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Por segunda vez en mi vida voy a ver, voy a sentir, el milagro de unir el verbo y la música. Es cierto que el teatro, el drama, la comedia, significan para el autor al ver la obra en escena algo maravilloso. Todas esas palabras que imaginó, todas esas formas que imaginó, están allá afuera y son percibidas por los sentidos. Y, para colmo, en su entorno hay otras personas, muchas personas, que lo disfrutan. Pero si a eso se le agrega la música, el milagro es más completo. Ya me ocurrió con “Las Bejarano”, con música de Luis Morales Bance, pero ahora con “El Quijote cuerdo”, aunque no he visto el conjunto aún, lo que he sentido es formidable. Porque me abstuve de intervenir en forma alguna en la música a pesar de que hubiera querido hacerlo. Me pareció que sería irrespetar la libertad de creación del músico, César Augusto Guillén, joven y talentoso maracayero que fue recomendado por el Maestro Víctor Mata. Pero cuando oí la música que había compuesto para el primer cuadro, sentí que el milagro empezaba a ser, a existir. Un fragmento en el que yo habría pedido algo similar a un bolero, era un bolero, y otro en el que yo habría pedido algo valseado, era un vals. Le pregunté a Guillén los porqués y me respondió, con una sonrisa que me recordó la de mi buen amigo el poeta Alberto Hernández, que vive en Maracay, que el texto lo pedía. Y me di cuenta de que el público va a tener algo importante frente a sí cuando, en el estreno, que va a ser el viernes 15 de julio, y en las otras dos funciones, del 16 y 17, vea y oiga los textos y la música de “El Quijote cuerdo”, a lo que se va a sumar, para completar el prodigio, los muchos efectos visuales que habrá que agradecer al inmenso talento de José Tomás Angola, que la lleva a escena, y el trabajo magnífico de Víctor Mata y la Orquesta de la Ópera y el Coro de la Sociedad de Padres del Colegio Emil Friedman, con lo que se habrá completado el milagro.
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