Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.
Me había propuesto no escribir más de política. Llegué a sentir asco y rabia y me molesta mucho que simples cucarachas traten de subirse por mis tobillos a través de las llamadas “redes sociales”, y hasta me amenacen como varias veces me han amenazado. Pero la conciencia es algo demasiado fuerte. No puedo cumplir mi cómodo propósito, sobre todo cuando veo que algunos buenos amigos, a quienes respeto, prefieren correr todo tipo de riesgos antes que quedarse en silencio. Y cuando veo cosas absurdas, como que se “proteste” porque el presidente Uribe manifieste su opinión, no solamente válida, sino apoyada en verdades innegables. No estamos luchando contra gente honesta, contra gente que está dispuesta a aceptar con hidalguía una derrota electoral. Estamos luchando contra delincuentes de la peor ralea, contra narcotraficantes, criminales reincidentes y cínicos, que se ríen de todo el que esgrima argumentos democráticos para tratar de que las cosas se enderecen. Y al pretender que los vamos a derrocar con banderas y palabras de amor, estamos comprometiendo el porvenir de la patria y el futuro de los nuestros. Uribe tiene razón, y no es suficiente con ir de casa en casa o de plaza en plaza. Hay que decir la verdad, hay que hablar del narcotráfico, de la violencia, de la entrega de la Guayana Esequiba y del porvenir inmediato. No puede ser que la MUD siga en manos de gentes que se han autonombrado nuestros representantes y que en muchos casos lo más que pueden exhibir es un parcho en un ojo, un gancho en lugar de mano y una pata de palo. Ayer o antier uno de ellos dio una pobre demostración en “Aló Ciudadano” al pretender que defender la soberanía es hablar de Uribe e ignorar la entrega del territorio esequibo. Basta, señores. Si es necesario el fuego, habrá que quemar todo lo que hay que quemar, pero no podemos entregarnos sin lucha. ¿Qué nos pasa?…
En la segunda mitad de la década de los años sesenta un grupo de jóvenes que promediaban una edad de 20 años comenzamos nuestros estudios en el Departamento de Educación Física del Instituto Pedagógico de Caracas. En sus aulas nos llamó poderosamente la atención la presencia de un personaje que nos duplicaba en edad y que compartía simultáneamente el rol de docente y alumno de la especialidad.
Cariñosamente, era llamado por todos nosotros “El viejo German” Nunca llegó a molestarse por ello, por el contrario, sin decirlo, asumía con todos sus alumnos el carácter paternalista de un orientador.
Su experiencia como destacado atleta de figuración nacional e internacional lo llevó a desempeñarse como preparador físico e instructor de atletismo, gimnasia y baloncesto en el Pedagógico de Caracas y paralelamente inició sus estudios superiores en el año 1965 en la misma casa de estudio donde laboraba.
Desde muy joven tuvo una inclinación por las actividades deportivas. Con el correr de los años fue moldeando su recio carácter y personalidad que lo presentaba como un hombre competitivo y luchador por alcanzar cada vez mayores logros en su cotidiano desempeño. Llegó a ostentar el Récord Nacional de Salto Alto (1947-1951), representando al Distrito Federal fue declarado como Jugador Más Valioso por el Circulo de Periodistas Deportivos en el Campeonato Nacional de Baloncesto en 1948, representó al país en los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe celebrados en Barranquilla (1946), México (1954), Caracas (1959) en este evento logró la medalla de oro en la prueba de Barra Fija y Potro con Arzones. También estuvo presente en los Juegos Bolivarianos celebrados en Perú (1947) y en los Panamericanos de Argentina en 1951.
Sus clases en el Pedagógico siempre se caracterizaron por ser un entrenamiento físico de alta intensidad. Su filosofía, la resumía en la frase “Entrenamiento sin dolor, no es entrenamiento” y cuando la piel de las manos en las sesiones de gimnasia eran despellejadas por el continuo roce con la barra fija, sus palabras de aliento eran “Continúen, no se detengan que eso se cura rápido”.
German Garrido con su ejemplo nos enseñó a todos que las metas se alcanzaban con la rigurosidad de un entrenamiento, que nada nos iba a llegar sin un verdadero y sostenido esfuerzo y lo más resaltante era que acompañaba a sus palabras con la acción personal.
En 1969 culminó sus estudios y obtuvo el titulo de Profesor de Educación Física, demás esta señalar que fue uno de los actos más emotivos para todos aquellos que compartimos sus enseñanzas y amistad durante muchos años.
Hoy su cuerpo físico ha muerto, pero su ejemplo de lucha por un deporte mejor permanece intacto en la conciencia y el corazón de quienes lo conocimos. Su legado reposa en El Salón de la Fama del Deporte Venezolano.
PAZ A SUS RESTOS.
Jesús Elorza (Jesús Leopoldo Elorza Garrido, n. en San Felipe, Yaracuy, el 22/02/1947), Profesor de Educación Física, Pedagógico de Caracas 1970, Master en Administración – Universidad de Toledo. Ohio 1981, Post-Grado en Ciencias Políticas – Universidad Simón Bolívar 1988. 1990, Título de Locutor – Universidad Central de Venezuela 1996. Doctorado Honoris Causa Universidad Pedagógica Experimental Libertador 2006. Profesor en diversos institutos, tano a nivel secundario como Universitario, en pre y postgrado. Diputado al Congreso de la República 1993-1998-Vicepresidente de la Comisión de Deportes y Recreación Presidente de la Comisión Permanente de Juventud Deporte y Recreación de la Cámara de Diputados 1997 – 1998. Miembro DIRECCION NACIONAL IZQUIERDA DEMOCRATICA 2003-2006,. Secretario general Izquierda Democrática Aragua 2003, 2004, 2005,2006. Director político Un Nuevo Tiempo Aragua 2007. Ha recibido numerosas condecoraciones y distinciones. Articulista de los diarios nacionales: Meridiano, Tal Cual, Universal y El Nacional, así como en los diarios regionales: Periodiquito, Yaracuyano, Carabobeño, Frontera, Antorcha, y en la revista Espacio Abierto, y en las revistas digitales “Ideas para el Cambio”-Chile, Analitica.com- Guanipa Noticias- Hoy en Aragua- Primicias 24- Noticias Venezuela. Llanero Digital. Noticiero Digital y Primicias 24 y Palo Negro en Accion.
EN LOS DÍAS DE SUCRE
Sexta Parte:
Sucre, el Mártir
24. Intermezzo en tono nocturno
Aun cuando es fácil pensar que todos los que participaron en el proceso independentista de la Gran Colombia fueron auténticos mártires, puesto que vieron quemarse todo un mundo que poco antes había sido de armonía, y vieron morir a los suyos, hombres mujeres y niños, y vieron sangre y vieron desaparecer todo lo que querían, sin que apareciera a cambio nada realmente esperanzador, puede afirmarse que el verdadero martirio, el martirio final de Antonio José de Sucre empezó, en propiedad, aquel día 18 de abril de 1828. El 27 del mismo mes, un Sucre dolido y triste, le escribió a Bolívar: “Adiós, mi querido General; por setiembre estaré en Quito, pero nadie me hará emplear en servicio público. Llevo la señal de la ingratitud de los hombres en un brazo roto, cuando hasta en la guerra de la Independencia pude salir sano.”
Sucre, en buena parte, tuvo la facultad de prever el porvenir. En mayo de 1827, antes de tener que sufrir los alzamientos militares que tanto daño le hicieron, le había escrito a Santander: “Nuestras tropas se mantienen en Bolivia en orden; algo me dan que trabajar, porque la manía politiqueadora se ha introducido en la fuerza armada. Este es un presente que nos ha venido de allá. Pobres países donde la fuerza armada delibera.” Bien podría haberlo dicho a fines del siglo XX y comienzos del XXI. Pero si a premoniciones vamos, el 13 de diciembre de 1829, cuando estaba por cumplir treinta y cinco años, le escribió a su hermano mayor, Jerónimo: “Consérvate, pues, para siquiera que veas a tus hijos mayores establecidos. Tendrás siquiera este consuelo, que no me cabrá, ya que habiéndome casado tarde, empiezo a tener hijos cuando cargo con treinta y cuatro años y mi salud está muy gastada para que alcance ni a los cincuenta, si es que me toca muerte natural, en medio de este torbellino de la revolución, en que la vida es amenazada a cada momento.”
Era imposible que Sucre conservara el poder en Bolivia, pero, además, su falta de ambición, que llegó a ser asco por el mando, lo llevó a no defenderse con demasiado énfasis. Él mismo había anunciado en privado que su gobierno no sería vitalicio, como quería Bolívar, sino que no estaría al frente del poder ejecutivo más de dos años. Había presidido Bolivia con moderación, que es la mejor forma de gobernar. Había tratado de ser justo, de ser prudente, de no ofender a nadie si no era absolutamente inevitable. Cada acción de gobierno, necesariamente, tiene que afectar a algún grupo poderoso, y, dado que el altruismo, como hemos visto, no es un factor común, sino más bien escaso en el género humano, casi nadie acepta con nobleza aquello que le quita un privilegio. Todo poder es odioso, aun cuando se ejerza, como lo fue en el caso de Sucre, con la deliberada intención de hacerlo lo menos odioso posible. Al fin y al cabo, la existencia del poder es la demostración de la imperfección del género humano. Simplemente, el poder se impone por medio de la violencia, y la violencia genera odio. Y mientras menor sea el grado de civilización de un pueblo, mayor es la violencia que necesita el poder para imponerse. Obviamente, los tres siglos y algo más de dominación española necesitaron grados de violencia enormes, y dejaron tras sí un grado de civilización muy bajo, que requería de un nivel de violencia muy alto, que a su vez, inevitablemente, tenía que generar resistencias. De manera que Sucre tenía que tener enemigos. En sus conversaciones de café, alguna vez Bolívar le dijo a los suyos que el único fallo de Sucre era creerse muy popular sin serlo. No es un fallo, sino una manifestación de su propia generosidad. Sucre juzgaba a los demás por su propia medida, con su propia vara, y tendía a creer que la gente lo juzgaba con benignidad, sin darse cuenta de que cada quien lo juzgaba por la medida de cada quien y lo medía por la medida mezquina de sí mismo. Aunque tratara de no buscarse enemistades y hasta de que sus gobernados lo aceptaran y llegaran a apreciarlo. Solía pasear, solo y discreto, por las calles de la capital, tratando siempre de pasar inadvertido. Y sin embargo, esa madrugada, supo que había quien quería echarlo, y hasta asesinarlo, a pesar de todo lo que él había hecho por todos. Y que entre ellos se contaban personas a quienes él había creído sus amigos. Fue herido en un brazo y en la cabeza, y las heridas le causaban dolores fortísimos, que tenía que soportar con entereza. Pero más le dolía que lo hubieran agredido en aquella forma. Aun cuando fueron muchísimas las personas que trataron de manifestarle su apoyo y su lealtad. Las lesiones físicas no eran tan graves como la espiritual, aunque se diera cuenta de que quedaría manco por el resto de sus días. Miguel de Cervantes Saavedra también había muerto manco. A Antonio José de Sucre y Alcalá, cuyo apellido materno seguramente le daba alguna ignota conexión con don Miguel, no se le conocería jamás como el manco de ninguna parte ni se le relacionaría con Manco Capac, y, además, no podía saber que no eran demasiados los días que le quedaban.
Luego hubo como un cuarto intermedio en el proceso de su martirio. Parecería que los dioses crueles quisieran tenerlo engañado por algún tiempo para burlarse mejor. El general Antonio José de Sucre, que se había ganado con sangre y trabajo el honroso título de Gran Mariscal de Ayacucho, el honesto e incorruptible Presidente de Bolivia, el hombre que venció definitivamente al poder europeo en América, estaba convencido de que se había retirado para siempre de la vida pública. Y se había retirado sin contar con bienes de fortuna, puesto que, como vimos cuando discutíamos su personalidad, además de ser honrado a toda prueba, solía regalar cuanto podía. Casi todo lo que ganó por sus servicios militares se lo dio a su familia, cuyas riquezas se habían esfumado junto con la alegría y la tranquilidad durante la Guerra de Independencia. Lo que le otorgó el congreso de Bolivia, veinticinco mil pesos, lo repartió entre las viudas y los huérfanos de los caídos en la batalla de Ayacucho, y, con sus propios recursos, ganados con absoluto derecho y toda honestidad, pagó buena parte de los gastos en que incurrió Colombia para rechazar al ejército invasor en Tarqui. En una de sus cartas a Simón Bolívar escribe con cierto orgullo y mucha candidez: “Una buena suerte me pone fuera del caso de los generales de Napoleón, de quienes se decía que después de ricos no querían trabajar. No cuento para vivir más que lo que tiene mi futura mujer, y estoy contento. Ella me dará en pan, y yo le daré los honores que me ha dejado la guerra.”
Y era verdad. Una vez apartado de la vida pública, a diferencia de personajes como José Antonio Páez, en Venezuela, que nació en el campo en medio de una pobreza total, y en durante su carrera política amasó una inmensa riqueza y se hizo dueño de hatos grandes como naciones y de cantidades enormes de dinero que luego dilapidó en su empeño por recuperar el poder que había perdido, Antonio José de Sucre no hubiera tenido dónde caerse muerto, a no ser por los bienes que aportó a la comunidad conyugal su esposa, Mariana Carcelén y Larrea, marquesa de Solanda, y que él se dedicó a administrar y a aumentar con esfuerzo y con trabajo. Entre ellos estaban cinco haciendas en plena producción: Chisinche, Santa Ana, Conocoto, Turubamba y Chillogallo, además de varias casas en Quito. Dos de las haciendas, Turubamba y Chillogallo, le eran conocidas por sus acciones militares, previas a Pichincha, de mayo de 1822.
El 20 de abril de 1828, apenas dos días después de haber sido herido en la intentona militar contra su gobierno, y por lo tanto con el dolor alterándole las facciones, el presidente Sucre se casó por poder. El 2 de agosto, ciento cuatro días después de la fecha del matrimonio, y ciento seis después del golpe, emprendió su viaje rumbo hacia la costa. Fue el mismo día en que presentó su mensaje final al Congreso de Bolivia y entregó en forma definitiva el gobierno que había presidido. Sin duda, su martirio había empezado aquel día 18 de abril de ese año de 1828, pero él aún no lo sabía. A bordo de una fragata con el extraño nombre de Porcospín navegó hasta El Callao, y de allí siguió su viaje hacia Guayaquil, desde donde subió a Quito a encontrarse con su esposa. Once meses después de ese primer encuentro nació la que sería única hija del matrimonio, Teresa. La niña se llamó como la abuela materna, cuyo nombre era el mismo de una de las amantes de Sucre, la madre de Simona Sucre, medio-hermana de José María de Sucre, el hijo de Rosalía Cortés. Y se dice que hubo otro hijo de otra amante, pero que no recibió el apellido Sucre..
Teresita, la hija legítima de Antonio José de Sucre y de Mariana Carcelén, apenas podrá vivir una par de años, pues en un curioso accidente se cayó de los brazos de su padrastro, desde un balcón. Afortunadamente para el héroe cumanés, de esa parte, la peor de su martirio no llegaría a enterarse nunca.
Ocurrió entonces que el gobierno del Perú, encabezado por el general José de la Mar, uno de los hombres que había peleado en Ayacucho bajo las órdenes del cumanés Antonio José de Sucre, decidió reclamar arbitraria y anacrónicamente el territorio de Guayaquil, y para ello los hombres del ejército peruano invadieron el territorio colombiano. Intervinieron en la operación unos ocho mil soldados, que era una fuerza considerable. Mayor que las que el Ejército Unido presentó en Ayacucho. Avanzaron sin mayor resistencia hasta Zaraguro, donde se detuvieron al enterarse de que el Gran Mariscal, el héroe vencedor de Ayacucho había dejado su retiro para aceptar el cargo de Supremo Director de la guerra y se preparaba a enfrentarlos. Más de uno de los invasores debe haber sentido en el alma el frío de una muerte presentida.
Como de costumbre, igual que en Ayacucho y en varias de las batallas que condujo con éxito, Sucre enfrentó a este nuevo enemigo en condiciones de inferioridad numérica, que en este caso era de 1,8 a 1 (8.000 peruanos frente a 4.400 colombianos). Tenía a su mando, como Comandante en Jefe de los colombianos, al general Juan José Flores, nativo de Puerto Cabello, que después asumió la presidencia del Ecuador al descuartizarse la Colombia de Bolívar. Otro venezolano, León de Febres Cordero, actuaba como Jefe del Estado Mayor. Varios de los oficiales medios de Ayacucho volvieron, ese 28 de enero de 1829, a verse las caras y a encontrarse con el que había sido su jefe el 9 de diciembre de 1824, cinco años y cincuenta días antes, pero las circunstancias eran demasiado diferentes como para que pudieran celebrar algo. Se enfrentaban unos a los otros. Sucre tenía el brazo y la mano derechos baldados y secos, y debía llevar en el alma cicatrices terribles. Bolívar ya había recuperado las zonas rebeldes de Pasto, luego de que por fin había llegado a su fin la guerra civil. No había nada que tranquilizara el ánimo de los hombres de bien, de los genuinos Libertadores, como Bolívar y Sucre, ni siquiera la victoria total e incuestionable en todos los terrenos que, también casi como de costumbre logró en ese día fresco y de cielos despejados Sucre en el Portete de Tarqui. No era demasiado, pues, lo que el cumanés tenía que celebrar. Debe haber visto con mucha tristeza los cuerpos de aquellos mil quinientos peruanos que quedaron en el campo de batalla en apenas media hora, ni debe haberse entusiasmado demasiado a la vista de la mayoría de los sobrevivientes que, tal como su parque, su caballería y sus banderas, quedaron en poder del ejército vencedor. Apenas unos dos mil soldados, desarmados, desordenados y hambrientos, pudieron regresar, a la carrera, al Perú.
Aquella brevísima campaña, la última de Sucre, se hizo muy a pesar de sus intenciones. Varios intentos hizo el cumanés para evitarla. Intentó por todos los medios convencer a los peruanos de que debían regresar a su territorio y no insistir en el uso de las armas entre hermanos, pues como hermanos habían luchado, codo a codo, contra los realistas, especialmente en aquella pampa de Ayacucho de la que todos debían tener el recuerdo muy presente. General en jefe, Gran Mariscal de Ayacucho, oficial científico, ingeniero militar, hombre de guerra, Antonio José de Sucre siempre amó la paz. No en vano le había escrito el 9 de septiembre al general argentino Marcelo Torcuato de Alvear: “La guerra siempre es un mal. Nuestra América necesita la paz, y yo soy de opinión de buscarla a toda diligencia.”
Pero el general La Mar insistió tercamente en seguir adelante con sus planes de imperialismo barato, y bastante caro que lo pagó. Lo pagó no sólo con la derrota en el Portete de Tarqui, sino con una insurrección general en su contra en territorio peruano, que lo echó ignominiosamente del poder y lo obligó a huir, a escapar hacia un exilio permanente en Costa Rica, en donde murió en 1830, el mismo año en el que se encontrarían con sus respectivas muertes Bolívar y Sucre. Agustín Gamarra, otro de los hombres que en Ayacucho derrotaron a los españoles bajo el comando de Sucre, asumió entonces el poder ejecutivo del Perú.
Inmediatamente después de su victoria en Tarqui, el Gran Mariscal de Ayacucho ofreció al mundo entero una nueva demostración de su talento, su bondad, su generosidad sin límites y su increíble altruismo: En lugar de hacer morder el polvo de la derrota y humillar a los vencidos con condiciones que bien podría haber impuesto, les salvó la vida y les otorgó un perdón que nadie se esperaba. Nada de antinatural habría sido en ese tiempo hacer pagar con la vida a muchos de los enemigos vencidos. Sucre no lo quiso. En su informe declara con toda naturalidad el héroe victorioso: “Juzgué indecoroso a la República y a su jefe, humillar al Perú después de una derrota, con mayores imposiciones que las pedidas cuando ellos tenían un Ejército doble en número al nuestro, y quise demostrar que nuestra justicia era la misma antes que después de la batalla.” Fue allí en donde nació lo que se conoce como la doctrina Sucre, que puede resumirse en cuatro palabras: La victoria no da derechos. Algo que, si las guerras son inevitables, por lo menos lograría que la vida en el planeta fuese bastante más humana, mejor.
En ese punto de su vida, aun joven a pesar de toda la experiencia que le había tocado vivir, Sucre volvió a la determinación de apartarse para siempre de dos de sus carreras, la militar y la pública. En su vida militar había logrado triunfos inmortales, que lo colocaban a la altura de los más grandes capitanes de la historia. Fue el más grande vencedor de vencedores. En la vida pública, había dado demostraciones claras e indiscutibles de que era muy distinto a la inmensa mayoría de los que han gobernados a sus congéneres, pues era honrado, eficiente y bueno, el mejor de los mejores. “Tomé el mando del Sur –le escribe entonces a Simón Bolívar– por los peligros; pero pasado esto, no lo quiero por nada, nada. Si usted me estima y quiere premiar mis pocos servicios y los de Tarqui, hallaré la mejor recompensa en mi separación de todo mando y de todo puesto público. Estoy cansado: Una repugnancia invencible me aleja de los empleos; con tal repugnancia nada puede hacerse bien.”
Convencido de que con ellas dejaba atrás definitivamente esa parte de su vida, regresó encantado al pequeño mundo que se había forjado, y en el que aspiraba a envejecer. “Los quiteños –narra Villanueva– vieron (…) a su Libertador; al héroe de Pichincha, cabalgando en su mula, inválido de un brazo, salir de la ciudad para ir al campo a trabajar diariamente como administrador de las haciendas de su esposa; pues si un día dió ejemplos de subalterno disciplinado, de General de ingenio y valor, de Dictador patriota, de Presidente justo, quiso darlos también de hombre de trabajo, cuando se retiró del servicio público, sabiendo distribuir su tiempo entre la lectura de sus libros y el cultivo de sus campos.” Ciertamente, y a pesar de todas sus premoniciones, parecía haber alcanzado, por fin, lo que siempre había soñado. La “descansada vida del que huye el mundanal ruïdo.” Pero era una imagen demasiado ideal, demasiado perfecta para durar. Y no duró, porque, también en palabras de Villanueva: “Bolívar y los pueblos acudieron a fines de 1829 a este apacible retiro, a pedirle de nuevo sus servicios a la Patria.”
Ni Bolívar, ni los pueblos, ni la patria, podían imaginar que, al “pedirle de nuevo sus servicios,” lo entregaban a las garras de la muerte.
Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces
4. El soldado niño
5. Los pasos primeros
6. El encuentro
Segunda Parte:
El soldado Sucre
7. La Ascensión
8. El deslinde
9. El desencuentro
Tercera Parte:
El noble Sucre
10. La vía de la concordia
11. Paz en la guerra
12. El más bello monumento de la piedad
13. Guerra en la paz
Cuarta Parte:
Sucre, el Héroe
14. Las escuelas de Sucre
15. Allá atrás, en Venezuela
16. El camino del cielo
17. Las vísperas de un día sagrado
18. El día de gloria
19. Los días siguientes
Quinta Parte:
Sucre, el Estadista
20. Los primeros pasos
21. El mando de los pueblos
22. Hijo y padre, padre e hijo
Sexta Parte:
Sucre, el Mártir
23. El camino del infierno
24. Intermezzo en tono nocturno
Nadie sabe con certeza la fecha de su nacimiento. Puede haber sido en 1808 o en 1809, pero alguien prefirió fijarla en el vigésimo octavo día del mes de mayo, día en los que en esos tiempos la iglesia católica celebraba a San Germán de París, San Guillermo de Gelona, Santa Helicónides, Santa Ubaldesca y otros santos que nadie recuerda. Sin embargo, fue bautizado como Juan Vicente, quizá por decisión del español Francisco González Delgado, en cuya casa apareció un buen día. No es imposible que el señor González, que en tiempos de la independencia fue un realista irreductible, haya sido en realidad su padre, pero eso es algo que jamás se sabrá. Podría –y hay elementos para suponerlo– haber sido hijo de algún mantuano importante, emparentado con los Bolívar y Palacios, de los que causaron la separación de Venezuela de España. También podría ser hijo de algún sacerdote pecador, o de algún comerciante canario. Sus primeros estudios los hizo con el sacerdote José Alberto Espinoza, y gracias a los cambios que se produjeron en Caracas y en Venezuela durante su infancia y juventud, pudo ingresar a la Universidad de Caracas y graduarse de Licenciado en Humanidades, algo que apenas diez años antes habría sido inimaginable. Sobre su oscuro origen escribió: “Una mujer de pueblo formó mis entrañas”, pero agregó: “y una mujer que amaba al pobre, que era la compañera del que sufría, cuidó mis primeros pasos”. Se refería a Josefa Palacios y Obelmejía, parienta cercana de Bolívar y esposa de Pedro de la Vega y Mendoza, que fue asesinado por Rosete en Ocumare del Tuy, en los primeros años de la guerra de independencia (1814), y en cuya casa terminó estableciéndose el niño expósito antes de los cuatro años y prácticamente se crió, razón por la cual se ha afirmado que sería hijo de don Pedro, antepasado directo de los Vegas (Martín Vegas, Rafael Vegas, Luisa Amalia Vegas, etcétera). Lo que no tendría nada de extraño, vista su notable inteligencia y su vocación por la docencia. A los diecisiete años pudo ver en persona a Simón Bolívar, cuando el Libertador estuvo por última vez en su ciudad natal y visitó la Universidad en donde el joven Juan Vicente estudiaba. Fue algo que quedó grabado en su memoria y a lo que le dio mucha importancia en el transcurso de su vida.
Era un hombre alto, grueso, desmañado, descuidado en el vestir y sumamente enfático en sus opiniones, que le ganaron numerosas enemistades. Lisandro Alvarado lo describió así: “En los retratos que de él se conservan aparece feo, afeitada su barba, du cráneo al parecer dolicocéfalo. Glotón, desaliñado en sus modales, voz delgada y desapacible. Con una estatura procerosa, bien de torso algo encorvado y abultado vientre, veíasele atravesar las calles apoyado en un grueso bastón y sin revelar mucha pulcritud en su vestido. Olvidadas hoy las escenas ridículas a las que le condujeron sus enemistades políticas y personales, bastan a adivinarle y a comprenderle sus escritos: zafio para zaherir, exquisito para elogiar, fatigando a sus enemigos con una ironía destemplada, alentando a los suyos con entusiastas ditirambos. En caso de necesidad llenaba todas las columnas de su periódico sin colaboración y con producciones apasionadas, y a veces salvajes por el nervio y la vigorosa entonación, por el descuido y la cólera que las animaban. Contrariadas por otra parte sus ideas, ni reparaba en si era amigo o enemigo el objeto de su censura, ni en si era poderoso el enemigo.” Fundó varios periódicos, entre ellos “El Venezolano", “El Diario de la tarde” y “El Heraldo” y se distinguió como editorialista y polemista que entabló debates apasionados con liberales notables, como Felipe Larrazábal, Estanislao Rendón, Guillermo Tell Villegas, Tomás Lander, Rafael Arvelo y otros. Fue masón, pero, curiosamente, nada dado a opiniones medianamente progresistas. En 1838, año en el que el general Carlos Soublette fue acusado de “traidor” por llamar a Simón Bolívar “padre de la Patria”, Juan Vicente González se casó con Josefa Rodil y se dedicó a tiempo completo a la enseñanza en diferentes establecimientos de su ciudad natal. Once años después fundó su propio colegio, al que le puso el extraño nombre de “El Salvador del Mundo”. Previamente había sido designado diputado por Caracas, y como tal vivió el famoso atentado contra el congreso, que tuvo lugar el 23 de enero de 1848, cuando un grupo importante de parlamentarios había acordado que trasladarían las sesiones a Puerto Cabello, para poner el parlamento a salvo de interferencias del gobierno, y que declararían con lugar la solicitud de enjuiciar al Presidente Monagas con miras a su destitución. Los diputados resolvieron crear una Guardia del Congreso, con armas y facultades para defender la corporación y garantizarle la seguridad, y comisionaron para ello al general Guillermo Smith. La noche del 23 al 24 de enero de 1848 más de doscientos jóvenes, todos hijos de conservadores, formaron un pequeño ejército en el viejo convento de San Francisco y tomaron posiciones defensivas, como preparándose a una guerra larga. Casi de inmediato empezaron a formarse milicias gubernamentales en Caracas y en los pueblos vecinos, y se fueron ubicando en las calles cercanas a San Francisco y en las afueras de la ciudad. En la mañana del 24 de febrero una multitud tensa, que según los testigos sería de unas mil personas, se había reunido en la plazoleta de San Francisco, y los Diputados se reunieron en el segundo piso, en donde una barra, casi íntegramente formada por conservadores, especialmente los que habían sido retirados de la Guardia (que en su casi totalidad seguían armados), animaba a los diputados y manifestaba su rechazo al gobierno de Monagas. A las dos y media de la tarde se presentó el Ministro de Interior y Justicia, Tomás José Sanavria, acompañado por sus hijos Francisco y Martín José (el futuro redactor del Decreto de Instrucción Pública y Obligatoria, promulgado el 27 de junio de 1870 por el gobierno de Guzmán Blanco) y un hijo del Presidente Monagas, a presentar el Mensaje Anual, correspondiente a 1823, del Ejecutivo Nacional. Cuando se disponía a retirarse para entregar el documento en el Senado, el Vicepresidente de la Cámara, diputado José María de Rojas Ramos, pidió que no se le diera permiso a Sanavria para retirarse, sino que se citara a otros dos ministros. Se discute si lo hizo para buscar mayor seguridad o como parte una maniobra, y hasta se dijo entonces que se había acercado al Ministro con un puñal; en todo caso, algunos de los ocupantes de la barra gritaron que el Ministro había sido arrestado y esa fue la noticia que llegó a la Casa Amarilla, que entonces era sede del Gobierno. Los conservadores, entre ellos González, estaban convencidos de que el Gobierno disolvería en Congreso y los liberales de que el Congreso haría cualquier cosa contra el Presidente. Se dice que una simple discusión inició todo, la Guardia del Congreso atacó a la multitud y la multitud apedreó al Congreso, cuyos integrantes se dispersaron y muchos de ellos huyeron por los tejados. La acción fue afuera, no dentro del Congreso, y hubo relativamente pocos disparos. Siete u ocho personas murieron, cinco o seis de ellas en la calle y dos en los patios del convento. Los diputados José Antonio Salas, Francisco Argote y Juan García cayeron en el acto, dos de ellos apuñalados y el otro de un balazo. También murieron allí el sastre Juan Maldonado, Pedro Pablo Azpúrua, que era uno de los jóvenes conservadores Guardias del Congreso y Miguel Riverol, miliciano. Santos Michelena, uno de los grandes valores de nuestra patria, quedó herido de muerte por arma blanca y fue llevado a la Legación Británica, en donde expiró el 12 de marzo. Las milicias gubernamentales lograron imponer el orden y protegieron al propio general Smith, así como a Juan Vicente González y a José María de Rojas Ramos, dominicano de nación y uno de los diputados que optó por refugiarse en legaciones extranjeras por temor a las posibles represalias del gobierno, represalias que no se produjeron. El propio Presidente Monagas visitó a algunos de ellos para convencerlos de que volvieran a reunirse para mantener el hilo constitucional, entre ellos a Rojas Ramos, a quien acompañó a salir de la Legación Británica. Dos dichos han quedado para la Historia, a partir de esos sucesos: uno, que hace pensar que Monagas debe haber apelado a todo tipo de recursos para lograr que los diputados regresaran a sus puestos, y es el mensaje que le mandó Fermín Toro y que parece inventado para que se escribiera en textos patrios y no para que se le repitiera a otro ser humano; me refiero al dramático “Decidle al General Monagas que mi cadáver lo llevarán, pero que Fermín Toro no se prostituye;” y el otro es el del propio Presidente Monagas, cuando, pasada la tormenta, dejó escapar aquello de “La Constitución sirve para todo,” que puede ser interpretado de mil maneras.
Aunque no fue paecista, tampoco quiso González participar en las revoluciones que apartaron a Páez del poder, ni mucho menos en la Guerra Federal. Se opuso con especial vehemencia a los regímenes de fuerza, lo que valió más de un carcelazo. En 1861 estuvo a punto de ser deportado del país, pero las gestiones de Pedro Gual lo salvaron. Aun así, fue encerrado en una mazmorra en La Guaira, en donde escribió su obra “Eco de las Bóvedas”, en la que con gran pasión pinta cuadros terribles de la realidad de su tiempo. Igualmente fue opositor firme a la dictadura del General Páez, que precedió el inicio de la Guerra Federal. Páez lo encarceló por tres meses, y solo recuperó la libertad tras gestiones de los masones. Poco después fue encerrado de nuevo por Páez, período en el que escribió, prácticamente de memoria, su “Manual de Historia Universal".
Quizá por ser el mariscal Juan Crisóstomo Falcón alto jefe de la masonería, González no le hizo una oposición fuerte, aunque más de una vez lo atacó desde su tribuna periodística. Tiempo después escribiría una biografía de Falcón, que ya había muerto. También escribió una muy buena biografía de José Félix Ribas. Quizá sus trabajos más apreciados fueron las “Mesenianas”, que son elegías en prosa. Publicó también numerosos poemas que se inscriben dentro de la corriente romántica de su tiempo. Entre ellos se destaca un soneto dedicado a la memoria de Simón Bolívar. Al morir dejó inconclusa una “Historia del Poder Civil". Tampoco pudo completar su proyecto de escribir las biografías de los venezolanos y grancolombianos más ilustres desde la Colonia hasta sus días. Apenas publicó las biografías de José Manuel Alegría (1856), José Cecilio Ávila (1858), Martín Tovar Ponce (s/f), y la de José Félix Ribas (s/f), que es la más importante de todas. En 1835 publicó sus “Catilinarias” o “Epístolas Catalinarias sobre el 8 de julio”, en contra del caudillismo, y en 1841 editó un “Compendio de Gramática castellana”, un año después, a raíz del traslado de los restos de Bolívar a Caracas, dio a conocer su poema “Mis Exequias a Bolívar” y en 1843 “Elementos de ortología castellana.”
En 1851 editó en Caracas el “Análisis ideológico de los tiempos de la Conjugación castellana de Andrés Bello con notas explicativas de J.V. González.” Y el mismo año tradujo del latín el “Arte poética de Horacio.” Al año siguiente (1852) produjo un “Curso de literatura española,” precedido de un ensayo sobre la literatura de la Edad Media. De 1854 es “El baile en Caracas,” sátira en verso, y de 1855 es “Elementos de la Gramática latina,” traducción del francés. En 1863 publicó, por entregas la segunda parte de su Historia Universal. Dos años más tarde (1865) fundó la “Revista Literaria”, que sería su última gran aventura en el campo de las letras. Y en cualquier otro campo. A pesar de su notable combatividad, cuando murió, el 1° de octubre de 1866, era universalmente respetado, y nadie dudaba de su honradez y su rectitud, que obligaban hasta a sus más encarnizados enemigos a respetarlo.
(Segunda Parte)
Un músico formado con su propio esfuerzo, disciplina y estudio. Con la fe en sí mismo y la Gracia de Dios.
4.- Primeros tropiezos.
Llegó a Carora hacia las 9 de la mañana, hambriento y con los pies adoloridos, después de caminar 30 kilómetros bajo el sol abrasador del desierto larense de dunas y cardones, allí lo recibió su hermano quién trabajaba en una tipografía, le informó que en Barquisimeto estaban dando becas de estudio a jóvenes pobres y carentes de recursos. Al día siguiente marchó a la capital del estado Lara y en la Casa de Gobierno pidió hablar con el gobernador Honorio Sigala, la respuesta por supuesto fue: -el gobernador no puede recibirlo. Su regreso a Carora fue peor que su llegada días atrás, hambriento de nuevo y con los pies ardidos. Esta vez fue su corazón, quien se sintió mucho más adolorido que sus pies. Consigue trabajo como portero del Cine Salamanca, con derecho a ver todas las películas, su primer paso hacia la tierra prometida de un puñado de sueños y una cultura propia.
5.- Un humanista único, Don Cecilio Zubillaga Perera.
Entonces ocurre un hecho providencial, en Carora existe un espíritu singular, un humanista -créanme esta palabra es poco para lo que hacía este hombre maravilloso- alguien que más allá de los anuncios demagógicos de un político de turno, orienta, estimula y presta asistencia a los jóvenes que quieren construir un futuro mejor. Estamos hablando de Don Cecilio Zubillaga Perera -Chío Zubillaga (3)- él hace posible que Alirio Díaz pueda lograr sus estudios de primaria elemental, en una de las mejores escuelas de Carora, formada con los primeros maestros normalistas de la Venezuela rural. Después, como si fuera poco, lo orienta en su ruta al futuro: “no tienes que ir a un liceo, tu camino es la música, yo te daré una carta para el maestro Laudelino Mejía, director de la banda de Trujillo, él te formará como músico”. Según palabras del mismo Alirio Díaz, “en ese momento nací para el mundo de la música clásica, Don Cecilio decretó mi destino”.
6.- Presencia de un maestro genuinamente venezolano: Laudelino Mejía.
Laudelino Mejía era uno de los músicos más cultos de la provincia venezolana, inspirado compositor y maestro de centenares de músicos (4), él le impartió clases de teoría, solfeo y armonía. Alirio, para atender a su sustento trabajó como tipógrafo en la Imprenta del estado Trujillo, cumpliendo con un horario de 8 horas diarias. Aún, con esta dura rutina, consiguió tiempo para aprender clarinete, saxofón, ser músico de la banda estadal y entrenarse en el instrumento de su predilección: la guitarra. Más todavía, estudió inglés y mecanografía. Con todas estas nuevas herramientas dio inicio a su sueño de viajar a Caracas, en busca de una formación más avanzada.
7.- El padre del movimiento guitarrístico venezolano: Raúl Borges.
En septiembre de 1945 inicia en Caracas estudios formales de guitarra con Raúl Borges, un maestro inigualable. Se le considera como el padre del movimiento guitarrístico venezolano del Siglo XX (5). A su magisterio se debe la formación de los más notables guitarristas de Venezuela, que se cuentan, alguno de ellos, entre los mejores del mundo: Alirio Díaz, Rodrigo Riera, Antonio Lauro, Manuel Enrique Pérez Díaz y Rómulo Lazarde. Otros como Luís Zea, Luís Quintero, Ricardo Iznaola, y muchos más, fueron discípulos de maestros formados por Borges y constituyen por lo tanto, la prolongación de esa escuela. Borges, desde el mismo momento que lo escuchó valoró su talento y se dedicó a entrenarlo, con la misma técnica maravillosa de los guitarristas sacados del molde en que se forjaron los grandes como Francisco Tárrega, José Viñas, Fernando Sor, Dionisio Aguado, Julián Arcas, Joaquín Parga, Miguel Llobet y Andrés Segovia, hasta el punto que al llegar a España, 5 años más tarde, los profesores del Conservatorio de Madrid apreciaron su técnica impecable, dominio del instrumento y su gran capacidad de trasmitir sentimientos.
8.- El más culto maestro de la guitarra: Regino Sainz de la Maza y Ruiz.
En la capital del Reino de España realiza sus estudios con Regino Sainz de la Maza, un músico de Burgos, guitarrista y compositor, poseedor de innumerables aciertos. En 1935 fue nombrado Catedrático de Guitarra del Conservatorio de Madrid, lo que se considera como la primera escuela de estudios superiores de este instrumento en un conservatorio europeo (6). El 9 de Noviembre de 1940 estrenó en Barcelona el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo- una de las más bellas y emblemáticas piezas de lucimiento para la guitarra, a quien le fue dedicada- bajo la dirección de César Mendoza Lasalle y la Orquesta Filarmónica de Cataluña. Así mismo, tuvo a honra el 23 de Marzo de 1958, ingresar a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, con una disertación sobre “La música de laúd, vihuela y guitarra del Renacimiento al Barroco", con esta alocución por primera vez en la historia de la música, la guitarra entraba por la puerta grande en la Real Academia de Bellas Artes. No obstante sus aquilatados méritos, Regino tenía una forma muy personal de enseñar la técnica de la guitarra. Todos sus discípulos coinciden en que era el guitarrista más culto de toda una época, el mejor como músico integral, pero a la hora de buscar la sonoridad más bruñida de la guitarra y la forma de cautivar al público con la magia de sus interpretaciones, quien poseía ese secreto era otro: Andrés Segovia. Entonces Alirio escogió como su nuevo maestro a Segovia.
9.- El gran maestro universal: Andrés Segovia.
En Madrid se entera que Andrés Segovia ha instituido en Italia una cátedra de estudios superiores de guitarra, en la celebre “Accademia Chigiana Musicale di Siena”-el más grande laboratorio artístico de estudio e investigación- fundada en 1932 por el conde Guido Chigi Saracini, el último gran mecenas italiano de la música. La cátedra de guitarra tenía tan solo un año de abierta. Sin pensarlo dos veces, toma un tren y marcha al encuentro de Segovia, era el año de 1951. El maestro español enseguida se da cuenta del talento del joven guitarrista venezolano, percibe su técnica muy similar a la suya propia y vislumbra su inmenso potencial. Entonces, se dedica a trabajar en el desarrollo de las posibilidades expresivas del entero repertorio de Alirio Díaz. Al cabo de dos años el venezolano se trasforma en su asistente y después de su muerte, en su sucesor en la cátedra de Siena.
Pero lo realmente invalorable en la labor educadora de Segovia sobre Alirio Díaz, fue su influencia en la formación del repertorio y en el modo de interpretarlo, muy ajustado a su concepto de concebir la guitarra como un instrumento noble y capaz de alcanzar la misma altura que el piano y el violín. Pero, más allá de todo esto, lo más importante fue la forma en que Segovia abrió a su discípulo las puertas del mundo musical. Existe una entrevista de la televisión italiana- RAI- muy interesante, por la pertinencia de las preguntas que le hicieron al maestro español y por la profundidad de sus respuestas. Una fue: “Maestro y después de su muerte, ¿Qué ocurrirá con la guitarra? Su respuesta: “La guitarra, sin duda, quedará en muy buenas manos. Existen tres guitarristas, que en mi concepto, se perfilan como los mejores: el venezolano Alirio Díaz, el australiano John Williams y el californiano Michael Lorimer. Con cualquiera de ellos la guitarra estará en muy buenas manos” (7).
10.- El más grande guitarrista de América latina, Agustín Barrios o Nitsuga Mangoré.
Otro gran maestro de la guitarra que ejerció una influencia decisiva en Alirio Díaz fue el notable guitarrista paraguayo Agustín Barrios, quien adoptó el nombre artístico de Nitsuga Mangoré: el primero es la palabra Agustín al revés, el otro es el nombre de un jefe tribal guaraní de la época de la conquista del Paraguay. Pues bien, Mangoré es el más importante compositor de música para guitarra de América latina, con más de 300 piezas, todas bellísimas, de muy buena factura y excelente concepción armónica, que a veces siguen un estilo renacentistas o del período barroco. En su mayor parte son de inspiración romántica y a él se le suele conceptuar como un compositor de este género. Otras veces, en menor medida, se presenta como un exponente de la música del Siglo XX, época en la que le tocó vivir. Fue un fino guitarrista, de prodigioso virtuosismo y dotado de una irreprensible técnica. En 1936 estuvo de visita en Venezuela y llevó a cabo varios conciertos en diversas ciudades. Alirio Díaz entabló con él una fructífera amistad y aprovechó su estada en el país, para tomar lecciones y atesorar los sabios consejos de este latinoamericano inolvidable.
(Continúa la próxima semana)
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(3) Morón, Guillermo. La voz del común; Montes de Oca Martínez, Rafael. Biografía de un genio popular; Páez Ávila, Juan. Chío Zubillaga, caroreño universal.
(4) Álvarez Pifano, Hugo. El vals venezolano, historia y vida. Fundación Arts World Millenium 2100, Caracas 2007, Pág. 245.
(5) Bruzual, Alejandro. The Guitar in Venezuela. A Concise History to the End of the 20th Century, Quebec: Doberman-Yppan, 2005.
(6) Sopeña, Federico. La cultura exquisita de un guitarrista. Conferencia del director del Museo del Prado de Madrid, en ocasión de las exposiciones de la Fundación Santillana. El País, Víctor Gijón, Santander 8 de agosto de 1982.
(7) Entrevista a Andrés Segovia, realizada en la RAI, Radio y Televisión Italiana, en torno al año de 1980.
Fotografías:
1.- Foto de Alirio Díaz en los años cuarenta
2.- Óleo de Rafael Monasterios sobre un paisaje caroreño, tal vez el mismo encontrado por Alirio en los años cuarenta
3.- Chío Zubillaga, un caroreño universal
4.- Laudelino Mejía, trujillano sembrado en el corazón de Venezuela
5.- Raúl Borges, fundador del movimiento guitarrístico venezolano
6.- Regino Sainz de la Maza, el más culto de los guitarristas españoles
7.- Agustín Barrios, Nitsuga Mangoré, el más grande guitarrista de América
Hugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).
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