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Debo empezar por hacer una confesión: durante mucho tiempo fui un sincero admirador de Fidel Castro. Es algo que quisiera olvidar, pero está allí, como una herida abierta en el rostro. Está escrito en varios de mis primeros libros, escritos y publicados en tiempos en los que creíamos, de buena fe, tener ideas que inevitablemente llevaban a un mundo mejor por mandato y determinación nada menos que de la Historia. Ciertamente, nos equivocamos: esas ideas llevaban a un mundo mucho peor, un mundo de tinieblas y barbarie, como lo vemos claramente hoy. Y no era difícil de ver: las crueldades, los fusilamientos, los terribles abusos, el afán de tanta gente por huir de Cuba, era un conjunto que nadie ocultaba, pero que no queríamos ver. Ahora bien: la confesión implica arrepentimiento, y el arrepentimiento implica culpa, consciencia de haber actuado mal. Mi único atenuante posible es la seguridad de que actué siempre de buena fe. A pesar de aquello de que nadie puede alegar su propia torpeza. Para mi generación (nací en 1939) Fidel Castro parecía ser el paradigma de la valentía, del heroísmo. Enfrentó al tirano Batista, como David a Goliat, y lo derrotó. Parecía imposible, pero lo logró. Cuando yo tenía apenas diecisiete años oía las emisiones de la “Radio Rebelde” en un viejo aparato que a duras penas se mantenía en una sola pieza, y soñaba con estar en la Sierra Maestra. Y sentía que en cierta forma los que luchábamos contra la tiranía de Pérez Jiménez en esta parte del mundo y los que luchaban contra la de Batista en aquella éramos parte de una misma lucha, pedacitos de un mismo corazón. Celebré como propia aquella victoria de enero del 59. David había vencido a Goliat y éramos un mismo cuerpo. Luego fue el enfrentamiento a los Estados Unidos. De nuevo era válida la metáfora: una pequeña isla que había sido poco menos que el burdel de los gangsters gringos y que enfrentaba a los abusivos gobiernos yanquis que en el fondo sólo defendían a sus gangsters, a los que abusaban de los cubanos, y no tenían el más mínimo interés ni por los cubanos ni por los venezolanos ni por los latinoamericanos. Sí, las venas abiertas de América Latina. Que Fidel, para mantenerse a flote, hiciera como Nasser en Egipto y se entregara a los soviéticos era un mal menor. Tal como la realidad de que hizo de la vida en Cuba un martirio colectivo, salvo para los poderosos. Sin hacerlo no podría haber resistido un “round”, y tenía que pelear muchos. No me gustó que tratara de obligarnos a renunciar a lo que habíamos conquistado el 23 de enero de 1958, y no me sentí bien cuando vi que muchos de mis amigos más cercanos se dejaron encandilar por aquella aventura loca de las guerrillas venezolanas apoyadas por Cuba. En las elecciones del 58, cuando hacía campaña por los lados de Araira en una miserable camioneta de panadero con dos altoparlantes, en una parada para tomar algo en la bodega que estaba en la entrada del pueblo, nos rodearon unos campesinos y nos amenazaron, sí, con machetes, porque allí no entraban comunistas. Y eso me hizo ver que las guerrillas no tendrían que pelear solamente contra el ejército, la aviación, la marina y la guardia nacional, sino contra los campesinos. Y Cuba convertida en un peón del enfrentamiento de los dos grandes “bloques” del mundo, apoyada por uno de ellos, perdió buena parte de su encanto. Y más aún cuando Moscú, la cabeza de uno de los dos bloques, aplastó de manera inclemente y criminal a los que promovían la primavera de Praga, que no eran capitalistas ni reaccionarios, sino hombres y mujeres de clara vocación progresista y alegres esperanzas que yo festejaba, también pegado a un aparato de radio, pero más moderno, en Copenhague. Cuba, como un Goliat menor que manipulaba a muchos soñadores venezolanos, y como cómplice de los que mataron esa esperanza de Praga, empezó a hacerse cada día menos grata. Pero a pesar de lo evidente, yo seguía admirando a Fidel, el David de mi generación. En julio de 1980 pude visitar Cuba, y aquel tinglado mental se me desarmó por fin. No me convenció aquel culto a la personalidad. Todo lo “pensaba” el Comandante, todo lo decidía el Comandante, y nadie tenía derecho a expresar sus propias ideas si no eran servilmente ajustadas a las del Comandante. Me di cuenta, entonces, de que Fidel Castro había muerto. O, peor aún, se había convertido en un nuevo y odioso Goliat que, lejos de construir, destruyó a su propio país y quería destruir el mío y los de muchos otros. Esa percepción se me hizo más clara, más evidente, al ver que ese nuevo Goliat agrede a Venezuela con médicos, con espías, con detestables burócratas que apoyan las tropelías de un militarcito golpista, aventurero y deshonesto que en diez años de pésimo gobierno le ha hecho un daño inmenso a mi país, al porvenir de mis hijos y de mis nietos y pretende convertir a Venezuela en un país triste, opaco, sin futuro, como Cuba, como la Cuba-Goliat que se olvidó de su antigua posición de David y agrede a los médicos venezolanos y a los maestros venezolanos y a los creadores venezolanos y a los trabajadores venezolanos y a muchos otros venezolanos, que en conjunto somos el nuevo David. Es cierto que los partidos democráticos venezolanos llegaron a corromperse hasta en sus células menores, y que los que de verdad creemos en la democracia tuvimos que olvidarnos de ellos y llegamos a creer que era necesario que gente nueva se encargara del país, y nos equivocamos también (aunque en mi caso esa equivocación no pasó en realidad de un par de semanas). Lo innegable, lo demostrado por los hechos, es que el gobierno que desplazó a los adecos y los copeyanos es mucho peor que todos los gobiernos anteriores. No es un nuevo camino: es el mismo viejo camino absolutamente convertido en extravío, dañado y perdido. Y es muy triste ver que para sus tropelías ese mal gobierno ha contado con el apoyo de Fidel. Aunque, para ser más justos, o para sufrir menos por el error, por la aberración de antaño, hay que convencerse de que se trata en realidad del cadáver de Fidel. Que Marx, Stalin, Hitler y Pol Pot lo tengan en su gloria.
Apreciado primo:
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