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“… y ahora, con las últimas noticias internacionales y nacionales, ¡el Repórter Esso !
Muy buenas noches, estimados radioescuchas.”
CARACAS. Esta mañana, en el local de la Cámara del Senado, fuentes allegadas al Doctor Luís Antonio Méndez revelaron que el juicio que se le siguiera al Dr. Ovidio Paredes por concepto de ‘enriquecimiento sin causa en beneficio propio y en detrimento de la Nación,’ concluyó hoy, al sentenciarse a favor de la Nación. Finalizan de esta manera las labores que venía realizando el Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa, creado a los pocos días de establecida la Junta Revolucionaria de Gobierno, el mes pasado.
WASHINGTON. Voceros de la Casa Blanca anunciaron hoy que el Presidente Harry Truman habría expresado su preocupación por la situación política venezolana. Truman manifestó sus deseos por el pronto restablecimiento del sistema democrático en Venezuela.
DESDE CHICAGO llega la noticia que el pelotero venezolano Chico Carrasquel ha sido…
Juan de Dios Castillo estaba contento. Trece años, había esperado con paciencia y resignación campesinas para escuchar la noticia que acababan de dar. “¡Por fin jodieron al Dr. Paredes!” pensó para sí. ¡Trece años! Desde aquella noche negra del 15 de mayo de 1933, cuando se lo llevaron del rancho. A rastras lo habían sacado, delante de su mujer…
“Dame otro tercio, Rolando,” el viejo Juan de Dios le pidió al portugués dueño del botiquín sanjuanero, “esta vaina hay que celebrarla.”
“¿Está cumpliendo años, catire?” le preguntó Rolando, abriendo la botella de cerveza.
“Cumpleaños no. Mejor que eso, compañero. ¿No escuchaste lo que dijeron ahí?” Juan de Dios apuntaba hacia un diminuto radio en el que Rolando sintonizaba la radio novela del día. “Agarraron al desgraciado ese, al Dr. Paredes. Ahora falta saber qué le van a hacer. No menos de quince años de cárcel se merece ese gran carajo.”
“¿Al Dr. Paredes? ¿El que te metió preso?”
“El mesmito. Ese gran carajo, además de se un ladrón, es un pederasta. A mi hijito José Antonio casi me lo robó. Pa lleváselo pa su hato, allá en Barinas. Menos mal que mi mujer – que en paz descanse, la pobre – lo descubrió y se escapó de aquella casa justico a tiempo.”
“¿Por eso te metió preso, catire?” El botiquinero le buscaba la lengua al viejo.
“Por eso, no, chico. Ese gran carajo me metió preso porque a mí se me ocurrió echarle el cuento a Misia Ligia, su esposa. ¡Esa pobre doña sí que sufrió! Figúrate que se la pasaba y que peinándose en la peluquería, pasando hambre pa quitase los rollos de la barriga, y no cuántas vainas más. Todo porque creía que el marido le estaba poniendo cachos con otra mujer. Y resulta que el tipo era marico. MA RI CO. Nada de otra mujer. Y cuando el doctor se enteró de que yo le había contado a Misia Ligia que mi difunta se había escapado de su casa porque su marido le había puesto el ojo a mi niño, fue cuando me mandó a buscar con la policía. ¡Coñemadre!”
El viejo Juan de Dios Castillo se tomaba su cerveza despacio, recordando, casi con nostalgia, los eventos de trece años atrás.
“¿Y tú pa qué fue a contá nada a la Misia esa? Ganas de joder, catire,” dijo Don Rolando, prendiendo un “Alas".
“Lo hice pa calmá a la doña: esa mujer no sabía qué le estaba pasando al marido…”
Antonio Paredes se abrochó el cinturón de seguridad y se quitó los zapatos que llevaba puestos. De charol negro, parte de su uniforme. Regresaba a Staunton Military Academy en Virginia, a cursar el último año de “high school.” La aeromoza del Superconstellation pasó a su lado.
¡Qué buena estás! pensó el joven Paredes.
“Gracias,” le dijo, al tiempo que aceptaba unos caramelos que le ofrecía la azafata. Orgulloso de su uniforme, Antonio Paredes se soltó el nudo de la corbata y desabrochó los botones de la chaqueta. “¡Nueva York! Esta vez me quedo un par de días. La calle 52, lo strip tease, los bares con su jazz y ahora, recién, con la música de Tito Puente. No puedo meterme en vainas, no sea que me boten de la Academia.” El cuatrimotor levantó vuelo y, diez horas más tarde, después de hacer escala en La Habana, aterrizaban en Idlewild. Para su sorpresa, gran emoción, y hasta cierto temor, Antonio había logrado concertar una cita con Marianela Requena, la aeromoza de la Aeropostal. Le había dicho que tenía 20 años y que se estaba graduando tan tarde por vago. Lo habían expulsado del San Ignacio por “faltas morales” y del Colegio La Salle por poco rendimiento académico. Se encontrarían en el Great Northern Hotel esa misma noche. Todo estaba listo…
“¡A continuación, el Observador Creole!… y con ustedes, las noticias del día. Muy buenas noches, estimados televidentes.
CARACAS. La Oficina Central de Información dio a conocer hoy que, contrariamente a las noticias aparecidas en un matutino de la capital, el Presidente de la República no contempla cambios inmediatos en el Ministerio de Relaciones Interiores. La información, suministrada por la Secretaría de la Presidencia, confirma lo anunciado ayer en nuestro reportaje de esta misma hora cuando entrevistamos al Ministro, Dr. Manuel María Castillo.
WASHINGTON. ‘Las heridas causadas por la guerra en Viet Nam se cicatrizarán una vez por todas al restablecer relaciones diplomáticas con esa nación.’ Así lo declaró anoche el recién electo presidente Jeremías Cotter, anunciando sorpresivamente que pedirá al Congreso la aprobación de un embajador cuyo nombre mantiene en secreto.
WASHINGTON. El ex secretario de Estado norteamericano, Dr. Henry Kissinger, declaró que la medida adoptada por el nuevo presidente era de esperarse, añadiendo que se ponía a la orden de la nueva administración demócrata.
CARACAS. ‘Los precios del petróleo mundial se mantendrán al nivel actual, declaró esta mañana el vice-ministro de Minas, Dr. Antonio Paredes…”
Ligia Bermúdez de Paredes levantó la vista del tejido que tenía en sus manos.
“¡Antonio! ¡Qué alegría tenerte por aquí!”
“No te levantes, mamá,” Antonio Paredes se inclinó a besar la frente de su madre. A sus sesenta y pico largos, Misia Ligia todavía recordaba la belleza de su juventud.
“¿Cuándo vienes a almorzar? ¿Cómo está Ana María? ¿Y los muchachos?”
“Todos bien, mamá. Mañana te mando a buscar con el chauffeur,” Antonio pronunció la palabra a la francesa, “para que te pases el día con nosotros. Tus nietos quieren verte…”
La piñata de los Castillo en La Lagunita sería, no cabía duda, el acontecimiento social de la semana. Desde tiempos de Guzmán Blanco, las familias “bien” caraqueñas justificaban la existencia de sus niños con fiestas cuyos costos iban escalando de ocasión en ocasión. Primero, el bautizo, el “primer añito,” los demás cumpleaños, la primera comunión… en fin, excusas para echarle en cara a los demás cuánta fortuna habían logrado aquellas familias.
María Angélica García de Castillo no dejaría pasar el cumpleaños de su hija María Cristina sin aprovechar la oportunidad para dejar ver que ni ella ni su marido eran ningunos “cualquiera.” El Dr. Manuel María Castillo, Ministro de Relaciones Interiores, nada menos! Su marido había escalado posiciones como nadie. En cambio, su papá, el abuelo de María Cristina, hasta preso había estado (tema que jamás se discutió en familia), y apenas se ganaba la vida fabricando piñatas. Allá en Maturín la cosa hubiese sido diferente: los primitos y los amiguitos, las madres y las abuelas consolando a los que “no cogieron nada.” Los hombres tomaban ron y cerveza. Una mesa de dominó, otros jugando bolas criollas, todos emborrachándose paulatinamente hasta llegar la noche. Pero aquí en Caracas no: la lista de invitados pasaba de doscientos, tres payasos, cuatro piñatas, tortas, perros calientes… y, en común con Maturín, el llanto de los que no cogieron nada…
“¿Carmelitas?”
“Sí. Móntese. Abran puesto pal viejo,” gritó el chofer y siguió rumbo al centro de Caracas.
El viejo Juan de Dios Castillo llevaba media hora esperando, a pleno sol.
“Radio Aeropuerto da la hora: doce, treinta y cinco minutos.” El conductor cambió la estación.
“…el padre del Dr. Antonio Paredes, vice-ministro de Minas, es la víctima número veinticinco de la bomba que estallara al explotar una de las piñatas en la fiesta de su hijita María Cristina, quien milagrosamente resultó ilesa. Efectivos militares y de la policía metropolitana han intensificado sus averiguaciones, hasta el momento, infructuosas, pero sí han determinado que la bomba fue detonada a control remoto. No se ha determinado el motivo de tan cruento y perverso crimen. Y ahora, con las últimas noticias internacionales y nacionales…
“¡Aquí me bajo yo!” Juan de Dios Castillo había llegado al final de su camino.
Gonzalo Palacios Galindo (Maracay, 1938). Estudió Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, Recibió la Maestría y el Doctorado en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma) y en la Universidad Católica de América (Washington, DC, USA). Mantuvo una intensa actividad académica en varias universidades de Venezuela y de Estados Unidos. También ejerció cargos diplomáticos en la Embajada de Venezuela en Washington. Actualmente enseña Filosofía en Prince George’s Community College.
Eduardo, Gracias. Ahora que vuelvo a leer este cuento, me recuerda la terrible crueldad que caracteriza a parte de nuestros conciudadanos. Gonzalo Palacios G.
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