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Cuando con desagrado y asombro escuchamos que el nombre de nuestro continente ha sido despojado en parte de su título primigenio: AMÉRICA, sentimos que la posición de este lado del mundo ha sufrido una exacción espiritual. Que se nos llame Nuevo Mundo, Hispanoamérica, Latinoamérica o con una designación metafórica, no nos alivia del hecho de haber sido postergados en el suceso maravilloso del encuentro americano.
El mapa que dibujó la geografía de la América fue estampado en el borde de la masa continental del sur. Allí recibió su nombre. El hemisferio norte tuvo mucho después ese título a causa del sistema de gobierno adoptado por los pioneros venidos del Reino de Inglaterra, para establecerse con los mismos principios de Estado que traían de Europa, y se autoproclamaron: Estados Unidos de América.
América era la continuidad de la existencia precolombina, tanto así que los mexicanos dicen que su independencia aborigen fue vulnerada por la conquista en el siglo XVI. El nacimiento estaba en el reino de los aztecas. Hubo después la restauración de la vida indígena mexicana, al declararse la independencia en 1821. Y sin embargo, esta restauración no fue una vuelta al origen sino la apertura a una sociedad nueva, occidentalizada.
Pero era un camino que tuvo origen antes de la Nueva España y fue suspendido por cuatro siglos, hasta la independencia que abría otra aventura en el pueblo mexicano. Para el país el pasado es una red que envuelve y protege todos los modos de su existencia, pero lo desconoce en su esencia. El aborigen no fue uno sólo ni uno solo fue la comunidad de reinos. Eran múltiples los grupos, con ideas que crearon rivalidades opuestas, y todo había nacido en un tiempo todavía indeterminado.
De los pueblos de América quizás sean México y Perú los que han conservado mayor influencia aborigen. El descubrimiento por los conquistadores dejó la impresión de una cultura muy antigua. Los poemas del Perú dedicados al dios Vichama cantaron el nacimiento de la humanidad narrada por los aborígenes precolombinos, la vida creada sobre piedras y la pesca en la plenitud marina. Eran maestros artesanos, una estirpe creadora que labraba la roca y abría surcos para la siembra; era la música triste de la flauta y el aroma del maíz en el recinto del dios de la tierra, el que propiciaba los ritos del pueblo que nació antes de que nos llamásemos americanos.
El letargo del tiempo dominó en la mayoría de los pueblos indígenas de nuestra América, pero Perú y México crearon una cultura propia, y fue obra de los ascendientes de nuestro continente.
¿Importa algo que nuestro patronímico: AMÉRICA, haya sido olvidado? Tengo la seguridad de que es importante, ya que se trata de definirnos como un género distinto de los que pueblan el resto del continente americano. No somos como los herederos de los colonos venidos en el Myflower, el barco que transportó a los llamados Peregrinos desde Inglaterra, en el Reino Unido, hasta la costa de lo que hoy son los Estados Unidos de América, en 1620. Llegaron a lo que llamaron Nueva Inglaterra. Este suceso dio paso a la denominación que dieron los colonos a la nueva tierra.
En cambio, los pobladores originales de estas tierras sí tenemos un carácter nuevo y único que puede servirnos como rasgo de identidad.
Queda de nuestra América algo perdurable: la fusión de razas y costumbres que dan al medio un tono distinto. Aborígenes, españoles o portugueses, negros robados a su tierra africana para servir de esclavos: Todo ese conjunto se ha mezclado para dar paso a una cultura.
En el Cuzco nació el Inca Garcilaso, un mestizo americano hijo de conquistador y de una ñusta peruana. Su obra: Los comentarios reales es la historia de los incas y la del nuevo Perú, en una argamasa de sucesos que van formando la nueva población dominante.
Y observamos en otro paraje del continente la aparición de Benito Juárez, un indio zapoteca puro, sin sangre española. Juárez representó para el México que se repuso de una humillante monarquía, una bandera de libertad. Tenía el jurista zapoteca los valores de la cultura occidental, y no repudiaba su herencia indígena. Quizás por eso pudo desarrollar en México la extraordinaria labor de impedir la disolución del país.
La imagen real de nuestra América hispana, indígena y negra ha sufrido distorsiones. No hemos sabido juzgar el significado de estas personalidades representativas.
No era sólo el Inca Garcilaso, y no bastaba nombrar a Benito Juárez. En Centroamérica, otro espacio de culturas mezcladas, nació un poeta que nunca había salido de su país: Nicaragua. Rubén Darío era hispanoamericano y absorbía una variedad de culturas. Sin haber conocido Europa, imaginó como poeta el mundo de Francia y se llenó de la cultura de otros mundos. Un criollo americano que produjo la innovación literaria más sorprendente en el siglo XX: El modernismo. No era un poeta simbolista francés, ni era español ni indio ni negro. Rubén Darío era americano, nicaragüense.
El polígrafo venezolano y chileno don Andrés Bello se refirió a La Araucana y estas fueron sus palabras: “Chile es el único de los pueblos modernos, hasta ahora, cuya fundación ha sido inmortalizada por un poema épico”. Lo dijo un americano universal, creador de la gramática de nuestra lengua y de leyes civiles, poeta de mil voces americanas. En fin, un hombre a la altura de Goethe y de Alfonso Reyes, nacido en Caracas y cobijado por Chile.
Esas palabras de Bello podían estar dirigidas a otro gran poeta americano y universal: Pablo Neruda, para afirmar sin equívocos que Neptalí Reyes es digno continuador de don Alonso de Ercilla. El Canto General es una epopeya chilena y americana de proyección universal, un poema con alto sentido humanista.
De Simón Bolívar se ha dicho que tenía raza negra, o que era español puro, o zambo con indio. ¿Es que de España vino una raza pura, cuando toda la península es una mezcla de razas diversas: celtas, iberos, judíos, árabes, negros? Si de algún país europeo puede afirmarse que es un mapa étnico colorido de castas y linajes, ese país es España.
Los Bolívar vinieron a Venezuela siglos antes de que naciera El Libertador, y la estirpe venía de esas mezclas.
Arturo Uslar Pietri dictó una conferencia en 1992, para conmemorar el quinto centenario del encuentro entre Europa y la América del Sur. Se preguntaba Uslar: “Bolívar, ¿era español? ¿Era aborigen, o africano? Y su respuesta fue tajante: “No; Bolívar era un americano, venezolano”. Con eso quería decir una cosa distinta de El Libertador, es decir que podía representar la existencia de un hombre nuevo en nuestras latitudes de selva y llano, de tormentas y nieve, de mar interminable.
Bolívar conocía las raíces africanas, lo mismo que las españolas. La nodriza que lo alimentó con su leche negra también le enseñó los cantos y hábitos del Continente lejano. La personalidad de El Libertador estaba compuesta por el flujo nutricio de otras culturas.
La ingente tarea desplegada por un grupo cada día más grande de americanos, ha dado resultado: Hemos llegado caminando hasta cada lindero territorial, para ver más allá y reconocernos en nuestro semejante aborigen o criollo o inmigrante pegado a la tierra de esta dolida América.
Hoy día nos comunicamos por el internet y cruzamos experiencias, intelectuales y de orden práctico. Junto a ese conjunto de conocimientos puede colarse, como ave de nuestros bosques, un poema del venezolano Eugenio Montejo, lamentablemente fallecido hace pocos años. Al leerlo y comparar su obra con la de otros poetas de América, hallamos un tono común, una búsqueda repetida.
Escuchemos:
SI VUELVO ALGUNA VEZ
“Si vuelvo alguna vez
Será por el canto de los pájaros.
No por los árboles que han de partir conmigo
o irán después a visitarme en el otoño.
Ni por los ríos que, bajo tierra,
siguen hablándonos con sus voces más nítidas.
Si al fin regreso corpóreo o incorpóreo,
levitando en mí mismo,
aunque ya nada logre oír desde la ausencia,
sé que mi voz se hallará al lado de sus coros
y volveré, si he de volver, por ellos;
lo que fue vida en mí no cesará de celebrarse,
habitaré el más inocente de sus cantos.”
ALEJO URDANETA, excelente cuentista, ensayista de primera línea, poeta, nació en Caracas en agosto de 1944. Abogado, estudió en la Universidad Central de Venezuela e hizo un post-grado en La Sorbona, en París, en Derecho Internacional y Mercantil.

¡He aquí un texto magnífico, donde se funden el ensayo y la poesía! Un verdadero texto original que merece el canto de todos los lectores.
Despues de leer detenidamente el texto, me doy cuenta lo influenciados que habeís estado los americanos por los españoles, hasta el punto de que grandes de la letras de vuestro país han formado parte de los grandes del nuestro, luego se deduce el hermanamiento. Os han calificado a los americanos con muchos titulos o apodos, pero que nadie os despoje de ser Americanos porque lo sois. Como siempre es un gusto leer a este gran escritor Alejo Urdaneta. Un fuerte abrazo. Manu
Magistral ensayo, que nos motiva a continuar luchando por exaltar la idiosincrasia Hispanoamérica, que es genuinamente América, vista a través de las semillas sembradas de tantos personajes grandiosos como Garcilaso, Pablo Neruda, Rubén Darío, Andrés Bello, Uslar Pietri O Eugenio Montejo, entre tantos otros insignes americanos.
Excelente, Alejo. Has puesto el dedo en la llaga. Somos americanos de América.
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