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Carrera Damas académico

25.10.08 | por Roberto Lovera De Sola [mail] | Categorías: Opinión, Ideas, Política, Colaboradores, Historia, Venezuela, Libros, Crónica, Roberto J. Lovera de Sola

El 15 de noviembre de 2007 fue una d√≠a se√Īalado en los anales de la investigaci√≥n y de la ense√Īanza de la memoria venezolana. Ese d√≠a la Academia Nacional de la Historia recibi√≥ entre sus Individuos de N√ļmero al profesor Germ√°n Carrera Damas (1930). Esta instituci√≥n por d√©cadas no le hab√≠a abierto sus puertas porque no se hab√≠a entendido la esencia de su tesis doctoral El culto a Bol√≠var (1969), el cual se consider√≥ por el m√°ximo instituto un libro de detracci√≥n bolivariana, cosa que no era y ello lo advert√≠a su autor en sus primeras l√≠neas, ‚ÄúEste libro no tiene prop√≥sitos iconoclastas, ni es diatriba ni es denuncia... Mi prop√≥sito ha sido otro, elemental y cient√≠ficamente leg√≠timo: comprender una forma ideol√≥gica de indudable importancia en la vida hist√≥rica de Venezuela. En el camino hacia ese conocimiento ha sido necesario... enjuiciar cr√≠ticamente modos y matices de un culto en cuyo ejercicio se ha abusado de la l√≥gica, luego de haberse atropellado el sentido com√ļn y haberse exhibido dudosos gustos... En ning√ļn momento... hemos perdido de vista la pauta de objetividad y de sereno an√°lisis que nos propusimos como base de nuestra labor... el objeto de nuestro estudio conspira contra la ideal imparcialidad... imposible de alcanzar al hallarnos en presencia de inauditos procesos ideol√≥gicos acerca de cuyas motivaciones y prop√≥sitos dif√≠cilmente se puede ser ben√©volo o tolerante y que... penetran tan hondo en la realidad de nuestros tiempos que concitan la reacci√≥n no ya del historiador sino del ciudadano‚ÄĚ (ed.1973,p.11-15). Eso era aquella obra plenamente viva. Y la cual ha tenido hondos reto√Īos: De la patria boba a la teolog√≠a bolivariana de Luis Castro Leiva (1943-1998), El divino Bol√≠var de El√≠as Pino Iturrieta (1944) y Por qu√© no soy bolivariano de Manuel Caballero (1931) son sus hijos leg√≠timos, sin Carrera no se hubieran escrito porque √©l fue quien se√Īal√≥ la senda. Y ante El culto... para nada se tuvo en cuenta, por muchos a√Īos, la observaci√≥n de otro maestro Manuel P√©rez Vila (1922-1991) quien hab√≠a acotado sobre √©l ‚ÄúEl autor parte de la comprobaci√≥n de que es ‚Äėimposible dar paso por la vida venezolana sin tropezar con la presencia de Bol√≠var‚Äô y se propone indagar las causas sociol√≥gicas, hist√≥ricas y sicol√≥gicas del que denomina ‚Äėculto‚Äô a Bol√≠var‚ÄĚ (Para acercarnos a Bol√≠var, ed. 1980, p.99). La justicia puede tardar pero siempre llega. Ahora est√° aqu√≠ y fue imposible no pensar en ello mientras Carrera sub√≠a los escalones que aquel jueves lo llevaron al p√ļlpito acad√©mico. Nuestro primer metod√≥logo de la historia, al menos por su fascinante Aviso a los historiadores cr√≠ticos (1995), el que propuso la necesidad de la creaci√≥n una ‚Äútropicalog√≠a‚ÄĚ para entendernos nosotros que vivimos en el tr√≥pico (Validaci√≥n del pasado, ed.1975,p.55), el historiador de nuestra historiograf√≠a y el formador de varias generaciones de historiadores lleg√≥ all√≠, tom√≥ las hojas de su disertaci√≥n y pronunci√≥ su Discurso de Incorporaci√≥n: Sobre la responsabilidad social del historiador. (Caracas: La Academia, 2007. 31 p.), breve pero sustanciosa p√°gina, siempre cercana al presente, ese que entre la alegr√≠a y la angustia, entre la celebraci√≥n y la vigilancia, vivenciamos. En estos tiempos Carrera ha estado meditando vivamente en lo que vivimos desde 1999 al menos en dos libros sustanciosos Una ideolog√≠a de reemplazo (2005) y Recordar la democracia (2006). A ello volvi√≥ en el trabajo suyo que vamos a glosar. Retorn√≥ a estas dolorosas horas republicanas y no olvid√≥ que la historia se escribe desde el lugar y el tiempo en que existimos.
En Sobre la responsabilidad... se√Īal√≥ que hab√≠a dos actitudes ante la historia: ‚ÄúUna es la de los pueblos que se postran ante la que tienen por su historia... otra... es la de los pueblos para los cuales la que consideran su historia es el hacer cotidiano, marcado por la determinaci√≥n de cultivar, perfeccion√°ndolo, el resultado de su hacer, y extrayendo de la conciencia hist√≥rica la determinaci√≥n de pagar con su esfuerzo, y hasta con su sacrificio, su pasaje a la plena realizaci√≥n de los valores hist√≥ricamente generados y propuestos. Esos pueblos, agraciados por la raz√≥n hist√≥rica, han llegado a comprender que radica m√°s hero√≠smo en el vivir la patria que en el morir por ella‚ÄĚ (p.8). E insisti√≥ ‚Äúel m√°s eficaz medio para procurar la sumisi√≥n de un pueblo ha sido el debilitamiento, a veces llevado hasta la demolici√≥n, de su conciencia hist√≥rica‚ÄĚ (p.9), ‚ÄúEl siglo XX nos dej√≥ las m√°s logradas demostraciones de esta perversa manipulaci√≥n... desde el falangismo ultramontano hasta el genocidio en versi√≥n Pol Pot, pasando por las dem√°s derivaciones autocr√°ticas del socialismo, fenecidas y actuales‚ÄĚ (p.9).
E insisti√≥, lo que nos parece el coraz√≥n de su disertaci√≥n, ‚ÄúEl siglo XX nos ha entregado tambi√©n pruebas y demostraciones de que, enfrentados a tales amenazas, genuinos intelectuales, tanto historiadores como representativos de otras √°reas del conocimiento y la creatividad, am√©n de destacados pol√≠ticos, persuadidos de que la conciencia hist√≥rica es una dimensi√≥n sustantiva de la condici√≥n humana, y digo es porque la ense√Īanza brindada por su actitud perdura, asumieron la reivindicaci√≥n de los fueros de esa conciencia, y sentaron ejemplo de cumplimiento, en su campo, del que es en el historiador un deber social, resultante del ejercicio cabal de su oficio‚ÄĚ (p.9).
Es por ello que al meditar sobre estos d√≠as, mirando a Venezuela y al universo de este tiempo, no se le escapa el sentido profundo que tiene el ‚Äúproceso de globalizaci√≥n euroccidental‚ÄĚ (p.13) que vivimos, que se detenga ante lo hecho por seres como Gandhi, Franklin Delano Roosevelt, R√≥mulo Betancourt, Mihail Gorvachev, Juan Pablo II, Nelson Mandela a los que denomina ‚Äúarquitectos todos de sociedades‚ÄĚ (p.13) y que nosotros consideramos bienhechores de la humanidad.

Y es tambi√©n por ello, tras recalcar la idea de la amplia implantaci√≥n de la democracia en el mundo de la postguerra, desde 1945, la persistencia en sostener la democracia, el sistema de vida de la sociedad occidental, la insistencia que su desarrollo ha tenido en estas d√©cadas en Jap√≥n (1945), la India (1947) y Venezuela que √©l sit√ļa en nuestro caso en 1945 aunque podr√≠amos decir que fue acto pleno de la naci√≥n desde el 14 de febrero de 1936 aunque lleg√≥ a su plenitud con el 18 de octubre de 1945. All√≠ naci√≥ lo que Carrera llama, a quien no deseamos de ninguna manera contradecir, siempre que lo leemos lo hacemos para aprender de √©l,‚ÄĚla Primera Rep√ļblica liberal democr√°tica, en el lapso 1945-1948‚ÄĚ (p. 10), modo de ser de la naci√≥n ‚Äúsometida hoy a la abrupta y forzada incorporaci√≥n de remanentes de nociones hist√≥ricas agotadas‚ÄĚ (p.22). Y subraya sobre el mismo punto:‚ÄĚen momentos en que vivimos un par√©ntesis de un desarrollo democr√°tico que no detienen ni decretos, ni exaltaci√≥n de valores creados ad hoc, ni la adulaci√≥n de otros a voluntad circunstancial, y sobre todo, que no podr√° ser arrancado de la tierra civil donde est√° sembrado, simplemente intentando la torpeza de ocultar cuarenta a√Īos de historia nacional‚ÄĚ (p.24). Tiempo que para nosotros, y que nos perdone Carrera, tiene m√°s largo tiempo existiendo: al menos setenta, desde la muerte del gran tirano el 17 de diciembre de 1935 y del gran manifiesto democr√°tico que puso al d√≠a siguiente en manos del general Eleazar L√≥pez Contreras (1883-1973), con numerosas firmas que lo avalaban, Andr√©s Eloy Blanco (1897-1955), su redactor, cuya firma lo encabezaba. Este documento, que poco se cita, lo public√≥ El Heraldo (diciembre 19, 1935) a las horas de ser presentado en Maracay en donde aun estaba el general L√≥pez en espera de las exequias del dictador dos d√≠as despu√©s de su deceso. Pero Ch√°vez no s√≥lo no ha construido nada, que siempre es dif√≠cil y laborioso, sino que ha destruido todo lo que Venezuela cre√≥ en al menos esos setenta a√Īos. Pero incluso, en ciertas materias, podr√≠amos retrotraernos m√°s, incluso a los d√≠as de G√≥mez, aunque la suya era una dictadura, cuando se cre√≥, ¬Ņen los a√Īos veinte?, el Estado Moderno entre nosotros y se tomaron las grandes decisiones que tuvieron ulterior influencia en nuestro desarrollo. Fue all√≠ en donde se inici√≥ nuestro siglo XX distinto de lo que escribi√≥ Mariano Pic√≥n Salas (1901-1965) en Regreso de tres mundos (ed.1959, p.112). Seg√ļn esto podr√≠amos contar m√°s de setenta a√Īos, ochenta o noventa a√Īos. Ch√°vez, su incapacidad y escasa formaci√≥n, no le han permitido ver que es f√°cil derrumbar mucho m√°s dif√≠cil y tesonero edificar. Y que adem√°s hay hechos y vivencias que no olvidan los pueblos, forman parte de su experiencia, de sus vivencias, de su modo de ser. Y ello es la democracia contra la cual no han podido ni siquiera las m√°s largas dictaduras. Se ha mantenido enhiesta. Al menos desde el ‚ÄúDecreto de garant√≠as‚ÄĚ (agosto 18, 1863) de general Juan C. Falc√≥n (1820-1870), que tanto le gusta citar, con raz√≥n, a Carrera, tras la Guerra Federal, all√≠ est√°n las bases de la democracia liberal venezolana.
Y es por ello tambi√©n que Carrera cita aqu√≠ ‚ÄúLas cuatro libertades‚ÄĚ del presidente Franklin Delano Roosevelt (1882-1945), divulgadas en un discurso ante el Congreso de los Estados Unidos, en Washington (enero 6, 1941), que son como el credo de nuestro tiempo, las que han informado toda la post guerra y est√°n vivas en estos albores del siglo XXI: ‚ÄúEn los d√≠as futuros, queremos que haya seguridad y ansiamos un mundo basado sobre cuatro libertades humanas esenciales. La primera, es la libertad de palabra y expresi√≥n, en todas partes del mundo; la segunda, es la libertad de cada persona para adorar a su Dios a su propia manera, en todas partes del mundo; la tercera, estar libre de necesidades, que traducido en t√©rminos mundiales significa convenios econ√≥micos que aseguren a cada naci√≥n una vida saludable y pac√≠fica para sus habitantes, en todas partes del mundo; la cuarta, estar libres de temor, que traducido en t√©rminos mundiales significa reducir mundialmente los armamentos en tal grado y forma tan completa, que ninguna naci√≥n pueda cometer un acto de agresi√≥n f√≠sica contra alg√ļn vecino, en cualquier parte del mundo‚ÄĚ. Esto lo esboz√≥ el gran presidente gringo en plena Segunda Guerra Mundial (1939-1945), planeado los d√≠as de paz que vendr√≠an tras la victoria sobre el fascismo y el nazismo, √©l hab√≠a sido la cabeza de las tropas aliadas, desde que Winston Churchill (1874-1965) lo convenci√≥, en una reuni√≥n en un barco en medio del oc√©ano donde firmaron La Carta del Atl√°ntico (agosto 12,1941), de que los Estados Unidos deb√≠a participar en el rescate de la democracia, en la lucha contra Hitler y Mussolini. El general Franco, fascista tambi√©n, se salv√≥, a nuestro entender, por la cauta pol√≠tica exterior que dirigi√≥. Franklin Delano Roosevelt no pudo ver ni el final de la guerra (mayo 8,1945) ni la institucionalizaci√≥n de sus ideas porque falleci√≥ antes (abril 12,1945). Pero este es su legado creador. Y esta vivo como bien lo sostiene Carrera (p.19). ‚ÄúLas cuatro libertades‚ÄĚ tienen tanta significaci√≥n como en su d√≠a las tuvieron las palabras(noviembre 19,1863) del asesinado presidente Abraham Lincoln(1809-1865) conocidas por la posteridad como la ‚ÄúArenga de Gettysburg‚ÄĚ (S. Morrison: Breve historia de los Estados Unidos,ed.1980, p.388;Carl Sandburg: Lincoln, ed. 1972,t.II, p.145-149).
Y Carrera continua: ‚ÄúHe sostenido que el siglo XX fue un gran cementerio de revoluciones, pues en su transcurso fueron ensayados los m√°s radicales modelos revolucionarios, sobresaliendo las criminales derivaciones del humanismo marxista decimon√≥nico, y de entorno socialista. No hab√≠a ensayado la Humanidad una pretensi√≥n de ruptura, de tal magnitud, desde los tiempos en que el predicador de Galilea quiso hacer el hombre nuevo‚ÄĚ (p.20). Y a lo que a√Īadimos: si es verdad que Cristo pidi√≥ un hombre nuevo lo fundament√≥ en la realidad: el ‚ÄúSerm√≥n de la Monta√Īa‚ÄĚ (Mateo:V,1-25) lo hizo incluso precursor de los Derechos Humanos y en el afectuoso di√°logo de ‚ÄúLa √ļltima cena‚ÄĚ con sus disc√≠pulos est√° la base de aquella civilizaci√≥n del amor que insisti√≥ en fundar (Juan:XIII,1-38;XIV,1-27; XVI: 1-33; XVII: 1-26). La idea est√° viva.
Y volviendo a Carrera sobre la frustraci√≥n revolucionaria que no pudo ver Marx pero si palp√≥ Lenin es una idea remachada ahora por el premio N√≥bel portugu√©s Jos√© Saramago, hombre de izquierda, de esos que nosotros llamamos viejos comunistas porque siempre fueron seres de ideales quienes vivieron de acuerdo con ellos. Estos nunca llegaron al poder con lo cual evitaron caer en sus perversiones. De esto se salv√≥ incluso Ernesto Guevara (1928-1967) al dejar el gobierno cubano antes que su permanencia en √©l lo corrompiera como sucedi√≥ a los dem√°s de la elite castrista. Por ello pudo el Che convertirse en el gran idealista que muchos celebran hoy. Claro, √©l es un personaje de la historia, no de la presente y mostrarlo como tal, como hoy falsamente se est√° haciendo en Venezuela, es ideologizar. Pero volvamos al exilado lusitano en Lanzarote, en las Canarias. Saramago se√Īal√≥ en El Nacional (julio 10,2007), y Carrera se adhiere a ello, ‚ÄúHay una tendencia autoritaria en muchos. De los ideales no queda nada‚ÄĚ(p.20). Y en Venezuela lo que hemos vivido es, adem√°s de lo advertido por Saramago, la ‚Äúdesculturizaci√≥n de la pol√≠tica‚ÄĚ seg√ļn la certera expresi√≥n de Freddy Mu√Īoz (con Am√©rico Mart√≠: El socialismo del siglo XXI: ¬Ņhuida en el laberinto?, ed.2007, p.111): no hay, desde los d√≠as de la Cuarta Rep√ļblica seguido por el chavismo, ideales, doctrinas o convicciones que informen la pr√°ctica pol√≠tica. Los partidos se han convertido en m√°quinas de ganar elecciones. A este exagerado activismo se refiri√≥ un esp√≠ritu tan perspicaz como Gonzalo Barrios en 1978 en una entrevista con Alicia Freilich (La venedemocracia, ed.1978, p.167).
Pero junto con todas estas reflexiones que se pueden urdir leyendo Sobre la responsabilidad... tambi√©n hay otras, muy interesantes, sobre el arte de escribir la historia. Para Carrera esto se basa esencialmente en que siempre hay que comprender tres requisitos de lo analizado: su procedencia, pertenencia y permanencia (p.14). As√≠ puede decir que para √©l cumplir con las obligaciones de su oficio, el historiador no hay que olvidarlo nunca examina e interpreta el pasado solo, lo hace desde el presente que vive e inmerso en √©l. Esto explica que Carrera anote: ‚ÄúMi modo de asumir ese deber... se inscribe en una comprensi√≥n del tiempo hist√≥rico en el cual pasado, presente y futuro no admiten cortes cronol√≥gicos estrictos, y se revelan como un contraste dial√©ctico de continuidad y ruptura, en el cual es posible discernir, mediando el ejercicio del esp√≠ritu cr√≠tico y el cultivo del sentido hist√≥rico, l√≠neas evolutivas, de prolongada vigencia, que requieren, para que les pueda percibir con acierto, tener conciencia de que son esencialmente antit√©ticos y la noci√≥n de inmutabilidad‚ÄĚ (p.11).
Los sucesos que analiza el historiador siempre se balancean entre los procesos de ‚Äúcontinuidad‚ÄĚ y ‚Äúruptura‚ÄĚ. Sobre ello dice: ‚ÄúMe parece posible enunciar dos... que pesan en la comprensi√≥n del presente hist√≥rico de la sociedad venezolana. En √©ste advierto la √ļltima etapa de la ancestral lucha entre la divinizaci√≥n del poder p√ļblico, que ha sido tenaz persistencia de nuestro pasado cristiano-mon√°rquico, prorrogado en la Rep√ļblica Liberal autocr√°tica, y la humanizaci√≥n de ese mismo poder, que ha sido empe√Īo no menos tenaz de la conciencia republicana, todav√≠a vulnerable en su expresi√≥n como la rep√ļblica liberal democr√°tica, hoy asediada‚ÄĚ (p.12).
Esas fuerzas a las que se refiere son: ‚Äúla voluntad divina‚ÄĚ (p.12) y ‚Äúlos de los hombres son percibidos por la Historia mediante la comprensi√≥n cr√≠tica de sus acciones‚ÄĚ (p.13), as√≠ como apunta m√°s adelante Dios y Cl√≠o, la musa griega patrona de la historia, ‚Äúcomparten el esp√≠ritu del hombre, pues ambos satisfacen, aunque en planos formalmente diferentes, pero intr√≠nsecamente inseparables, necesidades sin cuya satisfacci√≥n el hombre perder√≠a el rasgo esencial de humanidad, que s√≥lo los distingue de los dem√°s seres vivos, sino que lo hace ser quien es como individuo. Me refiero a los requisitos de procedencia, pertenencia y permanencia, eje en torno al cual se forman, conjug√°ndose, la individualidad personal y los condicionamientos de la conciencia colectiva‚ÄĚ (p.14).
‚ÄúCl√≠o que es la espiritualizaci√≥n de la materialidad del hombres, responde a las mismas necesidades... autoriza al hombre a indagar sobre el origen de su materialidad, su intelectualidad y su espiritualidad, entendidas como los hechos sociales que son... es Cl√≠o la que hace al hombre, √©ste dejar√° de ser parte de la Humanidad al ser despojado de la que es su procedencia, aunque conserve creencias que tambi√©n resultan de religiones que son privadas, igualmente, de historicidad... y por lo tanto desde√Īadas como mera superstici√≥n‚ÄĚ (p.16). Esto es tan esencial, y para nada se separa, aunque parezca que se va a otra parte, Carrera de su tema central que es la democracia y la imposibilidad de dar nueva vida a las ideas muertas, de all√≠ la preciosa cita de un estudio del historiador Rafael Armando Rojas (1913-2007), a quien sucedi√≥ en el Sill√≥n Letra ‚ÄúX‚ÄĚ de la Academia, hace al principio (p.6).
Y tambi√©n desde el lugar donde est√°n Dios y Cl√≠o que hace esta observaci√≥n:‚ÄĚHist√≥ricamente sabemos que bien se cuidaban los esclavistas de que sus esclavos pudieran conservar el sentido de pertenencia... Bien han comprendido que privar a sus esclavizados de su divinidad, ll√°mese Dios o ll√°mese Historia, es tambi√©n deshumanizarlos‚ÄĚ (p.16).
‚ÄúPodr√≠amos entonces concluir que Dios es la creencia por excelencia, comparada con la cual la verdad ser√≠a una suerte de deidad de reemplazo. Pero, ¬Ņqu√© quedar√≠a, entonces para la verdad hist√≥rica? Ella es, por imperativo met√≥dico, resultado de los procedimientos cr√≠ticos de comprobaci√≥n. Es decir, bastante que lo requerido para basar la creencia fundamental, y, sin embargo, no parece que el resultado pueda pretender ser algo m√°s que la verdad hist√≥rica; es decir, el de una verdad que confiesa su humildad hecha de aproximaci√≥n, siempre cuestionable, a la verdad misma, que permanecer√≠a inasible‚ÄĚ (p.17).
Y de esas ideas parte su visión de Venezuela y la práctica de la responsabilidad social del historiador que propone.
La ‚Äúsociedad implantada venezolana, denominada criolla, si bien durante la segunda mitad del siglo XX se convirti√≥ en una sociedad de inmigraci√≥n en la que lo criollo, en el sentido tradicional, se ha vuelto un componente, aunque todav√≠a predominante, de un todo social en v√≠as de fraguado. Entramos de esta manera, en una nueva etapa de la prolongada definici√≥n de la conciencia nacional venezolana‚ÄĚ (p.21-22). As√≠ ‚Äúla fase inicial del nacimiento de la conciencia nacional del venezolano, cuyo acto embrionario, la repatriaci√≥n de los restos de Sim√≥n Bol√≠var (1842), se realiz√≥ apenas tres a√Īos antes del perfeccionamiento de la abolici√≥n de la monarqu√≠a y del reconocimiento de la Independencia (1845), ha estado representado por el nacimiento del culto a Bol√≠var, que ha servido de puente entre la conciencia nacional en proceso de formaci√≥n y el car√°cter divino del absolutismo mon√°rquico: Sim√≥n Bol√≠var fue convertido, por una sociedad hu√©rfana de su Rey, en el semi-dios legitimador del autoritarismo. En este tr√°nsito de origen semi-divino vivi√≥ de manera √ļnica el venezolano republicano hasta que, a partir de 1936, cobr√≥ nuevo impulso la formaci√≥n de la conciencia nacional genuinamente republicana, cargada de nuevas respuestas a las necesidades de procedencia, pertenencia y permanencia‚ÄĚ (p.23).

Roberto J. Lovera de SolaROBERTO J. LOVERA DE SOLA Crítico literario y autor de varios libros y de numerosísimas artículos en su especialidad. Nació en Caracas en marzo de 1946. Siguió estudios en varios colegios de Caracas y Mérida, en la UCAB y en la UCV. Ha realizado investigaciones en diversas instituciones venezolanas y extranjeras, entre ellas el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Fundarte y la Northwestern University Library, Evanston, Illinois, Estados Unidos.

 

 
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