucho menos more geometrico. O me creen, o no; pero de que sueño, sueño. Y aquí la vaina se pone peluda, siempre que por “vaina” entendamos el envase que contiene los sueños. Si yo los tengo, no veo porqué tú, lector, no los puedas tener también, pero tampoco podrás probarlo…

Desde la infancia nos familiarizamos con los sueños. En brevísimo tiempo los experimentamos en nosotros mismos; pienso que al nacer, si no antes. Ciertamente, al dormirnos por primera vez en brazos de nuestra adolorida madre, desarrollamos una profunda fe en los sueños y en lo que ellos nos manifiestan. Un detalle curioso: la fe en los sueños se extiende a la fe en los sueños de otras personas. O sea, todos conocemos a personas que nos dicen: “Anoche soñé la vaina más rara, figúrate que …” y sigue entonces algo digno de los hermanos Grimm pero contado por Salvador Dalí, ahora que está muerto… O bien tu cónyuge, ya sea de una semana, a la mañana siguiente de la boda, o pasados los primeros veinte años, te cuenta cómo pasó la noche entera con el mismo sueño. “Salíamos de viaje… creo que éramos tú y yo, pero el hombre del sueño no se parecía a ti. Al final de cuentas no pudimos salir. Cada vez que estaba a punto de cerrar la maleta, todo desaparecía. Me despertaba cada vez y al cerrar los ojos nuevamente, ¡comenzaba todo otra vez!”

Pero ni lo fantástico de la narrativa del amigo ni lo absurdo del sueño de tu cónyuge le restan veracidad. Al contrario, cada vez que cuenta uno de sus sueños, ya sea el mismo que se repite año tras año, y a veces, semana tras semana, se lo crees. Todo sueño nos obliga a creer que somos cuerdos y medio locos:

Yo sueño que estoy aquí
de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

ii acto, “La Vida es sueño,” Calderón de la Barca.

Amigo lector, permíteme retirarme. Regreso después de dormir, a soñar un rato…

Diciembre 2011.

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

Otilio Galíndez

El juego de la música con el secreto de la palabra y la energía cautivadora de sus canciones.

Otilio Galíndez viene de la región de Venezuela cargada de un mayor hechizo y de la más poderosa fuerza mágica: Uadabacoa, esto es el nombre primigenio del viejo Yaracuy, que se tiende sobre sus dos valles sembrados de pequeñas aldehuelas, solitarios caseríos y soñolientos villorrios, entre serrijones, picachos y arroyuelos. Con sus pequeñas iglesias de sonoros campanarios y altas espadañas blancas. En esos valles vivían los jirajaras y los caquetíos, hijos que los caribes fueron dejando a su paso hacia las tierras de occidente. Nicolás Federmann, el conquistador alemán de la barba roja, atravesó esas tierras en el año de 1513 con un ejército de 150 hombres, fue él quien llamó a esa región “el valle de las damas” porqué allí vio sonreír a las mujeres más bellas, entonces registró en su diario de viajes en alemán esa expresión, como una traducción literal de la palabra “bararira” con la cual los nativos denominaban esa región. Ahí mismo, los españoles fundaron a Nirgua que se llamó originalmente “Nuestra Señora de las Victorias del Prado de Talavera”, un nombre que es por si solo todo un poema. Así es el Yaracuy, una región cargada con una atmósfera de inquietante misterio, un juego entre lo bello y lo real, que no puede prescindir de historias y leyendas: de María Lionza, completamente desnuda, con su larga cabellera de azabache y sus ojos verdes y enigmáticos; del sambo Andresote, con su inmenso torso de bronce, desaparecido con los primeros rayos de luz en una aurora de libertad; y de Faustino Parra, quien según el decir de los más viejos tenía todo negro, hasta la mala intención. También por allí pasó con su corte de abalorios el Rey Miguel de Minas de Buría, que constituye con los dos antes nombrados el tercer negro de la baraja yaracuyana.

Otilio Galíndez, nacido en Yaritagua el 13 de diciembre de 1935, es el más celebrado de los compositores de la región y el que ha tenido mayor aceptación a nivel nacional e internacional. Se le puede conceptuar como el más firme exponente de los nuevos músicos venezolanos, de esa generación muy creativa que esta siempre a la búsqueda de una nueva expresión, que arranca de los elementos propios que genera la emoción local. No obstante, ellos no quieren quedarse en eso solamente y parten con decisión al encuentro de sonidos y realidades diferentes- a veces tomadas en lugares muy distantes, otras a un costado de su propio mundo- pero sin lugar a dudas, lo que ellos persiguen es un modo de expresión que se pone de manifiesto como la modernidad de lo tradicional.

Galíndez es el creador de una música fina, que juega con el secreto de la palabra y la energía envolvente de los ritmos. Sus piezas tienen casi siempre una sutil intención social, es el poeta que clama por quienes están tristes, por los niños indefensos y por los pobres. Recordemos, por ejemplo, la melancólica canción Pueblos tristes. Siente también un profundo amor por la navidad, con toda la contagiosa alegría que encierra esta festividad religiosa. Por esa razón gran parte de su mundo musical se ubica en el mes de diciembre, al lado de los aguinaldos y parrandas: Luna decembrina, El Niño Jesús de ahora, Pentagrama navideño, El poncho andino, Dime si es pascua, Ya María, y De Belén campanas.

Otilio Galíndez tiene una nueva forma de decir la música tradicional venezolana. Recoge la poesía de las cosas sencillas y la vuelca sobre emotivas melodías cargadas de nostalgia y de tristeza. Un buen ejemplo es su canción de cuna Mi tripón o su canción infantil El niño y la sombra. Igualmente, la serenata De madrugada y la tonada Flor de mayo. Pero, también la raíz folclórica de su música aflora en composiciones de alegres ritmos sincopados, con cortes, paradas y contratiempos, son sus danzas y merengues, como De una tarde al alba, Suelo buscarte, Es la primavera, Mi bella dama, y El Bongocito. Así mismo, el merengue oriental Vienes cual luna, el merengue Mariana y la parranda oriental ¡Vaya un pecado!

Finalmente, en lo personal, lo que más me gusta de este notable músico es que siempre se presenta, en cualquier ocasión, en actitud poética, que no es otra cosa que la búsqueda del equilibrio entre lo real y lo bello. Esto lo logra usualmente en sus valses, muchos de ellos de neta inspiración yaracuyana: Ahora, Son Chispitas, Candelaria, En silencio, Sin tu mirada, Allá en la tierra.

En ocasión de su muerte, acaecida el 13 de junio de 2009, Alberto Hernández, uno de los poetas guariqueños de más elevado espíritu, escribió sobre su arte el siguiente texto, que refleja de todo corazón lo que sentimos los amigos de Otilio al escuchar su música:
“La música de Otilio nos descubre, nos hace evidentes por lo complejo de su sencillez, por la poesía que contiene y seduce. La tierra y su gente, los pequeños milagros, la lluvia y el sol, los ríos y los pájaros que pueblan árboles gigantes, la mata frutal que revienta a diario en un patio, el niño que nos mira desde su inocencia y hambres, la muchacha que pila las ilusiones, el hombre bajo un sombrero y en cuyos ojos lleva a una dama. La dulzura de su trabajo artístico, sin dejar de lado el compromiso con él mismo y con su mundo, nos mantienen en constante avidez por saber qué otras creaciones nos entregará, porque este señor siempre está inventando, tanto es así que en este momento tiene entre las cejas el tempo y la armonía de una obra que está a punto de brotar en colores, alegrías, ensueños y pasiones, sólo posibles en alguien que jamás ha olvidado su origen. Se marcha Otilio cargado de afectos, de amores regados por el mundo. Nos deja uno de los legados más hermosos que hombre alguno haya creado: sus canciones, su bondad, su inteligencia, sus bromas, su bohemia que tanto hicimos nuestra en su casa y en todas partes”.

Hugo Alvarez PifanoHugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).

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