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“Lo que suele ocurrir es que los caudillos se llevan a la tumba los regímenes que crearon. El poder y la fuerza que acumulan en vida los logran a costa del debilitamiento del Estado”
Carlos Alberto Montaner, El poder y la muerte.
En la primera entrega de esta serie, “Restos de Filosofía: Ateos,” pareciera que los “restos” eran los ateos. Definitivamente, el título puede confundir a los lectores. Créanme; lo hice con toda la intención de no pelarles la papa: los ateos exigen que depositemos nuestra fe en ellos cuando afirman que no existe el Ser Creador. Afirman lo que niegan; niegan lo que afirman. ¿Porqué no anunciar esa confusión en mi título? A modo de resumen, me permito mencionar los siguientes nombres y frases: Niccolò Machiavelli, Stephen Hawkings, Charles Darwin, Hamlet, Nada/Ser, hic et nunc. En breve, si “la creación espontánea es la razón para que Universo exista, no me cabe sino pensar que esa ‘razón’ precede la existencia del Universo y de nosotros mismos. Y a esa ‘razón’ no la conocemos científicamente: se nos revela en el perenne hic et nunc.”
En esta oportunidad explicaré un solo punto: cómo y porqué el ateísmo facilita que surjan los tiranos. Los artículos de esta serie no confrontarán las ideologías específicas de ateos contemporáneos: es imposible rebatir argumentos que carecen de lógica alguna. Mi serie “Restos de Filosofía” suministrará evidencia dialéctica; i.e., no científica, según la cual se podrá concluir legítimamente que ser humano implica la divinidad. “There’s a divinity that shapes our ends,” Hamlet V, 2, declara el Príncipe Danés hacia el final del drama de Shakespeare. Es decir, Dios es la raison d’être del ser humano (sic). Quizá esa tautología fue lo que inspiró el famoso axioma de Voltaire:
“Si Dios no existiese, tendríamos que inventarlo.”
(Si Dieu n’existait pas, il faudrait l’inventer, Epître xcvi.)
Lector: no puede existir el ser humano a menos que exista el Ser Divino. Para nosotros, Dios existe en y por cada uno de nosotros: el ser humano prueba la existencia divina. Hace unos treinta años, Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, puso al día a Voltaire y a Shakespeare juntos al escribir que “Cielo y Tierra se unen en el ser humano” (In the Beginning… Eerdmans, 1995, página 44). Un pensamiento que nos retrotrae a la Ética de Baruch Spinoza: “Lo que sea, lo es en Dios, y sin Dios nada puede ser, ni ser concebido” (I, prop. 15).
No soy de los que piensan que todo tiempo pasado sea mejor que el presente, pero la calidad del ateísmo contemporáneo confirma la verdad de ese dicho. El ateísmo resurgió en nuestra cultura judeo-cristiana al finalizar el siglo XIX. Basta añadir al de Charles Darwin, los nombres de Friedrich Nietzsche, Karl Marx, Arthur Schopenhauer, Bertrand Russell y Sigmund Freud para definir las bases del ateísmo del siglo XX. Cien años antes, la Revolución Francesa había sustituido al Dios Cristiano y a sus representantes terrenales con la Patrie y con “la voz del pueblo” (vox populi). Los acontecimientos ocurridos al caer la famosa prisión de La Bastille contribuyeron al renacimiento del pensamiento ateo en Francia y Europa. La desaparición del antiguo régimen creó un vacío de autoridad que los Jacobinos y Napoleón Bonaparte ocuparon de inmediato. Las plebes parisinas desconectaron a Francia de lo que había sido la fuente de poder absoluto, el Dios de la alta jerarquía eclesiástica y de la nobleza real. Les enfants de la recién parida República fueron incapaces de entender el concepto de autoridad, ni cómo es que los poderes cívico-sociales que de él emanan son los comadrones de la nueva nación (del Latín, nascere). El poder de la plebe se impuso y se perdió la verdadera autoridad pues no reconocieron en sus voces la de Dios; vox populi, vox Dei.
Los balbuceos de aquellos neonatos no fueron suficientes para expresar lo que la cultura y religión de Francia habían producido durante 16 siglos. ¿Como diría “gótico” un citoyencito revolucionario? ¿Cómo se llama este mes (Brumaire)? Los santos, Notre Dame, la Santa Capilla, “Su Cristianísima Majestad el Rey;” todo se convirtió en una nueva religión estatal, “el Amor Sagrado de la Patria.” La nueva liturgia se denominó el “Reino del Terror,” y su primer maestro de ceremonias fue Maximiliano Robespierre. Nacía así el terrorismo como sistema de gobierno en el mundo moderno; su madre, la Revolución, y sus padres, los miles que negaron la autoridad de sus ancestros. Una vez eliminado el Dios tradicional como fuente de autoridad absoluta de la monarquía, el Terrorismo del Estado, una variante de la anarquía, inevitablemente ocupó su lugar. El ateísmo es, respecto a la anarquía, lo que el monoteísmo es a la monarquía. En Griego, el prefijo a, an niega lo que le siga. El ateísmo niega la existencia de dios; a su vez, la anarquía niega liderazgo.
Víctor Hugo nos ofrece un ejemplo de las consecuencias de escoger la anarquía espiritual por encima de la virtud con su personaje Claude Follo, arcipreste de la catedral de Notre Dame. Follo expone sus razones a Esmeralda para abandonar la luz divina que hasta hacía poco guiaba su vida:
“Cuando se actúa mal, debe hacerse mal a fondo. Es una locura detenerse a mitad de camino … El crimen extremo tiene sus delirios de placer”
en El Jorobado de Notre Dame, capítulo 8.
O sea, la anarquía siempre acarrea daños extremos a la humanidad. La Historia comprueba que todo cuerpo político que abandona los principios del buen gobierno (que protege el bien común) para reemplazarlos con los caprichos de una persona o por la ideología de un grupúsculo, inevitablemente se enferma y finalmente fallece. Cuatro siglos antes de Víctor Hugo, Niccolò Machiavelli contó las historias de Agatocles el Siciliano y de Oliverotto daFermo. Estas confirmaban lo dicho: cuando uno solo manipula el estado de anarquía de una nación, “el crimen extremo tiene sus delirios de placer.”
“Las crueldades cometidas pobremente son aquellas que aunque pocas al principio, se incrementan en lugar de disminuir con el tiempo.”
El Príncipe, capítulo VIII, “Sobre quienes llegaron al principado por la villanía.”
La fuente de autoridad absoluta en Europa se secó en el siglo XX. Karl Marx (“la religión es el opio de las masas”), Friedrich Nietzsche (“Dios está muerto,” en Así habló Zarathustra) y Sigmund Freud (El malestar en la cultura) sembraron las semillas del ateísmo a finales del siglo XIX y principios del XX. Era una Europa cuya fertilidad se debía a un humus intelectual proveniente de la putrefacción social y cultural de aquellas naciones (decadencia moral, capitalismo y colonialismo desmedido, epistemología limitada al materialismo). Para 1933 Adolfo Hitler era el übermensh que Nietzche (murió sifilítico en 1900) había anunciado en su Zarathustra. La obra del drogadicto Freud aceleró la decadencia de Austria, tierra natal del Führer. Prevaleció el materialismo – dialéctico en el caso de Marxismo, seudo-científico en la biología (Darwinismo) y sicología (Freud) – que influenció toda actividad humana. Los que se aprovecharon del estado anárquico en que se encontraron los estados europeos, des-animados y por lo tanto moribundos, establecieron reinos de este mundo como lo fueron el Deutsches Reich de Hitler, la Unión Soviética de Lenin y Stalin, la Italia Fascista de Mussolini, y la España de Franco.
Nota bene: Francisco Franco al igual que sus colegas europeos, se separó de la auténtica fuente de autoridad absoluta disfrazándose de übermensch católico guiado por la falsa ideología de Monseñor J. M. Escrivá.
Al declarar muerto o inoperante a Dios, desaparece la fuente de autoridad absoluta de entre los gobernantes ateos. No habría más un solo principio que gobernara el cuerpo político con auténtica autoridad i.e., la presencia divina en cada uno de nosotros. Desconectada la voz del pueblo (vox populi) de la “monarquía divina” (vox dei), los negadores de Dios llenan el vacío con poder temporal en lugar de autoridad eterna. Todo sistema de gobierno que no emane de la autoridad divina en cada uno de nosotros (“el voto es un derecho sagrado”), nos debilita y nos enferma pues nos identifica como bestias y no como seres humanos en quienes reside Dios, nuestro (arqué). Como podemos apreciar en esta aciaga época los cubanos y los venezolanos, la enfermedad anarquía es larga y dolorosa; lamentablemente, no tiene cura.
Los que niegan el principio guía (el Ser Creador) de la Evolución, necesariamente también niegan los principios guías del buen gobierno, el bien común. En lugar de guiarse por la sabiduría política que le revelara a nuestros ancestros la Evolución Cósmica, los ateos le niegan el poder suministrar dicha sabiduría. Así, Freud rechaza a su padre, Marx a Yahwe, y Nietzsche niega a ambos. Les enfants de la Patrie han llegado a la adolescencia y como tales se rebelan contra los padres. Más que en las obras de Platón, las raíces ideológicas de quienes niegan la divinidad humana se encuentran en el Edipo Tirano) de Sófocles. Sin ánimo de menosprecio; a quien no sepa apreciar el significado de esta última referencia, le sugiero analizar el modo en que Hugo Chávez manipuló el estado de anarquía en Venezuela desde que asumió el poder. ¡TIRANOS, ATEOS!
Kensington, Maryland, 11/11/11.
Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.
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