Literatura - Política - Arte

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Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

El Hombre Modular

20.08.14 | por Marina Ayala [mail] | Categorías: Ideas, Colaboradores, Marina Ayala

Las instituciones que se levantan para asegurar la cohesión de los intereses grupales, fracasan o solo se sienten destinadas a cumplir ciertas expectativas limitadas. Ya no solo el enfrentar un enemigo común les da fuerza suficiente para unirse y pactar por el miedo de perder el mayor bien conquistado, las libertades individuales. Cabría indagar si esta dificultad o incapacidad para lograr acuerdos comunes y mantenerse leal a lo pactado es un fenómeno solo local o es un problema que está vigente en otras sociedades y cabria también interrogarse en relación a algunos porqués de dicho fenómeno. Al fin y al cabo fue la propuesta que se ofreció desde la democracia liberal, el contar con instituciones que velaran por el bien común. Como nos lo expresa claramente Zygmunt Bauman la democracia liberal se propuso: “…mantener la efectividad del Estado político como guardián de la paz, mediador de interese grupales, conservando la libertad de grupos e individuos para que puedan elegir la forma de vida que desean”. ¿Es posible esta propuesta de sociedad que proclama la libertad individual y al mismo tiempo aboga por grupos cohesionados? O ¿estos intereses están destinados a vivir en un conflicto insalvable?
En realidad la falta de educación cívica, la falta de visión de un ciudadano comprometido y solidario con los intereses de la Nación acarreó como consecuencia una falta de interés por lo colectivo y del objetivo planteado solo quedó el ejercicio de la libertad individual en una traducción ramplona de un “hago lo que me venga en gana”. También predominó una conciencia -y esta vez no por reflexión sino por la experiencia propia de una vivencia práctica- de estar solos en la lucha por los medios para lograr lo que “venga en ganas” no tenemos, entonces, la menor noción de las consecuencias de haber roto las reglas del juego de la democracia liberal. Las instituciones del estado dejaron de ocuparse del ciudadano y este quedó solo en una lucha individual por su porvenir ideado. El proyecto de acuerdos comunes a debatir y acordar quedó abolido, simplemente no se debate porque no hay ideas comunes, porque no interesan las ideas de los otros, porque se llegó al extremo de no tener interés por un proyecto en común. Precisamente la situación planteada constituye terreno fértil para que germine un autoritarismo. En una sociedad de seres autónomos pero conscientes de que perder el país es perdernos todos, no es posible un proyecto totalitario.
La debilidad y el miedo propios de situaciones de desamparo y soledad son alimentadas por un discurso populista y demagógico porque esta es la forma expedita de mantener una población esclavizada; invade, aprópiate de lo que no es tuyo, saquea, se libre para obtener los objetos de tu deseo, que yo protegeré tus actos vandálicos a costa de tenerte atado en lo más importante que es tu voluntad. Pero como eso de la “voluntad” no se ve, entonces los seres dependientes, egoístas, miopes o ineptos venden su alma al diablo. Cuando la mayoría de la población pertenece a estas condiciones no es posible conservar una democracia liberal.
Este es el panorama que enfrentamos y con estos individuos debemos contar para volver a encontrar el cauce de una sociedad mínimamente viable. No es poca cosa y la dimensión de la tarea es titánica. De allí que lo que estamos observando con dolor se entienda, lo difícil que ha sido remediar este desastre y ver como caen en desgracia personas que han tratado de cohesionar grupos a los que suponemos un mismo interés y objetivo político. No hay solidaridad porque entendemos de entrada que el otro siempre está acechando para traicionar o agarrar lo que se convirtió en el objeto de deseo, el peor de todos, el más maligno y traicionero, el poder. Y este fenómeno que vemos en casa con una patética claridad, en realidad es un problema que está acechando y erosionan las democracias del mundo. Un Estado político que se debilitó porque ya los ciudadanos no esperan nada de él y unos ciudadanos que quedaron aislados y solos tomando la justicia por sus manos en un intento muy peligroso de autodefensa. Animales asustados, en una anomia generalizada y rechazando cualquier intento de normatizar el juego. Lo que no se entendió es que para garantizar la autonomía debe haber lazos de solidaridad que unan a los seres libres en un proyecto común que pudiera ser identificada como una nación. Vayamos a lo chiquitico que sirven de ejemplo de lo que pasa en escenarios más amplios. Los miembros de un club si quieren que sus espacios se mantengan adecuados para el esparcimiento deben obedecer las normativas que acuerdan y deben sentirse pertenecientes a la comunidad que escogieron para su disfrute. Es así, el país debemos escogerlo nuevamente, decir es lo nuestro y comenzar a planificar que es lo que queremos en un acuerdo nacional y después cuidar y defender lo nuestro. Pero no son los pasos que damos, al contrario se ve cada vez más la tendencia del hombre “modular” como lo denominó Ernest Gellner. Metáfora que acuñó del diseño moderno de los muebles.
El mueble modular es una pieza acomodaticia, nunca está totalmente acabada, agregamos piezas o se las quitamos a la conveniencia de su utilidad o del espacio al que lo destinamos. De esta misma forma el hombre modular no es de una sola pieza y posee la característica que el mismo se automodela según las circunstancias y las tareas que escoja emprender. Gellner lo describe “El hombre modular es capaz de unirse en asociaciones e instituciones eficaces, sin que estas deban ser totales, jerarquizadas, respaldadas por el ritual y estables por basarse en un conjunto interno de relaciones entrelazadas y, por lo tanto, inmóviles. Puede unirse en asociaciones limitadas, ad hoc y con un propósito específico, sin atarse por ningún ritual de sangre. Puede abandonar una asociación cuando está en desacuerdo con su política, sin tornarse víctima de una acusación de alta traición…..Las asociaciones del hombre modular pueden ser eficaces sin ser rígidas”
Vemos, entonces, con toda claridad que actualmente convivimos con dos tipos de hombres claramente identificables; los hombres esclavos que se someten a las ordenes irrestrictas de un mandamás con la falsa ilusión de “hacer lo que le da la gana” y de estos hombre modulares que se acomodan según las circunstancias. A los primeros se les acusa de traidores cuando se atreven a dar pasos que no fueron ordenados y a los segundos no se les acusa de nada porque está implícito que se pueden acomodar según sus conveniencias autónomas. Se supone que no pertenecen a ningún proyecto común, no se les pide solidaridad y no se les exige lealtad. Pero lo que si no se ve con claridad, y los hay por supuesto, es al hombre comprometido con una causa que sí se siente perteneciente a grupos con sus mismos ideales y tareas y que sí entrega, a motus propio, solidaridad y lealtad. Hombres con identidad propia, de una sola pieza, con peso específico, valor y personalidad. Hombres que se definieron por convicción y conocimiento en una causa de país. Esos hombres con arraigo y pertenencia, esos hombres son los que pareciera que se extinguen en el globo terráqueo y que también hoy padecen del desconocimiento y soledad que proporciona la incomprensión; son objetos de ataques brutales como grupos minoritarios. Vienen, en realidad a romper la fiesta del gran festín de la cultura modular.

Marina Ayala

Nació en Caracas
Licenciada en Psicología 1973 UCAB
Magister en Ciencia 1979 University of Newcastle Upon Tyne Inglaterra
Psicoanalista 1989 Escuela Campo Freudiano de Psicoanálisis Caracas
Magister en Filosofía 1997 USB
Colaboradora como ensayista en la revista Principia de la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado desde el año 1995
Actualmente activa en consulta privada. Caracas

 

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Miénteme más

19.08.14 | por Humberto Seijas Pittaluga [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Venezuela, Opinión, Humberto Seijas Pittaluga

Lo confieso sin pena alguna, yo no escucho radio mientras conduzco; escucho CDs. Vale decir: eficientísimos “rompe-cadenas”. Pero, recientemente, no llevaba uno en el carro y me tocó empezar a escanear frecuencias. Cuando llegué a 101.5, me llamó la atención el tema y detuve el escaneo venciendo mi natural revulsión a las emisoras dizque “comunitarias”, que no son sino repetidoras y amplificadoras de los contenidos que les manda la MinPoPoInfo. Me detuve porque me llamó la atención el tipo que narraba —en un lenguaje y una dicción que ya dejaban mucho que desear— y que era una máquina de decir mentiras. Y, más que mentiras, infamias.

Era una pieza que no ocultaba para nada su antisemitismo y en la que desinformaba a la audiencia casi cautiva que tienen —compuesta mayormente por gente de mente sencilla, con poca instrucción y nada acrítica. De lo que recuerdo y que me llamó la atención sobresale una falacia histórica que necesitaba para poder despotricar de lo que hacen los israelíes en Gaza. Dijo nada menos que, entre 1932 y 1939, el movimiento sionista estaba aliado con los gobiernos de Alemania e Italia porque esperaban que los nazis y los fascistas los ayudaran a salir de los británicos que colonizaban lo que nosotros llamamos “Tierra Santa” para, así, ellos poder enseñorearse indebidamente en esos lugares. ¡Por Dios! Si en los años que señala el mendaz locutor, en Alemania ya se estaba dando cumplimiento a lo que había estado predicando Hitler desde 1924, cuando publicó “Mein Kampf”.

En ese libro queda clara su aversión a lo que es, según él, el mayor mal del mundo: el judaísmo, al cual señala como la causa principal del desastre alemán en la Gran Guerra, alienta el odio por razones de raza y manifiesta su propósito de erradicarlos de la Tierra. Por cierto que, en ese mismo libro, cuando preconiza un Estado racista, a los suramericanos nos pone junto con los africanos, y dice que ese Estado tendrá el deber de evitar los matrimonios entre diferentes razas, porque llevaría a “la degradación racial perpetua”, y porque este es un vínculo “destinado a crear seres a la imagen del Señor y no monstruos, mitad hombre, mitad mono”. Me pregunto si el locutor es un catire ojos azules…

Mal podía estar el movimiento sionista buscando juntas con fachos y nazis. Porque ya había ocurrido la “Kristallnacht ”, ya casas, escuelas y tiendas de judíos habían sido saqueadas, ya más de mil sinagogas habían sido destruidas, y ya  Buchenwald y Dachau habían empezado a recibir ingentes cantidades de internados. Entonces, ¿en razón de qué sale ese locutor de a locha a decir esa catajarra de falsedades? Primero, porque suponen que la masa ignara que sigue creyendo en ellos no sabe de historia y, por tanto, pueden seguir engañándola impunemente. Y segundo, pero más importante, porque eso es lo que les manda a decir la hermana de Jorgito Rodríguez porque es política del régimen: hay demonizar que a Israel y todo lo judío. Se rasgan las vestiduras por lo que pasa en Gaza, pero nada han dicho de la matazón —cien veces mayor y hasta con gases prohibidos por convención internacional— que el panita de ellos, Al-Assad está haciendo desde hace tres años en contra de sus propios paisanos en Siria. Tampoco han dicho ni pío por las barbaridades que están cometiendo los radicales suníes en la parte norte de Irak; degüellos, violaciones, asesinatos en masa contra hombres mujeres y niños por el solo pecado de profesar la fe cristiana, o por ser musulmanes de la rama chiita. Todo porque lo ordena un auto-designado califa, como que si estuviésemos diez siglos atrás. Nada de eso se menciona porque no sería políticamente correcto…

Este régimen —ineficiente pero corrupto, poco instruido pero muy ideologizado, disfrazado de patriota pero vendido a los cubanos— necesita mentir, por sobre todo, porque ve que es la única manera de mantenerse en el poder. Cosa que no es nueva para los comunistas. O que consideren inmoral, o indebida. Si lo hizo y lo sigue haciendo el difunto que no sabe que está muerto, Fidel, y si lo hizo el difunto que está muerto pero que tratan de mantener vivo, Chiabe; ¿por qué no seguir usando ese instrumento? “¡Dale, Nicolás, declara que naciste en Venezuela para que puedas ser presidente! En fin de cuentas, ya cuadramos con la camarada Tibisay para que no te pida la partida de nacimiento”. Y, de eso, a llegar a añagazas por cadena nacional, como decir que el dinero que recibieron de China —y ya malbarataron, sin que se haya visto en qué— no es un endeudamiento, no pasa de ser una nimiedad. Para eso están los embellecimientos de las explicaciones; se puede alegar que es solo un “financiamiento” ¿Y es que no hay que pagarlo igual? Engaños pendejos como que “las aerolíneas se llevaron los aviones porque deben atender el flujo de pasajeros hacia el Mundial de Fútbol; no porque se les deba un solo dólar”. Macanas pedorras como que “hay colas en los supermercados porque nunca el venezolano tuvo tanto dinero en el bolsillo, no porque haya escasez”.

Y la masa indocta, limitada, inconsciente, sigue tarareando el bolero aquel que cantaba Olga Guillot: “Miénteme más / que me hace tu maldad feliz. / Hoy viviendo ya de tus mentiras, / sé que tu cariño no es sincero”. ¡Y se los siguen calando!...

Humbero Seijas Pittaluga:

  • General retirado de la Guardia Nacional, sirvió en ella 30 años.
  • Después de retirado, formó parte del Gobierno de Carabobo durante 15 años.
  • Gobernador de Carabobo, encargado, por 5 meses en 1998.
  • Graduado y posgraduado universitario; dos de los posgrados fueron hechos en los Estados Unidos.
  • Habla, lee y escribe en inglés e italiano.
  • Fue docente en institutos de educación superior por más de 25 años.
  • Desde 1986 es escritor de artículos de opinión. Sus opiniones han aparecido, sucesivamente, en "El Carabobeño", “El Nacional” y “Notitarde.
  • Algunos de sus ensayos y artículos aparecen publicados en dos libros: “Contrapunto” y “Glosomanía”.
  • Desde 1988 y hasta 2011 fue miembro del Consejo Superior de la Universidad Tecnológica del Centro.
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La odisea del Banco de Venezuela

18.08.14 | por Carlos Armando Figueredo [mail] | Categorías: Colaboradores, Actualidad, Carlos Armando Figueredo

Tengo más de 20 años con una cuenta en el Banco de Venezuela y, a pesar de que me aconsejaron que la cerrara cuando el banco fue nacionalizado, la mantuve y estaba más o menos satisfecho con los servicios prestados. Pero ahora, lo que me está pasando me está obligando a cerrar mi cuenta.

Veamos en qué consiste la odisea:

A fines de julio mandé a bloquear mis tarjetas de crédito y la de debito porque había sido objeto de un asalto. La tarjeta de débito me la repusieron pero las nuevas tarjetas de crédito, después de 3 semanas no me las han entregado. Ayer pude averiguar que una de ellas estaba lista y que no me la habían enviado porque y que yo no había indicado donde quería que me la enviaran, cuando yo les había dicho que me la enviaran a la agencia donde tengo mi cuenta, pero que eso tardaba unos 10 días. Respecto de las otras 2 me dijeron que estaban bloqueadas —por supuesto yo mismo las mandé a bloquear— y que tenía que esperar a que me llamaran para desbloquearlas. Hasta ahora, 14 de agosto, no me han llamado.

Fui a pedir estado de cuenta consolidado en la agencia, así como una referencia bancaria y me dijeron que ellos no podían entregarlas, que tenía que ingresar por Clavenet personal. Ingresé y no me reconocieron mi clave. Fui a la opción “olvidó su clave?” y opté por pedir que me enviaran por mi celular afiliado un código de 8 caracteres que, al ingresarlo me daban la opción de escoger nueva clave. Eso hice y me contestaron que la clave había sido aceptada. Cunado traté de ingresar a Clavenet personal, salió que la clave no era válida que debía comunicarme por el 0500 642 528r. Hice la llamada un montón de veces y el número salía ocupado o salía un mensaje que decía “nuestro número está ocupado, llame más tarde”. Cuando, después de interminables intentos, logré comunicarme y pedí la opción para recuperar la clave, tuve que esperar como media hora después de incesante mensajes publicitarios del banco y otros que decían ”su llamada es muy importante para nosotros, en breves segundos será atendido por uno de nuestros operadores. La operadora que me atendió no solucionó nada y dijo que ingresara por Clavenet y pulsara “¿olvidó su clave?. Siguió el suplicio de Sísifo. Hasta ahora no tengo tarjetas y me van a cortar los servicios afiliados a ella; no puedo obtener el estado de cuenta consolidado ni una carta de referencia. ¿Mantendrían ustedes una cuenta con un banco como ese?

Carlos Armando Figueredo

Abogado - Doctorado en Ciencias, Mención Derecho.
Profesor de Derecho Penal y de Derechos Humanos en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la U.C.V.
Miembro del Consejo Superior de la Universidad Metropolitana y Vicepresidente de la Fundación Universidad Metropolitana
Ex Vicepresidente del Consejo Supremo Electoral y Ex Vicerrector Administrativo de la Universidad Metropolitana.

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Desangelado - Capítulo 14

16.08.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 14

Estaba de verdad molesto Inocente Piquefleur cuando me llamó a la casa de mi hermana. Cómo era posible, me reclamó, que no le avisara nada. Me llamó varias veces a mi apartamento y me dejó varios mensajes en la contestadora. Y se enteró por pura casualidad, porque en los tribunales se encontró con Angélica y Angélica se lo dijo. Yo debería haberlo llamado. Era cierto, le respondí, pero así como a uno le gusta compartir las cosas buenas, no le gusta compartir las malas. Como a la una del mediodía se presentó en la casa de mi hermana y casi me obligó a salir. Fuimos al restaurante “La Catarata Seca,” que era uno de los que usaba Inocente como refugio prácticamente todas las tardes. Desde que nos conocimos, y supongo que desde antes, Inocente ha mantenido el mismo estilo de vida: se levanta todos los días de trabajo a eso de las seis, trabaja en su casa, revisando expedientes y redactando documentos, como hasta las ocho y media, se da una buena ducha y a golpe de nueve sale rumbo a su escritorio, en donde se reúne con sus socios, Celia Belén Gacelazul y Héctor Medialforja hasta eso de las once, hora en la que sale hacia los tribunales cuando tiene que ir a los tribunales, o simplemente se encierra en su oficina a redactar documentos o a revisar expedientes, o a recibir clientes o a jugar solitario; y a la una en punto recoge sus bártulos y se va, solo o acompañado, a un restaurante, “La Catarata Seca,” el “Mar si puedes,” “El Decrépito” o cualquier otro. Antes de mi crisis depresiva, si iba solo, me llamaba a mí o a cualquier otro amigo, y si iba acompañado también me llamaba. Así que durante varios años, dos o tres veces por semana almorcé con Inocente y muchas veces con Héctor y con Celia Belén en “La Catarata Seca,” el “Mar si puedes,” “El Decrépito” o cualquier otro restaurante. Por lo general Inocente y yo nos quedábamos hasta la noche, en tanto que los demás se retiraban a lo largo de aquellas largas tenidas en las que hablábamos de todo, de derecho, de política, de viajes, o, por lo general, de cualquier tema que no fuera demasiado profundo o intelectual. Hoy tengo que reconocer que más de una vez me fastidié de lo lindo, sobre todo si, como rara vez ocurría, pero ocurría, les daba por hablar de literatura o de música clásica, que es algo de lo que yo no sé nada, o de ópera, de lo que sé menos todavía. La única vez en mi vida en que fui a una ópera fue en mis tiempos de Director General del Instituto de Turismo y Gastronomía, que me obligaron a ir, y hasta a ir de “black tie,” a ver “La Traviata,” de Verdi, en el Teatro Municipal. Me aburrí de lo lindo, y al final tuve que salirme, porque aquello de que la soprano, que era una gorda inmensa, se muriera de tuberculosis, nada menos que de tuberculosis, en brazos del tenor, que sí parecía tísico y cantaba como temblando, me causó un ataque de risa que simplemente no pude contener, y la gente me mandó a callar y hasta me insultó. Traté de disimularlo con un falso de ataque de tos, pero, tal como la soprano, fracasé. Francamente, prefiero a los “Beatles” o a los “Rolling Stones” o los “Bee Gees,” que son como más naturales, ¿no? Por lo general en aquellos encuentros yo terminaba con la cabeza envuelta por vapores y cascadas que clamaban por dos aspirinas, como mínimo. Inocente, en cambio, aunque se haya bajado una botella completa de escocés, al día siguiente se levanta impertérrito a las seis, trabaja en su casa, revisando expedientes y redactando documentos, como hasta las ocho y media, se da un buen baño y a golpe de nueve sale rumbo a su escritorio, etcétera. Nunca lo he visto verdaderamente borracho, aunque a veces a eso de las cinco de la tarde, además de adueñarse de sus facciones una cierta sonrisa imperdonable, se le enreda un poco la lengua, pero en forma tal que solo los que lo conocemos muy bien nos damos cuenta. Celia Belén, además de ser una mujer muy bella, es una gran conversadora y una abogada admirable. Dueña también de una resistencia increíble al alcohol, su único síntoma de borrachera es que le da por bailar, y como conoce mis habilidades, más de una vez terminamos haciendo una especie de “show” en cualquiera de los restaurantes que tienen música en vivo. Pero eso es (era) todo. Héctor, que es simpatiquísimo y un excelente conversador, tiene menos resistencia, y por lo general termina dormido, aunque despierto, en la mesa, hasta que se despabila y con una amable sonrisa pide la cuenta, paga su parte y se va. Tanto a Inocente como a Héctor los conocí de lejos en la universidad. Terminaban la carrera cuando yo empezaba. Ambos estudiaron en el colegio La Salle y ambos, en vez de hacerse Endocrinos se convirtieron en simpatizantes del Panaderos, cosa que en realidad no ha sido muy frecuente. Y ambos, que como estudiantes trabajaron en uno de los grandes bufetes de Guanoco, se abrieron por su cuenta y se asociaron con Celia Belén, que no estudió con ellos sino que se conocieron en el ejercicio, y crearon un bufete especializado en materia sucesoral, que fue por lo que yo los busqué en aquellos días de las elecciones del 63. Porque poco después de la muerte de mi papá nos encontramos con que todo lo que tenía, la clínica, el “Pent House” (el que después fue mío) y muchos otros bienes los había puesto a nombre de su querida, la cosmetóloga gringa Betty Lou Sheisse, que por desgracia no estaba con él en México cuando él se mató. Eso es algo que todavía no entiendo: papá, que estaba orgullosísimo de ser un Almalegre, pariente, siempre lo decía, de un tal marqués de Almalegre, hidalgo por los cuatro costados, siete veces grande de España y Caballero Cubierto ante Su Majestad el Rey, no tuvo empacho en amancebarse con una gringa plebeyísima que tenía fama de puta, aunque hay que reconocer que tenía aspecto de modelo y un cuerpo sensacional, capaz de causarle una erección a una estatua, y que no ocultaba en lo absoluto. Y, como para que la aberración fuese casi milagrosa, pretendió, papá, que todo lo suyo, lo que se había llevado y lo que había hecho por su cuenta, quedara en manos de la putoamericana, que era, sin duda, una trepadora de la última clase. La clínica, aunque muy pequeña, valía una fortuna, no solo por lo valioso del terreno y porque era un edificio nuevo, sino porque tenía equipos e instalaciones traídos de los Estados Unidos y que estaban a la altura de los equipos e instalaciones más formidables del mundo. Parecería que papá intuyó su muerte, o quizás haya sido todo lo contrario, y casi todas las operaciones para poner todo a nombre de la querida las hizo en sus últimos tres o cuatro meses de vida. Celia Belén, Inocente y Héctor atacaron por ahí como perros de caza y lograron que casi todas las operaciones de falsa compraventa se anularan. Las gananciales, o mejor dicho, la mitad de las gananciales, se le reconocieron, pero no las propiedades, que eran previas a su concubinato. Mamá, Evangelina mi hermana y yo no pudimos recuperar los dólares y lo que tenía nuestro padre en efectivo o en cuentas a nombre de ella, salvo una en común que tenía muy poco, pero por lo menos la clínica, las acciones del Hospital Privado, dos apartamentos, una casa y el “Pent House” quedaron en poder de mamá. Y cuando murió mamá, casi tres años después que papá, los apartamentos y la casa los vendimos a buen precio y nos partimos la cochina. Yo le cedí a mi hermana mi parte de la clínica, que se vendió casi inmediatamente, a cambio de su parte en el “Pent House” y algo del dinero de la casa y los apartamentos, y entonces empezó una segunda batalla que fue bastante más larga y complicada que la primera. La siempre bien maquillada ex-querida del doctor Almalegre, que usaba unos descotes que le dejaban ver el culo desde adelante y unas minifaldas que dejaban ver la parte de debajo de las tetas, se negaba a dejar el “Pent House.” Alegaba que era de ella porque antes de la falsa compraventa papá le escribió una carta en las que le decía que se lo regalaría. Decía, además, que como concubina le correspondía la mitad de los bienes del difunto. La asistían los abogados de uno de los bufetes internacionales más poderosos del mundo, y aseguraba que, a pesar de su mala fama, toda la comunidad norteamericana, WASP (White, Anglo Saxon and Protestant) de El Dorado la respaldaba. Y algo de cierto debía haber, porque hasta la embajada de los Estados Unidos intervino en su favor y así nos lo hizo saber la cancillería como para presionarnos. Aquello llegó a ser un pleito grande, en el que mis abogados, mi mujer y yo la calificábamos de pretendida comodataria y ellos, los de la parte contraria, además de sobornar jueces y empleados de tribunales, interponían todo tipo de recursos dilatorios o de simple distracción, como para obligarnos a rendirnos por cansancio. Hasta que se dio lo de mi nombramiento como Director General del Instituto Nacional de Turismo y Gastronomía, que tuvo dos efectos: que los sobornos de la otra parte se hicieron más difíciles, pues podían acarrear problemas con el Ejecutivo; y que al verme poderoso pude apelar al más elemental de los derechos: la violencia. Ya no era, pues, tan importante, que la Ley y la razón me asistieran. Algún tiempo antes de posesionarme de mi cargo, logré que la policía, con una orden de allanamiento emitida por un juez de parroquia que cobró relativamente poco, invadiera la propiedad y se llevara sus muebles a un depósito judicial cuando ella estaba de vacaciones “in the States.” Así invertimos los papeles, pues yo tenía la posesión física del bien inmueble, en donde instalé a un vistoso par de guardaespaldas, empleados del Instituto. La cosmetóloga, por más que chilló y pataleó, se quedó afuera. Aunque no le fue tan mal, pues finalmente le pagamos una buena cantidad de pasta, parte de ella en dólares y luego se amancebó con un magnate petrolero y terminó viviendo como una emperatriz en Las Vegas, Nevada. Eso fue, desgraciadamente, más o menos en los días de mi separación de Angélica. Mis planes, previos al problema de la separación, eran vender el “Pent House” y mudarme con mi mujer y mis hijos a una casa más grande que la que teníamos. Pero la realidad dispuso otra cosa: Angélica y los niños se quedaron en la casa que habíamos comprado en 1970, que cambiaron tiempo después por tres apartamentos, uno para cada uno, y yo, en 1975, y bastante a mi pesar, me mudé al “Pent House.” Solo, no acompañado por una de las causas de la situación. Pero esa es otra historia.

Desangelado (novela)
Capítulos publicados
Primera parte

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




Putin, hijo de Chávez

16.08.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Política, Venezuela, Opinión, Internacionales
Putin, hijo de Chávez

Hugo Chávez ha sido el peor gobernante que ha tenido Venezuela, y quizá el mundo. Desperdició una oportunidad que solo se presenta una vez cada cien mil años. La riqueza casi inimaginable que le entró a Venezuela durante el tiempo en que Chávez fue presidente se esfumó. Se le fue de las manos como la arena que se lleva el agua. Se convirtió en nada. Venezuela está hoy mucho peor que cuando Chávez ganó las elecciones de 1998. Todo ha retrocedido. No solamente por obra de la corrupción, que se ha llevado una tajada muy respetable de esos inmensos ingresos petroleros, sino por los caprichos absurdos de Chávez, que pretendió, como Cipriano Castro, convertirse en líder continental y hasta mundial, y encontró ecos interesados en quienes decidieron aprovecharse de su estupidez, y desinteresados pero inútiles en muchos inconscientes que no fueron capaces ni siquiera de ver hacia dónde iba. Regaló dólares (que no eran suyos) a diestra y siniestra para financiar a líderes que se convertirían en sus agentes, sus seguidores en otras latitudes. Pero también invirtió millones de dólares en comprar voluntades dentro de Venezuela y en arreglar elecciones y avasallar instituciones para garantizarse triunfos políticos que no merecía. En pocas palabras, cuando tuvo la oportunidad de desarrollar a Venezuela y convertirla en una nación de progreso, presente y porvenir, habitada por seres felices, prefirió olvidar el progreso de sus compatriotas y engañarlos, haciéndoles creer que “tienen patria,” y comprometiendo de manera criminal el presente y el porvenir de los venezolanos de todos los venezolanos, divididos, polarizados, convertidos por él en enemigos irreconciliables, pero igualados en algo perverso: todos engañados. Ese pésimo ejemplo no ha sido imitado del todo en la América latina. Mal que bien, los apoyados por Chávez, con la posible excepción de la señora Kirchner, han sabido evitar muchos de los caminos torcidos por los que Chávez ha transitado, y no han condenado del todo a sus pueblos a padecer lo mismo que está padeciendo el pueblo venezolano. Pero lejos, muy lejos de Venezuela, hay alguien que parece dispuesto a imitar el feo ejemplo del “comandante galáctico,” y sacrificar el presente y el porvenir de su pueblo para perpetuarse en el poder y propiciar la corrupción: Vladimir Putin. Eso es lo que se desprende de lo que informan casi todos los analistas internacionales sobre le Rusia actual. Rusia podría haberse acercado a Europa y así lograr cada día más bienestar para sus habitantes, pero no lo ha hecho. Putin ha preferido hacerse propaganda y convertirse en el adalid de un nacionalismo panruso, vacío y antihistórico. Ingentes ingresos, que tal como los de Venezuela provienen del petróleo, no se destinan al desarrollo de ese país que perdió casi un siglo por las locuras de los comunistas, sino a que el señor Putin se afiance en el poder, cueste lo que cueste. ¿Podrá la naturaleza hacer con Putin algo parecido a lo que hizo con Chávez? Si así fuera, ojalá que ese gran país tenga mejores recursos humanos que los que ha tenido Venezuela y pueda superar con bien los efectos del pésimo ejemplo que Putin quiere seguir.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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