Literatura - Política - Arte

face twitter

Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

Desangelado - Capítulo 11

27.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 11

Internet es lo que hace la diferencia entre el tiempo de mis padres, o de mis abuelos, o de todos mis antepasados, y el mío y el de mis hijos. La invención de las computadoras, los ordenadores, como dicen los españoles, y de la inmensa red que llaman Internet, ha sido uno de los pasos más importantes que ha dado el ser humano. Dicen que equivale a la invención de la imprenta, la de Gutenberg, o a la de la rueda, o al descubrimiento del fuego. Eso dicen los que saben, y creo que tienen toda la razón. De repente se me ocurrió que podía usar la red para averiguar algo sobre lo que me estaba pasando. Para “googlear.” Y busqué lo relativo al cáncer de colon. “Se habla de Cáncer de colon cuando se encuentran células cancerosas en los tejidos del colon. Es corriente que en esos casos haya herencia familiar transmitida por un gen (cadena de ADN), así que los portadores de ese gen pueden recibir tratamiento precoz,” leí. Y también decía que la detección precoz es fundamental. ¿Por qué yo no me di cuenta a tiempo de que me estaba pasando lo que me estaba pasando? ¿Sería el miedo al cáncer lo que me paralizó y me impidió enfrentar la enfermedad como debía haberlo hecho? Pasé un tiempo largo tratando de ignorar que salía sangre cuando iba al baño. No siempre, pero sí muchas veces. Era como un ciclo. Salía sangre, poca sangre, pero salía. Luego un poco más. Y de repente se paraba, y yo empezaba a desear que no saliera más, convencido de que mi cuerpo era capaz de curarse por sí solo, sin necesidad de intervención de médico alguno. Pero luego volvía a salir sangre, y a veces mucha. Debería haber ido al médico a toda carrera, pero no lo hice. Tenía pavor de que el médico me dijera que tenía cáncer. Pregunté aquí y allá, sin decir que estaba averiguando por mí mismo. Y me ilusioné con la idea de que se trataba de algo que llamaban diverticulosis, sin darme cuenta de que la diverticulosis, cuando se convierte en diverticulitis, puede ser mortal, equivalente a una peritonitis, o producir peritonitis y matar a cualquiera. Pero es que la palabra cáncer asusta. Su sola mención hace que se cierren los ojos, que se aprieten los párpados con terquedad. Cáncer es muerte. Es oír una sentencia inapelable de muerte. Muerte. Muerte. Es saberse condenado a pasar un tiempo en una celda, incomunicado, en espera de que se cumpla la sentencia, que no tiene apelación. En espera de que un verdugo le coloque a uno una soga en el cuello y le abra una escotilla para que la gravedad haga el resto. O lo siente en una silla eléctrica y le sujete los brazos y las piernas y el torso y la cabeza y luego accione una palanca para que la energía eléctrica acabe con la vida de uno. O lo acueste en una camilla y le inyecte no sé qué cosa que acabe con la vida de uno. Y es siempre la muerte la que lo espera a uno, agazapada, silente, con su mirada absurda desde las cuencas negras de sus ojos que tampoco existen. Es oír que a la vida se le pone un plazo que es inevitable, que no puede cambiarse, y que todo lo convierte en pasado. Y frente a esa situación todo se convierte en espantosa carcajada. En carcajada silente. Es la muerte la que se ríe en silencio de uno, porque el tiempo se habrá acabado. Eso es el cáncer. Y el miedo a oír la sentencia acelera el proceso. Y la condena. Allí leí que los síntomas eran, exactamente, los que yo tuve. Los que me paralizaron e hicieron que el cáncer avanzara dentro de mí. Y allí, en la “página web” que se armó frente a mis ojos, leí que hay varias etapas:
“Etapa 0 o (carcinoma in situ): Cuando las células cancerosas solo aparecen en tejidos superficiales del colon (supongo que hablarán de los tales pólipos, que solamente tienen células cancerosas en la punta, pero suelen ser el comienzo de todo).
Etapa I: Cuando las células cancerosas están fuera de la capa más interna del colon y han llegado a la segunda y tercera capas, pero no a la pared exterior del colon (Cáncer del colon Dukes A).
Etapa II: Cuando las células cancerosas aparecen diseminadas fuera del colon, en los tejidos vecinos, pero no en los ganglios linfáticos. (Cáncer del colon Dukes B).
Etapa III: Cuando las células cancerosas se han diseminado fuera del colon y llegaron a los ganglios linfáticos vecinos, pero no a otros órganos (Cáncer del colon Dukes C).
Etapa IV: Cuando hay células cancerosas diseminadas fuera del colon y han llegado a otros órganos del cuerpo (Cáncer del colon Dukes D).
Recurrente: Cuando después del tratamiento vuelven a aparecer células cancerosas, bien en el colon o en otra parte del cuerpo (especialmente en el hígado y los pulmones).”
Y también que, cuando se llega a donde la muerte me hizo llegar, hay que apelar a la cirugía mayor, que podría haberse evitado cuando aún el cáncer no había avanzado, pero que en mi caso se hizo indispensable. Que cuando se llega a donde yo llegué, hay que sacar un pedazo de intestino, un buen pedazo de intestino, y luego aplicar las famosas quimioterapia y radioterapia, cuyos nombres asustan tanto como el sagrado nombre del cáncer. Maldita sea. Decía: “Contra el cáncer del colon existen tres clases de tratamientos disponibles, a saber: La cirugía, la radioterapia y la quimioterapia. La cirugía se usa en todas las etapas de extensión del cáncer de colon. En tumores cancerosos muy iniciales, se puede realizar polipectomía durante la colonoscopia, si la zona afectada es un pólipo. Si el cáncer es mayor se extirpa el tumor y una parte circundante de tejido sano, luego se conectan las terminaciones y se limpian los ganglios de la zona. Si la unión se hace difícil se realiza una apertura del colon hacia el exterior (colostomía), que puede ser transitoria o permanente. Requiere una bolsa especial para recoger las heces. La radioterapia, que puede usarse sola o después de la cirugía, elimina las células malignas in situ. La quimioterapia se usa para ‘cazar’ células malignas que hayan viajado a otras partes del cuerpo. Por lo general se utilizan productos que impiden la reproducción de esas células, bien mediante inyecciones separadas o en tratamiento continuo, a través de un catéter que se deja instalado en la vena mientras una pequeña bomba inyecta las substancias en frecuencias predeterminadas. También se usa el tratamiento biológico con productos naturales o sintetizados para estimular o restaurar el sistema inmunológico.” Decía además que el tratamiento por etapas depende del nivel de la lesión, y que en mi caso, cuando el Cáncer ya ha llegado a lo que llaman “Etapa III” (que era mi caso), cubría lo siguiente: “1. Cirugía con resección intestinal; quimioterapia. 2. Estudios clínicos de quimioterapia, radioterapia o terapia biológica después de cirugía.” Y entre los síntomas incluía, claro, lo que yo veía en mi caso, todos los días. El sangrado, la disminución del calibre de las heces. Todo con una frialdad de documento lejano, de luz lejana, de silencio lejano. ¡Coño! ¡Si yo hubiera leído esto antes, no estaría en donde estoy! Y también me encontré con las teorías de un médico alemán, el doctor Ryke Geerd Hamer, que sostiene que cada cáncer es producto de una causa determinada, y que en realidad es como una reacción del cerebro, que de acuerdo a la naturaleza de la causa, prácticamente decide qué órgano se va a autodestruir mediante el crecimiento desordenado de sus células. Ciertamente, todo el tiempo el cuerpo está produciendo células anormales que el sistema inmune elimina, hasta que son demasiadas y copan y vencen al sistema inmune, que es cuando se detecta un cáncer, por lo general muy tarde. No es insensato pensar que eso ocurra por un conflicto sin resolución. Pero lo que más me impresionó fue que el doctor Hamer le atribuyera al cáncer de colon, como causa, un “conflicto indigerible.” No podía ser casualidad. Pensé que en mi caso, por lo menos en mi caso, fue cierto. Pero no “un” conflicto indigerible, sino muchos. Lo que me hizo papá fue un conflicto indigerible. Aceptar un soborno, o varios sobornos, como lo hice, fue para mí fue un conflicto indigerible. Tener que mentir, que disimular para ocultar mi culpa fue un conflicto indigerible. Mi divorcio fue un conflicto indigerible. La realidad de mi pobre país es un conflicto indigerible. Mi vida es un conflicto indigerible, y no vine a saberlo sino ahora, gracias a Internet. Y en cuanto a la cura del cáncer por la Energía Universal, supe que se trataba de restituir el equilibrio de la energía interna del organismo, algo que yo, sin duda, había perdido mucho tiempo atrás. Lo perdí cuando acepté el maldito automóvil y los dólares, lo perdí cuando tuve que separarme de mi mujer, lo perdí cuando me di cuenta de que no podía mirar a nadie a los ojos sin temer que supiera en qué me había convertido. Lo perdí cuando me extravié. Cuando yo mismo me perdí y dejé que todos me abandonaran. Ojalá vuelva a encontrarme. Ojalá mi equilibrio no se haya perdido para siempre sino que esté perdido en la hojarasca. Ojalá lo recupere de verdad, aunque no me lo merezca, con la ayuda de mis amigos. “With a little help from my friends (Would you believe in a love at first sight / Yes I'm certain that it happens all the time)…”

Desangelado (novela)
Capítulos publicados
Primera parte

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




 

La traición de Mefistófeles (cuento alemán)

26.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Cuentos, Literatura

Los edificios –las instalaciones– de la Facultad no son gran cosa. Típica arquitectura de la década de 1950, funcional y sin aditamentos ni regorgayas de ninguna especie. Todo Bauhaus no muy bien interpretado y sin concesiones. Con el tiempo se le fueron agregando algunas esculturas en los espacios abiertos como para que no luciera todo tan estéril, tan desértico. Pero en realidad nadie le presta mucha atención al espacio que ocupa la Facultad, que en el último cuarto de siglo se ha convertido en una de las más importantes del país. Y hasta del mundo, dicen los que saben.
En los últimos veinte años, sobre todo, del mundo entero han venido profesores, estudiantes y hasta simples curiosos a visitarla, a ver el sitio que se ha vuelto uno de los centros más importantes de estudios teológicos en el continente. Cinco años antes de que empezara a destacarse la Facultad, a ser considerada referencia obligada de quienes se interesaban en temas religiosos o relacionados con la religión, el Profesor alcanzó la ambicionada posición de decano, y eso fue determinante para el éxito que llegó a tener. Para el éxito del Profesor y el de la Facultad. Pero ese éxito no había sido fácil ni gratuito. Y para algunos tiene mucho de fraude.
El Profesor se fue construyendo a golpes en los medios académicos la reputación de ser un hombre de una sola pieza, y logró con su trabajo lo que jamás habían podido conseguir sus predecesores a lo largo de más de tres siglos. Era un verdadero esclavo de su quehacer. Esclavo y esclavista. Implacable, egoísta, incansable. Todos lo detestaban. Todos. Moros y cristianos. A sus superiores los desarmaba con adulancias. Se derretía en sonrisas y halagos. Pero a los que estaban por debajo de él en la Facultad los maltrataba a toda hora. Y a todos les estrujaba sus tres doctorados. Tres. Era doctor en filología, doctor en historia y doctor en teología. Antes había hecho tres maestrías: una en antropología, otra en informática y la tercera, la más importante, también en teología. En sus estudios de pregrado había sido brillante, aunque no muy original. A todos en la Facultad les llamó la atención, al principio, su vida monacal, su dedicación absoluta a los estudios, su seriedad. Y el hecho de que nunca se le conociera devaneo alguno ni la más mínima afición por las fiestas o por reunirse con jóvenes de su edad. Ni con personas de otras edades. Llegó un día a la ciudad, entró a la universidad y se dedicó en cuerpo y alma a sus estudios, a sus investigaciones y luego de un tiempo a la enseñanza. Con paciencia y sin apuro ascendió en el escalafón hasta llegar inevitablemente a la ansiada posición de decano, de jefe indiscutido de la Facultad de teología. Y fue entonces cuando salió a relucir su verdadero carácter. Era un tirano. Un verdadero tirano. Un tirano narcisista y solitario. Incapaz de elogiar a nadie, salvo a sus superiores, pero siempre dispuesto a maltratar a sus subalternos, siempre, a toda hora. Y cuando uno de ellos (de los subalternos) escribía un artículo que a él le gustaba, sin el más mínimo pudor lo publicaba como si lo hubiera escrito él, y ¡guay del que se quejara o lo acusara de plagio o de algo por el estilo! Uno lo intentó y tuvo que abandonar su carrera de por vida y convertirse en taxista. Todos (los de abajo) se quejaban de sus malos tratos, pero sólo en corrillos oscuros y misteriosos, porque a los pocos que se atrevieron a hacerlo abiertamente los trató como al taxista. Sus superiores (los de arriba), aunque se daban cuenta de todo, estaban encantados con el resultado final de su trabajo. Nunca había tenido tanto prestigio, nacional e internacional, la Facultad. Nunca se habían publicado tantos y tan exitosos textos, folletos y libros, como desde que fue nombrado decano. Textos, folletos y libros escritos con sangre, con sudor y lágrimas. Textos que se comentaban en casi todas las universidades del país. Y se traducían para ser comentados y admirados en muchas de las grandes universidades del mundo. Los autores de los trabajos, así se publicaran con sus nombres o con el del Profesor, sabían que los habían hecho con dolor, con sufrimiento de esclavos, pero en los folletos y los libros no se notaba ni una gota de la sangre y el sudor que habían tenido que derramar para hacerlos, para parirlos. Una vez publicados parecían, o eran, fríos monumentos de papel y tinta –todo Bauhaus no muy bien interpretado y sin concesiones–, sin otro elemento que papel y tinta, además de una extrema rigurosidad en los conceptos y las ideas. Los que en otras universidades nacionales y extranjeras los leían, los comentaban y los admiraban, no tenían la más leve idea del sufrimiento, de los sufrimientos, que habían padecido los autores. Ni mucho menos imaginaban lo que penaban los subalternos cuando el Profesor los llamaba a su oficina, limpia y ordenada como un quirófano ultramoderno. A todos les gritaba sin siquiera alzar la voz. A unos les criticaba el estilo y los obligaba a modificar sus formas de escribir. A otros los obligaba a doblar aún más la cerviz en busca de enfoques mejores de sus planteamientos. Nunca aprobaba de entrada una bibliografía o un índice. A muchos los golpeaban con sus calmados insultos porque hablaban mucho. O porque hablaban poco. O porque mostraban su frivolidad al enamorarse, o peor aún, al casarse. Y si tenían hijos lo consideraba un insulto personal. Un intelectual verdadero jamás debía casarse ni mucho menos tener hijos. A sus superiores solía citarles una frase de Francis Bacon: “Quien tiene mujer e hijos ha entregado rehenes a la fortuna.” A sus inferiores simplemente los insultaba y los vejaba si se casaban o tenían hijos, y si uno de ellos presentaba un papel de trabajo, sin molestarse en leerlo lo despedazaba. Por eso en la Facultad de teología por lo general no había más de uno o dos casados: tarde o temprano se iban, aun a riesgo de quedar desempleados y sometidos a los azares de esa fortuna implacable y terrible a la que habían entregado sus rehenes, que consideraban hasta menos condescendiente que el Profesor. Tampoco había genios ni personas brillantes. El Profesor se encargaba de echarlos a anularlos, porque en el Sistema Solar solamente puede haber un Sol. Solo una verdadera estrella. Los demás son planetas o cometas o simples meteoritos. O piezas de vacío.
Con los estudiantes, los alumnos de la Facultad solía ser hasta peor que con el personal. Ni una sonrisa, ni una palabra amable. O los ignoraba por completo a los vejaba en público en cuanto se le presentaba la más mínima ocasión. Los llamaba enanos o pigmeos y no permitía que ninguno le hablara sin pedir permiso por escrito.
Pero eso cambió –o estuvo a punto de cambiar– de repente cuando entró a estudiar en la Facultad un joven griego de singular belleza. Moreno, de estatura media, de grandes ojos, expresivos, tiernos, de boca carnosa y cuerpo de atleta. Era un ser extraño, que a pesar de los prejuicios y tradiciones de su tierra prefería estar con turcos a fraternizar con sus compatriotas. El Profesor lo vio por vez primera una mañana, cuando apenas empezaba el verano. Y quedó fulminado. Trató de dominar la pasión que lo invadía. Pero no pudo. Por más que intentaba pensar en cualquier cosa, veía de nuevo el rostro, la figura, la quietud del joven griego. Lo veía en las ventanas, en las puertas, en los jarrones, en las cortinas, en los libros. Y toda la luz que lo envolvía era la luz de los ojos de aquel muchacho que parecía escapado de algún cuadro del mejor pintor del Renacimiento. Esa misma semana decidió que dejaría atrás lo que había sido algo inconmovible en su vida: su celibato. No descansaría hasta conquistar el corazón y el cuerpo de aquel bellísimo joven griego. Pero en su insomnio tempestuoso, poblado de ideas extrañas, se dio cuenta de que no podría revertir su vida de un plumazo. No podría dejar de ser el tirano odioso, ni conseguiría conquistar a un jovencito de veinte años cuando él le triplicaba la edad. Se miró en el espejo y lo que vio lo asustó otra vez. Era una cabeza demasiado grande, de la que colgaba un rostro desteñido, surcado de arrugas, coronado por una desteñida calva en la que las venas y las arterias jugaban a ser autopistas alemanas. Y todo el conjunto tenía algo de balón de rugby, a cuyos lados salían mechas grises que recordaban un desierto africano y que nada tenía que ver con la cabellera de rojo encendido que tanto llamaba la atención de los demás en los tiempos de su ya olvidada juventud. Sus sienes, eran también dos feas autopistas de venas y arterias que parecían a punto de reventar. Sus ojos, casi siempre ocultos tras grandes lentes con monturas de carey, eran menudos y secos, de un gris desteñido, y casi escondidos por párpados caídos que denotaban varias décadas de odio hacia la humanidad. Su boca, sin labios, no era otra cosa que una curva descendente en la que era demasiado evidente que sus dientes se habían perdido mucho tiempo atrás y habían dejado su espacio a una prótesis no muy bien lograda. Sus orejas eran demasiado grandes y peludas, y su nariz tenía una verruga que hacía resaltar demasiado aquella forma ganchuda que hizo que un profesor de español de la Facultad de Estudios Románicos lo comparara al que inspiró a Quevedo en aquello de

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

Que fue la razón por la que el Profesor movió cielo y tierra para que echaran de la Universidad al tal profesor de español, cosa que logró en una semana.
Era evidente que no tendría la misma fortuna para conquistar al griego. Ni en una semana ni en un mes ni en un año, se dijo, y sólo el amor que sentía por el muchacho logró contener la tormenta de depresión que lo amenazaba. Trató en vano de concentrarse en su trabajo de decano, y fue justamente eso lo que le señaló un camino posible: un paper, un trabajo lleno de ideas originales y de erudición, presentado a su consideración por uno de sus nuevos subalternos, en el que se estudiaba la personalidad de Johann Fust, nacido en torno a 1400 y muerto en 1466, y que fue socio de Gutenberg, para demostrar que era falsa la asunción de que Fust había sido en Fausto original, papel que él atribuía al Doctor Johann Georg Faust, nacido en 1480 y muerto en 1540, mago y alquimista muy posiblemente originario de Knittlingen, Württemberg y graduado en “divinidad” en la Universidad de Heidelberg, etcétera. El trabajo, que era de unas cien cuartillas a doble espacio, narraba someramente la vida del Dr. Faust y, lo más importante, presentaba varios conjuros para invocar a Mefistófeles, que el autor había localizado en viejos archivos hasta entonces ignorados en los sótanos de una vieja biblioteca. El Profesor autorizó a que el trabajo se publicara con el nombre de su verdadero autor, y se quedó con una copia para su uso personal.
Esa misma noche invocó en seis formas distintas a Mefistófeles, y en el sexto intento, ante sus desconcertados ojos grises se presentó el propio diablo. No era nada parecido a lo que siempre se había imaginado. Era más bien un hombre joven, ataviado con un pantalón de cuero negro muy ajustado al cuerpo, botas rojas puntiagudas, sin camisa y con un chaleco brillante, de lentejuelas plateadas, que dejaba ser los hombros tatuados y el pecho velludo; tenía el pelo pintado de amarillo pollito con mechas rojas y moradas; su rostro era lampiño y tenía unos ojos azules que parecían atravesar todo lo que veían. Su voz, sin ser muy aguda, era de tenor, y su sonrisa no tenía nada de mefistofélica. Pero se había aparecido en la habitación del Profesor sin entrar por la puerta ni por la ventana. Tenía que ser Mefistófeles.
Y lo era.
El diálogo fue muy corto. Mefistófeles sabía muy bien lo que el Profesor quería a cambio de su alma. Y se lo concedió de inmediato.
Sin rayos ni centellas ni truenos ni música ni nubes aceleradas Mefistófeles cumplió su trabajo en un santiamén. En un click de computadora. Son milenios, millones de años de experiencia. Y desapareció en la misma forma incolora, insípida e indolora en que se había aparecido. El Profesor quedó maravillado al verse en el espejo. Siempre se había admirado, a pesar de su fealdad siempre se había adorado, pero ahora con más razones. Desde hacía varios años se autoadmiraba más de memoria que ante un espejo. Verse en espejos se le había convertido en un martirio intolerable. Pero ahora fue distinto: veía a un joven turco de pelo muy negro, con barba pero sin bigote, de tez bronceada, musculoso. Y sin embrago su amor hacia el joven griego no menguó. Simplemente pasó a compartir en su alma el amor que se tenía. No pudo evitar quedarse frente al espejo, viéndose, contemplándose, admirándose, hasta que el sol veraniego empezó a apartar del espacio a las sombras.
Vestido con sus mejores galas salió dispuesto a buscar al joven griego en la Facultad. Los vecinos, al ver a un joven extraño, con facciones de mesoriental, salir a esa hora de la casa del Profesor, llamaron de inmediato a la policía, que en cosa de minutos lo detuvo en plena calle. De inmediato se confirmó lo que habían sospechado al recibir la llamada: la descripción coincidía con la de un peligroso terrorista árabe de quien se sospechaba que había entrado subrepticiamente al país. Le dieron la voz de alto, y el Profesor no entendió lo que le decían. Se dio cuenta de que el trabajo de Mefistófeles había sido hasta chapucero: solamente hablaba turco. Trató de regresar a su casa. Pero uno de los policías, el más inexperto, lo tumbó de un certero balazo en la nuca.
Por varios días la prensa local registró dos noticias importantes: la desaparición del Profesor, de quien se decía que fue secuestrado por una banda de terroristas, y la muerte de uno de los terroristas, de quien nunca se pudo averiguar la identidad a pesar de todas las gestiones de Interpol y de varias agencias policiales internacionales de Europa y América. Pero en un par de semanas la opinión pública local de olvidó de ambos temas. La muerte del terrorista era apenas una más. Y casi todo el mundo en la Facultad estaba, si no feliz, por lo menos aliviado con la desaparición del Profesor. Hasta sus superiores. Era demasiado obsecuente, decían, y en los últimos años, por su notable narcisismo, había perjudicado a la Universidad.

Bochum (Alemania), julio de 2014.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




La vida es emífera

25.07.14 | por Hugo Álvarez Pifano [mail] | Categorías: Semblanzas, Colaboradores, Venezuela, Colaboraciones, Hugo Álvarez Pifano

Semblanza de Don Blas Herrera comerciante de Cocorote, un hombre campechano

Para los habitantes de los pueblos circunvecinos a Cocorote, en el estado Yaracuy, el nombre de Blas Herrera era sumamente conocido y al escucharlo todos asomaban una pícara sonrisa, al mismo tiempo que iluminaban sus rostros con esa luz tan propia de las cosas agradables por descubrir. En efecto, Blas Herrera era un hombre alegre, dicharachero y jovial, de gran bonhomía, como se suele decir, pero eso sí, nacido para expresar con gran facilidad ideas incoherentes y palabras trastocadas, desarticuladas y vueltas a ensamblar a su manera. Una prueba de lo dicho era una de sus frases favoritas y muy repetidas, que da título a esta crónica: La vida es emífera. Entonces la gente le preguntaba: Blas, no será más bien, la vida es efímera, aludiendo al significado de esa palabra: Breve, fugaz, de corta duración o en su acepción primigenia: lo que tiene la duración de un solo día. A este respecto, se llaman “efímeros” a los insectos que nacen, se desarrollan y mueren en un lapso de tiempo equivalente a un día. Entonces, Blas guardaba silencio, nunca se supo si para él, ese era también el significado de emífero. La palabra quedaba suspendida en su silencio.
Algo parecido ocurría con “La espada de Damocles” Blas Herrera decía que era el legítimo propietario de la famosa espada. Como es sabido, esta es una leyenda que encierra una moraleja: cuando una persona está amenazada de un gran peligro, se dice que está bajo la espada de Damocles. Cuenta la historia que Damocles era uno de los cortesanos más aduladores y ruin en la corte de Dionisio de Siracusa, llamado “el tirano”, quien vivió en el Siglo IV antes de Cristo en la Grecia clásica. Damocles hacía propicia toda ocasión para vanagloriarse de sus riquezas mal habidas, hacer ostentación de las mismas y restregarles en el rostro a los demás su situación de bienestar y felicidad. Un día Dionisio quiso darle una lección. Lo invito a un espléndido banquete, lo sentó a su mesa en el puesto de honor, donde fue obsequiado y servido como un príncipe. En lo mejor de la fiesta, su anfitrión lo invitó a que mirara hacia lo más alto de la sala, Damocles alzó los ojos y vio con asombro que sobre su cabeza, desde lo alto del techo, colgaba una espada desnuda, apenas sostenida con la crin de un caballo. Horrorizado se retiró, mientras Dionisio le enviaba un mensaje, mediante esta alegoría: le hacía saber que, ¡la existencia de una persona cruel y despótica, no es tan feliz y dichosa coma él un día lo había creído! Pues bien, Blas Herrera no conocía la leyenda de la espada de Damocles ni nada parecido, pero el aseguraba que era dueño de la espada, se la había comprado a un artesano maracucho llamado Damocles, quien la había fabricado y se la vendió a muy buen precio. Como prueba mostraba la firma del maracucho Damocles grabada en la hoja cerca de la empuñadura.
A Blas Herrera se atribuye también la creación de la palabra “sicalíptico” y su respectivo sustantivo “sicalipsis” que se refiere a todo lo que tiene un significado erótico o de contenido sexual excitante. Esta voz no deriva del griego o el latín ni de ninguna otra lengua, no se conoce con certeza cuál es su origen (si algún diccionario ofrece una acepción etimológica, ésta es forzada y carente de fundamento). Las fuentes registran que José Manuel Avendaño, dueño del Cine Tropical de San Felipe organizó un espectáculo de variedades, con chicas muy hermosas y ligeras de ropa, algo muy excitante, publicitado y nunca visto en la capital yaracuyana. Blas Herrera muy emocionado manifestó que se trataba de un “espectáculo apocalíptico” pero como siempre la palabra no le salió completa y dijo “sicalíptico” Inmediatamente Cruz Ramón Galíndez, quien a la sazón se iniciaba en el periodismo usó el nuevo término: Sicalíptico, que con el significado de espectáculo erótico pasó a Barquisimeto, Puerto Cabello, Valencia y Caracas, de allí al resto del mundo. Alguien me preguntó en una ocasión: ¿cómo es posible que Cocorote siendo un pueblo tan pequeño produzca una palabra de alcance universal? Le contesté, señora no se olvide que Cocorote es llamado la Atenas del Yaracuy y de esta forma, como la Atenas clásica, irradia una inmensa luz.
Blas Herrera fue un comerciante yaracuyano, tal vez no cursó estudios de educación media ni universitaria, pero adquirió una gran habilidad para los negocios de éxito. En sus comienzos se estableció con una quincalla llamada “La perla de oro” después un almacén de nombre “Aparatos en general” (todas denominaciones comerciales completamente disparatadas) y de este modo, otras muchas casas de comercio. Fue un hombre honesto, buen padre de familia, benefactor a través de donaciones a la Iglesia de San Gerónimo de Cocorote. La gente solía definirlo como un hombre campechano, es decir una persona de trato llano, abierta, alegre y afable. Pero, siempre hay un pero, qué significa realmente campechano. La palabra campechano quiere decir natural de Campeche, un pueblo situado en la península de Yucatán, en México. Campeche a su vez viene de la voz maya “Ah-kim-pech” que significa “quien viene del sol” Entonces nos encontramos que campechano es una expresión de abolengo, un término religioso para indicar a una especie de sacerdote cuya casta tiene su origen en el sol. Por esta razón, decíamos al comienzo que era la expresión que mejor definía a Don Blas Herrera.
Para concluir, quiero expresar a mis lectores que Blas Herrera no tuvo una muerte conforme corresponde a los hombres de bonhomía. En efecto, en un fresco atardecer, se encontraba en el cementerio de Cocorote limpiando la tumba de su madre –a él le gustaba hacer esta labor personalmente- fue entonces asaltado por malhechores. Al día siguiente lo encontraron muerto, atado de pies y manos con un alambre, tenía un golpe en su cabeza propinado con un objeto contundente.
Todos los cocoroteños conservamos de Blas Herrera un hermoso recuerdo de hombre campechano, en la acepción original de este vocablo procedente de la lengua maya: un hombre bueno, venido del sol a modo de sacerdote, para vivir en un hermoso rincón de ese inmenso valle donde el río Yaracuy se echa a andar con su farol de luz.

Hugo Alvarez PifanoHugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).

Etiquetas:

Fútbol total

24.07.14 | por Jesús Elorza [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Venezuela, Opinión, Jesús Elorza

A su regreso de la escuela, Pedrito, le dijo a su padre, que lo ayudara en su tarea escolar. Papá, nos pidieron un trabajo en el cual relacionemos el recién finalizado Mundial de Futbol Brasil 2014 y la situación económica-política y social del país… apóyame con esto, por favor.
Claro, hijo mío, déjame decirte que al ver los juegos por televisión, nunca dejé de pensar en los problemas que afectan la vida de los venezolanos. Hagamos, una combinación de esfuerzos. Tú, me señalas un aspecto técnico del juego y Yo, te doy una relación directa con la situación actual… Ok papi, comencemos:

Balón: Objeto de material sintético que es tratado a las patadas… símbolo inequívoco, de como el régimen trata al pueblo.
Patada Inicial: Este juego comenzó, el 4F y ha continuado, en tiempo extra, durante 15 años.
Arbitro: Presidenta del CNE, encargada de anunciar los resultados irreversibles a favor del régimen.
Tiempo de Juego: 90 Minutos más dos tiempos de 15 minutos c/u que se han transformado en 15 años y todavía el árbitro no declara la ejecución de los penaltis. Pero, dado el caso, de llegar a ese escenario, el régimen estará protegido por sus arqueros y el árbitro, para detener o anular los goles de la oposición.
Tiro de Esquina: Los efectuados por las bandas armadas contra los estudiantes.
Saque de Banda: Acción de Iris Varela al sacar de las cárceles a las Bandas de Pranes.
Barrera: Policías y Guardias Nacionales agrupados para impedir el ingreso de los manifestantes a la cancha de Jorge Rodríguez.
Arquero: Presidenta del TSJ y Fiscal General de la Republica, jugadoras encargadas de no dejar pasar ningún balón del equipo de la oposición.
Formación Ofensiva-Defensiva: La unión MILITAR-MILICIAS-BANDAS ARMADAS-civiles del régimen.
Ataque-Contrataque: Despliegue ofensivo de todas las fuerzas del régimen contra la Libertad de Empresa y la Propiedad Privada a través de tácticas de asaltos, expropiaciones, confiscaciones e invasiones.
Estrategia: Jugadas para asegurar el control del partido y la permanencia en el poder. Las más empleadas y exitosas, hasta el momento, han sido la del magnicidio, el golpe de estado y la guerra económica.
Banca: Reserva de jugadores para el manejo económico de la revolución, los más destacados son Banco del Tesoro, Venezuela, Industrial, Bicentenario.
Sustituciones: El régimen mantiene un severo control de cambio, para que no lo tumben según Aristóbulo y hasta ahora el 6,30, Sicad 1 y Sicad 2 no han dado resultado. El control del balón sigue en las manos (o pies) del jugador paralelo.
Tarjeta Roja: La mostrada a Giordani y Navarro por la dirección nacional del Psuv.
Botín de Oro: PDVSA y CADIVI.
Mordisco Descarado: El propiciado por las empresas fantasmas contra Cadivi por el orden de los 20.000 millones de dólares.
La Ola: Movimiento continuo a nivel nacional de las protestas de calle contra la inseguridad, inflación, el desempleo, la escasez y el adoctrinamiento en la educación.

En conclusión, el régimen orienta todas sus acciones hacia el Fútbol Total, al tratar de imponer un Centralismo Totalitario en su avance hacia instauración de la dictadura socialista bolivariana del siglo XXI.
Nos quedó fino papi… gracias.

Jesús ElorzaJesús Elorza (Jesús Leopoldo Elorza Garrido, n. en San Felipe, Yaracuy, el 22/02/1947), Profesor de Educación Física, Pedagógico de Caracas 1970, Master en Administración – Universidad de Toledo. Ohio 1981, Post-Grado en Ciencias Políticas – Universidad Simón Bolívar 1988. 1990, Título de Locutor – Universidad Central de Venezuela 1996. Doctorado Honoris Causa Universidad Pedagógica Experimental Libertador 2006. Profesor en diversos institutos, tano a nivel secundario como Universitario, en pre y postgrado. Diputado al Congreso de la República 1993-1998-Vicepresidente de la Comisión de Deportes y Recreación Presidente de la Comisión Permanente de Juventud Deporte y Recreación de la Cámara de Diputados 1997 – 1998. Miembro DIRECCION NACIONAL IZQUIERDA DEMOCRATICA 2003-2006,. Secretario general Izquierda Democrática Aragua 2003, 2004, 2005,2006. Director político Un Nuevo Tiempo Aragua 2007. Ha recibido numerosas condecoraciones y distinciones. Articulista de los diarios nacionales: Meridiano, Tal Cual, Universal y El Nacional, así como en los diarios regionales: Periodiquito, Yaracuyano, Carabobeño, Frontera, Antorcha, y en la revista Espacio Abierto, y en las revistas digitales “Ideas para el Cambio”-Chile, Analitica.com- Guanipa Noticias- Hoy en Aragua- Primicias 24- Noticias Venezuela. Llanero Digital. Noticiero Digital y Primicias 24 y Palo Negro en Accion.

Etiquetas: ,

Más que libertad es rebeldía

23.07.14 | por Marina Ayala [mail] | Categorías: Ideas, Colaboradores, Filosofía, Marina Ayala

Las sociedades han venido perdiendo su papel de cohesión y de seguridad por la cual luchó la Edad Moderna. Ese lugar seguro donde los individuos crecían entendiendo sus derechos y deberes se ha venido deshilvanando, dejando a las personas en un aislamiento que obliga a cada quien a ocupar un lugar cada vez más en solitario. El hombre en la actualidad debe debatir y construir su identidad teniendo como únicos referente un imaginario colectivo, que se esfuerza por ocupar y sustituir las importantes redes públicas que conformaron lo que se dio por llamar “sociedad”. En el lugar de los entramados comunitarios de ubicación y referencia, prevalecen una cantidad de puntos en un continuo que nunca conforman una línea por encontrarse, cada punto, muy separados en sus propios imaginarios. La realidad se diluye en sueños e interpretaciones muy invadidos por la vida privada de cada quien, que al haberse hecho pública, ofrece insumos para el consumo ávido del que batalla en solitario para saber quién es y a qué quiere dedicar su existencia.
Como muy bien describe Zygmunt Bauman los talk shows han logrado que la esfera de lo propiamente público se haya convertido en una exposición de problemas y tópicos pertenecientes a la esfera de lo privado. Estamos como ciudadanos más interesados por las anécdotas de la vida de cada quien que por los discursos tendientes a enmarcar con ideas el tipo de sociedad que queremos colectivamente construir y en la que queremos vivir. Es por ello, por esa avidez consumista, de lo que pertenece a cada quien en su historia particular, que los perdidos líderes sociales son más dados a ventilar sus experiencias propias que al debate de ideas. Sabemos de las abuelas, hijos, parejas de los personajes públicos más que cómo piensan. No se debaten ideas, se exhibe lo privado en un intento de ser modelo de vida, y se ataca al contrincante utilizando la vulnerabilidad que significa quedar al desnudo por haber hecho de lo privado un show público. Por hacer del público un confidente poco respetuoso e infidente.
Ahora esta avidez por lo privado no surge de la nada y cabría preguntar ¿Qué ha llevado a esta exhibición colectiva? La respuesta podría ser la idea de una libertad mal entendida. Al haber derrumbado todos los valores de nuestros antepasados que servían de cementos para el comportamiento en sociedad, nos quedamos solos, sin referencias y modelos a través de los cuales encaminar nuestras fuerzas creativas. Mónadas que por su propia característica autárquica, se terminan agotando en sí mismas. Aisladas y temerosas de su vulnerabilidad quisieron saber si las otras mónadas estaban sufriendo y viviendo lo mismo que ellas. Se fueron todas, entonces, rebotando a un medio público, donde otras monadas, también rebotando, les contaran lo que sucedía en las puertas numeradas de sus habitaciones, ya no tan privadas. Escucharon gozosas las confidencias de sus congéneres redondos y tuvieron la engañosa sensación de no estar tan solas, de no ser tan raras. Rebotaron llegaron a sus casas queriendo aplicar los que las mónadas en las tarimas le ofrecieron como coartadas y muy redondas enfrentaron su propio fracaso, porque cada mónada es distinta única e irrepetible y lo que la otra dijo ser su solución a esta otra le estalló como una granada. La libertad individualizada y expropiada de lo íntimo se convirtió, en realidad, en una no libertad.
Muchas consecuencias ha tenido esta manera de organizarnos. Más que interrogar y preguntarnos por nuestras vidas, estamos sumergidos en una curiosidad por la vida de los demás, que inevitablemente siempre veremos de manera sesgada porque observamos sólo lo que queremos observar haciendo una traducción de las emociones y pasos de los otros, de forma plana y sin el carácter cambiante y dinámico que tiene todo lenguaje vivo. Los otros se casaron, se divorciaron, tuvieron hijos o no, se hicieron profesionales o se constituyeron en artesanos, escriben, son poetas, y un largo etcétera como puntos diferenciados de un entorno que los ayudó o los boicoteó en este largo y difícil camino que implica el hacerse. Lejos de creer que hemos alcanzado la máxima libertad, estamos, más bien atrapados en espejos distorsionados. La tarea se nos hizo más cuesta arriba porque ya no contamos con el aval social con el contaron nuestros antepasados y la seguridad que les daba tener bien cimentado lo que se esperaba de cada quien, consigo mismo y con los demás. Debemos inventarnos y no es precisamente el show lo que nos va a dar el referente tan deseado.
La libertad fue pensada para que el ser humano pudiera llevar a cabo actividades tendientes a mejorar la calidad de vida de la colectividad, para que cada quien contribuyera desde su lugar, preparación y razón. Para defenderse en conjunto de las adversidades de lo natural, tanto de lo inclemente que puede ser un mundo salvaje, como lo inclemente que pueden ser nuestras pulsiones sin las formas civilizadas de contenerlas y satisfacerlas de forma controlada y generalmente en ambientes privados y con el consentimiento del otro. La sociedad entonces debería de servirnos para corregir errores, para dar directrices, para albergar y amparar y facilitar las tareas de sus individuos. Debía servirnos como una gran casa organizada y limpia en donde habitemos con la mayor tranquilidad y confianza posible. Pero este ideal moderno no se cumplió, fue un sueño demasiado bonito para que el ser humano pudiera llevarlo a cabo. Las sociedades se convirtieron en camisas de fuerzas, en generadoras de malestar, en impedimentos e imposiciones y esa casa organizada y limpia terminó pareciéndose más a una casa de brujas donde acechan los monstruos, fantasmas y fieras. Dos cosmovisiones, principalmente, arruinaron la fiesta y nos dejaron o intentaron dejarnos maniatados y violados: el comunismo y el fascismo. Hicieron del Estado una tiranía y desde allí restringieron y cohesionaron las libertades individuales. Desintegraron y nos quedamos sin casa para siempre, ya no es el estado el garante de las libertades, sino todo lo contrario el garante de las pérdidas de la dignidad humana.
Ante esta triste realidad los hombres y mujeres se desintegraron y se convirtieron en mónadas rebotantes en búsqueda de su huequito donde taparse y quedar a escondidas de los monstruos acechantes pero observando con sigilo que hacen los demás. Nos quedamos sólo pidiendo una libertad de elegir, de acuerdo a la gama que nos ofrezca el mercado de vidas. Si hoy se ofrece, por ejemplo, decirle no a la monogamia, relaciones abiertas, los triángulos etc. Bueno eso es lo que se quiere probar. Si se ofrece insultar en público, mostrar un carácter fuerte y arrogante, andar de guapetones por la vida para que el otro no se entrometa en mi mundo monádico que se exhibe solo en los shows mediáticos, bueno así se quiere actuar. Si se ofrece utilizar la libertad para trasgredir las leyes que deberían regirnos como sociedad, bueno en ello invierto mi imaginación. Más que libertad estamos exhibiendo una rebeldía sin causa, decimos no a la tradición y ¿qué hemos construido en su lugar? Ese es el reto que presenta la sociedad posmoderna.

Marina Ayala

Nació en Caracas
Licenciada en Psicología 1973 UCAB
Magister en Ciencia 1979 University of Newcastle Upon Tyne Inglaterra
Psicoanalista 1989 Escuela Campo Freudiano de Psicoanálisis Caracas
Magister en Filosofía 1997 USB
Colaboradora como ensayista en la revista Principia de la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado desde el año 1995
Actualmente activa en consulta privada. Caracas

Etiquetas: ,

Páginas: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 ... 422 >>

de Eduardo Casanova

Buscar

Publicidad

Contenido

Portales de Blogs

Bitacoras.com

BloGalaxia

Blogarama - The Blog Directory

Books Blogs - BlogCatalog Blog Directory

Literature Blogs - Blog Top Sites

Globe of Blogs

Blog Directory

http://labs.ebuzzing.es

powered by b2evolution