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Chanquilón Daza, maestro imprescindible en el difícil arte de vivir sin hacer nada

Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás! (Génesis, 3:19) La terrible sentencia del Señor, proferida en el momento de echar a Adán y Eva del paraíso terrenal. Es la palabra de Dios, pronunciada en ocasión de infligir un castigo, que recoge la idea de esfuerzo, sacrificio y sufrimiento que supone el ganar el pan de cada día. Luego está la otra frase que lo complementa: La tierra te dará espinos y cardos, y tendrás que comer plantas silvestres. Con duro trabajo la harás producir tu alimento durante toda tu vida. Este es el verbo de Dios que consagra la dignificación del trabajo: por duro, pesado y lleno de dificultades que sea un trabajo, jamás humilla o degrada, por el contrario, siempre eleva y dignifica al hombre que es capaz de hacerlo. Trabajar es para todos los seres humanos un mandato de Dios.

Pues bien, para Chanquilón Daza, un personaje muy conocido en el San Felipe de los años 40, al parecer, como se dice en lenguaje coloquial, no le “paraba bola” ni al verbo ni a la palabra divina ni al mandato de Dios, jamás trabajó, ni un solo día de su vida, durante una improductiva y estéril existencia, que cubrió un arco de permanente respiración durante unos 75 años. En efecto, era conocido en todo el pueblo por su apodo: “Chanquilón”, que nadie sabía cual era su significado, nunca se supo. Pero, sobre todo fue famoso por la aversión que sentía por el trabajo, todos en el pueblo, al unísono, a manera de un coro de risas y de burlas, a la llegada del 1º de mayo “Día internacional del trabajo”, murmuraban ¿por qué no condecoran a Chanquilón Daza con la Orden al Mérito en el Trabajo?

En algunos países el derecho al trabajo y su consiguiente reverso, el deber que tienen los ciudadanos de trabajar -conforme a sus propias capacidades y preferencias, en beneficio del desarrollo material y espiritual de su nación- alcanza un rango de precepto constitucional, este es el caso de Italia, donde el art. 1º de su Constitución establece: L’Italia è una Repubblica democratica, fondata sul lavoro. (Italia es una República democrática fundamentada en el trabajo). Para los italianos el trabajo, como concepto en que descansan las fundaciones de la República, tiene una gran importancia y por eso está contenido en el artículo 1º. En toda constitución el artículo uno es en cierto modo, el enunciado que encierra todo el espíritu, los ideales, las esperanzas y todas las expectativas de un entera nación. Se dice que el debate sobre este artículo se realizó, junto con el de otros, durante más de un año y en él participaron con brillantes intervenciones, lo más granado de la sociedad política italiana: Palmiro Togliatti, el jefe del partido comunista; Lelio Basso, ideólogo del partido socialista; Giorgio La Pira y Aldo Moro, líderes de la democracia cristiana y Luigi Einaudi, de tendencias liberales, quien al final resultó elegido como el primer presidente de la recién creada República de Italia. Todos con la idea de dar “al lavoro”, la posición de primacía que debía tener en la transformación del Reino de Italia en una República democrática.

Pero, muy por fuera de este debate enaltecedor del valor espiritual y material del trabajo, en tierras del Yaracuy, Chanquilón Daza “se pasó por el forro” como se suele decir, todas estas ideas de corte liberal o socialistas relacionadas con el derecho-deber al trabajo. Chanquilón no trabajó nunca, sufría al parecer de una forma crónica de alergia al trabajo, acompañada de una grave intolerancia al mismo: jamás movió el más pequeño de sus dedos o atisbó el más recóndito de sus gestos involuntarios, en una actitud positiva de trabajar. Nunca supo qué cosa era realizar un esfuerzo de trabajo.

Entonces el gentil lector se preguntará, cómo es posible que un hombre que no fue un heredero ni un aristócrata, con bienes de fortuna y servidores que trabajaran para él; que nunca contó con el apoyo de algún mecenas, en razón de que no era un artista; tampoco con la protección de un político importante, pues nunca fue de utilidad para los objetivos y finalidad de un proyecto político; en fin, no fue poeta, pintor ni músico ni literato, en condiciones de ser patrocinado como figura artística de un ateneo. Chanquilón Daza, como lo percibía la comunidad de la cual formaba parte: era alguien que no tenía utilidad alguna, un genuino improductivo, un joven poseedor de una profunda vocación de holgazán, dotado de un talento extraordinario para la flojera, un verdadero desocupado voluntario, como jamás se había conocido otro en el pueblo.

Regresamos entonces a la pregunta inicial ¿Cómo pudo vivir este hombre, en forma existencial, durante 75 años sin trabajar en algo? Esto es digno de estudio, pues tal vez se trate de un individuo común que descubrió un secreto portentoso: el difícil arte de vivir sin hacer nada. Para comenzar, veamos como transcurría la vida de todos los días, de Chanquilón Daza: En la madrugada, solía aproximarse al despertar de los pájaros. Como es sabido, Venezuela es el sexto país en el mundo que posee la mayor diversidad de aves, con unas 1500 especies. De hecho un 50% de los pájaros que viven en toda América se encuentran en Venezuela. Tal vez con excepción de Guayana y el Amazonas, el Yaracuy es el estado de Venezuela donde viven la mayor cantidad de pájaros. En especial existe uno, en vías de extinción, que es muy yaracuyano y muy bello, se le encuentra en Cocorote y Yaritagua: “el oficialito cabecita de fósforo” tiene un penacho de plumas rojas encendidas, muy parecido al kepis francés que usaba el general Charles De Gaulle. Pues bien, muy temprano Chanquilón iba a mirar los pájaros, no hacía otra cosa que mirar. Chanquilón era un “bird watcher”.

Al mediodía Chanquilón establecía un contacto íntimo con las flores. Como decíamos a propósito de las aves, Venezuela en razón de su amplia variedad de paisajes, es uno de los países del mundo con mayor diversidad de especies vegetales, en especial flores y plantas ornamentales, se calculan unas 30.000 especies diferentes. Yaracuy posee las variedades propias de las tierras feraces, que son miles. En particular, lucen su espléndida belleza las orquídeas de los bosques húmedos, entre ellas dos muy yaracuyanas: la “Flor de nácar” y la “Dama de la noche”. Chanquilón iba a mirar las flores, no hacía nada más que mirar, era alguien en actitud contemplativa ante las flores.

Ya, hacia el atardecer, asistía a las retretas en la Plaza Bolívar, eso no era todos los días, pero él alternaba espacios, un día en San Felipe, otro en Cocorote, en Guama, Chivacoa, Urachiche, Campo Elías, San Pablo, Albarico, Nirgua y pare de contar. Chanquilón escuchaba la música. Ahora bien, las bandas fueron en los pueblos del interior el vínculo que unió a los compositores de música popular con su propio pueblo. Y nunca hubo músicos tan inspirados como los músicos del Yaracuy para expresar “el estro armónico” que animó la vida de estos pueblos. Es difícil explicar con palabras qué cosa es el estro musical, pero es fácil percibirlo cuando escuchamos nuestra música a la que conocemos y amamos. Trataremos de hacerlo con un ejemplo. Tiempos atrás, cuando éramos niños y viajábamos al interior, digamos por ejemplo al pintoresco pueblecito de Cocorote, para seguir en el estado Yaracuy, asistíamos a una retreta en la Plaza Bolívar, allí estaban un grupo de músicos, habitualmente mal rasurados, pobremente vestidos, impregnados en un ligero aroma de aguardiente que sazonaba el aire de la tarde. Pero, con que emoción y sentimiento tocaban su música. Que de cosas nos contaban a través del mensaje sencillo expresado en sus modestos instrumentos. Nos hablaban de un pequeño pueblo que cabía en la palma de la mano, pero latía inmenso en el corazón de sus músicos. Nos decían también, que los músicos de pueblo son como esas piedras grandes que arrastran los caudalosos ríos: jamás regresan al lugar de donde salieron. En fin, nos decían tantas cosas de nuestra Venezuela, que no logran expresar la mayoría de los músicos de hoy en día. Ellos lucen muy bien afeitados, elegantes con sus camisas con cuello de tortuga, pero no escriben ni interpretan con sentimiento y sabor autóctono la música venezolana, parece que hubieran perdido su estro armónico.

Para finalizar, un día se marchó Chanquilón Daza, dudamos que a mejor vida, plácido y silencioso, como vivió sin trabajar durante toda su existencia, llevándose consigo el secreto de cómo compartir una larga vida sin hacer nada, en compañía de los pájaros, las flores y los más bellos valses yaracuyanos.

Créditos:
Fotografías Halcón Primito y Flora Yaracuy, por Gerardo González
Fotografía Apamates, por Polifemo

Hugo Alvarez PifanoHugo Álvarez Pifano, musicólogo y crítico de música, especializado en la ópera y en temas musicales de Venezuela. Entre 2001 y 2011 ha sido columnista de música, de periódicos y revistas del país. Ha escrito en publicaciones especializadas de Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos de América, Dinamarca, Brasil, Colombia, Honduras, Kenya, Etiopía y Guyana. Estudió en la Esc. de Música de Barquisimeto (1951-1956); en la Esc. José Ángel Lamas de Caracas (1957-1958) y en el Conservatorio Luigi Cherubini de Florencia (1960-1963). Es autor de tres libros: El vals venezolano, historia y vida (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2007); Cantantes líricos de Venezuela (Fund. Arts World Millenium, 2100. Caracas, 2010); Historia de la música de Venezuela (en prensa). Así mismo ha escrito 3 libros sobre música y temas costumbristas, sin publicar. Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia, (1958-1963); Master en Derecho Internacional del Instituto de Formación Profesional e Investigaciones de las Naciones Unidas, N. Y., 1973; Postgrados en Ciencias Políticas (1978) y Teoría Política (1980) en la Universidad de Brasilia. Diplomático con carrera de 36 años en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. Embajador de Venezuela en Guyana, Haití y el Reino de Dinamarca; Encargado de Negocios ad hoc en Kenia y Etiopía; Cónsul General de Venezuela en Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil; funcionario diplomático en las embajadas de Venezuela en Colombia, Brasil y Honduras; asesor, representante alterno y representante de Venezuela en la Comisión de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas (1971-1978); miembro, participante y jefe de la delegación de Venezuela en 29 conferencias internacionales; y le fueron encomendadas 38 misiones especiales; en el servicio interno de la Cancillería venezolana fue Director de Tratados; Jefe de Gabinete del Canciller Ramón Escobar Salón y colaborador cercano de los Cancilleres Ignacio Iribarren Borges, Arístides Calvani y Simón Alberto Consalvi. Es autor del libro “Manual de los Tratados Internacionales de Venezuela” Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (1972).

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