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I
Un dejo de ausencia culmina con la tarde del domingo. El poeta José Barroeta, el muy querido Pepe, el pana del Chino Valera Mora, Salvador Garmendia, Caupolicán Ovalles y otros, nos acaba de enseñar que antes de la muerte, la unión, porque de todas maneras esta señora llegará con sus bártulos para cargarnos al infinito.
“Pero creo, quiero creer, debo creer, en la unidad. Por favor, no demos tantas vueltas. Mi esperanza está en la unidad, apuesto a ella para llegar todos juntos a ese gran enigma que es la muerte. Para allá vamos y allá nos vemos”.
Siento a Eclesiastés en las palabras del poeta trujillano. Tanta vanidad, tantas ansias por el poder, por alcanzar la gloria si la eternidad nos espera a la vuelta de la esquina con su carga de silencio, con su misterio.
Escribo esta nota con la misma tristeza con que Pepe habla de la división. Duele y apena sentir en la calle, a la puerta de algunas casas identificadas, palabras hirientes contra quienes vivimos de la palabra. Cosa aparte, dirá alguien, porque se trata de los periodistas. Pero bueno, si de todas maneras nos vamos a morir. El poeta recuerda a Nicolás Guillén: “Amigos, nada más. El resto es selva”. Pero, al parecer, hasta la amistad será convertida en motivo de división, de pesadumbre.
II
Quiero –y lo digo en primera persona- reincidir (probablemente vuelvan a pintar grafitis contra quien dice esto): la cordura, la vuelta a la racionalidad. Todos estamos expuestos a ser mirados de lado, a ser conminados a portarnos bien, porque si no. Pero, si de todas maneras nos vamos a morir. La unidad, aunque pensemos distinto. Cada cabeza es un universo, un mundo. En la diversidad está el sabor de la vida. Lugares comunes, pero tan sabios como solicitar la unidad, la calma.
Como “para allá vamos y allá nos vemos”, preciso es hacer la vida menos cuantiosa, menos agresiva, menos dolorosa. Claro, la justicia social. No es desdeñable. Pero se impone la inteligencia, la cordura para no perder esa justicia. De ocurrir lo contrario se repiten los errores de los gobernantes anteriores. El equilibrio, he allí el secreto.
La historia es un pedazo de muerte. Un trozo de esa memoria fácilmente olvidable. En ese adjetivo está el error. Si olvidamos la historia corremos el riesgo de repetir los errores que otros acarrearon para convertirse en reos de la crítica.
Una pregunta de Rubén Wisotzki a nuestro juglar trujillano: “¿Somos un país?. ¿Si somos un país? Sí, somos un país, todos somos país, pero creo que formamos parte de una tierra confundida, extraviada. En lo personal, tal y como lo escribo en un poema, me asusta el cielo limpio”. La voz de la tribu, la del poeta convoca a hacernos país desde adentro, desde lo más amplio del cielo interior, de ese que nos habita lleno de astros y misterios. Somos un país en la medida en que queramos ser un país, en la medida en que nos alejemos de lo que nos podría unir.
III
¿Miedo? Sí, miedo. No el cotidiano. Hay un miedo que está más allá de él. Más allá del susto, de la cobardía o del temor corporal. Hay un miedo a lo que no se sabe va a ocurrir. Un miedo a no saberse. Un miedo a no saberse estar, a saber que vamos a morir pero no cómo. Aunque ella es un miedo, es el que todos llevamos bajo la ropa. Allí va bien. Pero el que nos prometen, el que con una sola palabra nos convierte en sujetos de sospecha, en manotazo sobre las ideas. Ese es el miedo que nos impulsa a regresar a la inocencia, a estar en absoluto silencio, alejado del mundanal ruido que decía Darío. No se trata de bajar la cerviz y dejar que el cogotazo caiga sin protesto. Se trata de que el cogotazo nunca sea propiciado. Se trata de que la palabra esté por encima de los malos sentimientos, del sentirme superior, de creerme dueño del mundo. De saberme ilímite, aún así mirar desde un devenir resentido. El país que tenemos nos cabe entero en el alma. El día que comencemos a repartirlo en pedacitos por ser distintos, ese día la muerte hablará con todos sus dientes.
Y digo miedo, porque se siente desde los hijos cuando a alguien se le ocurre vociferar y rayar para provocarlo, para incentivar un odio sin sentido, aunque el odio no lo tiene. Cuando los inocentes son los que invocan el dolor para despedirse, perderse en la sombra de la total indolencia.
Lo digo con mi querido poeta, con el Pepe Barroeta de los sueños. De aquella revolución de la palabra en la que todos cabemos con nuestras alegrías, tristezas y dolores. Que el miedo no nos domine, porque de todas maneras vamos a morirnos. Pero, por favor, no nos adelanten el silencio. (Este texto fue publicado originalmente el 3 de febrero de 2002)
I
“A veces se me escapa de la muerte/ y vuelvo a ser el mismo desolado”. Bajo las marcas de la insistencia, José Barroeta nos revuelve el espíritu. El poema, en el que porfía, nos pasa su ojo climático por la angustia y allí se queda instalado, como la eternidad de quien lo traza.
José Barroeta, el tan querido poeta Pepe, nos persigue hasta el ocaso sin reposar bajo los árboles de Pampanito. Su poesía -viva por personalmente elegíaca- promete no dejarnos quietos. Por eso nos leemos con él: “Ella duerme/ en ataúd de hierba./ A veces se me escapa/ de la muerte/ y vuelvo a ser el mismo desolado./ En esa enorme movilidad del primer amor/ la veo a ella/ en el radiante perenne de la cripta/ llamándose a sí y a mí luego./ Ella duerme,/ dialéctica siempre sobre mi cabeza/ y el fuego late en los campos dormidos./ Ella duerme en ataúd de hierba./ A veces se me escapa de la muerte,/ no hace sombra en los espejos,/ sino en mi piel./ Como hace sol la dejo en sus lugares/ y vuelve a ser la única,/ muerta en tanto paisaje”.
II
Esta crónica se recorre silenciosa. Todos los días de la vida de Pepe Barroeta se resienten en ella por abordarlo desde mi lejana ingrimitud. Un saludo en la silla que lo sostiene, en un café de París desde una foto de Gregory Zambrano. Un apretón de manos en aquella Sabana Grande de la adolescencia, para saberme parte de la voz del poeta trujillano. Una sonrisa en medio de un ruidoso bar. Las palabras de afecto de Luis Alberto Crespo por aquellos comienzos de los ochenta. La lectura de un poema. La vida y la muerte juntas, mientras el Chino Valera Mora, el otro trujillano de San Juan de los Morros, inclina el eje de la tierra. Todo en presente. Y entonces lo oigo: “Conozco la región donde el abandono ha fijado con precisión las líneas superiores y elementales de tu espíritu. Por las rasgaduras de tus pupilas descubro que has pasado de la inercia a los humos prohibidos. Un vértigo desolado te atrapa y el mundo de la infancia vierte, torpe, sílabas a mis oídos”.
Habría que preguntarle a Efraín Hurtado o a Baica Dávalos por el clima, por la eternidad de quienes hacían de la noche el único lugar posible, como tocara el título de un libro de tragedias literarias. Caracas era aún sultana del cerro que la vigila y una extraña felicidad recorría los huesos del mundo. Y allá, en el más seguro recodo de la avenida: “En las horas de duermevela, cuando sentíamos las evidencias de la muerte, la solemnidad del fantasma sustraía lo poco que nos quedaba del porvenir”. ¿Con qué nombre se identifica ese fantasma? ¿qué mundo recorremos en este futuro que no llega? Por un rato le vi el rostro apacible a Orlando Araujo, el otro que se confunde con las hondonadas de Trujillo y habla golpeado sobre un caballo de madera. La muerte, esa cosa que pesa y desaparece: “Tú estás de espalda al viento de diciembre y a sabiendas de que no debes alimentar tus propios fracasos…”
III
Han sido tantos los paisajes, tantos los desganos e iglesias en vilo. El amor irrumpe. Un surrealismo devorado por ventarrón del trópico adormece el momento. De este modo aparece el texto: “Meditando el poema del pájaro/ una mujer de otra época rumbo hacia la/ catedral./ Iba tan ajena/ que no me sorprendió en el sitio de la calle/ donde la espiaba/ y eso que yo había estado en los nidos del monte/ mientras ella pensaba el poema del pájaro”. ¿Sería la misma de aquella tarde? ¿la que vimos en el centro de Caracas y que era la misma de la revista de modas que surtía la mirada en la vitrina? “Sol de cuello cortado”, te oí decir en un momento y sentí los pasos livianos de Ramón Palomares, desconocido para mí porque Escuque aún era nombre de paraíso, de reino rural. Pero allí estaba la mujer: “No me cautivó su beatitud;/ yo había dormido entre lámparas/ en un templo humilde./ Amanecí con aves de la mañana en las pestañas;/ abajo la ciudad,/ la lluvia, las gentes y frutos olvidados/ sobre las mesas en el mediodía”. Y así fue. Estuvimos allí, invisibles, ausentes, vacíos de tiempo. Pepe nos sabía hechos de sombras. Lectura de sus anónimos amigos. Siempre eternos en él.
Mientras tanto, “la mujer no detuvo sus ojos en mis pasos/ ni vio mi sombra que era la suya bajo/ el sol”. Pero el resto de los mortales que éramos sí la vimos. Desnuda, agotada de tanta mirada, de tanto paisaje acumulado.
IV
En Mérida, la mansedumbre del universo lo hace cantar: “Una vaca pasta./ En el recodo la miro bajar/ y siento lamer su cielo de rocío./ Está viva,/ tan viva como yo y nada absurda,/ tan limpia y alegre”. El centro de Caracas, los desvaríos de esta Maracay ojerosa, nos lleva en ataúd de sombras. Y el poeta, nuestro querido Pepe, nos señala con un poema el penúltimo escalón de este paisaje: “Nos hemos quedado debajo del sol/ frenéticos./ Es de tu corazón de donde sale el mar,/ la música de agua que nos asombra”. Siempre será así, desde el pozo profundo del poema.
ALBERTO HERNÁNDEZ – Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Gracias, muchas gracias a Alberto Hernández por estas dos notas sobre Pepe Barroeta. Para mí fue una sorpresa terrible su muerte. Me había acostumbrado a encontrarme con su sonrisa en cualquier sitio de Mérida, y a conversar con él, siempre grato. Dejé Mérida y cada vez que volví, nos encontranos, hasta que supe que había muerto, que ya no podría cruzar ideas y palabras con su sonrisa, con su poesía. Es duro. Pero palabras como las de Alberto ayudan a que los recuerdos terminen por apartar la tristeza. Grcais de nuevo, Alberto.
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