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El día viernes 11 de abril (2008) horas 7-9 PM, se presentó en la Iglesia Metodista Jerusalem de Copenhague (Rigensgade 19, 1610 Copenhague, K), la Orquesta de los Moxos, de (Chiquitana-Beni) Bolivia, auspiciada por la Embajada de su país en Dinamarca, la Embajada de Dinamarca en Bolivia, Residentes bolivianos en este Reino y Verdenskulturcentret (Centro de cultura internacional) Dinamarca.
Acostumbrado a los estereotipos sobre Bolivia: música enérgica y sutil a base de charangos, ronrocos, quenas, zampoñas, tarkas, etc., etc. al estilo de Sabia Andina, Karqas, Rumillacta y sus seguidores; oír de repente, concierto de música barroca boliviana, suscita de inmediato una curiosidad extraña; y, como la curiosidad es madre de la noticia, no soporté la tentación de ir a escuchar el concierto de marras y salí contento y casi sublimizado con ese mensaje de tesitura espiritual más que religioso; porque en el transcurso del concierto se entabló una especie comunión de naturalezas: músicos y oyentes dialogando en un idioma sin palabras, cuyo mensaje era la expresión de la armonía como equilibrio de sentimientos para el entendimiento.
El Embajador de Bolivia, excelentísimo Sr. Eugenio Poma, al presentar al grupo mixto, compuesto por 19 músicos, cuyas edades oscilan entre los 14-21 años; y, tras identificarse él mismo, como parte de la Iglesia Metodista, informó que la música barroca (SXVII –XVIII) había llegado a las selvas bolivianas de mano de los misioneros religiosos, jesuitas; quienes, utilizando la música como parte del mecanismo de colonización del reino español a nuestros pueblos, ocupaban mentes y corazones a través del temor al infierno como arma política de sojuzgación, en tanto que el brazo militar de la invasión, diezmaba habitantes, ocupaba y se repartían territorios y se acaparaban de las riquezas materiales de nuestro continente logradas en muchos siglos de trabajo organizado. Y esa misma música que formó parte del mecanismo de despersonalización de nuestras culturas originarias, se transformó con el tiempo, en la expresión de la resignación, más que de fe en un mundo mejor mediante el diálogo.
En un escenario improvisado delante del altar mayor de la Iglesia Metodista y flanqueado por una enorme cruz de madera de aspecto rústico y enormes clavos provocadores y, una más pequeña, decorada con una tela blanca, el concierto comenzó con unos suaves repiques de dos campanas colgadas en una suerte de caballete y, el redoble una tarola como anunciando la hora la liturgia o de debate comunal de tipo social. Y en medio de ese símil de solipsismo, interrumpido de vez en cuando por las indiscretas toses de fumadores o asmáticos entre el público, hicieron su aparición los músicos vestidos de Tipoy (parecido a la Kushma de los habitantes de la selva peruana, traje de tela rústica, blanca, de una sola pieza, suelta, casi igual para hombres y mujeres) las integrantes femeninas de la Orquesta, con cabellos repartidos en dos trenzas y adornadas con semillas secas, propia de zonas tropicales, portaban en las manos: violines, unas y, otras, flautas dulces. A esa orquesta con predominancia bombos de diversos tamaños, flautas dulces y violines, se fueron incorporando el arpa, contrabajos y guitarras, incluso, una especie pito, para imitar el gorjeo matutino de los pájaros selváticos.
En el transcurso del concierto, no era difícil identificar reminiscencias de Vivaldi, que fue dotándole de alma y pigmentándole de color y calor, a una iglesia desprovista de todo decorado, de toda representación bíblica al estilo cristiano: católico-protestante etc. A lo mejor, por la circunstancia, noche de lluvia y vientos fuertes y helados, afuera, la iglesia Metodista Jerusalem de Copenhague, alumbrada por luces mortecinas, parecía un antro para conjurar tristezas que, felizmente, acariciada por esa música delicada, casi transparente, transmitida por el talento de esos jóvenes músicos de aspecto temerosos y miradas huidizas, se fue transformando en una manifestación de vida retozada por aplausos sonoros con que el público premiaba cada pieza ejecutada por el grupo.
La directora de la orquesta; Raquel Maldonado, una mujer mestiza de aproximadamente 30-35 años de edad, (con el pelo recogido en una sola trenza y adornada con semillas secas de la amazonía boliviana, al igual que las demás féminas del elenco) con su peculiar forma de dirigir la orquesta, era un espectáculo dentro del concierto: con su cuerpo delgado y penetrantes ojos negros, parecía marcar el ritmo; en tanto que con sus inquietos y delgados dedos, dibujaba el tiempo. “los músicos son alumnos de una Escuela de la zona tropical de Chiquitana, Provincia del Beni, Bolivia. La música que practicamos corresponde a una larga tradición dejada por los misioneros jesuitas que habían llegado a colonizar a los indígenas de las selvas bolivianas en los SXVII- XVIII”. La congregación fundada por San Ignacio de Loyola, por unas desavenencias con los monarcas españoles, fueron expulsados en el S XVII, de todo el continente americano, y, al verse forzados de abandonar sus ministerios en el continente nuestro, dejaron también como herencia cultural, la música barroca que había formado parte de sus bagajes misionales, la misma que ahora, la Orquesta De los Moxos, ha convertido en un ingrediente más de la vasta cultura popular boliviana, manteniendo las raíces histórico culturales de su procedencia europea
Los momentos más sublimes del concierto fueron el diálogo entre los violines, las voces (cantando en latín y lenguas nativas) y el arpa, casi diseñados por el ineludible y cimbreante cuerpo de Raquel, que dirigía las ondas sonoras de los instrumentos que emitían mensajes ocultos de la naturaleza, al alma humana. Hubo varios momentos del concierto, donde el público sintió la presencia del grupo como si se tratase de un sol locuaz e intenso de las selvas sur americanas, con la perla bulliciosa de su lluvia cayendo sobre las hojas plácidas, la fragancia alquímica de su flora misteriosa y seductora, y, la frescura de sus ríos temerarios como notas celestiales. El arte, como el amor, si es auténtico, es la reencarnación del espíritu de la naturaleza sin tiempo, no importa el lugar en donde se manifieste, ni el color de la piel de los receptores-transmisores de su encanto; lo auténtico siempre es universal. La Orquesta De Los Moxos, con la juventud y brío de sus integrantes, con la pericia y candor de sus melodías, parecieran ser el largo camino de la poesía con que afina la historia sus líquenes de fábula en las páginas del tiempo. Felicitaciones jóvenes músicos De los Moxos y gracias por elevar el espíritu de nuestro continente, al sitial del arte universal, como pálpito de esperanza de la globalización formando parte de nuestra identidad Latinoamericana o Amerindia.
RÉGULO VILLARREAL DOLORES nació el 30 de marzo 1949, en el Departamento Ancash, Perú. Muy joven, luego de seguir estudios en el Instituto Superior de Periodismo JAIME BAUSATE Y MESA, en Lima, emigró a Dinamarca, en donde se estableció definitivamente. Es Co-fundador del Grupo Cultural NUCLEO DE POETAS Y ESCRITORES RADICALES - NEPER- Lima, y ha obtenido, entre otros, el 1er Premio de poesía en los JUEGOS FLORALES del Colegio Nacional Nocturno San Marcos, Lima 1972, el 1er Premio de poesía XXXIII Aniversario del Ministerio de Salud Pública, Lima. Es Miembro de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas - ANEA – Lima, Perú y de la Asociación de Escritores Daneses.
Vitis:
Gracias a Hugo Álvarez Pifano, hombre verdaderamente culto y bien formado intelectualmente, por tan acertado comentario, que se aplica no sólo a la música indígena, sino a la verdadera cultura en general. Parecería que, además de promover la política oficialista, Venezuela sólo sabe promover la música académica en donde la música académica es muy superior a la que se hace en Venezuela. Y me temo que en ello priva lo simplemente crematístico...
excelente los comentarios sobre Regulo Villarreal. Felicitaciones por los trabajos realizados
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