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El comienzo del fin

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)

II

El Paraíso en Llamas

(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

El comienzo del fin

José Laurencio Silva, que tiempo después se convertiría en sobrino político de Simón Bolívar, fue el encargado de tomar Tinaquillo, el pueblo que está inmediatamente al Oeste de las sabanas de Taguanes, en donde Bolívar ganó la batalla decisiva de su Campaña Admirable, la que le abrió el paso hacia Valencia y Caracas, el 31 de julio de 1813.
A ese mismo campo llegó Bolívar con sus fuerzas: la Primera División, que comandaba José Antonio Páez y estaba compuesta por la Legión Británica, mandada Thomas Farriar, los Bravos de Apure, comandados por Francisco Torres, y siete regimientos de caballería. La Segunda División la comandaba Manuel Cedeño, que contaba con los batallones Tiradores (José Rafael de las Heras), Boyacá (Ludwig Flegel, y Vargas (Antonio Gravette), además de la Caballería Sagrada de la segunda brigada de la Guardia. La Tercera División la dirigía Ambrosio Plaza y la formaban los batallones de la primera brigada Rifles, comandada por Arturo Sandes, Granaderos (Francisco de Paula Vélez), Vencedor de Boyacá (Juan Uslar), Anzoátegui (José María Argiundegui) y el regimiento de caballería del Alto Llano de Caracas. Eran seis mil cuatrocientos hombres, y como puede verse por los nombres de sus jefes, se hablaban varios idiomas y había ojos y cabellos de varios colores, que era algo que en su momento le habían criticado violentamente a Francisco de Miranda.
Con el amanecer, Bolívar pasó revista a sus fuerzas en la sabana de Taguanes y avanzó hacia el sitio de Buena Vista, camino a Valencia. Desde allí pudo ver el despliegue de las fuerzas españolas: la Primera División (Tomás García), con el primer batallón de Valencey (Andrés Riesco), el batallón ligero de Barbastro (Juan Nepomuceno Montero) y el batallón ligero del Hostalrich, ubicados todos en el camino de Tinaquillo, en la margen izquierda de la quebrada de Carabobo (Héctor Bencomo Barrios, Héctor, Campaña de Carabobo, 1821, Edición del Ministerio de Defensa, Caracas, Venezuela, 1971). En cuanto a la vía de El Pao estaban la División de Vanguardia (Francisco Tomás Morales), el batallón ligero del Infante (Miguel Manrique), y el batallón ligero del Príncipe (Jacinto Gil de Castro). La reserva contaba con el 2º batallón de Burgos (Joaquín Dalmar) y los regimientos de caballería Dragones Leales a Fernando VII (Manuel Morales), Lanceros del Rey (Tomás Renovales), Guías del General y Húsares de Fernando Séptimo. La Torre estableció su cuartel general en una casa situada como a un kilómetro del actual monumento del Campo de Carabobo. Como vemos, allí casi todos tenían el cabello negro o castaño, los ojos pardos o negros y todos hablaban español, aunque con distintos acentos.
Como quiera que ni la inmensa mayoría de ustedes ni yo sabemos mucho de batallas, es suficiente con saber que Bolívar decidió desbordar el flanco derecho del enemigo, es decir, la izquierda de su gente, y le encomendó esa tarea a Páez, que debía ser seguido por Cedeño, mientras que Plaza se encargaría de una maniobra de fijación por el frente. Páez hizo lo suyo con gran habilidad, por un camino llamado “la pica de la culebra”, bajo fuego cerrado del enemigo. Lo guió un práctico que habían contratado en Tinaquillo.
La Torre, al darse cuenta de lo que intentaba Páez, trató de cubrir las alturas del Norte por medio de Dalmar, que consiguió que los Bravos de Apure se replegaran un par de veces, hasta que los hombres de la Legión Británica obligaron a los de Burgos a recular. Los atacantes habían perdido 17 oficiales y 119 soldados, y uno de los caídos era Farriar, que murió en Valencia el 17 de julio. Los del Hostalrich y los del Infante corrieron a auxiliar a los de Dalmar, pero ya los de Apure y otros republicanos se habían recuperado, y tras una carga de bayoneta pudieron entrar como un alud a la sabana por el lado Norte. La Torre intentó varias maniobras, pero ya se sabía derrotado, y ya se daba cuenta de que sus tropas se desanimaban y habían perdido del todo la iniciativa. Allí estuvo Páez a un pelo de morir: sufrió un ataque de epilepsia, y como él mismo cuenta, estuvo a pique de no sobrevivir a la victoria, pues habiendo sido acometido repentinamente de aquel ataque que me privaba del sentido, me quedé en el ardor de la carga entre un tropel de enemigos, y tal vez hubiera sido muerto, si el comandante Antonio Martínez, de la caballería de Morales, no me hubiera sacado del lugar.– Tomó él las riendas de mi caballo, y montando en las ancas de éste a un teniente de los patriotas llamado Alejandro Salazar alias Guadalupe, para someterme sobre la silla, ambos me pusieron entre los míos. En una nota, Páez reconoce no saber por qué Martínez, que desde el comienzo luchó en el bando realista y nunca dejó de hacerlo, tuvo ese acto de nobleza para salvarle la vida a su enemigo. Es de suponer que lo movió la admiración y el espeto que sentía por el Taita, que después firmó un indulto en favor de Martínez, indulto que fue destruido por un oficial español al poco tiempo, quién sabe también por qué.
Sin esperar más, La Torre decidió apelar a las armas del venado. Bolívar ordenó a Páez que persiguiera a los españoles que ya huían en franca estampida rumbo a la Fosa de Mindanao, y el llanero ordenó que los infantes se montaran en las grupas de los jinetes para capturar a los que huían, pero en la orilla de Valencia los españoles se reorganizaron rápidamente y pudieron rechazar a los patriotas. Para colmo, les cayó encima una de esas lluvias de la zona, que parecen cataratas, y con esa protección los derrotados pudieron atravesar Valencia y llegar hasta el pie de cuesta, cerca de Bárbula. Con la madrugada consiguieron escapar del todo y refugiarse en Puerto Cabello, la bella ciudad recostada a un mar quieto que tanto les había servido en tiempos pasados. Pero ya no contaban como fuerza militar. La victoria de los patriotas era total.
Muchos de ellos, de los patriotas, habían caído en el combate, entre ellos Ambrosio Plaza, a quien Bolívar acababa de ascender a general, y también el “Negro Primero”, Pedro Camejo, que estuvo in inicialmente entre los seguidores de Boves y después se convirtió en seguidor de Páez. Los derrotados, por su parte, perdieron 2 oficiales superiores, 43 capitanes, 77 tenientes u subtenientes y 2.786 individuos de tropa, cuenta Bencomo Barrios.
La alegría incontenible de Bolívar lo hizo llevarse consigo a Páez y sesenta lanceros para llevar a Caracas la buena nueva.
Como parte del mismo plan, el 28 de abril, Bermúdez había iniciado operaciones sobre Caracas. La tomó el 14 de mayo, y el 18 siguió rumbo hacia los valles de Aragua, pero debió replegarse. Sufrió serias derrotas en El Calvario y en El Rodeo. Su acción, en realidad, era una distracción para que se lograra lo que se consiguió en Carabobo. De allí regresó a Cumaná, a limpiar de enemigos aquel territorio, lo cual logró sin mayores complicaciones.
No fue ésa la única “distracción”, el Indio Reyes Vargas cumplió su papel con absoluta solvencia. En Nirgua hizo saber que era parte de un grupo mucho mayor que venía tras su huella, lo cual obligó a La Torre a distraer una fuerza considerable, que le hizo buena falta en Carabobo.
Bolívar entró a Caracas el 28 de junio, cuatro días después del triunfo de Carabobo. Según Augusto Mijares, el recibimiento que se le hizo fue “delirante,” y sin embargo no se quedó sino una semana. Pronto tendría que pagar muy caro por ese desamor.
Por desgracia, no contamos con la descripción de la llegada a Caracas de Bolívar victorioso, por parte del cronista del otro bando. Ante la acometida de Bermúdez, José Domingo Díaz había huido de Caracas, y desde La Guaira se embarcó hacia Puerto Cabello el 14 de mayo, semanas antes de Carabobo. El 11 de julio salió de Puerto Cabello en la fragata Ligera, rumbo a Puerto Rico, el 26 de julio, luego de perder una hija, embarcó rumbo a Cádiz, a donde llegó el 26 de agosto, “en buena salud.” Nunca más pudo ver la tierra en la que había nacido.
Los españoles, después de Carabobo, no se rindieron del todo. Muchos de ellos siguieron combatiendo, no sólo en Puerto Cabello, sino en otros sitios del país. José Alejo Mirabal, llanero y jinete, recibió de La Torre el nombramiento de “comandante general de los Llanos de Calabozo”, y con ese título salió en expedición desde Puerto Cabello, pasó por Morón y por Canoabo, el pueblecito montañés en donde mucho tiempo después nacería el gran poeta Vicente Gerbasi, y reclutando hombres por el camino, terminó por sitiar Calabozo, en donde estaba Judas Tadeo Piñango. Por un breve tiempo pareció que iba a repetirse el drama de los primeros tiempos, cuando los llaneros se sumaban a las fuerzas realistas para atacar a los patriotas, pero el solo anuncio de que el general Páez iba en auxilio de los suyos bastó para que el llanero antipatriota se refugiara en Guardatinajas, pueblo de otro gran poeta, Alberto Hernández, en donde perdió su gente. Tuvo que entregarse, solo, en El Pao. Todavía en noviembre de 1821, Morales hizo una salida de Puerto Cabello, por mar. Pasó por Macuto y Naiguatá, La Guaira y Catia la Mar, en donde dejó una fuerza de 600 hombres para que se dirigiera a Ocumare. El 19 regresó el español a Puerto Cabello. Luego de otros incidentes, ninguno de ellos importante, Morales pudo tomar Maracaibo y soñar que la historia se repetiría y desde Maracaibo podría regresar a Caracas y revertir el sentido que todo tenía. Pero el 24 de julio de 1823, sufrió una derrota absoluta en las aguas del Lago de Maracaibo, que determinó que el 3 de agosto, ante el general Manuel Manrique, Morales firmara su rendición, en la casa que hoy se conoce como “Casa de la Capitulación” o “Casa de Morales”. Ahora sí era definitiva la retirada de los españoles del territorio de Venezuela. Liberada casi del todo Colombia, la Gran Colombia, la Guerra de Independencia dirigida por Bolívar y Sucre, se centraba en el Sur, en donde Sucre terminaría de echar definitivamente a los realistas, a los españoles, de la Tierra Firme del continente americano.
Puerto Cabello, rodeado de tropas de Páez, subsistió como plaza de los realistas por algún tiempo más. Pero sólo la terquedad, la obstinación de unos pocos, sostenía aquel foco insensato, que finalmente cayó en manos del caudillo llanero en noviembre de 1823. Ahora sí que había terminado del todo la Guerra de Independencia en el norte de Sudamérica. Algunas partidas aisladas, más en plan de bandidaje que de guerrilla, quedaron regadas por el territorio de Venezuela, y se confundían con otras de simples bandidos que no tenían bandera alguna.
Se había impuesto en todo el territorio la paz. La paz de los cementerios.

Capítulos Publicados:

El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

Obertura
El Sonido de las Sombras
El Topetazo
El Tanteo por Oriente
El Tanteo por Occidente
Tirano de Sombra y Fuego
La atracción del centro
El Viaje al Edén
El día de Caracas
La Agonía de Occidente
Los viajeros forzados
El gobierno de papel
El Blanco Tejido de las Ro­jas
Los primeros pasos del Quijote
La Luz de los Sonidos
El Sonido de la Luz
Llegaron los Bolívar
Archipiélago de Colores
Ciudad por Cárcel
La Pequeña Torre Amable
La Casa del Saber
De Guipúzcoa Viene un Barco Cargado de…
De Fiestas y de Locuras
Las Nueve Musas
Los hombres de ruana y de frío
Por España, contra España…
Cuando Humboldt y Mozart estuvieron en Caracas
También llegaron los Sucre
De Masones y Papisos
El padre de todas las patrias
Final de Fiesta

El Paraíso en Llamas
(Venezuela durante la Guerra de Independencia)

Obertura
La primera estrella fugaz
La Alborada de los Trágicos
Los niños felices
El paseo de los muertos
La óptica del otro
Aprendices de brujos
Los Santos Inocentes
La Niña recién nacida
La isla que nunca fue
La seguna estrella, menos fugaz
La primera Sociedad
La Niña enferma
La otra villa rival
La Carta sobre la mesa
La niña muerta
El héroe de la película
Un Bolívar, ida y vuelta
El malo de la película
El circo de Belcebú
La Campaña Abominable
Las dificultades del hombre
El héroe local
El Infierno desde adentro
Los días del Purgatorio
“De la Gloria los orbes están llenos”
El santo de América
En la cumbre de la guerra y de la paz
Tiempos de júbilo
El comienzo del fin

 

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de Eduardo Casanova

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