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El Doctor Pancracio Satúrnez estaba muy orgulloso de ser un verdadero erudito y comunista. Su carácter era tan temido que las autoridades aceptaron que no hubiese vacaciones de fin de año para compensar el tiempo que se perdió por lo del Referéndum. El 24 de diciembre inició su clase, a las siete en punto de tarde, hablando de sus tres doctorados, dos en la antigua Alemania Democrática y el tercero en Tierra Santa, dijo con una sonrisa socarrona: en la Universidad de Moscú cuando Moscú era la capital de la Gloriosa Unión Soviética (y lo pronunció con mayúsculas). Y sin cambiar de tono pasó a explicar a sus alumnos que la Navidad es un disparate. No sólo porque el tal Cristo no tenía nada de divino, sino porque no puede haber nacido en diciembre. El 25 de diciembre, explicó celebraban los romanos la fiesta del “Natalis Solis Invicti” o “Nacimiento del Sol invicto", asociada al nacimiento de Apolo y de la primavera. Era lo que llamaban bruma. Y de esa fiesta tomaron los primeros cristianos la idea de ubicar el nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre. Un disparate. Se habría muerto de frío, tal como los pastores. Eso del 25 de diciembre fue un invento más bien tardío, probablemente de Juan Crisóstomo en el año 386. Pero quien haya estudiado a fondo las Escrituras, porque al enemigo hay que estudiarlo a fondo para poder rebatirlo, sabe que en el momento posible de la concepción de Juan el Bautista, su padre, llamado Zacarías, que era del grupo de Abdías, oficiaba en el templo de Jerusalén, y la concepción de Jesús, el personaje histórico, fue seis meses después. Si se cuentan estrictamente los turnos de aquellos sacerdotes, puesto que al grupo de Abdías le tocó servir del 8 al 14 del tercer mes del calendario lunar hebrero, Juan tiene que haber nacido en marzo y Jesús en septiembre, gracias a lo cual ni Jesús ni los pastores, que cuidaban los rebaños al aire libre se congelaron. Los papas, afirmó, alteraron la realidad para que los cándidos campesinos veneraran el nacimiento de Jesús en una fecha en la que se celebraba el nacimiento de la primavera. Eso es un hecho indiscutible que les estoy demostrando, y mañana se los probaré en tal forma que nadie podrá tener la más mínima duda. Pero no pudo demostrarlo. Al día siguiente ni uno solo de los alumnos se presentó a su clase. Estaban todos disfrutando la Navidad, con sus familias, con sus alegrías, con sus sueños.
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