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(Primera Parte)
1.- La obra musical y su acción.
Bolívar de Darius Milhaud es un canto a la libertad y al mismo tiempo, una manifestación de fe en el sueño de todos los hombres que, como El Libertador, lograron el rompimiento de las cadenas que esclavizan a los pueblos al poder y a la voluntad de un tirano. Milhaud escribió esta ópera durante la Segunda Guerra Mundial, en 1943, cuando Francia se encontraba invadida por los ejércitos del nazismo y él, como judío francés, tenía tan solo la modesta condición de refugiado en los Estados Unidos de América, pero eso sí, como ser humano creía firmemente en la posibilidad de construir un futuro nuevo y esperanzador y como artista, poseía una extraordinaria capacidad para asomarse al mundo musical del Siglo XX, como un constructor de nuevas sonoridades, con gran sentido de la agudización del lenguaje armónico e instrumental. En pocas palabras, un músico innovador y convincente, poseedor de los instrumentos adecuados para escribir una magnífica ópera.
En esas circunstancias, Milhaud buscó entonces para su nueva ópera, una figura universal, el personaje que mejor encarnara a escala planetaria, los ideales que la France eternal (1) había una vez propuesto al mundo y ahora en estado de opresión, reclamaba para ella: libertad, justicia, igualdad y espíritu de lucha en favor de los derechos ciudadanos, especialmente de quienes habían sido marginados y sometidos a la condición de pobres y humillados. Este hombre no era otro, que Simón Bolívar.
Milhaud, en consecuencia, trabajó con interés para que su Bolívar cogiera el camino que lo llevaría a constituirse en la más grandiosa de todas sus óperas. En esa dirección, él puso al servicio de sus ideales patrióticos y de sus actitudes de músico carismático y siempre en comunicación directa con su público, lo mejor de sus cualidades y el talento que ofrecieron dos insignes colaboradores- Jules Supervielle, poeta y Fernand Léger, pintor cubista- en la realización del texto y los decorados de la más completa de todas las óperas de Milhaud.
La ópera Bolívar tiene un perfil característico: un lenguaje armónico politonal, producto de la forma en que Milhaud superpone, dentro de una tonalidad definida, diseños, giros, adornos y sobre todo acordes, construidos en tonos diferentes. Con esto crea diversas gradaciones de valor y realza distintos planos sonoros. Se trata de una música de consistencia y rigor intelectual, soberbiamente orquestada, donde se ofrece al escucha los más diversos y hasta contrapuestos desarrollos musicales.
Frases dolorosas que avanzan lentamente, hasta volcarse en una atmósfera de austera y patética belleza, como las que se refieren a la muerte de María Teresa o la agonía de Bolívar. Otras veces, frases escritas a vuelapluma, que desprenden una agradable sonoridad, resultado de una acertada combinación de elementos acústicos, la llamada eufonía. El idilio y la fugaz felicidad de Bolívar y su esposa. Pero, en otras ocasiones, saltan rápidamente al lado opuesto, a la atmósfera monocolor y hasta a la cacofonía. El paso de Los Andes, escena 3 del Acto II, donde en medio del rigor del páramo, nacen niños, mueren hombres y mujeres, en la empresa más ardua de la epopeya bolivariana. Así mismo, tienen lugar situaciones de ambiente pastoral, como al comienzo de la ópera, en la hacienda de San Mateo, propiedad de la familia Bolívar. Pero de improviso, suele ocurrir que irrumpe el medio urbano, caracterizado por una música estentórea y hasta ruda. Es el caso de la revuelta de los peones y el terremoto de 1812, en el mismo primer acto. La tenebrosa noche de los fusilamientos en Valencia.
Hay música sensual, como la confidente de los dúos amorosos entre Manuela y Bolívar, que se transforma después en austera, cuando nos traslada a una cruda realidad, reveladora del lado cínico, frío y muy cruento, de José Tomás Boves, el personaje oscuro de esta historia. A este respecto, nos referimos en el segundo acto, al cruel baile de las viudas en la ciudad de Valencia, impuesto a las mujeres de duelo, a quienes se les obligó a bailar con los oficiales españoles. Música de corte heroico, como el Himno de la libertad (Act. I), Himno a los soldados difuntos (Act. II), Himno a los soldados vivos (Act. II), Marcha de la libertad (Act. II), Bolívar rey (Act. III). Tienen también lugar la ternura y la violencia, como el escenario de la liberación de los esclavos, contrastado por la entrada de Boves (Acto II). Disfrutamos sin dudas de una música espiritual- el Aria y el Berceuse de Manuela, en los actos I y II, respectivamente- que nos toma de la mano y nos conduce inexorablemente a la solución final, que se expresa a través de una música terrena. La escena final de la delirante muerte de Bolívar.
2.- Darius Milhaud, músico de los nuevos tiempos.
Darius Milhaud fue un digno exponente del “esprit nouveau”, un compositor de envidiable facilidad para la creación musical y una fecundidad legendaria. Digamos, que en un rápido viaje de una hora en tren, era capaz de componer una Sonata de primavera. Un resfriado común y debía permanecer en cama dos días, ese era el tiempo suficiente para preparar cuatro piezas de música de cámara, sin hacer mención de alguna de sus “operas minutes”, que solía concebir durante un corto vuelo aéreo. Se decía de Milhaud, que apenas se publicaba un catálogo de sus obras, éste corría el riesgo de estar ya desactualizado. Un trabajador infatigable, como muy pocos, que tuvo el mérito de acumular en su haber, un riquísimo activo de composiciones de todo género: vocales, teatrales, óperas, ballet, música instrumental, sinfonías, conciertos, música de cámara y hasta música popular francesa.
Él formó parte, en la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial, del llamado “Grupo de los seis”, músicos muy diversos en sus cualidades y en sus capacidades técnicas, pero con el denominador común de tener la voluntad de forjar una música nueva, alejada de las exquisitas resonancias del impresionismo, del cromatismo wagneriano, de la profundidad alemana, la “scholla” y de lo que llamaba la “gente aburrida” los valores del clasicismo. Ellos fueron: Darius Milhaud, Arthur Honegger, Francis Poulenc, Germaine Tailleferre, Georges Auric y Louis Durey. Fuera, quedaban Jean Cocteau, un líder del grupo en lo literario y Eric Satie, un precedente de innovación en el tratamiento de esa misma música de nuevo cuño. No hay duda que entre los seis, el más personal e interesante resultó ser Darius Milhaud.
Darius Milhaud posee una dualidad, por una parte es provenzal- nació en Aix en Provence en 1892, la naturaleza de esta región de Francia le confirió a su música la alegría, el color y la llenó de vida. Por el otro lado es israelita y ello representa el reverso de su música: el lado severo o religioso hebraico, que se pone a menudo de manifiesto en la ópera y en las tragedias. A esto debemos también sumar otras circunstancias para caracterizar su música. Él formó parte del ambiente literario parisino, liderado por Jean Cocteau, de aquí viene su pasión por el circo y el “music hall”, Le boeuf sur le toit, farsa de Cocteau (1919) y Le train bleu, ballet de Cocteau (1924). Vivió en Brasil en 1917 y muchas de sus obras tienen influencia de la música brasileña: L’homme e son decir (1919) es un ballet ambientado en la selva amazónica. Así mismo, La creation du monde (1923) es también un ballet sembrado de ritmos negroides. Finalmente, su música tiene a menudo influencia de los colores armónicos y el ritmo del jazz.
La gran novedad de Milhaud fue la música politonal, en sus dos variantes: vertical o armónica, y horizontal o contrapuntística. Como hemos explicado en precedencia, el politonalismo de Milhaud es producto de la forma en que superpone, dentro de una tonalidad definida, diseños, giros, adornos y sobre todo acordes, construidos en tonos diferentes. Sus reminiscencias de lo antiguo, fueron el uso de temas mitológicos y bíblicos y la forma en que algunas veces utiliza el coro en sus óperas, a la usanza del teatro griego, esto es: como un importante personaje, que narra la tragedia.
(continuará la próxima semana)
Imágenes:
Tope: Cuadro “Apoteosis” de B. Fernando Leal
Medio: Pintura de Bolívar por Carmelo Fernández
Abajo: Fotografía de Darius Milhaud por Jean Crommelynck
(1) “Los más altos intereses de nuestra patria” Discurso pronunciado por el General Charles de Gaulle en Londres, el 22 de junio de 1940. Fundación Charles de Gaulle, 5 rue de Solférino, 75007 Paris. Discursos. (www.charles-de-gaulle/org./fondation).
Hugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).
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