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Un espacio dedicado a la literatura, las artes y temas de actualidad que puedan interesarle a todo el que piense y quiera un mundo mejor.

Angel de la muerte

31.07.14 | por Jesús Elorza [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Venezuela, Opinión, Jesús Elorza

Eufórico, regresaba de su trabajo, el miliciano Pedro. No paraba de decirles a sus camaradas del barrio !!!El Salvador ha llegado!!! !!!El Salvador ha llegado!!!
-Y a este, que mosquito le picó, dijo uno de sus amigos.
- Epa, te metiste a creyente, dijo otro. No te olvides, de la famosa frase del pana Marx “La religión es el opio de los pueblos”
- Que opio ni que nada, respondió Pedro. Lo que trato de decirles, es que por fin llegó al país Orlando Borrego nuestro Salvador.
- Quien es ese tipo?
- Nada más y nada menos que el Comandante Cubano, encargado por Nicolás, para la reestructuración de la Administración Pública del país, aseveró Pedro.
- Debe ser, un vergatario en la materia, porque esta vaina está bien jodida. Sabes cuál es su currículo?.
- Si vale, lo pude leer, en una de las carpetas que estaba en las oficinas del Palacio y en verdad, el camarada se las trae, explicaba orgulloso, el miliciano a sus compañeros.
Muy joven, se unió a la columna “Ciro Redondo” bajo el mando del Che Guevara en el Escambray. Como era estudiante de contabilidad, le asignaron la tarea de tesorero de la columna guerrillera. Tras el triunfo de la revolución, paso a dirigir las finanzas del Centro de Tortura y Fusilamientos del regimiento “La Cabaña” Por su destacada labor, en el registro contable de las víctimas del régimen, el Che lo nombró Juez de un tribunal. En su nuevo cargo, tuvo una sobresaliente actuación, en los “Juicios sumarios” que condujeron a la muerte a miles de cubanos y por supuesto, en su eficiente esfuerzo, por contabilizar debidamente, cada una de ellas.
- ¿De contabilista a Juez? preguntó uno de los oyentes.
- Bueno, en la revolución, todo se puede, fuera de ella nada, respondió con cierta pena Pedro.
No me desvíen del tema. Borrego fue, el artífice, junto al Che, por supuesto, del '”Sistema Presupuestario” que preconizaba el control centralizado de toda la economía.
- Gran vaina, ese desastre ya lo puso en práctica, el camarada Giordani. No veo la razón de importar a ese cubiche, expresó uno de los escépticos militantes dela UBCH.
- Calma camaradas, no prejuzguen. Borrego, fue nombrado Ministro de la Industria Azucarera cubana en 1964 y cuatro años después, fue destituido, por el fracaso de La Zafra Revolucionaria de los 10 millones de toneladas de azúcar.
- Sigo sin entender, para que traen a ese personaje, si ya la industria azucarera venezolana está quebrada y en ruinas... estoy convencido, que este tipo es un “Sirve para nada” como diría mi abuela. Yo creo, que con ese prontuario, ese personaje, más que un Salvador, es un Ángel de la Muerte, que solo viene para asegurar a sangre y fuego, los intereses de la dictadura cubana... guillo, con ese señor, dijo el escéptico miliciano, para terminar la reunión.

Jesús ElorzaJesús Elorza (Jesús Leopoldo Elorza Garrido, n. en San Felipe, Yaracuy, el 22/02/1947), Profesor de Educación Física, Pedagógico de Caracas 1970, Master en Administración – Universidad de Toledo. Ohio 1981, Post-Grado en Ciencias Políticas – Universidad Simón Bolívar 1988. 1990, Título de Locutor – Universidad Central de Venezuela 1996. Doctorado Honoris Causa Universidad Pedagógica Experimental Libertador 2006. Profesor en diversos institutos, tano a nivel secundario como Universitario, en pre y postgrado. Diputado al Congreso de la República 1993-1998-Vicepresidente de la Comisión de Deportes y Recreación Presidente de la Comisión Permanente de Juventud Deporte y Recreación de la Cámara de Diputados 1997 – 1998. Miembro DIRECCION NACIONAL IZQUIERDA DEMOCRATICA 2003-2006,. Secretario general Izquierda Democrática Aragua 2003, 2004, 2005,2006. Director político Un Nuevo Tiempo Aragua 2007. Ha recibido numerosas condecoraciones y distinciones. Articulista de los diarios nacionales: Meridiano, Tal Cual, Universal y El Nacional, así como en los diarios regionales: Periodiquito, Yaracuyano, Carabobeño, Frontera, Antorcha, y en la revista Espacio Abierto, y en las revistas digitales “Ideas para el Cambio”-Chile, Analitica.com- Guanipa Noticias- Hoy en Aragua- Primicias 24- Noticias Venezuela. Llanero Digital. Noticiero Digital y Primicias 24 y Palo Negro en Accion.

 

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Envejecer bien

30.07.14 | por Marina Ayala [mail] | Categorías: Ideas, Colaboradores, Marina Ayala

Volveremos a la pregunta por la “libertad”. Si la libertad es la posibilidad para escoger entre una gama de opciones, mientras más amplia mejor, entonces cabría preguntarnos ¿de dónde proviene o debe provenir esa gama de opciones? y ¿es esta oferta de oportunidades la única condición para poder escoger adecuadamente? Cabría también interrogarnos por la temporalidad de la escogencia, ¿una vez escogida una opción esta quedará para siempre establecida? O por el contrario debemos saber que una escogencia es por el contrario un “creo que es lo mejor por los momentos”, ¿las opciones igual que las personas envejecen? Interrogantes por las herramientas que contamos en nuestra condición existencial para poder armar un proyecto a la medida de cada quien y la pregunta por la certidumbre y finitud de tal decisión. Las primeras preguntas apuntan a la razón y la segunda nos recuerda el hecho de nuestra contingencia e inevitable envejecimiento y muerte. Que afecta tanto al sujeto existencial como a las comunidades a las cuales pertenece.
Hablamos del individuo que se desarrolla en una comunidad y, por supuesto, una comunidad que pertenece a organizaciones y visiones más amplias como podría ser la cultura occidental. Todo grupo humano organizado o, por lo menos, que pretenda serlo, está regido por una legalidad, una seria de normas de convivencia que fueron acordadas, en el mejor de los casos, por esos mismos individuos integrantes de esas comunidades. Ya en este nivel hay una elección, la elección más general de cómo se quiere vivir como sociedad, qué tipo de sociedad queremos. Podríamos decir que la gama de elección queda pre-pensada por estas normas que una vez que son acordadas no deberían transgredirse. Estos acuerdos comunes constituyen el espacio donde se comunica lo privado con lo público, que antiguamente se desarrollaba en el ágora la cual debió ser suplantada por las instituciones políticas. Es, por lo tanto, tarea de las instituciones políticas mantener estos parámetros por los cuales todos nos deberíamos regir y es en este nivel donde nos encontramos con la primera dificultad, la política está abandonando esta tarea. Esta agenda es poco a poco desplazada por las leyes del mercado.
Las consecuencias de este desplazamiento es que el hombre en la actualidad se debate más por satisfacer sus deseos de adquisición que por razonar y sentir acerca de su “propio misterio” como bellamente lo denomina María Fernanda Palacios, es decir, por saber quién es y qué quiere. Las elecciones quedan constreñidas y con carácter imperativo, a la escogencia del carro, al reloj que de prestigio, ropa de marca y toda esa gama de productos que la propaganda nos ha hecho sentir como imposibles de no desear y en el mejor de los casos, adquirir. La política cedió su espacio y también se encuentra en los medios de difusión masiva vendiendo sus productos y haciendo propaganda. Las razones son múltiples pero una de ellas es que las instituciones políticas, de repente, no quisieron aceptar su condición de finitas, de que están en un momento dado para ser reformadas, para acabarse y comenzar otras nuevas. Que como todo lo que construye el ser humano están destinadas a morir. No, pretendieron quedarse allí para siempre y se anquilosaron, envejecieron y dejaron de tener la vivacidad del constante cambio que ameritan. Se petrificaron y por supuesto dejaron de funcionar y dejaron de ofrecer al ciudadano las opciones para la escogencia individual. No tienen ofertas simplemente, tienen productos en venta, un candidato carismático que maneje el show, que ofrezca productos que se hicieron deseables por la propaganda. Ya ni siquiera las adquisiciones necesarias para una vida decente como podrían ser la vivienda, alimentación, salud y educación son las ofertas rentables. Ahora lo que tiene más efecto es la oferta de televisiones, electrodomésticos en general sin tener límite la banalidad.
Al perderse la función primordial de las instituciones públicas del resguardo de la legalidad, perdemos en su totalidad el proyecto colectivo de equidad e igualdad en el cumplimiento de metas, indispensable para establecer un piso a la vida personal y a la vida de los demás. Esa inevitable necesidad de cooperación y colaboración en el logro de una armonía y tranquilidad en donde se establezcan las condiciones necesarias para el trabajo y la educación. Es aquí donde tropezamos con la segunda condición necesaria para tomar decisiones, los códigos que cada quien maneja para razonar su escogencia. Si estos códigos se han vertido en la satisfacción de los deseos, contamos entonces con individuos egocéntricos y autorreferentes, que nos les importa en lo más mínimo las repercusiones sociales que sus escogencias necesariamente tienen. Y como expresa Zygmunt Bauman “El ciudadano político quedó reducido a consumidor de mercado”.
El código para las elecciones debería estar formado por la educación. Era necesario educar al ciudadano político, para la democracia, para la vida de valores que supone vivir en una sociedad cuyo norte es la libertad, el respeto, la tolerancia y la cooperación. En lugar de eso llenaron los pensum de valores patrios doctrinarios que nada decían al niño en formación. Al contrario le producían un tremendo fastidio. Así dejamos a los jóvenes que deberían estarse preparando para el relevo de las direcciones políticas, solos y víctimas de las propagandas comerciales. Mientras los viejos se hacían del poder con un deseo de eternidad. Negaron el carácter finito de toda condición humana y con ello limitaron la creatividad, la imaginación y la fertilidad de las ideas, tan necesaria para la renovación de las ofertas que como ciudadanos debemos tener. Poco a poco se están envejeciendo los valores que hacen a la vida digna de ser vivida y con ello se van muriendo las alternativas de una vida privada, en donde cada individuo es único; y también las alternativas, de una vida pública donde todos somos iguales ante la ley. La ley deja de existir y se desborda el caos y la anarquía, haciendo invivible el proyecto en común o más bien y de manera más radical dejando éste de existir. Muestras de que como país envejecimos mal.
Es deseable tener el bolsillo dotado para adornar la vida con el confort que nos ofrece el desarrollo tecnológico de nuestros días, para ello hay que trabajar. Pero también es deseable, y es esto lo que hemos olvidado, tener una cabeza dotada de ideas indispensables para elegir la vida privada y la vida pública en la cual inevitablemente debemos convivir. Trabajo, educación y conciencia de los lapsos vitales, son los mínimos requisitos indispensables para constituir una nación autónoma con ciudadanos plenos en sus posibilidades y la incertidumbre inevitable. Las naciones envejecen al igual que las personas, aspiremos entonces a no hacerlo mal. Debemos envejecer bien.

Marina Ayala

Nació en Caracas
Licenciada en Psicología 1973 UCAB
Magister en Ciencia 1979 University of Newcastle Upon Tyne Inglaterra
Psicoanalista 1989 Escuela Campo Freudiano de Psicoanálisis Caracas
Magister en Filosofía 1997 USB
Colaboradora como ensayista en la revista Principia de la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado desde el año 1995
Actualmente activa en consulta privada. Caracas

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Estupideces para tapar escándalos

29.07.14 | por Humberto Seijas Pittaluga [mail] | Categorías: Política, Colaboradores, Venezuela, Opinión, Humberto Seijas Pittaluga

Y viceversa. Como estamos inanemente mandados por unos babiecas que solo son avispados para entrarle a saco al erario, los venezolanos tenemos que padecer, semana tras semana, el sartal de sandeces que inventan para tapar los alborotos en los que se ven envueltos, y el rimero de tole-toles que generan para intentar encubrir las muchas estupideces que ya son como marca de fábrica de los desgobernantes actuales. La semana pasada —y aunque no es mucha la capacidad de asombro que nos queda— nos quedamos pasmados al ver cómo trataron de ponerle, con lo que fuese, un silenciador al estruendo del narcogeneral, alias “el pollo”, detenido en Aruba; y no se les ocurrió algo mejor que disponer que le dieses sendas golpizas , en cayapa, y mientras estaban durmiendo, a unos inermes presos políticos que están en una cárcel militar donde no debieran estar —por dos razones: porque son inocentes, y porque unos civiles a los cuales no se les ha imputado delito alguno, delito militar mucho menos, no tienen por qué estar recluidos en esa instalación. La “requisa” que devino en tunda inmisericorde, estemos claros, no fue decidida por el coronel que tiene a cargo la instalación penitenciaria; eso fue algo ordenado desde muy arriba.

Los golpes recibidos por el alcalde Scarano y el comisario Lucchese me duelen mucho; casi como que si los hubiese recibido yo. Porque soy amigo de ambos desde hace más de treinta años. Y porque Toti (como le decimos cariñosamente a Salvatore) es familia, aunque sin nexos sanguíneos; es una de esas familias que se constituyen por decisión. Desde que su padre, don Vincenzo tuvo que salir de Venezuela —como consecuencia del razonable terror que sintieron él y a doña Rosalía, luego de haber sido torturados por horas por una banda de delincuentes que entró en su casa para robarlos— Toti decidió, e informó a los allegados, que yo reemplazaría al padre emigrado. Reconozco que fueron pocos los consejos que tuve que darle; porque siempre fue persona sensata; pero mis hijos lo tienen como un hermano, y hasta compadre de mi hijo varón es.

Salgo de la digresión y regreso al tema.

El tal “pollo” no es ninguna mansa paloma; una perita en dulce, menos. Desde el año 2008 está sindicado internacionalmente por colaborar con las FARC en sus operaciones de terrorismo y narcotráfico. De hecho, es uno de los muchos nombres de autoridades venezolanas, civiles y militares, que aparecieron en el computador de Rafael Reyes. Según ese comandante guerrillero, Carvajal les había ofrecido a las FARC tanto armas como listas de nombre de personas prominentes que pudieran ser secuestradas para obtener fondos. Y por ahí se comenta que, luego de ser cómplice de alias “Jabón” en tráfico de drogas, lo mandó a raspar en un escondite que este tenía en los Andes para que no lo mencionara si lo agarraban preso.

Al tipo se le complica más la cosa, de ser extraditado a los Estados Unidos, porque al llegar a su destino puede que se le agraven los cargos, de narcotráfico a terrorismo, con lo cual sería sujeto de la “Patriot Act” y por lo cual hasta pudiera pisar el suelo de su amada Cuba, pero no para tomar mojitos en el “Tropicana” sino del lado de acá de la cerca de Guantánamo. No hay duda alguna de que los conmilitones (y hasta socios) de quien ya no usa caras chemises rojas sino un burdo atuendo anaranjado deben estar asustados: corren el riesgo de que no puedan salir de Venezuela a gozar de sus mal habidas fortunas en ningún país serio y desarrollado; solo les quedarían, sus amadas Cuba, Bolivia y Siria. Porque Ni en Nicaragua ni en Rusia estarían seguros. En la primera, el pederasta y dipsómano (para ponerlo elegantemente) del Ortega es capaz de venderlos por cuatro lochas (es un decir, me refiero a “verdes”); y en la segunda, se miran en el espejo de Snowden, que no está preso, pero que tampoco tiene mucha movilidad. Además, las mafias rusas saben cómo cobrar protección a otros mafiosos. Y, por si fuera poco, allá pega mucho frío; no como cuando se retrataban con Mickey Mouse en Orlando…

En todo caso, hay que recordar las declaraciones de Makled, aquellas en las cuales informaba que tenía en nómina a varios generales (por cierto, ¿qué será del sirio con más reales después de Harum-Al-Rashid?). Al recordar esos nombres, y ver lo que está sucediendo, me entra un fresquito: un general a quien hace años le dije que por su comportamiento no era un caballero ni un oficial, mucho menos un hombre, es mencionado en esas declaraciones como el que recibía 200 millones para repartir —miti-miti— por quien está matando su tiempo aprendiendo papiamento.

Otros intentos distractivos apurados por el régimen van desde el ridículo y momentáneo: “No volamos a Aruba, sí volamos a Aruba”, con la cual iban a pagar, una vez más, inocentes por pecadores, hasta la novísima alcahuetería de la Sala Inconstitucional, capitaneada por Madame Botox, berreando porque a un impoluto copartidario los malucos gringos —encompinchados con los muérganos holandeses y con la complicidad de los desagradecidos arubanos— lo detuvieron y lo secuestraron por algo de lo que es inocente. Es que nunca leyeron a Tirso de Molina: “no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”…

Humbero Seijas Pittaluga:

  • General retirado de la Guardia Nacional, sirvió en ella 30 años.
  • Después de retirado, formó parte del Gobierno de Carabobo durante 15 años.
  • Gobernador de Carabobo, encargado, por 5 meses en 1998.
  • Graduado y posgraduado universitario; dos de los posgrados fueron hechos en los Estados Unidos.
  • Habla, lee y escribe en inglés e italiano.
  • Fue docente en institutos de educación superior por más de 25 años.
  • Desde 1986 es escritor de artículos de opinión. Sus opiniones han aparecido, sucesivamente, en "El Carabobeño", “El Nacional” y “Notitarde.
  • Algunos de sus ensayos y artículos aparecen publicados en dos libros: “Contrapunto” y “Glosomanía”.
  • Desde 1988 y hasta 2011 fue miembro del Consejo Superior de la Universidad Tecnológica del Centro.
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Desangelado - Capítulo 11

27.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Extractos, Libros, Novela, Literatura, Capítulo

Desangelado
(novela)

Eduardo Casanova

Primera parte

Capítulo 11

Internet es lo que hace la diferencia entre el tiempo de mis padres, o de mis abuelos, o de todos mis antepasados, y el mío y el de mis hijos. La invención de las computadoras, los ordenadores, como dicen los españoles, y de la inmensa red que llaman Internet, ha sido uno de los pasos más importantes que ha dado el ser humano. Dicen que equivale a la invención de la imprenta, la de Gutenberg, o a la de la rueda, o al descubrimiento del fuego. Eso dicen los que saben, y creo que tienen toda la razón. De repente se me ocurrió que podía usar la red para averiguar algo sobre lo que me estaba pasando. Para “googlear.” Y busqué lo relativo al cáncer de colon. “Se habla de Cáncer de colon cuando se encuentran células cancerosas en los tejidos del colon. Es corriente que en esos casos haya herencia familiar transmitida por un gen (cadena de ADN), así que los portadores de ese gen pueden recibir tratamiento precoz,” leí. Y también decía que la detección precoz es fundamental. ¿Por qué yo no me di cuenta a tiempo de que me estaba pasando lo que me estaba pasando? ¿Sería el miedo al cáncer lo que me paralizó y me impidió enfrentar la enfermedad como debía haberlo hecho? Pasé un tiempo largo tratando de ignorar que salía sangre cuando iba al baño. No siempre, pero sí muchas veces. Era como un ciclo. Salía sangre, poca sangre, pero salía. Luego un poco más. Y de repente se paraba, y yo empezaba a desear que no saliera más, convencido de que mi cuerpo era capaz de curarse por sí solo, sin necesidad de intervención de médico alguno. Pero luego volvía a salir sangre, y a veces mucha. Debería haber ido al médico a toda carrera, pero no lo hice. Tenía pavor de que el médico me dijera que tenía cáncer. Pregunté aquí y allá, sin decir que estaba averiguando por mí mismo. Y me ilusioné con la idea de que se trataba de algo que llamaban diverticulosis, sin darme cuenta de que la diverticulosis, cuando se convierte en diverticulitis, puede ser mortal, equivalente a una peritonitis, o producir peritonitis y matar a cualquiera. Pero es que la palabra cáncer asusta. Su sola mención hace que se cierren los ojos, que se aprieten los párpados con terquedad. Cáncer es muerte. Es oír una sentencia inapelable de muerte. Muerte. Muerte. Es saberse condenado a pasar un tiempo en una celda, incomunicado, en espera de que se cumpla la sentencia, que no tiene apelación. En espera de que un verdugo le coloque a uno una soga en el cuello y le abra una escotilla para que la gravedad haga el resto. O lo siente en una silla eléctrica y le sujete los brazos y las piernas y el torso y la cabeza y luego accione una palanca para que la energía eléctrica acabe con la vida de uno. O lo acueste en una camilla y le inyecte no sé qué cosa que acabe con la vida de uno. Y es siempre la muerte la que lo espera a uno, agazapada, silente, con su mirada absurda desde las cuencas negras de sus ojos que tampoco existen. Es oír que a la vida se le pone un plazo que es inevitable, que no puede cambiarse, y que todo lo convierte en pasado. Y frente a esa situación todo se convierte en espantosa carcajada. En carcajada silente. Es la muerte la que se ríe en silencio de uno, porque el tiempo se habrá acabado. Eso es el cáncer. Y el miedo a oír la sentencia acelera el proceso. Y la condena. Allí leí que los síntomas eran, exactamente, los que yo tuve. Los que me paralizaron e hicieron que el cáncer avanzara dentro de mí. Y allí, en la “página web” que se armó frente a mis ojos, leí que hay varias etapas:
“Etapa 0 o (carcinoma in situ): Cuando las células cancerosas solo aparecen en tejidos superficiales del colon (supongo que hablarán de los tales pólipos, que solamente tienen células cancerosas en la punta, pero suelen ser el comienzo de todo).
Etapa I: Cuando las células cancerosas están fuera de la capa más interna del colon y han llegado a la segunda y tercera capas, pero no a la pared exterior del colon (Cáncer del colon Dukes A).
Etapa II: Cuando las células cancerosas aparecen diseminadas fuera del colon, en los tejidos vecinos, pero no en los ganglios linfáticos. (Cáncer del colon Dukes B).
Etapa III: Cuando las células cancerosas se han diseminado fuera del colon y llegaron a los ganglios linfáticos vecinos, pero no a otros órganos (Cáncer del colon Dukes C).
Etapa IV: Cuando hay células cancerosas diseminadas fuera del colon y han llegado a otros órganos del cuerpo (Cáncer del colon Dukes D).
Recurrente: Cuando después del tratamiento vuelven a aparecer células cancerosas, bien en el colon o en otra parte del cuerpo (especialmente en el hígado y los pulmones).”
Y también que, cuando se llega a donde la muerte me hizo llegar, hay que apelar a la cirugía mayor, que podría haberse evitado cuando aún el cáncer no había avanzado, pero que en mi caso se hizo indispensable. Que cuando se llega a donde yo llegué, hay que sacar un pedazo de intestino, un buen pedazo de intestino, y luego aplicar las famosas quimioterapia y radioterapia, cuyos nombres asustan tanto como el sagrado nombre del cáncer. Maldita sea. Decía: “Contra el cáncer del colon existen tres clases de tratamientos disponibles, a saber: La cirugía, la radioterapia y la quimioterapia. La cirugía se usa en todas las etapas de extensión del cáncer de colon. En tumores cancerosos muy iniciales, se puede realizar polipectomía durante la colonoscopia, si la zona afectada es un pólipo. Si el cáncer es mayor se extirpa el tumor y una parte circundante de tejido sano, luego se conectan las terminaciones y se limpian los ganglios de la zona. Si la unión se hace difícil se realiza una apertura del colon hacia el exterior (colostomía), que puede ser transitoria o permanente. Requiere una bolsa especial para recoger las heces. La radioterapia, que puede usarse sola o después de la cirugía, elimina las células malignas in situ. La quimioterapia se usa para ‘cazar’ células malignas que hayan viajado a otras partes del cuerpo. Por lo general se utilizan productos que impiden la reproducción de esas células, bien mediante inyecciones separadas o en tratamiento continuo, a través de un catéter que se deja instalado en la vena mientras una pequeña bomba inyecta las substancias en frecuencias predeterminadas. También se usa el tratamiento biológico con productos naturales o sintetizados para estimular o restaurar el sistema inmunológico.” Decía además que el tratamiento por etapas depende del nivel de la lesión, y que en mi caso, cuando el Cáncer ya ha llegado a lo que llaman “Etapa III” (que era mi caso), cubría lo siguiente: “1. Cirugía con resección intestinal; quimioterapia. 2. Estudios clínicos de quimioterapia, radioterapia o terapia biológica después de cirugía.” Y entre los síntomas incluía, claro, lo que yo veía en mi caso, todos los días. El sangrado, la disminución del calibre de las heces. Todo con una frialdad de documento lejano, de luz lejana, de silencio lejano. ¡Coño! ¡Si yo hubiera leído esto antes, no estaría en donde estoy! Y también me encontré con las teorías de un médico alemán, el doctor Ryke Geerd Hamer, que sostiene que cada cáncer es producto de una causa determinada, y que en realidad es como una reacción del cerebro, que de acuerdo a la naturaleza de la causa, prácticamente decide qué órgano se va a autodestruir mediante el crecimiento desordenado de sus células. Ciertamente, todo el tiempo el cuerpo está produciendo células anormales que el sistema inmune elimina, hasta que son demasiadas y copan y vencen al sistema inmune, que es cuando se detecta un cáncer, por lo general muy tarde. No es insensato pensar que eso ocurra por un conflicto sin resolución. Pero lo que más me impresionó fue que el doctor Hamer le atribuyera al cáncer de colon, como causa, un “conflicto indigerible.” No podía ser casualidad. Pensé que en mi caso, por lo menos en mi caso, fue cierto. Pero no “un” conflicto indigerible, sino muchos. Lo que me hizo papá fue un conflicto indigerible. Aceptar un soborno, o varios sobornos, como lo hice, fue para mí fue un conflicto indigerible. Tener que mentir, que disimular para ocultar mi culpa fue un conflicto indigerible. Mi divorcio fue un conflicto indigerible. La realidad de mi pobre país es un conflicto indigerible. Mi vida es un conflicto indigerible, y no vine a saberlo sino ahora, gracias a Internet. Y en cuanto a la cura del cáncer por la Energía Universal, supe que se trataba de restituir el equilibrio de la energía interna del organismo, algo que yo, sin duda, había perdido mucho tiempo atrás. Lo perdí cuando acepté el maldito automóvil y los dólares, lo perdí cuando tuve que separarme de mi mujer, lo perdí cuando me di cuenta de que no podía mirar a nadie a los ojos sin temer que supiera en qué me había convertido. Lo perdí cuando me extravié. Cuando yo mismo me perdí y dejé que todos me abandonaran. Ojalá vuelva a encontrarme. Ojalá mi equilibrio no se haya perdido para siempre sino que esté perdido en la hojarasca. Ojalá lo recupere de verdad, aunque no me lo merezca, con la ayuda de mis amigos. “With a little help from my friends (Would you believe in a love at first sight / Yes I'm certain that it happens all the time)…”

Desangelado (novela)
Capítulos publicados
Primera parte

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




La traición de Mefistófeles (cuento alemán)

26.07.14 | por Eduardo Casanova [mail] | Categorías: Cuentos, Literatura

Los edificios –las instalaciones– de la Facultad no son gran cosa. Típica arquitectura de la década de 1950, funcional y sin aditamentos ni regorgayas de ninguna especie. Todo Bauhaus no muy bien interpretado y sin concesiones. Con el tiempo se le fueron agregando algunas esculturas en los espacios abiertos como para que no luciera todo tan estéril, tan desértico. Pero en realidad nadie le presta mucha atención al espacio que ocupa la Facultad, que en el último cuarto de siglo se ha convertido en una de las más importantes del país. Y hasta del mundo, dicen los que saben.
En los últimos veinte años, sobre todo, del mundo entero han venido profesores, estudiantes y hasta simples curiosos a visitarla, a ver el sitio que se ha vuelto uno de los centros más importantes de estudios teológicos en el continente. Cinco años antes de que empezara a destacarse la Facultad, a ser considerada referencia obligada de quienes se interesaban en temas religiosos o relacionados con la religión, el Profesor alcanzó la ambicionada posición de decano, y eso fue determinante para el éxito que llegó a tener. Para el éxito del Profesor y el de la Facultad. Pero ese éxito no había sido fácil ni gratuito. Y para algunos tiene mucho de fraude.
El Profesor se fue construyendo a golpes en los medios académicos la reputación de ser un hombre de una sola pieza, y logró con su trabajo lo que jamás habían podido conseguir sus predecesores a lo largo de más de tres siglos. Era un verdadero esclavo de su quehacer. Esclavo y esclavista. Implacable, egoísta, incansable. Todos lo detestaban. Todos. Moros y cristianos. A sus superiores los desarmaba con adulancias. Se derretía en sonrisas y halagos. Pero a los que estaban por debajo de él en la Facultad los maltrataba a toda hora. Y a todos les estrujaba sus tres doctorados. Tres. Era doctor en filología, doctor en historia y doctor en teología. Antes había hecho tres maestrías: una en antropología, otra en informática y la tercera, la más importante, también en teología. En sus estudios de pregrado había sido brillante, aunque no muy original. A todos en la Facultad les llamó la atención, al principio, su vida monacal, su dedicación absoluta a los estudios, su seriedad. Y el hecho de que nunca se le conociera devaneo alguno ni la más mínima afición por las fiestas o por reunirse con jóvenes de su edad. Ni con personas de otras edades. Llegó un día a la ciudad, entró a la universidad y se dedicó en cuerpo y alma a sus estudios, a sus investigaciones y luego de un tiempo a la enseñanza. Con paciencia y sin apuro ascendió en el escalafón hasta llegar inevitablemente a la ansiada posición de decano, de jefe indiscutido de la Facultad de teología. Y fue entonces cuando salió a relucir su verdadero carácter. Era un tirano. Un verdadero tirano. Un tirano narcisista y solitario. Incapaz de elogiar a nadie, salvo a sus superiores, pero siempre dispuesto a maltratar a sus subalternos, siempre, a toda hora. Y cuando uno de ellos (de los subalternos) escribía un artículo que a él le gustaba, sin el más mínimo pudor lo publicaba como si lo hubiera escrito él, y ¡guay del que se quejara o lo acusara de plagio o de algo por el estilo! Uno lo intentó y tuvo que abandonar su carrera de por vida y convertirse en taxista. Todos (los de abajo) se quejaban de sus malos tratos, pero sólo en corrillos oscuros y misteriosos, porque a los pocos que se atrevieron a hacerlo abiertamente los trató como al taxista. Sus superiores (los de arriba), aunque se daban cuenta de todo, estaban encantados con el resultado final de su trabajo. Nunca había tenido tanto prestigio, nacional e internacional, la Facultad. Nunca se habían publicado tantos y tan exitosos textos, folletos y libros, como desde que fue nombrado decano. Textos, folletos y libros escritos con sangre, con sudor y lágrimas. Textos que se comentaban en casi todas las universidades del país. Y se traducían para ser comentados y admirados en muchas de las grandes universidades del mundo. Los autores de los trabajos, así se publicaran con sus nombres o con el del Profesor, sabían que los habían hecho con dolor, con sufrimiento de esclavos, pero en los folletos y los libros no se notaba ni una gota de la sangre y el sudor que habían tenido que derramar para hacerlos, para parirlos. Una vez publicados parecían, o eran, fríos monumentos de papel y tinta –todo Bauhaus no muy bien interpretado y sin concesiones–, sin otro elemento que papel y tinta, además de una extrema rigurosidad en los conceptos y las ideas. Los que en otras universidades nacionales y extranjeras los leían, los comentaban y los admiraban, no tenían la más leve idea del sufrimiento, de los sufrimientos, que habían padecido los autores. Ni mucho menos imaginaban lo que penaban los subalternos cuando el Profesor los llamaba a su oficina, limpia y ordenada como un quirófano ultramoderno. A todos les gritaba sin siquiera alzar la voz. A unos les criticaba el estilo y los obligaba a modificar sus formas de escribir. A otros los obligaba a doblar aún más la cerviz en busca de enfoques mejores de sus planteamientos. Nunca aprobaba de entrada una bibliografía o un índice. A muchos los golpeaban con sus calmados insultos porque hablaban mucho. O porque hablaban poco. O porque mostraban su frivolidad al enamorarse, o peor aún, al casarse. Y si tenían hijos lo consideraba un insulto personal. Un intelectual verdadero jamás debía casarse ni mucho menos tener hijos. A sus superiores solía citarles una frase de Francis Bacon: “Quien tiene mujer e hijos ha entregado rehenes a la fortuna.” A sus inferiores simplemente los insultaba y los vejaba si se casaban o tenían hijos, y si uno de ellos presentaba un papel de trabajo, sin molestarse en leerlo lo despedazaba. Por eso en la Facultad de teología por lo general no había más de uno o dos casados: tarde o temprano se iban, aun a riesgo de quedar desempleados y sometidos a los azares de esa fortuna implacable y terrible a la que habían entregado sus rehenes, que consideraban hasta menos condescendiente que el Profesor. Tampoco había genios ni personas brillantes. El Profesor se encargaba de echarlos a anularlos, porque en el Sistema Solar solamente puede haber un Sol. Solo una verdadera estrella. Los demás son planetas o cometas o simples meteoritos. O piezas de vacío.
Con los estudiantes, los alumnos de la Facultad solía ser hasta peor que con el personal. Ni una sonrisa, ni una palabra amable. O los ignoraba por completo a los vejaba en público en cuanto se le presentaba la más mínima ocasión. Los llamaba enanos o pigmeos y no permitía que ninguno le hablara sin pedir permiso por escrito.
Pero eso cambió –o estuvo a punto de cambiar– de repente cuando entró a estudiar en la Facultad un joven griego de singular belleza. Moreno, de estatura media, de grandes ojos, expresivos, tiernos, de boca carnosa y cuerpo de atleta. Era un ser extraño, que a pesar de los prejuicios y tradiciones de su tierra prefería estar con turcos a fraternizar con sus compatriotas. El Profesor lo vio por vez primera una mañana, cuando apenas empezaba el verano. Y quedó fulminado. Trató de dominar la pasión que lo invadía. Pero no pudo. Por más que intentaba pensar en cualquier cosa, veía de nuevo el rostro, la figura, la quietud del joven griego. Lo veía en las ventanas, en las puertas, en los jarrones, en las cortinas, en los libros. Y toda la luz que lo envolvía era la luz de los ojos de aquel muchacho que parecía escapado de algún cuadro del mejor pintor del Renacimiento. Esa misma semana decidió que dejaría atrás lo que había sido algo inconmovible en su vida: su celibato. No descansaría hasta conquistar el corazón y el cuerpo de aquel bellísimo joven griego. Pero en su insomnio tempestuoso, poblado de ideas extrañas, se dio cuenta de que no podría revertir su vida de un plumazo. No podría dejar de ser el tirano odioso, ni conseguiría conquistar a un jovencito de veinte años cuando él le triplicaba la edad. Se miró en el espejo y lo que vio lo asustó otra vez. Era una cabeza demasiado grande, de la que colgaba un rostro desteñido, surcado de arrugas, coronado por una desteñida calva en la que las venas y las arterias jugaban a ser autopistas alemanas. Y todo el conjunto tenía algo de balón de rugby, a cuyos lados salían mechas grises que recordaban un desierto africano y que nada tenía que ver con la cabellera de rojo encendido que tanto llamaba la atención de los demás en los tiempos de su ya olvidada juventud. Sus sienes, eran también dos feas autopistas de venas y arterias que parecían a punto de reventar. Sus ojos, casi siempre ocultos tras grandes lentes con monturas de carey, eran menudos y secos, de un gris desteñido, y casi escondidos por párpados caídos que denotaban varias décadas de odio hacia la humanidad. Su boca, sin labios, no era otra cosa que una curva descendente en la que era demasiado evidente que sus dientes se habían perdido mucho tiempo atrás y habían dejado su espacio a una prótesis no muy bien lograda. Sus orejas eran demasiado grandes y peludas, y su nariz tenía una verruga que hacía resaltar demasiado aquella forma ganchuda que hizo que un profesor de español de la Facultad de Estudios Románicos lo comparara al que inspiró a Quevedo en aquello de

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

Que fue la razón por la que el Profesor movió cielo y tierra para que echaran de la Universidad al tal profesor de español, cosa que logró en una semana.
Era evidente que no tendría la misma fortuna para conquistar al griego. Ni en una semana ni en un mes ni en un año, se dijo, y sólo el amor que sentía por el muchacho logró contener la tormenta de depresión que lo amenazaba. Trató en vano de concentrarse en su trabajo de decano, y fue justamente eso lo que le señaló un camino posible: un paper, un trabajo lleno de ideas originales y de erudición, presentado a su consideración por uno de sus nuevos subalternos, en el que se estudiaba la personalidad de Johann Fust, nacido en torno a 1400 y muerto en 1466, y que fue socio de Gutenberg, para demostrar que era falsa la asunción de que Fust había sido en Fausto original, papel que él atribuía al Doctor Johann Georg Faust, nacido en 1480 y muerto en 1540, mago y alquimista muy posiblemente originario de Knittlingen, Württemberg y graduado en “divinidad” en la Universidad de Heidelberg, etcétera. El trabajo, que era de unas cien cuartillas a doble espacio, narraba someramente la vida del Dr. Faust y, lo más importante, presentaba varios conjuros para invocar a Mefistófeles, que el autor había localizado en viejos archivos hasta entonces ignorados en los sótanos de una vieja biblioteca. El Profesor autorizó a que el trabajo se publicara con el nombre de su verdadero autor, y se quedó con una copia para su uso personal.
Esa misma noche invocó en seis formas distintas a Mefistófeles, y en el sexto intento, ante sus desconcertados ojos grises se presentó el propio diablo. No era nada parecido a lo que siempre se había imaginado. Era más bien un hombre joven, ataviado con un pantalón de cuero negro muy ajustado al cuerpo, botas rojas puntiagudas, sin camisa y con un chaleco brillante, de lentejuelas plateadas, que dejaba ser los hombros tatuados y el pecho velludo; tenía el pelo pintado de amarillo pollito con mechas rojas y moradas; su rostro era lampiño y tenía unos ojos azules que parecían atravesar todo lo que veían. Su voz, sin ser muy aguda, era de tenor, y su sonrisa no tenía nada de mefistofélica. Pero se había aparecido en la habitación del Profesor sin entrar por la puerta ni por la ventana. Tenía que ser Mefistófeles.
Y lo era.
El diálogo fue muy corto. Mefistófeles sabía muy bien lo que el Profesor quería a cambio de su alma. Y se lo concedió de inmediato.
Sin rayos ni centellas ni truenos ni música ni nubes aceleradas Mefistófeles cumplió su trabajo en un santiamén. En un click de computadora. Son milenios, millones de años de experiencia. Y desapareció en la misma forma incolora, insípida e indolora en que se había aparecido. El Profesor quedó maravillado al verse en el espejo. Siempre se había admirado, a pesar de su fealdad siempre se había adorado, pero ahora con más razones. Desde hacía varios años se autoadmiraba más de memoria que ante un espejo. Verse en espejos se le había convertido en un martirio intolerable. Pero ahora fue distinto: veía a un joven turco de pelo muy negro, con barba pero sin bigote, de tez bronceada, musculoso. Y sin embrago su amor hacia el joven griego no menguó. Simplemente pasó a compartir en su alma el amor que se tenía. No pudo evitar quedarse frente al espejo, viéndose, contemplándose, admirándose, hasta que el sol veraniego empezó a apartar del espacio a las sombras.
Vestido con sus mejores galas salió dispuesto a buscar al joven griego en la Facultad. Los vecinos, al ver a un joven extraño, con facciones de mesoriental, salir a esa hora de la casa del Profesor, llamaron de inmediato a la policía, que en cosa de minutos lo detuvo en plena calle. De inmediato se confirmó lo que habían sospechado al recibir la llamada: la descripción coincidía con la de un peligroso terrorista árabe de quien se sospechaba que había entrado subrepticiamente al país. Le dieron la voz de alto, y el Profesor no entendió lo que le decían. Se dio cuenta de que el trabajo de Mefistófeles había sido hasta chapucero: solamente hablaba turco. Trató de regresar a su casa. Pero uno de los policías, el más inexperto, lo tumbó de un certero balazo en la nuca.
Por varios días la prensa local registró dos noticias importantes: la desaparición del Profesor, de quien se decía que fue secuestrado por una banda de terroristas, y la muerte de uno de los terroristas, de quien nunca se pudo averiguar la identidad a pesar de todas las gestiones de Interpol y de varias agencias policiales internacionales de Europa y América. Pero en un par de semanas la opinión pública local de olvidó de ambos temas. La muerte del terrorista era apenas una más. Y casi todo el mundo en la Facultad estaba, si no feliz, por lo menos aliviado con la desaparición del Profesor. Hasta sus superiores. Era demasiado obsecuente, decían, y en los últimos años, por su notable narcisismo, había perjudicado a la Universidad.

Bochum (Alemania), julio de 2014.

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas.Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.




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