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A propósito de la obra: "Sin freno concebido", poemas de José Tomás Angola Heredia

27.07.07 | por Alejo Urdaneta [mail] | Categorías: Crítica, Colaboradores, Alejo Urdaneta, Poesía

José Tomás AngolaEN LA ERMITA DEL POETA

El poeta José Tomás Angola sale de su recinto embrujado y vive la cotidianidad para topar con la calle y los hombres y las cosas; y se sumerge en el mundo. Todavía queda un resto de aislamiento dentro de la cámara metálica desde donde puede observar su alrededor y verse a sí mismo como otra pieza de la ciudad, como otro personaje:

Mi rostro se vuelve viruta de cristal.
Como en la fotografía de un alarido
mi cara es imagen latente en el parabrisas.

Estar en el orden unitario de los hombres y las cosas no impide a nadie percibirse en la entidad solitaria del yo, aunque estemos expuestos dentro de una campana de vidrio.
Allí está la multitud, que parece indistinta a una mirada ligera y superficial. No vemos todavía la innumerable variedad de las figuras humanas y los objetos, en nuestro andar en el automóvil por la ciudad que oculta sus formas. Hay vestimentas y apariencias, actitudes que se descubren en rostros que apenas apreciamos. El poeta hace suspensión de la realidad informe para colocarla fuera de su contemplación, y es como si despertara dentro de su cofre de luces y comenzara a ver y a verse:
Y nos dice José Tomás:

Me habla un hombre
y su voz inaudita me hipnotiza;
algo dice y sólo escucho
el seco y sordo estruendo de mi rostro lívido
contra el cristal
una y otra vez.

La multitud de afuera es tan diversa como la suya propia, la que implica sus múltiples maneras de existir. En este momento de paso por la calle ve la sociedad de los hombres y la comunión de las cosas. Los cementerios parecen carreteras donde reposan beodos y santos cuyos nombres se descuelgan de diminutas cruces, nos advierte el poeta. Y al seguir su itinerario vemos lo que él nombra: Está aquí el solar iluminado de los que parecen satisfechos; poseen el aspecto de gravedad e importancia de quienes creen tener en sus manos el destino de los demás. Y está más allá, no tan lejos como para hacer diferencia, la sociedad de los dependientes, aquellos que no pueden elevar su voz porque son acallados por el rechazo. Y ves también, por doquier, los retirados de la vida que ocupan los bancos de las plazas, sin tarea ni destino, abrumados por la enfermedad, la vejez o la inutilidad. Y los que venden mientras otros cantan, y los que esperan que se encienda alguna esperanza.

Es la voz del poeta ante el movimiento del mundo:
Ir y venir y siempre el beat confuso
que se abre en escarlata doloroso.
Eterizado por angustias y vidrios
soy pasajero de la cama
que una ambulancia engulle.
Ulular como si el canto lo fuera todo,
como si el lamento circular proclamara
este extravío que me acompaña...

El poeta paseante de la ciudad va acomodando su angustia a la del pequeño cosmos, afuera del vidrio. Ya en su mente circulan ciudades iletradas, y canta él también la misma canción del organillero. Afuera de su individualidad, “los ataúdes de aluminio ruedan con destinos secretos, en direcciones inútiles”. El poeta recibe las señales de otros que lo llaman cuando acechan con luces altas, y comienza nueva etapa de su viaje interminable por ciudades iletradas.
Por un momento cree José Tomás haberse librado del camino y toma conciencia de que su viaje tiene sentido.
Nos dice, entonces:

Te habrás librado del camino
cuando ya no escuches el jadeo que siempre
te acompañó,
cuando la niebla repte por el hombrillo
y la ventana ya no te proteja del viento macilento.
Te habrás logrado zafar de esta sucia estancia
y celebrarás tu suerte...

Y es que todo viaje tiene señalado su camino, aunque no lo hayamos diseñado a voluntad. José Tomás cree haberse liberado de la senda y apoderado de la niebla, al salir de la sucia estancia – ¿será el automóvil o será la nada que lo anuncia para que nazca al mundo? El poeta ha partido y ha vencido el llanto y la mudez y la miseria. Quizá sea como el viaje del poeta de Alejandría hacia Itaca: espléndido; pero también sabes que en el viaje, igual que al viejo poeta, la ciudad irá contigo adonde vayas.
¿Y las cosas? Ellas tienen también su mensaje para el poeta y entablan una conversación con él; le dice el automóvil su queja:

Yo también he querido morir,
cocodrilo encunetado,
prendiéndome fuego como un bonzo,
dejando que el metal y el plástico se achicharren,
para que nadie más pueda recordar cómo lucía.

El ruido oculta las cosas de tu contemplación, mezcla de objetos que no tienen identidad ni figura: están en la masa del Ser y no permiten su consolidación en la unidad tranquilizadora. Nos impide el ruido percibirlas y escuchar los lamentos y los espasmos de la naturaleza, y con su avasallante dominio ciega la presencia de las cosas en el camino por la ciudad. Eso conmueve al transeúnte cuando el climax de la bulla lo atormenta.
Vence el poeta el asedio y puede acercarse a las cosas de la calle: árboles, pórticos, luces de neón, campanas, alguna vez un gorrión, allá en aquel parque que apenas pudiste ver a distancia. Y también el descanso en el bar está pleno de cosas: las vetas de la madera del taburete, el camino de las mesas, las botellas como teclas de un órgano de iglesia, el vaso que te brinda el motivo para la meditación pasajera. El poeta está en el espejo pulido de una ciudad. Se amplía la escena en el teatro de cemento.
Cuando en tu andar afanoso ya no estés en tu nave de hierro, caminarás por una calle turbia y a tu lado miles de pasos irán contigo. Hallarás callejuelas y voces, y sólo tus recuerdos serán compañía. El frío avivará tus deseos y la música de la noche sonará a lo lejos, como la dicha que buscas:

¿Recuerdas, caminante?
el frío desgarrando romances
y nosotros buscando el jazz oscuro
en un local tan pequeño como la dicha.

El mundo que perseguías dentro del automóvil sigue allí. Cada hombre de la calle es un hombre de la multitud, como en el cuento de Edgar Poe: la persecución de un hombre que se desplaza dentro de la multitud de un pequeño barrio de Londres, sin detenerse mucho tiempo, de un lado a otro, con aspecto desesperado. En cada línea del cuento de Poe amenaza una catástrofe, pero al final todo se resuelve en algo tan sencillo y tan humano como la soledad En el fondo, el perseguidor descubre lo que representa ese andariego arquetipo de la solitud: se niega a estar solo. La persecución del poeta desde el arcón metálico ha sido la de sí mismo. Has puesto, José Tomás, el escenario en tu contemplación y eres parte de la trama, para nacer a la vida de allí en la vereda, tan cerca, y crearte tu propio universo que nos comprende a todos en sus espacios y emociones intransferibles.

Alejo UrdanetaALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.

 

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