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Restos de filosofia, Sueños

Sueño una vida.

Nunca sabré si es la mía o la de otro personaje. Hablo de la vida que sueño. Es fácil aceptar que si soy yo el que sueña, es mi vida la soñada. Pongamos por caso que me encuentre en un aeropuerto esperando. Eso es lo que hacemos la mayor parte del tiempo que pasamos en aeropuertos, esperar, esperar y esperar. De vez en cuando recibimos algún pariente, amigo, o socio; pero antes de que anuncien la llegada del vuelo, esperamos. Y a veces se retarda el vuelo o el aterrizaje, y esperamos más tiempo. Si estoy solo mientras espero es muy probable que me adormite por breves segundos, aún estando de pie. En una ocasión dormí por cerca de una hora! Pero no se trata de los tiempos pasados en brazos de Morfeo lo que determina la “vida soñada.” Una vez una señora corrió el riesgo de despertarme a los cincuenta y pico de minutos de estar a su lado, como muerto en vida, solo que roncando. Digo que corrió el riesgo de despertarme porque en varias ocasiones había sido violento con quien se hubiese atrevido a hacerlo. “Señor,” me habló suavemente, “señor, llamaron para su vuelo.” Me parecía que recién me había dormido; ni las gracias le di a la buena señora y minutos más tarde volaba rumbo a Los Ángeles.

Es fácil aceptar que si soy yo el que sueña, es mi vida la soñada; es lógico. No sea que me pase como a René Descartes, que salió con tremendo disparate allá por el año de 1637. Aquello de “cogito ergo sum.” ¡Vaya silogismo! ¿”Pienso, por lo tanto soy”? ¡Qué atrevimiento! ¡Pretender que el pensamiento de cada quien origina su ser! ¿Qué o quién piensa; una Nada Pensante? Me recuerda The Grand Design (2010) de Stephen Hawking, en donde afirma, a la Descartes, que “Because there is a law such as gravity, the Universe can and will create itself from nothing.” Perdone usted, gran científico contemporáneo, pero al salirse de su astrofísica parece haber entrado a la antigua astrología. Es decir, está usted meando fuera de la perológica. Prefiero el pensamiento del escritor portugués José Saramago, ateo como el científico inglés, pero respetuoso del sentido común: “No lo creo, pero, en caso de que lo haya, será un gobierno de ciegos gobernando a ciegos, es decir, la nada pretendiendo organizar la nada.” (Ensayo sobre la ceguera, 341).

Y no lo crea; tampoco resulta cierto que “soy, luego pienso:” todos hemos conocido a personas que son (tienen existencia) sin que por ello piensen. Ejemplos sobran en la Venezuela hodierna, comenzando, por supuesto, por Chávez, que no puede diferenciar entre emoción y pensamiento. En la filosofía moderna Descartes figura como el arquetipo del pensador more geometrico, como describiría su metodología en Meditaciones Metafísicas y como lo hizo Spinoza en su Ética cuarenta años más tarde (1677). Pero, se pelaron, para usar un tecnicismo epistemológico de aquella época. Lo que pasó es que pocos lectores se atrevieron a discutir con Descartes para plantearle la única conclusión válida posible a su premisa: cogito, ergo cogitationes sunt. Cuando pienso, amigo lector, produzco pensamientos, nada de “seres,” ni yo, ni nadie.

¡Anjá! No estoy tan fuera del perol intelectual (recipiente en que todo el que piensa archiva sus “prolegómenos,” prefacios, notas marginales para uso futuro, y pensamientos brillantes para la posteridad). Vuelvo a lo de soñar mi vida. ¿Soy o no soy una criatura capaz de soñar mi vida? Quizá debería añadirle una palabra al título de este ensayo: “Sonriendo, sueño una vida.” Porque durante las horas que no sueño dormido, sueño despierto. Sueños que eliminan los terrores nocturnos. Pero, Morfeo es amable y generoso. También me ha hecho experimentar lo contrario. El lector se habrá dado cuenta de un detalle. Cuando escribimos de sueños y soñadores conviene picotear. Frases breves, a veces sin verbos. Ni sustantivos. Pero siempre con su significado propio. Así son los sueños. Y las vidas soñadas. El soñador no. El soñador permanece. Siempre. No cambia; dormido o despierto, el soñador está presente. Observa, interpreta, escucha. Si acaso tiene significado propio, sus sueños y su vida soñada se lo revelan.

Cuando duermo, mis sueños aniquilan horrores vividos durante ese día. Me ocurrió la primera vez que contemplé “El sueño de la razón produce monstruos,” de Francisco Goya. No era copia. Yo estaba ante el original. Aquella imagen es origen, inicia, crea una realidad nueva. En sus “Caprichos” Goya identifica el sueño con la imaginación. Su comentario sobre esta lámina es el siguiente: “La imaginación privada de la razón crea pensamientos imposibles e inútiles. Unida a la razón, la imaginación es la madre de todo arte y la fuente de toda su belleza.”

Ese ajusticiamiento existencial diario lo aprende el ser humano a medida que aprende a distinguir la noche del día, el llanto de la risa, emisiones nocturnas de frustraciones amorosas, hasta llegar a la edad madura. Ahora, sueño mi vida, mi vida entera…No diferencio mis sueños de actividades, soñadas o no.

Más aun, rechazo la validez del siguiente silogismo: Los sueños no pueden ser verdad; sólo es verdad aquello que es, ergo, los sueños no tienen ser. Eso querría decir que los sueños no son. ¿Es posible que experimentemos lo que no es? No. La lógica, cualquiera de ellas, frecuentemente nos engaña. ¡Don Pedro tenía razón! Calderón de la Barca publicaba La Vida es Sueño en España (1636) al mismo tiempo que Descartes se engañaba a sí mismo en Ámsterdam pensando que su esencia era producto de su cerebro (cogito ergo sum, en caso de haber olvidado lo leído arriba). Mis sueños, los únicos que conozco, sí son verdad: no tengo forma de comprobarlo ni científicamente, ni lógicamente, y mucho menos more geometrico. O me creen, o no; pero de que sueño, sueño. Y aquí la vaina se pone peluda, siempre que por “vaina” entendamos el envase que contiene los sueños. Si yo los tengo, no veo porqué tú, lector, no los puedas tener también, pero tampoco podrás probarlo…

Desde la infancia nos familiarizamos con los sueños. En brevísimo tiempo los experimentamos en nosotros mismos; pienso que al nacer, si no antes. Ciertamente, al dormirnos por primera vez en brazos de nuestra adolorida madre, desarrollamos una profunda fe en los sueños y en lo que ellos nos manifiestan. Un detalle curioso: la fe en los sueños se extiende a la fe en los sueños de otras personas. O sea, todos conocemos a personas que nos dicen: “Anoche soñé la vaina más rara, figúrate que …” y sigue entonces algo digno de los hermanos Grimm pero contado por Salvador Dalí, ahora que está muerto… O bien tu cónyuge, ya sea de una semana, a la mañana siguiente de la boda, o pasados los primeros veinte años, te cuenta cómo pasó la noche entera con el mismo sueño. “Salíamos de viaje… creo que éramos tú y yo, pero el hombre del sueño no se parecía a ti. Al final de cuentas no pudimos salir. Cada vez que estaba a punto de cerrar la maleta, todo desaparecía. Me despertaba cada vez y al cerrar los ojos nuevamente, ¡comenzaba todo otra vez!”

Pero ni lo fantástico de la narrativa del amigo ni lo absurdo del sueño de tu cónyuge le restan veracidad. Al contrario, cada vez que cuenta uno de sus sueños, ya sea el mismo que se repite año tras año, y a veces, semana tras semana, se lo crees. Todo sueño nos obliga a creer que somos cuerdos y medio locos:

Yo sueño que estoy aquí
de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

ii acto, “La Vida es sueño,” Calderón de la Barca.

Amigo lector, permíteme retirarme. Regreso después de dormir, a soñar un rato…

Diciembre 2011.

Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.

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