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El 23 de enero de 1958 cayó la que creíamos sería la última dictadura de Venezuela. Los que entonces éramos estudiantes habíamos estado en pie de lucha desde mediados de 1957, cuando prácticamente nadie creía posible que el dictador cayera, porque –según la mayoría– tenía el apoyo de los militares, a quienes tenía comprados con prebendas. Aun a riesgo de nuestras vidas, porque el aparato represivo de Pérez Jiménez era terrible, seguimos adelante. El 21 de noviembre de 1957 se alzó valientemente la mayoría del alumnado de la UCV, y poco después harían lo mismo los de la Católica, y desde ese momento los estudiantes fueron una presencia casi diaria en las calles. Se organizaban pequeños “mítines relámpago” en las paradas de autobuses, en las puertas de las fábricas y de las iglesias, en las plazas públicas. Un joven arengaba rápidamente a la gente, otro repartía volantes y otro vigilaba para avisar si venía la policía. En diciembre el régimen organizó la payasada del “Plebiscito”, muy parecido al “referéndum” que ahora hace el actual régimen, puesto que lo que se preguntaba era que si se quería que el presidente siguiera siendo presidente para siempre. Desde luego, el régimen pretendió imponer un fraude descomunal a favor del “Sí”, que nadie en su sano juicio aceptó, y la presencia de los jóvenes estudiantes se hizo más fuerte. Todavía el 31 de diciembre de 1957 escuché a mis mayores decir que Pérez Jiménez no caería porque tenía las fuerzas armadas de su lado, pero el 1° de enero se alzó la aviación, y el 9 la marina, mientras circulaban por Caracas los manifiestos –el más importante, el de los intelectuales, que redactaron Miguel Otero Silva, Isaac J. Pardo y Elías Toro, y luego los de los gremios profesionales– en los que se exigía el retorno a la democracia. El 21 de enero empezó una huelga general, eso que hoy llamarían “guarimba”, y en especial la policía se lanzó a reprimir a tiros y bombas lacrimógenas a los manifestantes. Y poco después de la medianoche, entre el 22 y el 23 de enero, el dictador huyó cobardemente y la población, en especial los estudiantes, celebró con alegría incontenible el triunfo de la democracia, de esa democracia tan despreciada por los partidarios de las dictaduras, que se creen mejores de los demás, únicos, indispensables. Esa misma democracia que hoy está en peligro y que los jóvenes estudiantes de la actualidad, que pueden ser nietos de los que estábamos en las calles en 1957, han salido a defender con valor y gallardía, y han oído –como debe haberlo oído el mundo entero– que el aspirante a dictador perpetuo de hoy ordenó que les echaran “gas del bueno”. ¡Que vivan los estudiantes!
Sí ¡que vivan nuestros estudiantes, que viva su perseverancia y sobre todo que viva su valentía, expresada en las manos blancas y la cara al viento! Que viva su inteligencia que les ha permitido resistir sin violencia los montajes y las mentiras de los que, alguna vez, insurgieron contra la Democracia y se encapucharon para ocultar su cobardía.
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